Malintzin: la mujer indígena que fue muchas cosas menos traidora

Condenar a La Malinche no cuesta nada. Basta decir que fue una traidora a los suyos y asunto concluido. Tratar de entender la historia requiere otra actitud. La primera, informarse de las circunstancias, de las diferencias entre los indígenas y los españoles. Del sometimiento a la que estaban condenadas las mujeres. De lo que realmente hicieron y dejaron de hacer. La historiadora estadounidense Camilla Townsend de la Universidad Rutgers, se dedicó a hurgar en las fuentes españolas y nahuas para acercarse de la mejor posible al personaje histórico. A la mujer clave de la Conquista. El resultado es el libro Malintzin, una mujer indígena en la conquista de México. Lo que sigue es otro resultado, el de nuestra conversación con la profesora Camilla Townsend.

Camilla Townsend
Camilla Townsend

Su libro, Malitzin, una mujer indígena en la conquista de México abarca varios objetivos. Uno de ellos es la desmitificación del desprestigio de La Malinche. Tanto que malinchismo en el diccionario de la Real Academia significa “Actitud de quien muestra apego a lo extranjero con menosprecio de lo propio”. Con otras palabras, La Malinche tiene la culpa de todas las desgracias nacionales y de todas las batallas perdidas en la historia de México. Cómo es posible que se haya impuesto tamaña concepción histórica.

Es cierto que esta pobre mujer tiene una pésima reputación. Es injusto, porque ella fue sometida a diversas penalidades en aquel tiempo. Hacía lo mejor que podía para sobrevivir y proteger el futuro de sus hijos y de su gente.

Creo que la diferencia en la actualidad es un conocimiento más cercano de las fuentes escritas por nahuas. En general los antecedentes nahuas que se estudiaban eran los Códices, los cantares. Vale decir temas relacionados con cuestiones espirituales. Últimamente hemos recurrido más las fuentes de la vida común, la cotidianidad. Por ejemplo, los anales.

Viendo lo que decían los nahuas sobre Malintzin y sobre sus propias experiencias con ella, hemos podido conocer mejor el contexto en que ella vivía. Nos hemos dado cuenta que no era una traidora. ¡De ninguna manera! Era una esclava, una concubina forzada.

Malintzin venía de Coatzacoalcos, cerca de Veracruz, y la gente de habla Náhuatl sabía que ella no hacía nada malo.

Es cierto que los mexicas no la querían. Pero nunca dijeron que Malintzin era una traidora.

Con la lectura de esas fuentes menos conocidas hemos encontrado más antecedentes sobre la verdad.

Townsend reafirma de este modo la primera finalidad de la investigación histórica, entender el pasado.

Sigo ahora a Claudio Obregón, quien recuerda que en “Las páginas 88 y 94 de El Laberinto de la Soledad, Octavio Paz escribió que «el mexicano es hijo de una violación y, por lo tanto, hijo de la Chingada que finalmente, es la nada misma… Si la Chingada es una representación de la madre violada, no me parece forzado asociarla a la Conquista… el pueblo mexicano no perdona su traición a la Malinche…»

Carlos Fuentes: «Somos los hijos de la prostituta del conquistador».

No se trata de gente retrógrada, de ignorantes que repiten como los loros. Uno, premio Nobel de Literatura; el otro premio Cervantes. Ambos de los mayores escritores en español.

¿Misoginia? ¿Desdén por una india? ¿Chivo expiatorio para explicar la caída de un imperio poderoso? ¿Una justificación para salvar la cara? O ¿simple desconocimiento de antecedentes que han aparecido en las últimas décadas?

En parte puede ser desconocimiento, aunque creo que también hay otros factores. Tengo que decir que hay un grano, una pizca de verdad… leyendo a Octavio Paz -yo soy feminista- pero me parece que él tenía razón. Paz no le echa la culpa a Malintzin, solamente dice que la Conquista fue una violación a la gente indígena. Y que esa violación todavía es parte de la preocupación psicológica de los mexicanos.

El problema es que después personajes muy talentosos han asumido cosas que no son ciertas. Le han echado a ella y a otras mujeres indígenas toda la culpa por esa violación. Como si ellas hubiesen experimentado contentísimas todas esas cosas horribles a las que fueron sometidas.

No estoy segura de las razones, de las explicaciones. Lo que me parece es que se trata en parte de un desdén por una india. En parte es utilizada como chivo expiatorio con el que se pueda explicar o justificar lo que pasó. Como dijimos puede haber algo de desconocimiento o, una mezcla de todos esos factores.

Lo que supone un grado de machismo evidente, desde el punto de vista cultural.

Creo que sí. Si Malintzin fue una traidora ¿por qué no se considera traidores a los pueblos sojuzgados por los aztecas? Los otros que ayudaron a los españoles de Cortés. Totonacas y Tlaxcaltecas, fueron decisivos en las batallas sobre Tenochtitlan. Xochimilcas, otomíes, huejotziguenses, cholultecas, chinantecos y chalquenses, que engrosaron la alianza antimexica. Eran muchos, porque todos querían sobrevivir.

Se trata de una cuestión importante, porque ellas tienen pleno derecho dejar caer el peso que llevan históricamente sobre sus hombros. Nada más injusto de nuestra parte que echarles la culpa de lo sucedido.

Decía al comienzo que su libro tiene diversos objetivos. Uno fundamental es esta percepción de Doña Marina de entender tempranamente, la gran diferencia tecnológica entre mexicas y españoles. No es el coraje el que se impone sobre la cobardía, son las armas, los caballos, los barcos, los cañones. Ella sabía que los indígenas no podían ganar. Y ese conocimiento lo uso para evitar males mayores.

No podemos asegurar lo que pensaba Malintzin, pero según las evidencias parece que tenía conciencia de la situación. Lo que es muy lógico por el sentido común. Ella veía la gravedad del momento. Aprendía rápidamente el español y así se enteraba lo que se decía a su alrededor. Presenciaba las batallas con las ventajas de los españoles. Además más y más españoles seguían viniendo. Entonces se trataba de una guerra que, a largo plazo, los indígenas no podían ganar.

Nosotros no queremos admitirlo, porque estamos empeñados en ofrecer poder y dignidad a esos pueblos. Esta visión me parece peligrosa, insistir en las posibilidades de triunfo de los mexicas. Porque si ellos estaban en condiciones de ganar, ¿por qué no lo hicieron? No ganaron en México, ni en Perú, ni en Canadá, ni en Florida, en ninguna parte.

No se trata de que hicieran algo malo o simples estupideces. Nada de eso. Es que existía una diferencia tecnológica. Imagínese que la gente de Carlos V hubiera conocido Mesopotamia. Se trataba de una cultura tan impresionante que hasta el día de hoy se la enseña en nuestras escuelas. Era la primera gran civilización, pero jamás podrían vencer a Carlos V.

Según los actuales estudios toda civilización está directamente relacionada con la vida sedentaria. En la medida en que se desarrolla la agricultura en lugar de la caza y la recolección, aumentan las posibilidades inventivas y tecnológicas.

Hoy en día decimos, por ejemplo, esa persona entiende muy bien las cuestiones técnicas. Debe ser muy inteligente. Pero la inteligencia y el conocimiento tecnológico son cosas diferentes. Una persona de la época de Carlos V podía tener armas, libros, sin ser necesariamente muy inteligente. Y un siervo de Moctezuma estaba en la edad de la piedra. Podía ser inteligente pero su realidad era otra.

En consecuencia debemos aceptar que los europeos, en aquel momento, poseían una mejor tecnología, independientemente de su inteligencia.

Constatar esta evidencia no es humillante o denigrante para los indígenas. Ellos actuaron muy bien frente a esas circunstancias adversas. Cuánto lucharon y sobrevivieron en tan dramático contexto.

El manuscrito del aperreamiento. Biblioteca Nacional de Francia
El manuscrito del aperreamiento. Biblioteca Nacional de Francia

Toquemos el lado oscuro de Malintzin. Hay un episodio que capta la crueldad despiadada del conquistador. El aperreamiento en Coyoacán de seis dirigentes indígenas y un sacerdote, todos de Cholula. Gente que fue despedazada viva por perros hambrientos. Ella estaba presente. Lo vio todo, al parecer con una actitud impasible.

Es cierto. Ese episodio del aperreamiento y otros sucesos menos famosos indican que Malintzin estaba presente cuando los españoles hacían cosas muy feas. Tenemos que preguntarnos qué responsabilidad tenía ella. Es imposible suponer que era totalmente inocente, una víctima completa. También sería una forma de racismo pensar que era perfecta como un  ángel. Debía sentir rabia, furia, cólera, porque su vida había sido muy difícil. Los aztecas habían atacado a su gente, ella misma había sido una esclava, una concubina. Ahora los españoles traían guerra a la región, mataban gente en todos lados. Probablemente había sido violada, o por lo menos forzada a tener relaciones sexuales que ella no deseaba.

Además es relevante pensar que Malintzin sentía rabia como cualquier ser humano en esa coyuntura. Parece que la gente de Coatzacoalcos eran aliados de los Tlascaltecas y estos últimos odiaban a los de Cholula porque habían roto una alianza. Es posible que ella tenía ganas de venganza.

Le habría sido imposible entender, al comienzo, que todos los indígenas tenían más en común que lo que podían tener con los europeos. Al final de su vida, diez años después, me parece que sí se había dado cuenta.

Le cuento que cuando leí esta parte de la historia, pensé,  parece que con varios siglos de antelación el aperreamiento de Coyoacán demuestra lo que luego corroboró el experimento de la Cárcel de Stanford (profesor Philip Zimbardo, 1971): ciertas condiciones de poder propician la crueldad y el abuso. Máxime si ese poder puede decidir sobre la vida y la muerte de las víctimas.

Tiene razón. No es algo que hubiese pensado antes, pero me parece lógico porque esta mujer tenía mucho poder. Después de la victoria de los españoles, por sus manos pasaban muchas decisiones. Es verdad que el experimento de Stanford nos demuestra lo que hemos visto con nuestros propios ojos en tantas ocasiones. Cuando la gente tiene demasiado poder éste afecta a la mente y la gente cambia, emplea el poder para aterrorizar a otros. La policía en mi país, a veces, abusa del poder.

De tal manera que Malintzin, que tenía una reputación de sabiduría, de gentiliza, de buen humor, en algunos momentos abusaba de su poder.

No hay evidencias que lo hacía con frecuencia. Solo una persona se quejaba de ella, el otro traductor, Jerónimo de Aguilar, que estaba perdiendo su posición ante la relevancia creciente de Malintzin. Incluso después de la muerte de Doña Marina, si alguien intentaba crear un pleito en contra de ella, abundaban los que rechazaban toda implicación maligna y decían ella no era así.

Qué bueno que nombra usted a Aguilar como un personaje envidioso, porque al revés, Bernal Díaz del Castillo, autor de la Historia Verdadera de la conquista de la Nueva España, era un hombre que hablaba maravillas de ella. ¿Sabe usted por qué? ¿Estaba enamorado?

Quién sabe.  Bernal Díaz y todos los demás que escribieron sobre ella, coincidían en que era una mujer maravillosa. Es probable que estuviera enamorado, pero también fue cuestión de dependencia. Era la traductora, la que conseguía la comida, era la que entendía las instrucciones sobre la ruta a seguir, la que explicaba la situación política. Y cuando estaban a punto de lograr un acuerdo con un pueblo indígena era ella la que finalmente lo conseguía. Se trataba de conquistadores agradecidos. Por lo demás era bonita y joven. No sería nada extraño que Díaz del Castillo estuviese prendado de ella. La admiraba y podía escribirlo.

Usted sabe que no soy historiador, tal vez sea por eso que me sorprendió enterarme que pocas semanas después de “La Noche Triste”, 30 de junio y la noche del primero de julio de 1520, el mayor descalabro sufrido por Hernán Cortés y los suyos, reventó una epidemia de viruela en Tenochtitlan.

Las diferencias con el actual Coronavirus son evidentes, pero hay también similitudes. De ellas quisiera hablar.  Es como para pensarlo.

A mi me parece que hay muchas coincidencias y no deja de ser fascinante 500 años después. Siempre imaginé que tenía simpatía por los seres de aquel tiempo y pensaba mucho en el tema de las epidemias, pero ahora que estoy en medio de una -vivo en Nueva Jersey, cerca de Nueva York- he adquirido una forma mucho más profunda de simpatía. A pesar de los siglos transcurridos, son las coincidencias las que me sorprenden y asaltan.

Cualquier persona puede ser víctima y eso crea un miedo universal que nos fragiliza. Cuando se cerró el mundo, a mediados de marzo, todavía no sabíamos quienes de nosotros estaban contagiados. Tres de mis colegas dieron positivo. La esposa de una de ellos están aún en peligro. En aquellos momentos me di cuenta que no había entendido nada sobre ese capítulo de la historia. Se transmitían la enfermedad entre ellos y no sabían hasta diez días después quién estaba contaminado.

Una diferencia grande es que ahora tenemos entre uno y dos por ciento de mortalidad. Con la viruela era cerca del treinta por ciento.

Al mismo tiempo quiero subrayar que todo este miedo, casi paralizante, no es algo permanente. Al final la epidemia declina, tal y como ocurrió en aquel tiempo de los aztecas.

Por otro lado existe la creencia que las pestes, como la viruela y otras, tenían toda la culpa por la Conquista. Es decir, que si no fuera por las epidemias la Conquista no habría existido. No es cierto. Se puede comprobar mediante las fuentes que, tal como lo experimentamos nosotros hoy en día, en un momento la vida continúa. Después de un par de meses horribles los aztecas se levantaron y reanudaron su lucha contra los españoles.

Hasta ahora ninguna enfermedad los ha matado a todos, ni siquiera a la mayoría. Nos asusta, tal vez, más que cualquier otro fenómeno, pero no es el fin de todas las cosas.

Asumo que Malintzin no era una traidora. Pero hay para todos los gustos:

  • A pesar de toda evidencia histórica, para algunos, es una traidora. Hija de la gran chingada.
  • Para otros es la madre del mestizaje. Más que eso, es la madre del México mestizo.
  • Es la traductora de la Conquista. La que le dio entendimiento a quienes no se entendían.
  • Es el icono de la mujer que se integra a una nueva realidad, sin dejar nunca de usar su huipil como símbolo de su condición indígena. Así lo creen por lo menos las chicanas.
  • Es la primera pacifista de América, porque prefirió al Dios de los cristianos que, al terrible Huitzilopochtli, dios de la guerra y de los sacrificios humanos.
  • O, hay poco o mucho de cada cosa, pero no lo sabremos nunca porque su vida es compleja, diversa, y, por desgracia, no tenemos su testimonio.

No puedo dar una respuesta definitiva. Hay un poco de todo ello, pero nunca diría que fue traidora. Malintzin existe en cada imagen que usted ha señalado. La verdad siempre es compleja, la verdad tiene muchos aspectos.

Tengo la impresión, escuchándola, que usted es una historiada que junto a la investigación y al rigor científico, a la escucha de los aborígenes y no solo a los vencedores suma un elemento fundamental, la pasión. El amor por lo que se hace y el amor México, por su gente. ¿Me equivoco?

No se equivoca. Una historiadora debe tener un conocimiento profundo de las fuentes, pero también necesita lo que usted llama la pasión. Si se mezclan ambas cosas uno está en condiciones de descubrir más aspectos de la verdad. No se puede contar solo con la pasión, porque, llevado por el entusiasmo se pueden imaginar cosas ajenas a la historia. Pero con el conocimiento verdadero uno puede dejar correr la intuición, la simpatía, el amor para pensar, qué haría yo en esas circunstancias.

Es indispensable ser justos con otros seres humanos. Con nuestros antepasados, con su dignidad, para así, proyectarnos al futuro, entendiendo que aquellos antepasados hicieron lo mejor que pudieron, como nosotros también tenemos que hacerlo.

José Zepeda

Periodista, productor radiofónico, capacitador profesional.

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