Le robaron todo a los venezolanos. También, qué bueno, le robaron el miedo

Los gobiernos de Estados Unidos, Argentina, Uruguay, Paraguay, Perú, Chile, Costa Rica, Ecuador, Panamá, Guatemala y República Dominicana rechazan los resultados del Tribunal Supremo de Justicia la supuesta verificación del proceso electoral del 28 de julio, emitidos por el Consejo Nacional Electoral, que pretende convalidar los resultados sin sustento emitidos por el órgano electoral. La Unión Europea asume actitud similar, y lo mismo ocurre con Naciones Unidas y la OEA

Asdrúbal Aguiar

Aquí opina Asdrúbal Aguiar, Exministro, jurista, político y escritor venezolano.

Confieso que es por orgullo nacional. Voy a citar para comenzar al presidente de Chile, Gabriel Boric: La sentencia judicial de la Corte Suprema de Justicia de Venezuela está cargada de infamia. No hay duda de que estamos frente a una dictadura que falsea elecciones, reprime al que piensa distinto y es indiferente ante el exilio más grande del mundo, solo comparable con el de Siria, producto de una guerra. Chile no reconoce este falso triunfo autoproclamado de Maduro y compañía. Hasta allí la cita. Exceptuando esta declaración inequívoca, ¿están los gobiernos latinoamericanos a la altura de las necesidades de la lucha por la libertad en Venezuela?

Tengo una gran duda, pero a la vez abrigo la esperanza de que las circunstancias venezolanas han llegado a un límite. Tal que le es difícil al Sistema Interamericano digerir una nueva realidad en los términos en que se ha planteado dentro de Venezuela. Recuerdo que cuando se aprueba la Carta Democrática Interamericana (11 de septiembre del 2001, Lima, Perú) los gobiernos de las Américas tenían una preocupación central, que era básicamente el régimen de Fujimori. Gobiernos electos por el pueblo que en su ejercicio deterioran los componentes fundamentales de la experiencia democrática. Decían, estas son nuevas realidades. La Academia quiso llamarlo autoritarismo lectivo, como para tamizarlo. El expresidente Osvaldo Hurtado, miembro del Grupo Idea, que yo coordino, los llama dictaduras del siglo XXI.

Lo cierto es que le hice seguimiento a la experiencia venezolana, no solo por mi vocación por los temas históricos, sino también por mis deberes para con Venezuela. En 1999 dije que nacía en Venezuela una dictadura. Eso no lo entendió el hemisferio. ¿Por qué? Cuando fue electo democráticamente Hugo Chávez, acto seguido convocó una Asamblea Constituyente que no existía constitucionalmente en el país. Acude a esa convocatoria solo el 46% del Registro Electoral. Obtiene para la elección de constituyentes el 67% de la votación y se queda con el 100% de los constituyentes. Antes de dictar la Constitución usando los llamados poderes supraconstitucionales de la soberanía popular -hoy totalmente destruida- removió a la totalidad de los miembros de los poderes públicos en Venezuela y los integró con militantes de El Movimiento Bolivariano, como se llamaba en esa época. Para mí que fui juez de la Corte Interamericana, la concentración total de los poderes se llama tiranía e implica opresión. Así de simple. Eso no lo entendió América Latina, No lo aceptaba porque ocurrió algo realmente trágico. Cuando en el año 59 se inicia el análisis de la experiencia democrática con la declaración, por cierto, de Santiago de Chile. (“La armonía entre las Repúblicas americanas sólo puede ser efectiva en tanto el respeto de los derechos humanos y de las libertades fundamentales y el ejercicio de la democracia representativa sean una realidad en el ámbito interno de cada una de ellas”) Los presidentes que salían de las viejas dictaduras decían: Para que haya democracia no bastan las elecciones. Es indispensable la libertad de expresión, libertad de pensamiento, libertad de imprenta; que exista pluralismo y debate interpartidario. Resulta que llegamos al siglo XXI y lo que les basta es simplemente mayorías autoritarias que llegan al poder para vaciar a la democracia de contenido y acabar con el régimen de libertades. Eso ha pasado durante 25 años en Venezuela.

A Maduro lo desconoció la OEA en el año 2018. Ahora pasa lo que pasa. Hemos llegado a un punto en donde Maduro Moros se encuentra con una realidad, perdió la hegemonía del poder. El mundo del viejo chavismo, el mundo de la izquierda, el de la derecha, el del centro, todos repudian a coro a Maduro.

En segundo lugar, las Fuerzas Armadas se fracturaron, lo que es un indicativo interesante. Porque si bien a él lo acompaña lo que llamo “la cúpula protocolar” de la Fuerza Armada, las actas que logró acopiar Edmundo González Urrutia y María Corina Machado se las facilitaron la Fuerza Armada, que eran los vigilantes de todas las urnas electorales del país. Ellos le entregaron las copias.

En tercer lugar, la izquierda ha comenzado un proceso de deslinde en América Latina que celebro. En medio de aquella confusión generada por el Foro de San Pablo, se ha descubierto que se introdujeron desviaciones que no son compatibles con el ejercicio de una izquierda democrática en la región. Esa izquierda ha dicho No podemos seguir retratándonos con este tipo de personaje, porque es un modelo que, repito, no es de izquierda o de derecha. Ahí está el caso del Salvador.

El gobierno de Nicolás Maduro ha perdido la lucha social, la electoral y la internacional, pero continúa enarbolando el triunfo por el poder. Así como están las cosas, se ve difícil, muy difícil.

Hay una realidad que normalmente no sé por qué les cuesta tanto a los gobiernos ponerla sobre la mesa. En agosto de 1999 -los documentos existen, tengo copia de ellos- Hugo Chávez Frías firmó un acuerdo con las FARC y con el mundo del narcotráfico colombiano para suministrar insumos químicos de la industria petrolera venezolana para la producción de cocaína. Produjo la creación de bancos de los pobres en la frontera para el lavado de los dineros procedentes del crimen organizado.

Venezuela a partir del 99 no es que tenía funcionarios corruptos, no es que había un criminal integrado a la estructura de poder, sino que progresiva y paulatinamente se fue transformado en un Estado secuestrado por el crimen organizado transnacional. Esa es la realidad, por dolorosa que nos resulte. Esa no es Venezuela, eso no son los venezolanos. Tanto que ocho millones se fueron en diáspora. Un país que no tiene tradición de migración, nunca la tuvo. Históricamente el venezolano viajaba al exterior y regresaba de inmediato al país. Pero está ese factor, el vínculo con el crimen transnacional organizado. ¿Cómo se desanda eso? No sé, porque los manuales de ciencia política hablaban de las viejas dictaduras y yo tuve la oportunidad de conocer la dictadura del general Pinochet. Era una dictadura oprobiosa, violadora de derechos humanos, pero como ejemplo modélico, era una dictadura institucional, que generaba lo que los juristas llaman el derecho constitucional de facto. Había una lógica del poder y momentos en que la misma institucionalidad de facto entendía que tenía que ceder el poder a otras estructuras. En Venezuela se pulverizó la República, se materializó el orden constitucional e implosionó la nación y ha sido secuestrado el territorio por el crimen transnacional organizado. Esa es una variable que ciertamente hay que tenerla muy presente en esta lucha fáctica por el poder en Venezuela.

Permítame usted dar un paso más en la misma dirección que usted lleva. Voy a extremar ahora el mayor pesimismo realista. Sabemos que la dictadura está abierta a toda negociación, siempre y cuando no esté en discusión su permanencia en el poder. Sabemos que el régimen es impermeable a la argumentación democrática. Sabemos que la élite militar y el conjunto de las instituciones del Estado están al servicio de madura. Si esto es así ¿cómo continuar la lucha por la democracia?

Lo decía Juan Pablo Segundo, en la prédica evangélica hay que seguir con ella así queden 12. Se refería, obviamente a sus 12 seguidores. El compromiso con la democracia en este momento es un compromiso que debe seguir sosteniéndose, porque en definitiva vivimos un proceso de construcción cultural que arrancó en el año 89. Y en esa lucha por las ideas si se omite la prédica democrática, lo que vendrá en la región son formas dictatoriales y de autoritarismo.

En relación con Venezuela, le diría en primer lugar que todas las dictaduras al final negocian. La pregunta es ¿cómo logramos quien sepa negociar con el crimen organizado para que ceda los espacios?

En el caso de Nicolás Maduro hay un hecho inédito: la emergencia popular que ha tenido lugar en Venezuela no tiene precedente histórico en América Latina, porque hasta las elecciones parlamentarias del año 2015 que las observó el grupo IDEA, el venezolano tenía un comportamiento sedentario y votaba por la tarjeta de la unidad sin tener simpatía por partidos de izquierda ni de derecha ni de centro. Decía eso es responsabilidad de ustedes. Cuando se cierra la experiencia del llamado interinato terrible en Venezuela y pasa lo que pasa con el señor Maduro, surge en la nación venezolana un discurso marcado fundamentalmente por la línea del afecto y frustración que encarna en un personaje que es María Corina Machado. Ella viene del interior de la República, sin discurso político ni ideológico. Llega con un discurso de afecto y de solidaridad. Nadie le solicita nada, como se le pide a los políticos. La tocaban y lloraban. Ese fenómeno en la estética y en la filosofía se llama liminalidad. Es cuando alguien regresa al seno de la madre. Es casi como pedirle que surja un nuevo parto. Eso no es conjuga políticamente.

De la crisis deriva otro hecho, le robaron todo al pueblo venezolano y al robarle todo le robaron hasta el miedo. Esa circunstancia tiene que entenderla también Nicolás Maduro y quienes los acompañan.

Insisto en el tema militar lo acompaña la cúpula militar porque están 2000 generales y almirantes -más generales que los del mundo occidental- tienen diez años sin ascender a los cargos administrativos de sus fuerzas, de sus componentes militares, porque el general Padrino tiene diez años de retardo en su retiro y se ha tragado tres promociones. Quien conozca el mundo militar sabe que ellos aspiran ascender hasta la cúpula. Es una bomba de tiempo que está allí. Se le ha fracturado la estructura militar. Hay más presos políticos, militares y torturados en Venezuela que presos civiles.

Además de todo esto, la población dijo Ya basta. Entonces, ¿qué ocurre si la comunidad internacional no ayuda a que el país tome un tránsito hacia la normalidad? No me quiero imaginar la posibilidad de una de una posible guerra civil.

En este campo de los afectos, mientras persiste la crisis política la pobreza, la salud, la educación y la violencia están cada vez peor. Cuando pensé en esta última consulta me acordé de un poeta célebre guatemalteco que conocí, Humberto Akabal, ya fallecido. En un momento escribió:

Cuando nací me pusieron dos lágrimas en los ojos para que pudiera ver el tamaño del dolor de mi gente.

Todo hace suponer que hay una cosa que sí es segura por el momento y es que el dolor va a continuar ensañándose con la gente humilde de Venezuela, que es la mayoría.

Es lo que está presente y eso, debo decirlo, no lo entendió el sistema político, no solo venezolanos sino el sistema de partidos latinoamericano. Cuando la gente dice desaparecieron los grandes partidos en Venezuela, la verdad es que los grandes partidos desaparecieron en toda la región y fuera de ella. Primero en Italia, el Partido Socialista y el Partido Demócrata Cristiano. Recuerdo que en el año 92 me decía Giulio Andreotti que me lo encontré en Roma. Le preguntaba ¿qué le pasó a Craxi, exilado allá en Túnez y usted aquí, perseguido por los tribunales? Me dijo: Es que caminábamos sobre la línea ferroviaria sin darnos cuenta de que venía el tren de la historia. Se cayó el Muro de Berlín, se agotó la experiencia del socialismo real. El marxismo no se fue a Marte, se quedó en la tierra, inició un proceso de reconversión. Pero Occidente, de la noche a la mañana, dijo se acabaron los partidos, se acabaron las ideologías. Lo que queda es la administración pura del poder y los partidos lo que hicieron fue un ejercicio de administración pura y neta del poder.

Los partidos sabían que tenían que mirarse en los ojos de la gente. Dejaron de hacerlo para mirar el Consenso de Washington. Esa es la consecuencia de lo que ha ocurrido. Cuando hay un proceso de construcción cultural, y lo digo términos coloquiales, en donde uno ve a una China y a una Rusia que declaran antes de iniciarse la guerra que ellos son civilizaciones milenarias y estables, llamadas a conducir el proceso de globalización, nosotros en Occidente derribamos las estatuas de Colón y quemamos hasta las iglesias. Estamos en un proceso en que casi nos avergonzamos de lo que somos.

Frente a eso, la conjugación de la tradición judeocristiana y grecolatina tiene un nombre muy elemental: la libertad. Más allá de que la llamemos democracia, es la libertad de razonar, la libertad de pensar, la libertad de elegir y no solo de votar. Eso lamentablemente lo abandonaron los partidos políticos y por ello el desencanto no es con la democracia. Como lo decía Dante Caputo en el informe del PNUD, es un desencanto con los políticos y con la política por la forma en que la habían entendido.

Cunado se le preguntó le preguntó a América Latina ¿usted está de acuerdo con la democracia? Respuesta, si no me da de comer, no creo en la democracia. No se le preguntó lo elemental ¿usted cree en la libertad? Si esa pregunta se le hubiese hecho, hubiesen dado en el clavo.

Eso es lo que está reclamando Venezuela en este momento. El venezolano se acostumbró a vivir en libertad y lamentablemente ha gozado de una libertad individual y social al margen del gobierno, porque en Venezuela se estableció, -lo digo con propiedad teórica absoluta- un régimen fascista que es el de la indisciplina autoritaria que legaliza la ilegalidad. Que trastorna el significado de las palabras para hacerles decir a las leyes aquello que no dicen, para ajustarlas a las realidades políticas que ellos administran. Ese régimen de la indisciplina autoritaria en buena medida ha ayudado a los venezolanos a tratar de organizarse para sobrevivir, porque el pueblo se acostumbró a vivir en libertad.

 

José Zepeda

Periodista, productor radiofónico, capacitador profesional.

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