Eduardo Mendoza, Premio Princesa de Asturias de las Letras 2025

2008. Ese fue el año que el recién galardonado con el Premio Princesa de Asturias 2025, Eduardo Mendoza visitó el Instituto Cervantes para dar la conferencia “De qué hablan los españoles cuando mienten»
En 2016, el autor recibió el Premio de Literatura en Lengua Castellana Miguel de Cervantes.
Mendoza es un hombre afable, de fina ironía y buen humor. Ambas características están presentes en sus libros.
Esta entrevista de Radio Nederland se realizó unas horas antes de la IV Conferencia Spinoza del Instituto Cervantes de los Países Bajos.
Tres momentos de la literatura española: el franquismo, la transición democrática y la actualidad. Comencemos por lo de la dictadura franquista. Yo vengo de Chile. En mi país, cuando estaba la dictadura militar de Pinochet, mis amigos acostumbraban a decir que el bestseller del momento era el manual del tornero mecánico. ¿Sucedía algo parecido en España?
Sucedieron muchas cosas, porque una de las características de la dictadura franquista es que duró muchísimos años. Tantos que yo nací en la dictadura franquista y no me morí en ella de milagro, porque cuando acabó yo era un nombre hecho y derecho. Es decir, me había pasado toda la vida metido en ella. Creo que prácticamente dos generaciones literariamente hablando, vivieron dentro de la dictadura franquista, a diferencia de otras que fueron intensas, pero duraron periodos relativamente breves.
Casi no se puede ni hablar de la literatura en la dictadura franquista. Habría que hacer un curso sobre lo que fue aquello en el principio, la media parte y el final. En gran medida fue marcada por la guerra y el exilio. El exilio borró toda una generación de escritores. La generación del 27, cuya figura más conocida es Federico García Lorca, se borró incluso físicamente. Los demás fueron todos al destierro. Tuvimos algunas literaturas periféricas como la literatura catalana, la vasca, la gallega. Desde el exilio se siguió escribiendo. Pero claro, desconectados del día a día.
Se levantó una literatura casi desde cero, una escritura imitativa que intentaba reconstruir lo que había sido la tradición literaria. Esa literatura llegó a consolidarse porque la capacidad de supervivencia de los escritores es muy grande y alcanzó a ser una generación importante, aunque lastrada por esta especie de orfandad y por la censura.
Luego una tercera generación es la que surge en las postrimerías del franquismo, con un cierto margen de libertad, con más conocimientos, influenciada por otros y sobre todo determinada por la aparición de la literatura latinoamericana.
De la cual vamos a hablar enseguida. Pero el cine durante el franquismo se dedicó fundamentalmente al buen humor, a la comedia, para evitar de alguna manera el tema político. Al revés, al ser dolorosa por sus orígenes es tremendamente seria. Una literatura ensimismada que había además asumido una gran responsabilidad política y social, lo que la hacía una literatura pesadísima, digámoslo así, con enormes méritos, pero que provocaba pocas alegrías. Era una literatura minoritaria, experimental, a veces de contenido social. Muy influenciada por la literatura francesa del momento, con Jaques Derrida. Claro, no se producían superventas todos los años. Diría que no se producían nunca. Era una literatura de embrión, de semilla, de la que luego germinarían algunas plantas, pero que estaba todavía bajo tierra.
Muchos escritores latinoamericanos tienen un convencimiento que a otros le parece equivocado. Aseguran que la adversidad es el mejor acicate para escribir. No nacen buenas novelas cuando hay alegría, cuando hay felicidad. Las mejores novelas siempre se escriben cuando hay peligro. ¿Hay algo de cierto en eso?
No sé si se puede generalizar. Una larga y profunda penuria esteriliza todo lo que toca. Creo que una dosis saludable de ambas cosas, penas y alegrías es lo que conviene a la salud del cuerpo y del alma. ¿Qué habría sucedido con la literatura latinoamericana si no se hubiera visto sacudida por tantos terremotos como la estuvieron llevándola de un sitio para otro? No lo sabemos. Solo sabemos que para la literatura en español las convulsiones han sido beneficiosas porque cuando no estaban yendo los españoles para allá, estaban viniendo los americanos para acá. Así ha habido una corriente de comunicación que nos ha mantenido a todos muy unidos y con la lengua muy unida. El inglés, por ejemplo, que no ha tenido estos avatares, se ha mantenido separada mucho más. Mientras que el español, hubo momentos en que la circulación casi era una corriente de aire, porque entre los cubanos, los chilenos, los argentinos, los que iban a México, los que venían de no sé dónde; las sucesivas catástrofes económicas, todo ayudó a crear una especie de equipo internacional que ha sido muy beneficioso.
Usted sabe que nos hemos vuelto muy conmemorativos en el mundo. Este año se conmemoran los 40 años de lo que se llamó el mayo del 68. ¿De alguna forma estos acontecimientos que pusieron en cuestión el poder y las ideologías influyeron en la literatura española?
Creo que sí, de una forma indirecta, porque vimos el mayo del 68 a través de una prensa muy mediatizada, de una televisión que lo ocultaba todo. Pero marcó una diferencia importante. Algunos teníamos privilegios de clase y pudimos ir a ver el mayo del 68 en persona, pagarnos el pasaje a la revolución, los demás tuvieron que seguirlo de una forma indirecta.
Usted estuvo en París.
Curiosamente estaba en Suiza, trabajando en una imprenta, pero seguí el cambio día a día en una televisión fiel con la realidad, con lo que estaba sucediendo en las calles. Recuerdo las declaraciones de Jean Paul Sartre. La ocupación del Odeón. Viví estos momentos, no físicamente, pero sí cercanamente. En España nadie sabía nada de lo que pasaba porque eso era una de las cosas que más miedo daban. No tanto la ideología, sino el mal ejemplo. Era una dictadura asentada, un poquito obesa, con manías de solterona, que lo quiere es contagio de gente que hace cosas malas. Yo era un poquito eso. “Aquí nosotros tenemos nuestro jardín muy limpio y bien regado y no queremos que vengan…”
A contaminarlo.
A contaminarlo. Pero sí hubo quienes lo vivimos de una forma intensa. Aquella revuelta resultó que era formal, por eso también nos interesaba mas, más porque lo que buscábamos eran revoluciones más formales que ideológicas. Ya habíamos leído a Marx y a Lenin. Lo que queríamos era ver qué teníamos que ponernos para salir a la calle. Ellos nos enseñaron el vestuario, el lenguaje, los lemas, las canciones, esa forma de manifestarse que todavía se practica, pero de una manera marginal.
La transición democrática española se realiza para resumirlo sobre el silencio, un silencio de consenso. Hay una mayoría del pueblo español que consideraba que era oportuno callar para construir el futuro. ¿Influye este hecho de alguna manera en la decisión que toman los escritores de no tocar el pasado reciente, de no hablar de esa historia y del dolor?
Tengo una visión personal. No creo en la conspiración del silencio. No había nada que callar. Todo estaba dicho y sabido en ese momento. Hablábamos de cosas terribles, pero que habían sucedido hacía 40 años. Muchos años. La Guerra Civil había acabado el año 39. Estábamos en el 77. No era el caso de Chile o de la Argentina con Alfonsín. Era un caso de decir no hay que abrir un expediente delictivo, sino hacer un balance histórico. En ese momento las cosas eran muy inciertas. Nadie apostaba porque la operación saliera bien.
La transición española en sus inicios vista desde la distancia parecía una cosa simple. En aquel momento eran continuas las jugadas de póker en donde la apuesta era todo o nada. Nadie creía que no iba a haber un nuevo golpe militar con unos paramilitares que iban a ajustar cuentas. Todo eso era peligroso.
Recuerdo aquellos años en los que nadie dormía tranquilo. La versión que se ha dado luego de que hubo una acomodaticia decisión de no sacar los esqueletos, por el contrario, los esqueletos andaban por la calle armando un ruido notable con sus huesos.
Quizá habría sido mejor, otra cosa. Quizá. El Estado de las autonomías no se hizo. De acuerdo. Pero en aquel momento se hizo lo que se pudo y salió mejor de lo que todo el mundo esperaba.
Otra cosa son los escritores de la transición. Creo que ahora, con los años transcurridos, se puede hablar. Sin excusa ni vergüenza. ¿Qué pasó entonces? ¿Porqué? Cuando parecía que iba a salir algo muy serio, salió algo muy tonto. En parte por la reacción a esa literatura tan agobiada de los años anteriores, que estaba toda hecha de todo. Era mover piedras grandes de un lado para otro de la sala. Las ganas de alegría y de ligereza. Todo el mundo de lo que tenía ganas cuando desapareció la censura y hubo libertad era quitarse la ropa. No reflexionar sobre la historia y enviar al paredón a los culpables. No. La gente quería por primera vez el destape. Fue una reacción de consenso. Una reacción muy juvenil. Pero es que nos habían robado la infancia, la adolescencia, la juventud. Estábamos haciéndonos mayores y todavía no nos habíamos quitado la ropa.
Había que airear la vida y airearse de una vez por todas.
Recuerdo mi primer contacto. Vivía entonces fuera de España y llegué a Barcelona. Pensé, ahora veré la revolución en marcha. Y lo que vi era una gente que cantaba y bailaba hasta altas horas de la noche en las plazas, con orquestas improvisadas o no improvisadas. Se quitaban los pantalones y los echaban al aire y las chicas se quitaban la blusa. Yo pensaba, estas son aquellas libertades con las que soñábamos. Pues sí, exactamente era eso.
Luego vino la serenidad, la crisis económica y el Fondo Monetario Internacional, pero de momento, quitarse los pantalones y bailar salsa. Luego ya hablaremos.
Eso mismo hizo la literatura. ¿Cómo reaccionaron los lectores?
Entusiasmados. La crítica se puso muy ceñuda. Pero los lectores lo agradecieron. Yo pongo en la charla que voy a dar, el ejemplo muy claro del cine. El cine había sido tentativo, simbólico, lleno de sobreentendidos. Era lo de Carlos Saura. Ya se veía que aquello significaba otra cosa y lo que parecía no era lo que quería decir. Con la libertad se podrá hacer otra película y lo que apareció fue Pedro Almodóvar. Era lo que la gente quería. Disparates, travestismo. Historias absurdas con las que todo el mundo se identificaba porque emergía la parte que habíamos reprimido. Creíamos que habíamos refrenado la parte política, pero era la parte lúdica, el gamberro que todos queríamos ser. Con la literatura pasó algo parecido. Alguien sacó un libro muy serio que había tenido guardado muchos años en un cajón y nadie lo leyó. Lo que querían era historias de detectives.
Los 60. Usted lo mencionó ya en nuestra conversación, era la época dorada de la literatura latinoamericana, el boom de Carlos Fuentes, Juan Carlos Onetti, Mario Vargas Llosa, en fin, todos esos nombres supongo que les habrá servido a los escritores españoles.
Ha servido mucho, es decir, poco. Creo que nos salvó la vida. Y, además, aparte de eso, hemos sido sumamente ingratos. Nunca hemos hecho un acto público de reconocimiento de lo que significó todo aquello. Ese extraño fenómeno irrepetible. Si alguien se para un momento a pensar en lo que fue el llamado boom, puede decir que fue casi un fenómeno casi español, porque se produjo casi todo en España.
Y en Barcelona concretamente.
Mayoritariamente, aunque algunas figuras que no llegaron a Barcelona tuvieron una importancia tremenda. Por ejemplo, Juan Rulfo y Jorge Luis Borges. Pero luego, tanto García Márquez, Vargas Llosa, Carlos Fuentes, Julio Cortázar, Pepe Donoso, Alfredo Bryce Echenique, Onetti, Guillermo Cabrera Infante. Lezama Lima es una lista que no se acaba nunca y de nombres que cada uno de ellos basta para justificar una literatura. Todos esos estaban juntos y sentados en un café en Barcelona. Fue algo tremendo.
Ahora se habla del boom y sus grandes figuras. Pero antes de la explosión no eran nadie. Uno iba a una librería y decía recomiéndame un libro. Pues mira, acaba de salir una cosa que es interesante y uno se llevaba a casa ese libro. Era la casa verde.
O Conversación en la Catedral, o Paradiso o Rayuela…
El librero te decía, lee esto, que es una obra importantísima. Uno la compraba y empezaba a leer por la tarde. Daban las 03:00 de la noche y seguía allí con ganas de exclamar: “qué regalo me han traído los Reyes Magos”. Una cosa fastuosa. Nos acostumbramos, porque luego ahora ya no leemos a casi ningún escritor latinoamericano, porque exigimos aquel nivel de restaurante de tres estrellas Michelin a la que nos tenían acostumbrados.
Lo que fue eso para una literatura de alpargata -que era lo que teníamos- con un idioma gastado, que era un coche viejo al que le van cambiando piezas como los coches que circulan por La Habana. Así era la literatura española en aquellos años, con una lengua que creíamos agotada.
Como han cambiado las cosas, ¿verdad? ¿Da la impresión de que ahora estamos en la situación inversa? Son los españoles los que se venden bien en América Latina.
Lo que hay es una compra del mercado latinoamericano por parte del capital español que impone sus preferencias. Para qué nos vamos a engañar, estamos entre amigos. Ahora las cosas han vuelto a su cauce. Aquello no volverá a suceder. Aparece Bolaño, pero en general lo normal, un escritor belga y un italiano. Dos rusos. Aquello no se volverá a producir nunca más. No creo que se haya producido antes en la historia de la humanidad. ¿En qué momento pueden aparecer? Hemos citado por lo menos a 12 o 15 escritores, cada uno de los cuales merece una biblioteca para él solo. Eso, nunca más.
Unas pocas palabras sobre la literatura de hoy en España. Por qué se vuelve hoy a los libros sobre la Guerra Civil española.
Cambio generacional. Los que hemos dado clases en la universidad o tenemos contacto con el mundo universitario, constatamos que hay generaciones universitarias cultas, instruidas. Son las encargadas de expresar el pensamiento, que no tiene memoria ni del franquismo ni de la guerra civil, sino de la Transición.
Sobre la función de la literatura me encuentro con dos extremos. Hay escritores que dicen que la literatura salva al hombre de la locura. Es una posición enfática. Hay otros que dicen tener serias dudas de que la literatura tenga algún valor terapéutico. ¿En qué quedamos?
Creo que salva de la locura, pero a veces la provoca. No sé si alguien se ha salvado, pero en cambio yo sé que muchos han enloquecido y muchos se suicidaron. O sea que no sé si es recomendable. Si cumple una función importante que es poner orden en la percepción de la realidad. En este caos de cosas que suceden en la literatura, las ordena un de acuerdo con unos criterios de épocas y de tradición, y explica lo que son los sentimientos. Uno que no sabe si tiene sentimientos o no, pues cuando los lee dice ¡Ah!, pues debo tener sentimientos, porque efectivamente lo que me gusta, lo que no me gusta, todo eso, claro que nos saca un poco de este mundo tan instintivo y primario. Lo que ocurre es que, en estos momentos, como como muy bien decía usted, la cosa se está complicando porque antes la literatura pues era prácticamente la única…
Ama y señora.
Claro, era la dueña de este territorio y ahora lo comparte con muchas otras formas de conocimiento, de experiencia, empezando por la propia experiencia directa. Cuando yo era chico, lo que pasaba en la vida, lo aprendía en los libros y ahora es al revés. Cuando los chicos acceden a un libro les da risa porque previamente han conocido personalmente el desfase entre lo que leen y lo que hacen es enorme. Uno ve que en las escuelas están leyendo una literatura infantil que habla de El cerdito que se escapó de su granja y después salen a la calle, se les acercan a venderles droga y entonces la literatura de poco sirve en tales circunstancias. Más adelante quizá sí, pero la función del gran teatro del mundo que era antes, ya no lo es. La gente viaja. La gente tiene a su alcance una información de primera mano. Vive la realidad que antes solo podía conocer. Y entonces la posible función terapéutica o nociva de la literatura, no lo sé pues ha quedado muy en segundo lugar.




