El húsar y la muerte. El hombre detrás de la imagen, de la leyenda

Manuel Rodríguez, una vida rica en mitos y realidades. Si hubiese que escoger un hecho para definirlo, ese podría ser la creación de los húsares de la muerte en 1818, tras el desastre de Rancagua. Riguroso traje negro con calaveras y dos fémures cruzados en el cuello. La vestimenta expresaba la decisión irrenunciable del escuadrón de caballería de dar la vida en la lucha por la patria

El escritor chileno Andrés Valenzuela es el autor de la novela El húsar y la muerte. Una ficción que recrea las últimas semanas del guerrillero de la independencia. No es esta obra un canto al héroe ni mucho menos una loa al mito. Quiere ser un acercamiento al hombre, al que ama y padece, al que le atormenta equivocarse, al amigo de sus amigos, al asiduo de las fondas y las ramadas.

Comienzo con una contradicción. ¿Por qué la gente quería tanto a Manuel Rodríguez? Sobre todo, la gente del pueblo. ¿Si ni siquiera él era un pobretón?

La historiografía lleva un buen tiempo dando vueltas alrededor del tema, porque es un buen punto. Probablemente porque en ese entonces Manuel Rodríguez era muy cercano al pueblo. A quienes llamamos los próceres de la independencia o los grandes personajes eran parte de una élite que no tenía ninguna relación con el bajo pueblo. Suena horrible decirlo ahora por los estándares actuales, pero en el 800 la realidad era muy diferente. Manuel Rodríguez tenía otro talante y las fuentes mencionan que —como decimos en Chile— iba a carretear allá a las chingonas por calle San Pablo pa´bajo, se tomaba sus apiados con la gente, compartía con las chinas, con los gañanes. Ni los Carrera, ni los O’Higgins, ni ninguno de los otros personajes que se conciben como próceres de la independencia hicieron algo parecido. Entonces, creo que por eso era tan querido y ese sentimiento se transmitió a lo largo del tiempo, hasta la actualidad.

¿Por qué había gente que lo odiaba tanto como para confabular para eliminarlo?

Probablemente porque en todo proceso humano, y como lo fue la guerra de independencia chilena, los egos, los intereses personales, las mezquindades, por mucho que haya una causa común que mantiene juntos a los independentistas, siempre también forman parte del paquete las miserias humanas. Y al final, en muchos casos, estas emociones, estas pulsiones negativas terminan robándose la película. E incluso, por desgracia, acaban jugando en contra con situaciones tan terribles como ocurrió con Manuel Rodríguez.

Usted habla de las dudas que tenía Manuel Rodríguez, del temor a equivocarse y arrastrar en los errores al dolor y tal vez a la muerte a quienes lo adoraban. Pero pese a las incertidumbres, él se inclina siempre por mandar al carajo el miedo. Porque era, fue y será siempre un patriota exaltado, pese a que su profesión era las palabras.

Es así. A pesar de tener formación de abogado, lo que implica una mente racional, pragmática, también era a la vez una persona impulsiva, tremendamente idealista, al extremo del prejuicio propio al llevar sus ideales y todo aquello que consideraba justo. Sus ideales siempre estuvieron por delante de cualquier cosa.

Me da la impresión de que Manuel Rodríguez, independientemente de veracidades y falsedades, es esa especie de héroe clásico. De un hombre amado y odiado en medidas desiguales. Un hombre con un arrojo ejemplar que sigue la causa del héroe, que tiene un final trágico y que, encima, la mujer que ama, bonito nombre, Francisca de Paula Segura y Ruiz, va a tener un hijo al que nunca va a conocer.

Se dan en él todos los ingredientes del héroe histórico, con un relato que tiene bastante de mito. Y la idea de la novela, a pesar de ser una ficción, pretende aterrizar este tipo de aditamentos a la historia que vienen construidos desde el mito. Es un ejercicio de justicia para el propio personaje, porque Manuel Rodríguez era un ser humano como usted, como soy yo, como todos nosotros. No era un superhéroe y aun así fue capaz de hacer lo que hizo junto con los demás personajes libertarios, los Carrera, O’Higgins, junto a todos los involucrados en el proceso de independencia. Se levantaban y acostaban con todas las limitaciones, con todos los miedos, con todo lo que había que perder. Pero se empinaron por sobre el muro de los temores impulsados por la fuerza que dan las causas justas.

La historia de Manuel Rodríguez parece sacada de un mito clásico. Fue capaz de tantas cosas emparentadas con la hazaña para contribuir a la gesta chilena.

Durante largo tiempo de su vida y carrera como militar, Manuel Rodríguez confió en la suerte que tenía de salir airoso de los lances a los que se enfrentaba, de librarse de la cárcel. A eso le acompañaba una cierta candidez en el sentido de que él siempre iba a poder salvarse, que iba a caer de pie, como usted dice, y que es solo al final, en los últimos días, cuando toma conciencia de la gravedad de la conspiración a la que se enfrenta.

Durante buena parte de su vida, y no solo la del guerrillero, confió en dos cosas: la suerte y su singular capacidad. Tenía conciencia de ser un sujeto señalado, de esos que se encaminan al encuentro de su destino y a la cita con la historia. No era pobretón, tampoco de alcurnia ni de una familia adinerada, como por ejemplo si eran algunos de sus amigos, como los Carrera. Era, pese a que en aquel tiempo no existía, de clase media. Confiaba en su capacidad, en su intelecto y mucho en sus amigos.

Hacia el final de sus días, al parecer, cuando hace el análisis de lo vivido, en algún momento indeterminado toma conciencia de que de que algo salió mal, que en algún momento algo se quebró, y no se podrá reconstruir, que no tiene vuelta. Traté de plasmarlo en la novela cuando recurre a la introspección para ver si valió o no la pena. En el caso de los ideales, tiene pocas dudas de su incuestionable amor por la patria y su compromiso con la causa patriota. Pero en términos personales, no le queda tan claro. A lo mejor se preguntó: qué estoy perdiendo, qué no voy a ver, No conoceré a mi hijo. Todas las ausencias me traerán cuotas de sufrimiento que ni siquiera puedo vislumbrar.

Los Libertadores son Bernardo O’Higgins y San Martín. No está en ese cielo Manuel Rodríguez, siendo que tiene bien merecido un puesto entre los fundadores de la patria llamada Chile. Da la impresión de que no tiene la fama que se merece, porque no se puede andar diciendo por ahí que el Padre de la Patria es el responsable directo o se contó con su aquiescencia o complicidad, o su encubrimiento directo o por omisión. Bernardo O’Higgins Riquelme. El título de Padre de la Patria va, creo, en desmedro de la merecida fama de Manuel Rodríguez.

Primero, no soy historiador. Lo mío es un ejercicio de ficción. Lo que podemos hacer es un análisis con base en lo que registran las fuentes historiográficas.

Segundo. Manuel Rodríguez no tiene la fama de otros próceres de la independencia, en parte por la misma historiografía, por el tratamiento que se hizo de su persona y figura. Recientemente lo tratan mejor. Pero a lo largo de la historia siempre se lo consideró un personaje más bien secundario.

Tercero. Creo que es difícil determinar cuál es la verdadera preponderancia o injerencia de cada uno de los involucrados en el proceso. Depende de la fuente consultada, será la respuesta. Ninguno de nosotros estuvo ahí para ver qué fue lo que realmente pasó. Podemos hacer suposiciones y al final cada uno nos quedaremos con nuestras preferencias,

En conclusión, todos estos procesos tienen un lado terrible, un costo humano que después de los años, cuando la historia recoge los pormenores, empezamos a enterarnos de la magnitud de lo ocurrido.

La novela apunta una parte de la responsabilidad a Bernardo O’Higgins cuando dice ante los confabulados: uno de los grandes servicios que puede hacerle Manuel Rodríguez a la Patria es morir.

Por supuesto. Bernardo O’Higgins y la logia lautarina están confabulados con José de San Martín. Como digo, es el lado nefasto, en donde se involucran los egos, las mezquindades, los intereses ajenos al proceso mismo que contaminan la situación. Al final la responsabilidad nunca es ni de las ideas ni de los conceptos. Es la de los humanos, como sujetos falibles, nos dejamos llevar por las peores pasiones.

Independientemente de las interpretaciones, creo que hay antecedentes históricos que prueban que Bernardo O’Higgins fue un personaje autoritario, que gobernó con mano de hierro, que concentró todo el poder, que no tuvo contrapeso legislativo, y llegó, incluso, al extremo de exiliar a toda opinión disidente. Lo cual no es extraño en un autoritario que confunde al adversario con el enemigo. Dictó una constitución a su medida que pretendía perpetuarlo por diez años más.

Es así. Las fuentes lo dicen y lo que usted dice es incontrovertible. Lo otro son las interpretaciones que hacen algunos historiadores que sienten afinidad con el gobierno de O’Higgins.

Cuando uno analiza el pasado y se trata de figuras tan destacadas como esta, nos preguntamos: ¿Qué nos dice Manuel Rodríguez a los que vivimos en el siglo 21?

Manuel Rodríguez, como decía, siempre fue cercano al pueblo en general. No venía de extracción popular; era, aunque no existía en esa época, de clase media. Era posible identificarse con él porque era sencillo y a la vez educado. ¿Qué nos podría decir ahora? Tal vez nos advertiría de no caer en los mismos errores que tuvo él y toda la gente cercana, como también sus adversarios, pese a que se suponía que estaban todos del mismo lado.

Hay que tener siempre presente que las polarizaciones pueden ser enemigas de los buenos finales.

Sí, porque el enemigo eran los realistas. Pero estas pugnas se dieron todas al interior del bando patriota. Pero no vamos a aprender, porque esos errores se han venido repitiendo desde que el mundo es mundo. Y es terrible decirlo. Los vamos a seguir repitiendo, sin importar el contexto histórico ni el ideológico en el que estemos hablando, va a seguir pasando porque aparentemente es innato a nosotros.

Quisiera agregar un segundo aspecto de lo que puede decir Manuel Rodríguez sobre la actualidad. Tiene que ver con su libro, El Húsar y la muerte. Tzvetan Todorov tiene razón cuando diferencia entre conmemorar y rememorar. Conmemorar es el discurso público, es la estatua, las palabras grandilocuentes, todo el lado lindo de la historia y del mito. Pero lo otro es fundamental. Detrás del mito hay un ser humano que vivió una vida con todas sus grandezas y miserias. Que aportó mucho al país. Y es bueno recordarlo. Tratar de desmitificar a las figuras nuestras, pero a la vez mantener su grandeza incólume. Eso es lo que hace su libro, por lo cual le agradezco mucho la obra y esta conversación.

Valoro mucho sus palabras y la idea; es lo que se trató de hacer. Intento ni endiosar ni satanizar a nadie, sino tratar de mostrar las cosas como son, los claroscuros de la historia en la que nadie es superhéroe ni demonio. Finalmente, la idea es darle verosimilitud al relato al incorporar un elemento eminentemente humano, la indefinición, los lugares grises. Eran seres humanos, como lo somos todos, y a pesar de las limitaciones, fueron capaces de hacer aquellas cosas por las cuales su nombre ahora figura en los libros de historia.

Quiero decirle en la despedida que, independientemente del mito y la desmitificación, después de la lectura salgo queriendo mucho más a Manuel Rodríguez que antes.

Es un ejercicio de justicia, porque, deconstruyendo el mito, uno se da cuenta de que todas las hazañas, toda la grandeza que se cuenta del personaje la engrandece cuando se ve que detrás de ese mito había un ser con miedos, con penas, ambiciones, mezquindades, incluso, y que nos identificamos con el personaje. Porque con el mito uno no se identifica porque su carácter está en ese pedestal brillante que no podemos alcanzar, pero con el ser humano sí. Es gratificante: esa identificación con una humanidad compartida.

 

José Zepeda

Periodista, productor radiofónico, capacitador profesional.

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