Golpes, insultos y amenaza de muerte a Manuel Cuesta Murua

Siempre hay ruindad y cobardía cuando se agrede física y psicológicamente. Abusar de un ser indefenso por encargo del Estado es posible porque la impunidad está asegurada. En el caso de Cuba es peor porque quienes dan las órdenes se dicen defensores del pueblo. De ahí que el hastío esté generalizado y una de las expresiones más en boga sea: ¡hasta cuándo!

A Manuel Cuesta Murúa no serán los golpes ni las amenazas los que lo hagan cambiar de rumbo. Eso sí, sus principios son irrenunciables: rechazo a la violencia, partidario del diálogo para una transición democrática, crítico con las intromisiones externas por un problema que es entre cubanos y, sobre todo, convencido de que el régimen y su modelo están agotados y carecen de apoyo popular.

Usted acaba de ser víctima de la represión. ¿Qué pasó exactamente?

Desde el viernes pasado intentaban detenerme. En ese momento estaba en casa de una amiga activista, María Mercedes Benítez Rodríguez, miembro del Consejo para la Transición Democrática. Les dijimos que no podían hacerlo sin una orden de detención, como lo establece la ley. Sitiaron el lugar, regresaron después y me citaron para el día siguiente en la estación de policía, donde debía presentarme ante un instructor penal. Como la citación provenía de ellos, les dije que no iría. Al día siguiente me llamó un supuesto instructor penal para que me presentara, bajo la premisa de que sería acusado de algún cargo. Decidimos ir y, al llegar, comprendimos que era una trampa. Me recibieron con una violencia inusitada e injustificada. Me esposaron, me agredieron y me empujaron hacia el interior de la estación. Mi compatriota y compañera tuvo que aclarar ante los presentes que no se trataba de un delincuente, porque la impresión que daban era la de haber capturado finalmente a uno.

Había ensayado un poco una escena de la película Una batalla tras otra, en la que Benicio del Toro baila cuando lo van a detener, pero no me dieron tiempo de ponerla en práctica.

Me subieron a la paa y allí comenzaron los golpes. Con toda la calma del mundo pregunté a qué se debía tanta violencia. A la agresión física se sumaron insultos y ofensas de todo tipo, que puede imaginar cualquiera, y en particular cualquier cubano. No repetiré esas palabras.

Pensé que me llevarían a otra unidad policial, pero no fue así. Me apretaron las esposas, siguieron insultándome y me sacaron de La Habana rumbo a la provincia de Artemisa. Allí se desviaron y entraron en lo que podría llamarse un campo de ejecución: unos matorrales despoblados que deberían destinarse al cultivo. Me llevaron hasta una cerca y continuaron con la violencia. Me amenazaron con dispararme en la cabeza si los estadounidenses invadían. También me rompieron el carné de identidad, así que ahora estoy sin identificación, lo cual es bastante arriesgado en La Habana.

Después de más violencia verbal, física e intimidación, me dejaron a la altura de las Ocho Vías, en Artemisa, para que regresara a La Habana por mis propios medios. Puede imaginar a qué hora llegué a casa.

Según ellos, la motivación principal fue que algunos compatriotas y yo incitábamos a los cacerolazos que se suceden día y noche en distintas partes del país, pese a que son acciones espontáneas del pueblo.

Además, hubo una humillación que contaré en su momento, cuando la procese intelectualmente.

Hay al menos dos lecturas de lo ocurrido. Una sostiene que se trata de un acto de desesperación e impotencia del régimen y que, en consecuencia, solo les queda reprimir a quienes piensan distinto. La otra es que están aplicando exactamente lo que han dicho: hay que sacrificar todo lo necesario para salvar lo esencial. Es decir, no hay indicios de que quieran impulsar cambios políticos. Probablemente estén dispuestos a aplicar muchas de las 176 medidas anunciadas, todas vinculadas al ámbito económico. Pero de lo político, nada.

Creo que va por ahí. La profusión de medidas económicas debe leerse como un mensaje a la comunidad internacional y a Estados Unidos: están dispuestos a acercarse incluso a posiciones como las de Javier Milei, si eso les permite permanecer en el poder. Es también una señal de atracción al capital estadounidense y global, para que digan: “Este gobierno está dispuesto a crear banca privada y casas de cambio privadas; a convertir la propiedad estatal obsoleta en sociedades comerciales y permitir que la gente compre acciones”. En otras palabras, están dispuestos a hacer todo aquello que, desde su propia ideología, no deberían hacer, con tal de conservar el poder. Por eso buscarían negociar ahora reformas económicas, dejando a las políticas para una supuesta evolución posterior. Ese es el mensaje de fondo; de otra manera no tendría sentido. Cuando se quieren reformas serias y estructurales, no se empieza por la economía, sino por la política: por el Estado de derecho, la seguridad jurídica para ciudadanos e inversionistas, la convocatoria a la nación. La revisión constitucional y política de todo lo que genera desconfianza. No creo que ningún inversionista serio quiera fortalecer el socialismo; vienen por las perspectivas financieras.

Independientemente del paquete de medidas económicas, sorprende que Miguel Díaz-Canel haya asegurado que existen problemas que no son culpa del exterior, sino responsabilidad propia. Es la primera vez que una máxima autoridad cubana reconoce la responsabilidad de muchas cosas.

De hecho, demuestra que la transferencia de la culpa hacia el exterior no era más que un pretexto. Si tienes 176 medidas para liberar, el problema es tuyo. No se trata de 176 medidas. Entonces, ¿la responsabilidad es de Estados Unidos o del propio gobierno cubano? Hay otro dato con impacto real y simbólico, que refuerza esta idea: la recuperación de Julio Carranza, economista que formó parte del Centro de Estudios de América. En la segunda mitad de los años noventa, el centro propuso un paquete de reformas orientado a modernizar el socialismo y reflotar la economía tras la pérdida de los subsidios soviéticos. ¿Qué ocurrió? Sus investigadores fueron expulsados o separados. Hoy, recuperar a Carranza equivale a admitir que la responsabilidad era del gobierno cubano desde los años noventa, no del embargo estadounidense ni de la comunidad internacional, que durante años aceptó ese discurso.

Muchos se preguntarán qué hicieron al depositar toda la culpa en Estados Unidos, cuando el propio gobierno acaba de reconocer su responsabilidad en el desastre económico y el colapso de la economía cubana.

Durante mucho tiempo dio la impresión de que quienes mantenían una postura radical contraria al diálogo con las autoridades cubanas eran reprimidos con dureza. Hoy parece que las cosas han cambiado. Al grupo radical suman a los partidarios del diálogo, a disidentes contrarios a la violencia, porque temen que el descontento social termine favoreciendo los cambios políticos necesarios en la isla.

Así es. Hubo un momento en que algunos sectores vislumbraban – cuando las circunstancias mejoraran-  la posibilidad de un pacto, un diálogo o transformaciones institucionales capaces de integrar a ese sector crítico, con una posición política definida, pero orientada a la reconciliación y la moderación. Esa circunstancia cambia ahora por una razón fundamental: el Gobierno ha perdido apoyo popular y no parece capaz de aceptar que los apoyos se trasladen a sectores racionales y moderados. Diría más: he hablado con personas cercanas al ámbito gubernamental, no de alto nivel, que me han dicho que nuestra propuesta de transición democrática para Cuba debió haber sido la de la Revolución Cubana de 1959. Que alguien del lado del gobierno lo diga es significativo sociológica y políticamente, porque demuestra que en la sociedad cubana no hay reservas acumuladas de violencia política, esas son de la élite en el poder, en quienes quieren conservar el control a toda costa y prevalecer sobre la sociedad cubana.

El Gobierno sabe que perdió apoyo popular y quiere impedir que ese respaldo se transfiera a otro sector. Los más preparados para asumirlo son los moderados; no solo los representados por el Consejo para la Transición Democrática. También hay otros grupos interesantes, con propuestas con las que dialogamos, aunque no formen parte del Consejo.

 Lo escuché con atención cuando dijo que hubo un momento, relacionado con la represión, que dará a conocer más adelante, pero que antes necesita procesar. No le pido que lo cuente aquí, en esta conversación; solo quisiera preguntarle si se trata de algo grave,

Gravísimo. Se trata de algo muy grave, de una humillación que nunca olvidaré y que no había sufrido en mis 63 años.

 

José Zepeda

Periodista, productor radiofónico, capacitador profesional.

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