Prohibido repetir. Una propuesta apasionada para salvar la escuela
El filósofo, profesor, ensayista y escritor español Gregorio Luri destacado estudioso de la educación plantea en su reciente libro la necesidad imperiosa de aclarar el objetivo de la educación. Aprender y formarse como ser humano implica un esfuerzo, una dedicación. La escuela no es un jardín infantil ni un consultorio sentimental. Rebajar el valor de la enseñanza y permitir que los alumnos pasen de curso sin méritos es el peor daño que se causa a quienes se pretender favorecer, los niños más vulnerables

Al comenzar esta entrevista le cuento que he llamado a dos personas, una de Europa y otra de América Latina. La holandesa cree que uno de los mayores problemas de la educación en este país es que a los estudiantes no se les enseña a aprender.
Aprender a aprender parece tener mucho contenido, pero en realidad es de contenido cero. Porque si para aprender es imprescindible aprender a aprender, para aprender a aprender tendríamos que aprender a aprender a aprender. Y así estaríamos en un círculo vicioso. Lo que hay que hacer es aprender, porque el conocimiento es expansivo. Cuanto más sabes de un tema, más ganas tienes de ampliar sus límites.
Cada vez que te respondes a una pregunta intelectual seria, en vez de encontrar la tranquilidad de la respuesta, te aparece un avispero de nuevos interrogantes. Si queremos aprender a aprender, comencemos aprendiendo y, sobre todo, ampliando nuestro vocabulario, porque las palabras son las maneras con que nombramos el mundo.
La chilena es experta en educación y le parece que hay una suerte de tríada que afecta a la calidad de la educación, por lo menos en Chile. Ella está compuesta por el método, el comportamiento en el aula y la evaluación del docente.
Las tres cuestiones son relevantes. Sin duda una evaluación profesional y rigurosa de los docentes es imprescindible, especialmente en una sociedad que evalúa constantemente a políticos, a periodistas, a actores. No tiene sentido reservar para los docentes la exclusiva de la no evaluación.
Ahora, los problemas realmente importantes van por otro sendero. En las últimas décadas vivimos en una confusión terrible sobre los fines de la educación. Así como nuestros padres o abuelos sabían para qué servía la escuela, nosotros hemos perdido claridad sobre los fines y cuando esto sucede, acaban resistiéndose los procedimientos y los métodos.
También se apuntaba muy bien desde Chile el problema de la complejidad de las aulas. Por eso no debe sorprendernos dos fenómenos concomitantes: uno, que en Europa cada vez es más llamativo y cuesta más conseguir profesores en Secundaria, especialmente para las materias de ciencias.
La docencia parece dejar de ser una profesión atractiva para los jóvenes.
Dos, hay un fenómeno que a mí me llama mucho más la atención y es lo que se llama “la educación en la sombra”. La cantidad de recursos económicos que dedican las familias a completar la educación escolar de sus hijos cada vez va a más. Si esto es así, quiere decir que las familias ya no creen que la escuela sea el lugar de aprendizaje, sino que en todo caso es un lugar de aprendizaje que debe ser completado con otros.
Si permitimos por negligencia que la escuela no eduque bien, entonces acudirán al mercado a completar su educación aquellos que puedan permitírselo. Rebajar los niveles de exigencia en la escuela significa fomentar la falta de equidad.
Las sociedades abiertas, ajenas a las cerradas de toda laya, de autocracias que enfrentan el tiempo líquido, más el cuestionamiento de las certezas inmutables y la aceleración del tiempo. Para ello usted recurre a la figura de la posada para encarar el presente. ¿De qué se trata?
Ya que hablamos de sociedades líquidas, tuve el placer de conocer a Zigmunt Bauman, el padre, el teórico de la sociedad líquida. Me pareció una persona entrañable, dulce, muy accesible. Estábamos en Canarias. Yo tenía mis dudas porque no me creo que todo sea líquido, porque si todo fuese líquido, si no dispusiéramos de agarraderos para combatir la fluidez, viviríamos en un mundo que poco tiene que ver con este.
Después de aproximarme a él poco a poco, le hice la pregunta. Me moría de ganas de hacérsela. ¿De verdad usted cree que todo es líquido? Me contestó de manera espontánea: “Porque todo es líquido, los amores deben ser sólidos”. Me pareció perfecto. Quiere decir que necesitamos lugares de refugio en el que los significados de las palabras tengan permanencia, en los que la fidelidad tenga sentido, que el perdón no sea un gesto retórico, en los que podamos reconocer los horizontes, los caminos, los paisajes, los lugares. Si no disponemos de ámbitos de permanencia y de seguridad, nos perderemos en el flujo.
La imagen de la posada me gusta porque siempre estamos de camino, yendo de un sitio a otro, pero el camino es mucho más llevadero cuando sabemos que al final del día nos espera un cobijo, un lugar en el que descansar con tranquilidad.
Pasemos al asunto de las platas. Los países de América Latina al menos tienen un problema de financiamiento que va desde los presupuestos del Estado, pasando por el salario del profesorado y concluyendo con las condiciones de vida de los alumnos. No le pido la panacea, solo algunas medidas necesarias si no para solventar el problema, por lo menos para avanzar en la buena dirección.
Creo que hay que decir con rigor que nunca en educación ni en sanidad habrá siempre lo suficiente. Tanto los médicos como los docentes se considerarán siempre infra financiados porque las urgencias a las que has de hacer frente son mayores que sus recursos. Lo que pasa es que no podemos super financiarlos, los recursos de un país son los que son.
Dicho esto, me parece que hay unos mínimos por debajo de los cuales es imposible pedir calidad. Esos mínimos podrían estar en torno a los 4000 o 5000 dólares por alumno. Podríamos discutir el monto.
Por encima de esos mínimos no existe una correspondencia clara entre incremento del presupuesto y aumento de la calidad. Quizás el caso más claro es el del primer gobierno de Tony Blair. En Inglaterra hizo su campaña con tres palabras: Education, Education, Education. Aumentó el presupuesto educativo de manera notable y, sin embargo, los resultados no se vieron.
La clave esencial para la educación es que todos los implicados sepan por qué hacen lo que están haciendo. Que tengan razones para justificar lo que hacen. La desorientación es desmovilizadora y contagiosa. Los gobiernos tienen que saber por qué hacen lo que hacen. Las administradoras regionales y locales deben saber por qué hacen lo que hacen. Y los profesores en las aulas deben tener argumentos para decirse a ellos mismos: esto que estoy haciendo es lo que debo hacer. Esa es la clave esencial para garantizar un círculo virtuoso de confianza sin el cual no hay calidad en la escuela.
He pasado muchas horas intentando identificar los aspectos que comparten en PISA, el informe de la OCDE, los aspectos que se repiten en los países con mejores resultados.
Hubo un momento en que estaba muy decepcionado conmigo mismo porque no lo encontraba. Esos países con mejores resultados no comparten ni presupuestos, ni métodos, ni ratios de alumnos por profesor, ni los años de formación del profesorado, ni el horario lectivo, ni la cantidad de horas ni los métodos. Yo decía. ¿Qué pasa aquí? Hasta que me di cuenta de que la clave esencial es que los países que tienen buenos resultados ven la educación desde una perspectiva moral: Voy a la escuela a formarme, no meramente a aprender, voy a hacerme persona, a crecer, a desarrollarme, a construirme.
Lo que hago en la escuela es utilizar la arcilla, para moldear mi personalidad, mi carácter y mi futuro. Cuando eso funciona, nos sonríen los buenos resultados.
Inclusión, diversidad. Los estudiantes protagonistas en el centro de la educación y otros vocablos, están de moda aquí y allá. Sin embargo, usted mantiene una crítica severa a algunas de estas tendencias, por considerarlas perjudiciales para la educación. ¿Por qué?
La escuela, entendida en sentido amplio, es una noble causa imperfecta. Tenemos que saber con qué nos comprometemos: con subrayar su nobleza, su imperfección. Como es imperfecta podríamos decir que la lupa social amplifica lo que ocurre en la escuela. Anhelamos que la escuela solucione todos los problemas sociales, lo que es imposible. No sabemos hacerlo y vivimos en una constante mistificación de palabras que suenan bien. Por ejemplo: “el niño al centro” es maravilloso. Pero en un aula no puedes tener 30 centros, no hay maestro que trabaje con 30 centros. Cuando focalizas tu acción en uno, dejas fuera de foco al resto.
Si no entendemos que trabajamos con límites humanos reales al servicio de fines que nos sobrepasan, acabamos quemándonos. Tenemos que ver cuáles son las posibilidades reales de la escuela para no pedirle más de lo que puede dar de sí. Por eso la inclusión, ¿quién puede estar en contra de la inclusión desde un punto de vista teórico? Pero no es lo mismo crear escuelas inclusivas que crear aulas inclusivas.
Una sociedad normal tiene un número de personas de una diversidad enorme. Hay que integrarlos en la escuela. Eso no quiere decir que los integremos en las aulas si no damos a los profesores las competencias necesarias. He visto, lo digo con dolor, a niños con síndrome de Down, a los que se les ha dado una hoja y un lápiz y les han dicho que dibujen algo: se pasan todo el día dibujando un círculo que al final lo rompen de tanto pasar el lápiz, pero no dan guerra.
Si queremos la inclusión, probablemente habremos de ir a situaciones en las que son necesarios más de un profesor por aula, porque si no, simplemente no se llega.
Creo que uno de los grandes males de la educación es su incapacidad para mirar cara a cara a la realidad que tiene, que allá donde no llegamos no hay que buscar culpables necesariamente malévolos, sino simplemente de que como seres humanos somos limitados no podemos acoger toda la diversidad.
Por otra parte, el narcisismo contemporáneo nos tiende hacer creer que cada uno somos distintos y que cada uno aprendemos distinto. Sin embargo, las similitudes en nuestras maneras de aprender son mucho mayores que nuestras diferencias. Podríamos decir que ocurre lo mismo que con la comida. Todos necesitamos unos aportes básicos en proteínas, en azúcares, hidratos, etcétera. Ahora bien, a uno le gustan más las papas y a otro más las ensaladas, pero los aportes elementales son necesarios.
Esto va acompañado con otra tesis que me parece muy perjudicial y que forma parte de creer que porque eres activo ya estás cumpliendo con tu papel. Es pensar que lo que no se experimenta no se aprende. Como si la información tuviese alguna incapacidad que le impidiera ser transmitida. Usted y yo ahora estamos comunicándonos conocimiento y no pasa nada. Comprobamos que el conocimiento no tiene ninguna propiedad que le impida ser transmitido. Por otra parte, la idea de que tenemos que construir todo a partir de una inducción manipulativa esencial solamente sería posible en niños educados, aislados del mundo. Nunca aprendemos cosas elementales, siempre aprendemos cosas situadas en un mundo.
En un artículo usted recoge palabras de un personaje que admiro, George Steiner, cuando dice que “nada nos preparó para nuestro siglo. Por qué las humanidades, en el sentido más amplio del término y por qué la razón en las ciencias no nos han proporcionado ninguna protección ante lo inhumano? ¿Por qué efectivamente se puede interpretar a Schubert por la noche y acudir a cumplir con el propio deber en el campo de concentración por la mañana? Ni la gran lectura, ni la música ni el arte han podido impedir la barbarie total”. Profesor, soy un convencido que la educación es parte de la solución. El dilema mayor es saber cuál educación, porque si no habría que caer en el peor pesimismo, en una verdad terrible, creer que no tenemos un antídoto para impedir en ciertas circunstancias el predominio del mal absoluto.
Para mí es la cuestión de nuestro tiempo, ni más ni menos. Es la gran cuestión de nuestro tiempo. ¿Cómo pudo ser, por ejemplo, que el mayor pensador del siglo XX, Martin Heidegger, se hiciera nazi? ¿Y cómo podemos rebatirlo nosotros, que somos mucho menores intelectualmente que él? ¿Cómo podemos rebatir a una persona que es más inteligente que nosotros? Esos problemas que son fuertes, hay que asumirlos con valentía y enfrentarse a ellos ¿Cómo podemos hacerlo? ¿Cómo puedo yo refutar a Heidegger? Honestamente, yo solo no puedo. Pero gracias a Dios, cuento con la ayuda de los grandes pensadores que ha habido a lo largo de la historia. Quizás Platón me proporciona alguna clave. Quizás Aristóteles me proporcione otra. Quizás Santo Tomás. Esas personas que han dedicado su vida a pensar y que no están por debajo de Heidegger, me pueden proporcionar elementos.
Ya digo que esta es la cuestión. Si no la aclaramos estaremos dando golpes de ciego continuamente, no solamente en educación, sino en el conjunto de nuestra sociedad.
Me gusta diferenciar en lo que yo llamo el logos matemático y el logos filantrópico. El logos matemático, que sería el logos o la razón técnica, tecnológica, científica y sobre todo matemática, únicamente está obligado a su propia coherencia. Cuando estaban creando en Los Álamos la primera bomba atómica y lees a las personas implicadas, te cuentan el entusiasmo por estar descubriendo las leyes que rigen el funcionamiento de los átomos. Se sentían absolutamente entusiasmados porque aquello que pasa en el interior de las estrellas lo podrían reproducir en un pequeño laboratorio. Es la pasión por el descubrimiento, por el conocer, la pasión por llevar la realidad a fórmulas que sean manipulables. Ese es el logos matemático. Pero en el logos matemático, la peculiaridad que somos cada uno de nosotros no tiene ninguna relevancia. Únicamente la tiene la verdad científica.
¿Qué pasa con el logos filantrópico? Es el que me lleva a ver en el otro a un hermano. No una ley científica, sino un hermano. Pero claro, si miramos el primero, el logos matemático, ¿cómo va evolucionando? A partir del desarrollo de sus propias capacidades. Cuantas más verdades descubre, más progresa. No tenemos más que verlo en la moderna tecnología que está alcanzando un ritmo de desarrollo que en el momento en que aparece un producto en el mercado, seguro que ya hay 20.000 laboratorios que están mirando cómo llevarlo más allá. La moderna tecnología, vive de la voracidad, de los límites. Todo límite hay que sobrepasarlo. Por eso tiene razón Newton cuando dice, he logrado ver más lejos que mis predecesores porque camino sobre sus hombros. Efectivamente, los científicos caminan sobre los hombros de los predecesores, pero nosotros no caminamos sobre los hombros de Sócrates. Sócrates es nuestro contemporáneo. Si ahora nos viese, se quedaría admirado por lo que hacemos delante de una pantalla, por todo lo que nos rodea. Pero si nos parásemos a hablar de religión, de justicia, de bien, de belleza, tendría mucho que decirnos.
¿Por qué no podemos caminar encima de Sócrates? Porque Sócrates es único. No ha habido más que un Sócrates, más que un Kant, más que un Hegel. No ha habido más que un Cervantes. Las grandes figuras del humanismo son seres que nos enseñan algo desde su estricta singularidad. En el momento que nos paramos y nos sentamos a sus pies, en vez de subirnos a sus hombros, nos sentamos a sus pies para escuchar la conversación que tienen con otros grandes.
¿Cómo compaginar? El logos científico que es irrefrenable cada vez alcanzará más velocidad de desarrollo, de tal manera que estamos a un paso de la incapacidad para seguir el propio desarrollo de los matemáticos. ¿Cómo compensarlo? Con la posada de quien nos da albergue. El gran pensador, la gran figura a la que nos podemos sentar a sus pies y decir vamos a hablar de la justicia, de la belleza, del bien, vamos a hablar de Dios. Le podemos preguntar, Dios ha muerto, ¿pero el vacío que ha dejado la ausencia de Dios se puede llenar con cualquier cosa? Son palabras mayores. Tenemos que ser capaces de articular escolarmente un currículum en el que, sin negar el valor del logos matemático, comprometiéndonos con él, veamos que ese otro, el logos filantrópico, es imprescindible.
Para mí las humanidades son la perspectiva que nos permiten unir los dos logos. porque los grandes humanistas, con las excepciones de Erasmo o de Luis Vives, fueron ingenieros, matemáticos, físicos. Ahí está Galileo. Ellos no veían contraposición entre el lenguaje de las matemáticas y el de la literatura o de un poema. Lo que llamamos humanismo hoy, otra cosa sería en el siglo 14 o 15, no son las letras frente a las ciencias, sino el saber que nos permite integrar logos científicos y logos matemáticos.
El logos humanista o logos filantrópico en un proceso de formación personal. Esta es, sin ninguna duda la cuestión. Por eso le agradezco que me haya hecho esta pregunta, porque no es usual que me encuentre con cuestiones profundas en las entrevistas.
¡Cómo han ganado terreno las emociones! Tal vez sería mejor decir lo sentimental en el campo educativo hasta el extremo que uno se imagina que en algún momento habrá en las escuelas tanto divanes como pupitres. Sé que exagero, pero da la impresión que la sobreprotección a los niños los priva de su autonomía y del aprendizaje de los aciertos y errores. Y a la primera adversidad en la vida se vienen abajo y les cae el mundo encima.
Pregunta también enorme. Estoy disfrutando muchísimo porque no nos vamos por las ramas, no vamos a las raíces. Tratar de raíces es apasionante. Por una parte, parece indudable que vivimos en una sociedad terapéutica. Es imposible ya salir a la calle sin encontrarte con un montón de letreros de terapeutas de todo tipo. Todo el mundo se presta a arreglarnos los desarreglos del alma. Lo que me planteo es y por qué tienen que arreglarme los desarreglos del alma. ¿Por qué no aceptar que mi alma está desarreglada? Por qué no aceptar que tengo oscuridades en mí con las que debo lidiar toda mi vida, en las que yo mismo me avergüenzo de mirarlas cara a cara. Por qué aspirar a una salud psíquica que a veces se interpreta como si los seres humanos fuéramos maquinarias de relojería que ajustando bien este tornillo de aquí y esta tuerca de allá, alcanzaremos el equilibrio. Los seres humanos estamos siempre en desequilibrio. Cuando Platón dice aquello que tanto maravilló a Freud, a mí me parece magnífico aquello: “Los buenos son aquellos que se limitan a realizar en sueños lo que los malos realizan durante el día”. Tiene razón. Es decir, analicemos todo aquello que emerge de nosotros durante los sueños. Cómo llevar todo esto con una cierta serenidad.
Si queremos entendernos a nosotros mismos, lo peor que podemos hacer es estar siempre pendientes de nuestra interioridad. A los niños les estamos animando a abrir ventanas hacia su interior, cuando la cura está en el exterior, en compartir, en vivir juntos, en sufrir, en alegrarse con el salir a la calle a encontrarte con gente. Es decir, es estar con. Cuando Ortega decía aquella frase que ha sido tan mal interpretada: “yo soy yo y mi circunstancia”, el acento lo ponía en la y yo soy yo Y mi circunstancia. Por eso añadía: “Si no me ocupo de ella, no me ocupo de mí”. La salud de mi circunstancia es tan importante como mi salud anímica para poder llevarla.
Con respecto a esto, desde luego, está la cuestión de la sobreprotección de los niños. Una sobreprotección que está llevando a muchas familias a que, por horror a que el niño se frustre o se haga una herida en las rodillas, debemos impedirle su contacto directo con el mundo Y al mundo hay que tratarlo de manera directa. No puedes relacionarte con la realidad de manera diferida. Tienes que salir a la intemperie, tienes que levantarte temprano, echarte la escopeta al hombro y salir a la caza de las melodías del mundo que vuelan muy altas. Pero hay que salir dispuestos a cazarlas. Cuando nosotros rodeamos a nuestros niños de almohadas para que no se hagan daño, les estamos impidiendo crecer en una relación siempre problemática con la realidad. Pero sin esa relación personal van a ser siempre unos niños inadaptados. Suelo decir una frase que por lo menos en España, se ha hecho famosa: ¡El declive de Occidente comienza con las rodillas impolutas de los niños! Son la primera generación de la historia de la humanidad que no tienen heridas en las rodillas.
Esto es índice de algo mucho más importante. Se quedan sin espacios en los que vivir autónomamente sus aventuras, sin la directa supervisión de un adulto. Vayan a donde vayan, hay un adulto vigilando. Me imagino que, si usted ha tenido infancia como la he tenido yo, cuando eras bien pequeño y salías a la calle, ¿qué es lo que hacías? Trastadas, bribonadas. Porque ser niño es tener mucha más energía que sentido común para controlarla. Entonces dabas rienda suelta a tu energía y hacías jugarretas y un día se te rompía el pantalón. Otro día te caías del árbol, robabas peras al señor más cascarrabias y cuando volvías a casa tenías que buscar explicaciones de porqué el pantalón se ha roto. Y, vaya, no sabías que está roto, no sabes por qué. Ese pensamiento estratégico que desarrollaban los niños desde bien pequeños con su contacto con el mundo real, hoy lo hemos eliminado y me parece una tragedia.
Un párrafo de su libro me ha llamado poderosamente la atención: “Qué les parece si postulamos como virtud intelectual el deseo de convivir con la verdad y no meramente con construcciones subjetivas de los propios conocimientos. Y si le añadimos como complemento necesario el deseo de mantener una relación cordial con nuestra lengua y con nuestra cultura común”. Loable, pero tan difícil en un tiempo en que varios de los hombres más poderosos de la tierra no conviven con estos principios, sino con la mentira, con la amenaza de la violencia, de la autocracia. Se hace cuesta arriba.
Esa es la nobleza de la escuela, enfrentarse a cuestiones difíciles. Di todo fuera cuesta abajo, podríamos prescindir de ella. Hay asuntos que son peliagudos, complicados, pero el análisis no puede fallar aquí. Si aceptamos cómo se acepta mayoritariamente en España que el aprendizaje es una construcción personal, entonces te quedas sin objetividad, sin un mundo real que nos pueda servir para comparar lo que tú has aprendido con lo que he aprendido yo. Creo, humildemente, pero de manera insistente, que la realidad también tiene sus derechos y que ante la realidad siempre se está en primera línea y aprendes a convivir con ella o acabas recibiendo tu merecido.
No todo está construido. Por ejemplo, la búsqueda de un amor seguro o de un trabajo alegre, de un ámbito en el que poder ser tú sin máscaras. Esa persona te ha dicho que te va a ser fiel y tú a ella y eso permanecerá. Toda una serie de cuestiones que son importantes para la capacidad de desarrollarse a uno mismo. En una de las conferencias que construí con una voluntad polémica, hablo del deber moral de ser inteligentes. Porque negarte a desarrollar tus capacidades es una inmoralidad. De la misma manera que cortarte un brazo sería una inmoralidad. Amputar tu desarrollo intelectual es una inmoralidad.
Con respecto a la cuestión de la cultura común, la escuela vive demasiado pendiente de la psicología. No obstante nuestro país, nuestra comunidad, se mantiene gracias a una cultura común, a un cuidado de la lengua común, a un cuidado de los referentes comunes, de las canciones comunes, a un cuidado de los autores, de los músicos, de los poetas, de los artistas, de nuestros héroes. Todo eso es fundamental para que haya una comunidad de acogida. Por eso, en España me dicen con cierta frecuencia, ¿se tienen que leer los niños El Quijote? Siempre contesto, los niños no, pero el profesor sí. El profesor se lo tiene que haber leído y además varias veces. El Quijote forma parte esencial de la cultura común de los españoles. Si la escuela no la cuida proporcionando esos aprendizajes referenciales que nos van a permitir comunicarnos unos con otros, entonces corremos un riesgo enorme, que a medida que el conocimiento va siendo más específico y se exige más formación en parte de los científicos y los investigadores, se tiende a formar lo que yo llamo una élite cognitiva, que a mi modo de ver es la nueva aristocracia. El conocimiento es poder, el conocimiento es el nuevo petróleo. Los que poseen ese conocimiento tienden a cerrarse en sí mismos. Si no disponemos de una cultura común que sirva como elemento de mediación entre las personas de a pie y aquellos estaremos volviendo a una sociedad estamental. Necesitamos una cultura común de calidad, compleja, rica por una razón esencial de salvaguarda de la democracia.
Profesor. Filósofo. Ensayista. Escritor. Gregorio Luri. Muchas gracias por esta lección. Para mí y para quienes nos vean, nos lean y nos escuchen.
Muchas gracias a usted, de verdad. He disfrutado muchísimo porque, sabe, le voy a decir una cosa, ¿sabe usted en que se nota cuando te encuentras con un entrevistador que conoce su oficio? En que todo lo hace fácil. Y aquí está usted, señor, y a los cinco minutos parecía que nos conociéramos de toda la vida. Muchas gracias y muchas gracias por invitarme a tratar cuestiones complejas. No son fáciles, son complejas y por lo tanto determinantes.




