Una iglesia consumida por su propia sombra. Las razones y dimensiones del abuso

Lo más reciente son las miles de criaturas canadienses abusadas hasta la muerte. Es como si la violencia a los niños fuera un precipicio sin fondo. Siguen cayendo y es tan grande el horror criminal que resulta cada vez más difícil justificarlo con argumentos susurrados por la mala conciencia individual y colectiva. A lo mejor hay que entender que la sombra que representa al mal puede emerger como flores venenosas en los jardines de la iglesia. Y no bastarán nunca los ocultamientos, ni el desprecio a las víctimas, ni los parches que atienden las consecuencias pero no las causas de los abusos.

Camilo Barrionuevo, psicólogo chileno es el autor del libro, Una iglesia devorada por su propia sombra. La pregunta insoslayable, ¿Cómo es posible? encuentra respuestas plausibles sobre las posibles razones del comportamiento criminal. No nos engañemos, si los creyentes ansían salvar a la iglesia de su fe, tienen la obligación de mirar al horror a la cara y exigir transformaciones impostergables

Lo primero que queda claro de su libro, “Una iglesia devorada por su propia sombra” es que los abusos sexuales son, a semejanza de la hidra de Erna, un monstruo de varias cabezas. Es una constatación sorprendente si se tiene en cuenta que parte importante de las autoridades de la iglesia Católica del mundo entero piensan todavía que se trata de casos de ovejas descarriadas.

Achacar la crisis a personas o a sujetos individuales es una explicación que tiene dos aspectos positivos, uno, es mucho más fácil de abordar y dos, alivia la responsabilidad institucional y colectiva, es el argumento para que parte importante de la iglesia aún tenga la perspectiva del problema como manzanas podridas. Dentro y fuera se ha asumido que es una crisis de individuos aislados, personas que tienen una psicopatología que explicaría su conducta desviada y sus crímenes de abuso sexual a niños y adolescentes.

Por desgracia es una tesis que no tiene respaldo empírico. En distintas partes del mundo se han realizado diversas investigaciones científicas con equipos universitarios de prestigio y renombre. Una de las cosas que apareció en la academia es que, primero, el perfil de los sacerdotes que realizan abusos sexuales es muy heterogéneo; y segundo, el nivel de psicopatología que presentan no difiere significativamente de la población con la que se compara, el resto del sacerdocio. En eso, por ejemplo, es categórico el informe que aparece en el 2004 en Estados Unidos, del John Jay College de Justicia Criminal. No hay diferencias significativas de trastorno de personalidad y de ánimo entre sacerdotes que cometen abusos sexuales y los que no. Solamente el 5 por ciento de los miles de implicados, tiene el perfil del trastorno psiquiátrico de pedofilia, lo que aclara que la tesis de la psicopatología o de las manzanas podridas es insuficiente para explicar la ubicuidad y la gravedad de la crisis de la iglesia.

Si la naturaleza de los abusos sexuales en la Iglesia Católica es multicausal psicológica, sistémica, estructural, teológica, cultural y espiritualmente, uno de los aspectos esenciales es la sombra, tal y como usted lo señala en el título del libro. Es poco conocido a nivel popular que el lado oscuro, la sombra, acompaña al ser humano durante toda su existencia. Y es más ignorado todavía que esa sombra puede pasar de lo personal a lo colectivo y hacerse parte de una institución como la Iglesia. ¿Cómo así?

La psicología analítica da un contexto hermenéutico interesante. Es una perspectiva teórica, una mirada que uno ofrece sobre un fenómeno complejo, que puede tener cierto potencial comprensivo y quizás transformador en el mejor de los casos.

El concepto de la sombra está anclado en investigaciones de naturaleza científico disciplinar dentro de la psicología contemporánea. Dicho simplemente, tiene que ver con que el yo y la conciencia humana, en general, en su funcionamiento tiende a unilateralisarse. Es decir, desde chiquitito se nos enseña a tener ciertas características de personalidad con las cuales nos identificamos. Tienes que ser trabajador y no flojo, tienes que ser generoso y no egoísta, ser valiente y no cobarde, etcétera. Es parte de la cultura y del proceso de crecimiento.

Lo que sabemos hoy en día es que el self y el constructo del cinismo, de la autoestima, es fluido, no tiene una unidad fija, sino más bien es un proceso en el cual hay distintos estados y representaciones internas que coexisten. ¿Qué significa eso? Que nuestro sentido del cinismo, es muy flexible y variado, e involucra a la totalidad de la humanidad. Como decía Terencio varias centurias atrás: “Nada de lo humano me es ajeno” (Plubio Terencio Africano, 165 A.C. de la comedia, El enemigo de sí mismo) En cada ser humano late la potencialidad para realizar actos de notable virtuosismo, y, al mismo tiempo, tenemos la posibilidad de ejercer violencia y destructividad en determinados contextos.

Hay experimentos de los últimos decenios que señalan cómo sujetos “normales” en ciertas circunstancias pueden llegar a comportarse de manera pasmosa.

Una artista en Nueva York puso una serie de 72 objetos sobre una mesa e invitó a una performance a gente de Nueva York, de un sector cultural elevado. Les dice, no me voy a mover durante seis horas. Pueden hacer lo que ustedes estimen conmigo. Permaneceré inmóvil. Se despersonaliza a propósito y empieza un fenómeno escalofriante. Primero, tímidamente, alguien toma una pluma y le hace cosquillas y se entra en una dinámica de placer. Pero, la mujer termina con la ropa cortada, semidesnuda, con un tajo de cuchillo, agredida sexualmente, alguien agarra una pistola y alguien tiene que intervenir para quitársela (se trata de la artista serbia Marina Abramovic. El experimento es de 1974)

Eso sucede en muy pocas horas. El fenómeno del lado oscuro de la personalidad humana es algo para tomárselo en serio.

La sombra implica todo aquello que soy y que no me gustaría ser. El mismo Carl Gustav Jung afirmaba que la sombra, en su raíz más profunda, entendida como el alma, tiene una naturaleza colectiva, que él llamó el inconsciente colectivo, que es el aspecto en el que emerge la naturaleza de nuestra psique individual. La naturaleza de lo colectivo es lo que identifica a un grupo humano y lo que proyecta en el mundo.

La tesis del libro es que la iglesia como institución y como cultura tiene cierto relato sobre sí misma, un imaginario de lo qué es la iglesia, cuál es su lugar en el mundo. Es la concepción que se consolidó desde Trento (El Concilio de Trento, entre 1545 y 1563). Desde esa época se ha tendido a exaltar a la iglesia institucional como “sociedad perfecta”, con la infalibilidad papal y demás. Es un imaginario simbólico justificado teológica y socialmente, que crea una atmósfera, una autoimagen. Desde el comienzo, la modernidad fue percibida como la depositaria del mal. La iglesia es la que preserva la verdad, la vida, la pureza y luchará contra el mundo secular, fuente de todo mal.

Otro de los elementos centrales de su libro es el narcisismo. Usted comienza haciendo una aclaración, y es que contrariamente a la creencia generalizada, se trata de un estado anímico en el que destacan los afectos negativos, la falta de autoestima, la vergüenza por aspiraciones desmedidas, la necesidad de admiración y cariño. Aquí hay una falla geológica, llamémosla así, que atraviesa a toda la iglesia, porque la selección para el sacerdocio parece no tomar en cuenta ciertos aspectos psicológicos indispensables, a lo que debe sumarse la falta de conocimiento básico del trato psicológico con los fieles.

El concepto de narcisismo institucional se lo escuché por primera vez a académicos de Harvard University de Boston College. Gerald Kochansky y Frank Herman, que en el 2004 publican un artículo que habla de esta tendencia del clero, de vulnerabilidad narcisista, que tienen muchos sacerdotes es dialogante con un clima clerical que adolece de un narcisismo institucional.

Lo interesante es que efectivamente tenemos ciertos perfiles psicológicos que son frecuentes en el clero católico, en donde hay personas con una profunda vulnerabilidad narcisista, con dudas y sentimientos de minusvalía respecto a su valor como persona, de no ser dignos, de no ser merecedores del amor. Muchas veces con experiencias traumáticas tempranas, y se sienten atraídos hacia el sacerdocio como una forma de compensar sentimientos de inadecuación, de investirse con una cualidad sacrosanta que mantenga a raya el sentimiento narcisista y la vergüenza. Todo ello  va a acoplarse a una estructura institucional imbuida de clericalismo, que es otra forma de hablar de narcisismo institucional.

El clericalismo es la noción de que hay dos tipos de seres humanos: el clero que estaría en una distinción exaltada, y el pueblo de Dios como los no consagrados, o sea, no sagrados. Ese imaginario teológico ha sido justificado incluso por Papas que han hablado sin pelos en la lengua de la visión de una iglesia fuertemente piramidal. Lo que está más arriba de la pirámide está más cerca de Dios, el Papa, le siguen los cardenales y obispos. Además, puros hombres, y en la base de la pirámide los laicos.

Si uno se fija como ha respondido la iglesia institucional a la crisis, sobre todo en el comienzo, ha puesto en marcha mecanismos similares a los que recurren personas que tienen vulnerabilidad narcisista. Por ejemplo, está en el Código Canónico una preocupación por el prestigio. Uno de los primeros intereses, por sobre el mínimo cuidado de las víctimas, es la evitación del escándalo, para mantener una imagen, que es una preocupación fundamental de la personalidad narcisista acentuada. El qué dirán en primer lugar por sobre cualquier otra consideración. La incapacidad de mostrar empatía con las víctimas, el ataque y devaluación de las víctimas. Sobre todos los valientes que empezaron a enfrentarse a la estructura eclesial católica y a los grupos de poder asociados a ella es gente que sufrió brutales campañas de desprestigio.

Si uno lo mira con un poco de distancia, piensa,  es un síntoma más de cómo esta iglesia elitista y clericalista se defiende frente a la incapacidad de afrontar la verdad y recurre a técnicas, que suelen usar personas narcisistas cuando su autoconcepto se encuentra en entredicho. Ahí hay un paralelo y un diálogo bien posible de realizar.

Hay en su libro una sentencia que ilustra muy bien la mentalidad patriarcal de la Iglesia y de muchos seres humanos que están fuera del iglesia. Dice así: “Todas las maldades son pocas comparadas con las de la mujer. Su naturaleza sexual atrae a los hombres al pecado y los aleja de Dios”. Uno podría pensar, bueno, se trata de una abominación superada, pero nada parece viva y coleando

Tal vez no con ese lenguaje, salvo quizá en algunos sectores todavía muy tradicionales. Pero, implícitamente y en el fondo simbólico la iglesia está lejos de haber superado su naturaleza patriarcal y misógina. Es importante tenerlo presente porque la mayoría de las académicas mujeres, desde la década del 70 en adelante, han puesto sobre la mesa que para que suceda una relación abusiva, debe haber un horizonte de sentido, un ambiente que posibilite que dicha relación emerja. Estos son los significados culturales asociados al ser varón, al ser mujer y las relaciones de poder tienen un rol muy importante para permitir, justificar y mantener dinámicas abusivas.

¿Qué es lo que dice el dogma patriarcal? Que hay dos tipos de seres humanos, los varones en una posición de poder y privilegio, y la mujeres desprovistas de una subjetividad suficientemente valiosa. Ellas son “cosas”, propiedades, así como los niños, los animales. Ese imaginario simbólico es el que permite la emergencia de relaciones abusivas, porque una de las condiciones necesarias para el abuso es que la relación intersubjetiva esté fracturada. Es muy difícil abusar a otra persona o ejercer una relación de violencia cuando yo me enfrento internamente a otro ser humano. Cuando una persona violenta a otra la deshumaniza. Los soldados hacen eso. No enfrentan a seres humanos, sino al enemigo. En regímenes dictatoriales el enemigo se demoniza, se deshumaniza de manera tal de poder controlarlo, asesinarlo, torturarlo, desaparecerlo.

Esta práctica de la cultura patriarcal, no solo es parte de la iglesia, lo es también del mundo secular. Se permite de esta manera que los hombres crean que la mujeres son de su propiedad y que por lo tanto tienen derecho a tratarlas como les de la gana y ejercer violencia contra ellas.

En el último capítulo del libro digo que la cultura patriarcal y misógina católica, que fue tan grotesca durante tantos años, los hombres estaban destinados a la razón, al conocimiento, a lo intelectual y por tanto al espíritu; y la mujer era asociada a todo lo sombrío, la sexualidad, la emocionalidad y por lo tanto es más pecaminosa, más oscura. Esta creencia persiste implícitamente y es lo que permite el ejercicio de la violencia hacia la mujer, también en contextos eclesiales, que es un fenómeno que, a mi juicio, aún poco estudiado.

Si uno le pregunta a la gente de a pie cuál cree que es la razón fundamental de los abusos por parte de representantes de la Iglesia, creo que la mayoría se va a inclinar por decir, es el celibato. Usted se encarga en su libro de señalar que se trata de un elemento más, pero que no es el desencadenante de todo.

Contrario a la opinión pública hay bastante investigación que apunta a que no es cierto que el celibato te convierta de manera automática en un depredador sexual. La amplia mayoría de los abusadores en el mundo, no solamente dentro de la iglesia, no son célibes, son personas que tienen una vida sexual activa y que además son abusadores sexuales.

Sin embargo, lo que sí sabemos es que el celibato puede ser un factor relevante combinado con otros elementos de riesgo. Para algunos perfiles psicológicos y culturales el celibato puede asistir a que una persona sea más propensa a realizar tales prácticas. Ligado con otros factores, como el miedo a la sexualidad, con un imaginario sexual oscuro, pecaminoso, que prima en el universo católico y más en el clero, con una tendencia al secretismo, con un entorno clericalista que deja a los sacerdotes fuera del mundo, sin vinculación con las mujeres ni con el mundo laico, sin hablar y sin tener acompañamiento sobre como experimentan sus vidas de celibato. Todo esto sumado a trastornos específicos, el narcisismo, los comportamientos antisociales, los trastornos límite de la personalidad, como lo afirman las conclusiones, por ejemplo, de la Comisión Real Australiana que investigó este tema a cabalidad.

Por otra parte, para un porcentaje considerable de sacerdotes el celibato más que potenciar una vida de entrega, de servicio pastoral plena, puede ser una fuente de enfermedad mental, de depresión, de soledad, de aislamiento. En tales casos el celibato, en vez de una bendición se transforma en una condenación. Muchos sacerdotes revelan que es una fuente de conflictos. Un porcentaje no menor de ellos está a favor de que se revise el celibato obligatorio para el clero católico.

Por lo demás, muchos de los defensores acérrimos del celibato obligatorio muchas veces no mencionan que la iglesia, más de la mitad de su historia, no tuvo la obligación de una vida célibe obligatoria para los sacerdotes. Es algo que se establece de manera definitiva en el siglo XIII y con precario éxito.

Es un tremendo tema, la punta del témpano de un problema mucho más complejo, que no abarca solo a los abusos, sino como los sacerdotes viven su sexualidad, su afectividad, como también el escaso acompañamiento y la poca preparación que muchas veces tienen, porque son preparados en términos intelectuales de manera apropiada, con varios años de estudio, pero muchas veces no han tenido ni el respaldo ni la supervisión necesaria para llevar una vida plena.

¿Podríamos decir que el primer paso en el camino de la superación del problema de los abusos dentro de la iglesia Católica es reconocerle su condición a las víctimas?

Creo que hay progresos desde que se inició la crisis, a cómo fue la respuesta generalizada de la iglesia, y como estamos hoy. Hay cambios importantes de actitud. Se avanza cierto trecho sobre el reconocimiento de las víctimas, se lleva en nuestros días un debate que implica reconocer cómo se hace eso y cómo se repara. Es un diálogo abierto. Cuando uno lo escucha, tiene a veces la sensación de desaliento, porque aunque en lo público muchas veces se afirma la gravedad y magnitud de la crisis, en lo concreto, las actitudes reparatorias son ambivalentes. La iglesia chilena alega que no hay responsabilidad institucional jurídica, y que una reparación económica no corresponde. Yo esperaría de una institución que ha reconocido y que se ha dado cuenta de la magnitud de lo sucedido, que no solo se tratara de pedir perdón público, sino de reparar judicialmente. Y una de las herramientas es la reparación monetaria. En varias partes del mundo la iglesia ha hecho eso. No conozco en detalle el tema, pero me atrevo a decir que más bien ha sido empujada por los sistemas judiciales que de motu propio.

Es claro que le queda un largo camino y una enorme responsabilidad a la iglesia Católica para superar el problema, porque lo que perdió, más allá del dolor de las víctimas, es la confianza de los fieles. Perder la confianza es perderlo todo dentro de la iglesia. Me paso a la otra vereda. ¿Cuál es el deber de la sociedad?

Hay actitudes transformadoras. Por nombrar solamente el caso irlandés, que me parece paradigmático. Los informes que salieron a la luz en el 2009 fueron demoledores, no solo en apuntar el modus operandi de la iglesia para no asumir, no reparar y encubrir a los victimarios, sino también abordó el tema de las redes de poder y como la sociedad secular tuvo un papel en el encubrimiento. El abuso para que pueda emerger y mantenerse en el tiempo, implica a una sociedad que carece de mecanismos de control adecuado para detener los abusos, independiente de quien los ejerza. La iglesia, dado el poder que tenía y su vínculo con la élite económica y política, fue uno de los rasgos que permitieron el encubrimiento durante tantos años.

En el caso chileno, lo que pasó con el recientemente fallecido ex sacerdote Fernando Karadima, no habla solo de cómo fue el modus operandi general de la iglesia, también revela el rol y la participación de la sociedad secular, en este caso de la elite económica política, que participó en la protección y el encubrimiento de los crímenes que ocurrían en la iglesia.

Requerimos sociedades seculares suficientemente fuertes y con mecanismos tanto para perseguir penalmente como para prevenir, y eso implica una presencia de contrapesos puedan generar relaciones que recuperen la confianza.

Uno de los problemas es que el clima clericalista no es solamente algo que está dentro de la iglesia, sino que es parte de la cultura, implica una idealización de la iglesia católica, del clero, del sacerdote, una suerte de confianza absoluta y una ausencia de cuestionamiento.

Me ha tocado acompañar a instituciones que quieren incluir en puestos de poder mecanismos de control, para ver cómo se maneja la plata, cómo se trabaja en los casos de abuso sexual.

Creo que en estos sentidos se avanza comparativamente de manera importante en el último año.

 

José Zepeda

Periodista, productor radiofónico, capacitador profesional.

Un comentario en «Una iglesia consumida por su propia sombra. Las razones y dimensiones del abuso»

  • el 10 agosto, 2021 a las 22:41
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    Luego del quiebre radical del Concilio Vaticano que llamó Juan XXIII para romper el dogmatismo de jerarquía y acercarse al pueblo católico, Pablo VI trató de seguir reformas, pero su orientación era conservadora: vivió las guerras de Vietnam y golpes de Estado en todas partes, pero nose pronunció esos hecho, pero sí en negar discusión de aborto y divorcio.Luego de extraño interludio de un mes de Juan Pablo, cuya muerte nunca fue aclarada asumió el popular y activo Juan Pablo II, el papa viajero que hizo un tremendo esfuerzo de conectarse con la base católica, pero dentro de visión conservadora, dogmática y anticomunista, que coincidió con la caída del mundo socialista en todo el mundo. Bajo su pontificado se reforzaron grupos de pedófilos y abusadores sexuales, que el papa ignoró, en su ambición de liderazgo político. El anciano Benedicto XII era conservador de corazón, trató de restaurar la mística y rituales tradicionales, le preocupaba herencia de abusos bajo JPII, pero no se atrevió a atacarlos. El jesuita Francisco fue un vuelco tremendo en la iglesia: el Papa Negro, muy cercano al pueblo y sus necesidades, pero aún así no ha podido o no se ha atrevido a depurar y castigar los abusadores, caso más reciente de karadima en Chile, que murió sin haber tenido nunguna sanción legal ni canónica
    Benedicto

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