1. Una visita al recuerdo del horror: Auschwitz

Fueron modestas las opiniones de que Cracovia era una de las ciudades hermosas de Europa. Lo cierto es que su belleza es insuficientemente conocida, entre otras cosas, supongo, por su pasado comunista. El tiempo se ha encargado de enmendar, en alguna medida, el desconocimiento. Hoy la ciudad recibe a miles de turistas que encuentran, en cada recodo del camino, bellezas arquitectónicas de un pasado histórico digno de ser conocido. Sus 220 iglesias, su castillo de Wawel, su plaza principal, su barrio judío provocan signos de exclamación sonora y espiritual. Detalle singular es que la comida de los restaurantes, en su inmensa mayoría tienen precios tan accesibles que uno los quisiera para su propio país.

Pero no hemos llegado hasta aquí solo por Cracovia, nos trajo un viejo anhelo, postergado por la pandemia: Auschwitz, el lager, uno de los símbolos del fracaso más importantes de la historia de la humanidad

Dirk se llama el chofer que nos llevó a unos 70 kilómetros de Cracovia por un camino serpenteado de verde. El polaco es gentil-distante en su explicación: “llegaremos en algo más de una hora a Auswichtz, la visita es de una hora y poco; la segunda parte, Auswichtz Birkenau, será de poco menos que una hora”.

El guía en español es colombiano. Tiene un conocimiento acabado de la historia de ambos campos de concentración, separados por escasos kilómetros.

Seguramente, una de las imágenes más conocidas en el mundo, es la delgada estructura metálica sobre la entrada: “Arbeid macht frei” “el trabajo libera”.

No existen cifras exactas, pero se piensa que cerca de un millón 300 mil personas fueron llevadas al campo. Aproximadamente un millón eran judíos.

No escuchamos explicaciones melodramáticas del guía, el hombre se limita a ofrecer la información en un tono neutral porque los detalles no necesitan exclamaciones para conmocionar. Por ejemplo, la Conferencia de Wannsee, celebrada en enero de 1942, aprobó el proyecto para eliminar a todos los judíos, la solución final. Derivado de ese encuentro, en tres años, cerca de seis millones de judíos fueron exterminados en la Shoá.

Al entrar en los bloques de Auswichtz I nos reciben fotografías de los destinados a la muerte, rostros inconscientes de su destino. En el centro de una sala hay un ánfora con polvo de los sacrificados. Nos confrontan con vitrinas cuyo interior es una pieza cubierta hasta el techo de pelos de mujeres. Al lado, un escaparate con zapatos de mujeres y hombres, otra pieza colmada de maletas con los nombres escritos a la ligera por sus dueños; ropa y calzado de niños, miles de lentes, pilas de instrumentos ortopédicos, de utensilios de cocina.

Todo tenía propietario con nombre y apellido, con familia, con vida personal y colectiva. A todos se les contó que irían a vivir a otro lugar con los suyos. Nadie se imaginó que sería eliminado.

La visita aumenta en intensidad emocional. Detrás de una vidriera se apilan tarros vacíos de Zyklon-B, tengo la impresión de que pesaban unos 500 gramos cada uno. Es el poderoso insecticida que provoca la muerte por asfixia. Zyklon-B utilizado 24 horas al día para apurar el exterminio de los judíos y otra gente indeseable, según el Tercer Reich.

Llegamos al bloque 11 o bloque de la muerte. El lugar tiene dos particularidades: es una cárcel dentro de la cárcel. En el subterráneo hay 20 celdas de castigo, de un metro cuadrado aproximadamente en la que los muchos señalados eran obligados a dormir de pie, apiñados, por falta de espacio. Allí van a dar los que exhiben, por minúsculo que sea algún signo de rebeldía, cualquier expresión de autonomía, todo gesto ajeno a la sumisión total. Son “juzgados” en un proceso sumario, cuya sentencia es conocida con antelación por el acusado, los verdugos y jueces: la muerte. Los sacan al patio del “paredón”, los empujan con la cara contra la pared y les dan un tiro en la nuca.

La caminata prosigue por bloques en los que los médicos nazis trabajaban en experimentos con cuerpos que entraban vivos y salían cadáveres. Méngele es el más conocido, pero sus colegas no fueron menos diligentes en sus investigaciones deshumanizadas.

La primera parte de la visita finaliza en la cámara de gas y los dos primeros hornos crematorios. Al costado derecho de la entrada se encuentra la tarima que se construyó para ahorcar a uno de los fundadores del lager y primer comandante, Rudolf Hoss (16 de abril de 1947)

A medio metro aproximadamente de profundidad entramos a la cámara de gas. En el sordo recinto de cemento fueron asesinados miles de judíos. Se hace el silencio. Todo el grupo calla. El momento trae el recuerdo de la muerte.

Los sonderkommandos sobrevivientes contaron que cuando se abría la cámara las víctimas estaban apiladas en una pirámide entreverada de cuerpos desnudos, sangrados, vomitados, cubiertos parcialmente con sus excrementos. En la cima se hacinaban los que, desesperados, escalaron sobre sus prójimos en el intento inútil de alcanzar el cielo libre del veneno.

En el cuarto anexo, dos hornos crematorios esperaban, ardientes, incinerar a los gaseados, fabricación de Topf e Hijos. Lo digo porque esa fue la alianza: gobierno, fuerzas armadas, empresarios, sociedad.

Ana Frank, símbolo de todos los niños asesinados por los nazis

A cada nuevo paso los visitantes van descubriendo que la Shoah no fue solo la pretensión de eliminar a todo un pueblo, sino que también se trató de una empresa comercial necrofílica, destinada a vender el pelo de las mujeres para la fabricación de textiles. El polvo de los hornos comercializado como fertilizante. El oro de los dientes arrancados después de la muerte, el dinero en efectivo, las joyas y otras cosas de valor iban a dar a las arcas del Tercer Reich o a las cuentas privadas de nazis proclives a la apropiación de bienes ajenos.

Luego de cinco minutos, por un sendero verde, como todos los caminos de la región, arribamos en vehículo a Birkenau. El lugar es inmenso, 175 hectáreas, y tuvo por única tarea, la solución final. El ideario de los nazis era eliminar a toda “pieza” que entraba en ese lager. Las condiciones de vida fueron exponencialmente peores que Auswichtz I. Así, las barracas, antiguas cabellerizas, tenían una letrina común, en el que las tazas estaban una al lado de la otra, unas 20 por lado, para evitar toda intimidad. Los reclusos para hacer sus necesidades tenían, en el mejor de los casos, un minuto. Pero era común que algunos capos (“encargados del “orden”, mayoritariamente delincuentes y asesinos judíos) contaran hasta cinco segundos para expulsar a los prisioneros para dejar entrar a los otros. Solo podía usarse la letrina dos veces al día, antes de marchar al trabajo y antes del encierro. Las literas para dos personas soportaban seis o más.

Allí, el genocidio logró un máximo de 10 mil ejecuciones por día.

Los cinco hornos crematorios y las cámaras de gas de Auswichtz Birkenau fueron dinamitados por los nazis, así como mucha documentación. Pero los restos y algunas fotografías son testimonio de lo sucedido.

Ante un vagón de transporte de ganado es inevitable imaginar la llegada de miles de judíos, venidos de toda Europa, muchos de ellos fallecidos en el camino, el resto destruido física y mentalmente. En la explanada los esperaban los oficiales y médicos para decidir, de una mirada, quienes iban a la izquierda. Los más débiles, los bebes, los ancianos, los discapacitados, los enfermos, las embarazadas. En fila marchaban directamente a las cámaras de gas. Previamente se los rapaba y desnudaba, eran las últimas deshumanizaciones antes de la muerte.

A los de la fila de la derecha se les postergaba su fin. No más que eso. Eran forzados a trabajar de sol a sol, la escasa comida, el rigor de los trabajos que debían hacerlos corriendo y las palizas a las que eran sometidos, fueron otro método de exterminio. De allí la ironía criminal “el trabajo libera”.

Aunque en un primer momento no se llevaba a las mujeres al campo, en 1942 comenzaron a trasladarlas a Auschwitz II, en donde eran asesinadas u obligadas a participar en crueles experimentos de esterilización que tenían lugar en el campo principal.

La evacuación de Auschwitz y sus campos satélites comenzó el 18 de enero de 1945, aproximadamente 60.000 prisioneros, en su mayoría judíos, fueron llevados a Wodzislaw y despachados a otros campos de concentración en el oeste como Buchenwald, Dachau y Mauthausen. No menos de 15.000 personas murieron o fueron asesinadas en esa «marcha de la muerte». Una más entre las incontables marchas de la muerte.

El 27 de enero de 1945, el Ejército Rojo liberó a los prisioneros que quedaban en Auschwitz.

El campo es hoy un museo, pero más que eso se trata de una advertencia, una luz roja, de hasta dónde puede alcanzar el ensañarse con el otro.

El Nunca Más es una aspiración irrenunciable, aunque la realidad siga registrando genocidios, racismo y discriminaciones. Apoyar la humanización, la búsqueda de una vida digna para todos pacíficamente, es, hoy, la mayor revolución.

 

 

José Zepeda

Periodista, productor radiofónico, capacitador profesional.

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