Javier Lapuente: decálogo del buen ciudadano

Las primeras palabras del prólogo plantean las circunstancias del politólogo español: “el jueves me diagnosticaron un mieloma múltiple. El domingo nacía mi hijo Antón. Y el lunes empecé a escribir este libro”. La obra establece un diagnóstico sobre las causas que han conducido al individualismo exacerbado, a la búsqueda obsesiva de la felicidad, a los nacionalismos excluyentes, a las tentaciones totalitarias de izquierda y derecha. Igualmente plantea una terapia para hacer frente a la deriva y enrumbar el destino hacia una vida digna para la humanidad

J.Z. El libro aborda las derivas democráticas, la exacerbación del individualismo como consecuencia del abandono de una característica humana que nos ha acompañado desde la madrugada de la humanidad. La necesidad de creer en algo superior a nosotros mismos. Hablamos de la trascendencia, en este caso de dos afluentes principales: Dios y posteriormente, la Patria.
Ese Dios no es en el que cree la mayoría de la gente. la mayoría cree en el Dios que escucha los ruegos diarios, cree en el Señor de los cielos, en el que está en la bóveda de la Capilla Sixtina. Y entonces uno se pregunta ¿Por qué debería la gente creer en un Dios que está indispuesto por su naturaleza a satisfacer los ruegos cotidianos?

J.L. Cada uno es libre de creer lo que quiera, pero si tomamos en perspectiva la historia de la humanidad, podemos comprobar que la idea de Dios que defiende el libro y que paso a explicar a continuación está correlacionada con gran parte del desarrollo socioeconómico y político de las civilizaciones humanas. Es una definición de Dios en sentido negativo. Dios quiere decir que nadie en la sociedad se crea Dios, que el emperador romano no es Dios, que el faraón no es Dios, que el rey de Persia no es Dios, que un líder bolivariano o un dictador de derechas no es Dios. Es una idea muy poderosa de que Dios existe como un ente o algo muy difuso que nos trasciende, que nos crea de manera igualitaria a todos, a hombres y mujeres. Por cierto, es la concepción de San Pablo, no hay griegos ni judíos, no hay hombres y mujeres, no hay esclavos ni dueños. Ese elemento igualador nos parece muy cotidiano porque lo hemos asumido gracias a los derechos humanos de Naciones Unidas, a los discursos liberales. Pero es una idea revolucionaria que, seguramente, solo es compartida hoy por una minoría de países y a lo largo de la historia por un reducido número de sociedades en las que ha prevalecido sobre la creencia más habitual: hay amos y esclavos, los hombres están por encima de las mujeres y los faraones pueden decidir sobre la vida y la muerte porque son la reencarnación de algún dios con el que están en estrecho contacto, a diferencia de los demás.
El Dios de la era axial como la llama Karen Armstrong, el que Karl Jaspers, situó en algún momento en torno al año 800 al 200 antes de Cristo, emerge en la era de los profetas judíos, en el tiempo de Sócrates, Confucio y Buda. En el espacio de una generación revolucionaria las cuatro civilizaciones de la época intentaron de inyectarle esa dimensión ética, de que nadie se sienta superior al otro. Luego, las características que cada religión escoge, para pintar a ese Dios, es otra historia.

J.Z. El Dios monoteísta tiene la gran virtud de desendiosar a las élites, y de ponernos a todos en el mismo nivel, y, al mismo tiempo, funda la exclusión y la exclusión desprecia a los infieles. Ahí reside la clave. Dios puede ser, como ha dicho un teólogo, una cura para el alma, porque lo que hacemos es entregarnos a lo que nos trasciende como individuo, o por el contrario, puede ser una droga para el ego, porque nosotros los creyentes, somos superiores a los infieles y a los herejes, cuya vida no vale nada, porque son la encarnación del mal, o los enviados del diablo.

J.L. La religión tiene esa doble vertiente. Por eso distingo entre Dios y superstición. O un Dios al que nos entregamos por encima del individuo, o un Dios para utilizarlo en nuestro beneficio personal, de nuestro grupo. El Faraón que quiere imponerse a los egipcios o el emperador o líder revolucionario que buscan ponerse sobre el resto.
Ese es el problema, y es delgada la línea por la que transitan las religiones estructuradas. Por una parte las grandes religiones monoteístas son deudoras del Dios de la era axial. Y por otra parte, hay muchos líderes religiosos, sacerdotes, que tratan de endiosarse o considerarse representantes de Dios en la tierra y, por tanto, acabar dominando como casta sacerdotal al resto de ciudadanos.

J.Z. El otro gran afluente de trascendencia que Lapuente pone sobre la mesa es la Patria. Se refiere a un terreno de mucha actualidad, porque si bien es cierto que hay una diferencia insalvable entre la patria y el nacionalismo, hay mucha gente que no quiere ver esa diferencia. Por eso, de partida, hay que aclarar por qué son tan distintas estas cosas del amor a la patria y el nacionalismo.

J.L. Aquí, de nuevo, la frontera es difusa. Existe una correspondencia entre una idea que nos trasciende, sea un dios, una comunidad religiosa o una patria. Una comunidad nacional por un lado y por el otro, los opuestos: el lado oscuro de la religión, serían los fundamentalismos y el lado oscuro de la patriotismo son los nacionalismos que, en lugar de someter al individuo a algo trascendental intentan utilizarlo para beneficio de un grupo, para sentirse superiores, desarrollar sentimientos supremacistas hacia otras comunidades. Nosotros, superiores a los inmigrantes o a las élites internacionales, etcétera.
Es importante subrayar esta diferencia, porque el sentimiento patriótico es necesario para el funcionamiento de una comunidad, como un pegamento invisible que permite que la gente, de manera voluntaria, respete las leyes y costumbres, o lleve las máscaras y guarde el confinamiento como corresponde. Hay una serie de decisiones que tomamos a lo largo del día, de los años y los siglos para favorecer a la comunidad. Este buen sentimiento patriótico es imprescindible para consolidar una comunidad política, moral y democrática.
El nacionalismo exacerbado, la idea de que yo me asumo superior a otro podemos compararlo con la familia. Yo quiero mucho a mi familia, pero no quiero decir que sienta que ella es superior a las otras. Quiero más a mi familia, pero no porque sea superior. Por lo mismo, el nacionalismo es de alguna manera una recreación del tribalismo. Somos únicos, distintos y superiores.

J.Z. El abandono de la trascendencia, ya sea a través de la de la fe en un Dios o a través de la confianza en la patria, ha llevado a una exaltación única del individualismo, a su elogio y promoción. Y esta actitud se ha considerado durante mucho tiempo una suerte de vocación de la derecha. Javier Lapuente lo aclara enfáticamente en su libro, pero acto seguido dice que también es una política de la izquierda.

J.L. Es una cuestión que me mantuvo intrigado durante mucho tiempo, porque es cierto que es conocido el movimiento neoliberal de la derecha, que sustituyó los ideales democristianos por un laizzez faire, dejar hacer. Los líderes democristianos han sido reemplazados por Berlusconi, Trump, Boris Johnson. Y aunque es menos conocido también ha sido perjudicial para nuestra civilización la evolución de la izquierda, que ha pasado de pedir sacrificios por la patria, como hizo Kennedy: “No preguntes qué puede hacer la patria por ti, pregunta qué puedes hacer por tu patria” a una idea muy individualista, en la que el Estado debe beneficiarte a ti como individuo. Si nos fijamos, la izquierda ya no pide sacrificios, básicamente lo que ofrece son derechos, como si el estado fuera una inmensa máquina dispensadora de servicios y dádivas.
El individualismo, fomentado tanto por la izquierda como por la derecha, nos endiosa a los ciudadanos, nos vuelve más narcisistas.

J.Z. No es inusual que se diga en este tiempo que nacemos con una psiquis moral, con cierta inclinación natural a la bondad. Si es así, produce extrañeza que ante ciertas crisis, no todas por cierto, pero ante ciertas crisis surjan muchas voces que reclaman la autoridad de un Pinochet, la mano dura…

El politólogo español, Javier Lapuente

J.L. Precisamente, continuando con lo que comentábamos, somos muy narcisistas, muy individualistas, lo que nos hace sentirnos solos, huérfanos de identidad. Cuando Hannah Arendt intentaba estudiar por qué muchos jóvenes alemanes se afiliaron al partido nazi, encontró que tenían dos características, la soledad y el vacío espiritual. O sea, algo parecido a lo que está ocurriendo hoy. Muchos jóvenes y no tan jóvenes están siendo seducidos por estas ideologías nacionalpopulistas, autoritarias, no por falta de recursos económicos, ni de oportunidades, sino por falta de identidad personal y colectiva. Ese sentimiento de orfandad nos lleva a abrazar a un líder con ideas supuestamente claras y soluciones fáciles que, en el fondo, acaban siendo peores que el problema.

J.Z. Lo que me parece fundamental es que ¿no le parece que el mal es un sello de la humanidad? No es una anomalía de la virtud, y seguramente no podemos prescindir de él. Podemos hacer muchas cosas, pero no negarlo.

J.L. Sí, la frase con la que inicio el primer capítulo del libro de Alexander Solzhenitsyn dice que la línea que divide al bien del mal o no pasa entre países ni entre ideologías, sino que atraviesa cada corazón humano. Es cierto. Pensar que el mal reside dentro de nosotros es una buena manera de enfrentar los problemas de la forma más honesta. No pensar que el que está delante nuestro, ya sea un independentista catalán, un votante de la extrema derecha de VOX en España o de la extrema derecha en Holanda, o de la extrema izquierda en Francia o en Italia, necesariamente encarna el mal. No asumir la visión de que el ser humano es perfecto, ideal y que con el tiempo se corrompe. Es mejor, por el contrario, pensar que estamos corrompidos por natura, que tenemos la tendencia a una serie de tentaciones, al egoísmo, y que podemos pensar más allá de nosotros, en la comunidad, y ver de qué forma a partir de ahí podemos mejorar y cultivar las virtudes de las que hablo. Si queremos, todos podemos ser mejores ciudadanos.

J.Z. Hay un pasaje imprescindible en el libro Decálogo del buen ciudadano, dice textualmente así: “Los estados de bienestar nórdicos son los que más dan a sus ciudadanos. A cambio exigen más esfuerzos en impuestos y un IVA en torno al 25 por ciento. Un patriota debe servir a su nación en función de sus posibilidades, no de sus caprichos”. Hasta ahí la cita. Lo que voy a decir es injusto, porque Lapuente se refiere a los países europeos y como yo soy muy porfiado, busco aludir a América Latina. Hay muchos países en esa región, tal vez la mayoría, que se indignan con el aumento de los impuestos, que lo consideran comunismo puro. En consecuencia resulta difícil imaginarse como los países, los estados, pueden ofrecer una mejor vida prescindiendo de una reforma fiscal.

J.L. Creo que es necesario aumentar la carga fiscal. Es obvio que no se puede hacer de la noche a la mañana, cada país tiene sus propios procedimientos, cultura y tiempos. Se sabe que no se pueden copiar ciegamente experiencias de otros países. Pero la reforma fiscal es imprescindible. Uno de los problemas que tenemos es que el debate en el sur de Europa y en América Latina está muy viciado. Plantear la subida de impuestos mínima es vista como una expresión de política comunista. Y de este modo regresamos a la idea de que la política se vuelve religiosa. Entonces el oponente que pide un incremento de impuestos es moralmente inferior, es la encarnación del mal y por tanto, lo que vamos a hacer es detenerlo, cuestionarlo, en lugar de negociar con él.

J.Z. Me encuentro o casi al final de su libro con la petición de la necesidad de revitalizar la filosofía. Es una petición que va a contracorriente de todas las disposiciones de la mayoría de los gobiernos, que han hecho es precisamente lo contrario, han eliminado la filosofía y todo lo que tenga que ver con el humanismo de los currículum educacionales. Cuando leí su frase se me ocurrió que lo que está haciendo la democracia es practicarse una suerte de vasectomía. Como si no quisiera generar ciudadanos democráticos.
No sé si es tanto como el abismo que usted apunta. Pero en todo caso, creo que hay un problema serio, porque hemos avanzado mucho tecnológicamente, pero no se si moral y éticamente hemos hecho lo mismo. En algunos casos incluso podríamos decir que hemos empeorado. Nos falta una formación ética y humanista.
Hace poco me sorprendí cuando fui a buscar libros sobre cómo ser mejor persona. No encontré prácticamente nada. Todo lo contrario. Había libros que me invitaban a tener éxito en la vida, a alcanzar la felicidad, a conseguir pareja, a cómo vender para hacerme rico. Todas eran metas personales y egocéntricas. Por eso decidí escribir este libro.
Lo que hago no es nada nuevo, básicamente recopilo la sabiduría de hombres y mujeres que a lo largo de la historia han pensado sobre las maneras de ser mejor persona. De cierto modo lo que ellos piden es una inversión de los términos. Si cogemos cualquier manual de autoayuda, te dicen, sé feliz y podrás ser feliz y buena persona. En realidad es al revés: intenta ser buena persona y como consecuencia de eso seguramente y de manera indirecta alcanzarás la felicidad. La ataraxia, la tranquilidad de espíritu.

J.Z. Quisiera volver al tema de la responsabilidad personal, porque usted hablaba de que la pregunta normal es, qué puede hacer el estado por mí, cuando deberíamos también preguntarnos qué puedo hacer yo por el estado, qué puedo hacer por mi comunidad. Hay un sector importante de la población que debería hacerse esa pregunta, pero ¿está en esas condiciones el sector más vulnerable, el más humilde, el más desposeído, el menos educado que ocupa una parte fundamental de su tiempo en tratar de sobrevivir?

J.L. No es posible. Es necesaria una vida digna para todos. Eso exige que tanto la izquierda como la derecha salgan del bucle individualista. La derecha fomenta el enriquecimiento a toda costa y la izquierda trata de dar derechos y beneficios, sobre todo a grupos sociales más bien conectados. En muchos casos los gobiernos desdeñan a los más desfavorecidos, porque son los que no votan o votan menos. Es imprescindible actuar a nivel político y social. Poner en marcha medidas para paliar estos problemas es muy difícil en un entorno polarizado, dividido y queremos actuar se requiere una serie de valores cívicos republicanos tanto como la recuperación de valores humanitarios que modestamente propongo en el Decálogo del buen ciudadano.

J.Z. Usted no oculta simpatía por una forma de vida como la que recomienda la filosofía estoica, aunque tengo la impresión de que una parte importante de quienes nos leen tienen una idea equivocada de la filosofía estoica, porque creen que acepta sufrir todo lo que haya que sufrir, y aconseja no preocuparse por la felicidad ni nada por el estilo. Usted se encarga de aclarar que las cosas no son así.

J.L. Hay un gran malentendido con la expresión estoico y se la estima una especie de aceptación estoica del sufrimiento. Pero resulta que Seneca, Marco Aurelio y otros tantos disfrutaron mucho de los placeres cotidianos. Pero no es posible disfrutar si no sabes que lo estás haciendo y que hay momentos en que no puedes tener esos placeres. Lo que sí es cierto es que hay es una reflexión sobre la vida virtuosa. El objetivo de la vida no es la felicidad, sino la virtud, porque en el fondo la felicidad auténtica es esa ataraxia de la que hablaban los estoicos, una especie de ausencia de sufrimiento, de paz espiritual. O sea, lo que persiguen no es la aceptación del sufrimiento, sino su ausencia, de modo que se trata de una filosofía más alegre de lo que mucha gente cree.
En todo caso, en el libro lo que hago es armonizar la filosofía estoica con las virtudes teologales o cristianas del amor, la fe y la esperanza, que dan más colorido a la filosofía estoica que puede parecer un poco gris.

J.Z. Me ha gustado mucho ese aspecto que usted destaca de que no necesariamente debemos intentar ver todas las cosas color de rosa, con optimismo, sino considerar la incertidumbre como un elemento positivo en la vida.

J.L. Es que nos pasamos la vida tratando de eliminar de manera artificial la incertidumbre, deseamos programarlo todo, planearlo todo. Para nuestro pesar, la vida, a base de golpes te va a despertando de esas ensoñaciones y como los planes no se cumplen caemos en la frustración, en la depresión. Los estoicos vivían en un tiempo en que trabajaban para Nerón o Calígula. Un día podías tenerlo todo, pero otro día te trasformabas en un ser repudiable y te podía costar la cabeza. Aprender a vivir con esa incertidumbre libera de un enorme peso. Hay que pensar que somos actores de un guion escrito por los hados, por los dioses, por Dios o por la Pachamama. Eso, en lugar de debilitarnos, nos fortalece porque nos lleva a concluir que “lo mejor es concentrarme en las cosas que yo puedo cambiar. Ni la salud, ni el dinero, ni el amor dependen completamente de mí. Voy a intentar ser mejor persona, llevar una vida virtuosa y posiblemente la vida me sonría y si no, habrá que aceptar el destino tal y como me llega”.

J.Z. Tres cosas finales señor Lapuente. La primera de ellas estamos viviendo a nivel mundial, una crisis de legitimidad política. Sin embargo, aquí y allá surgen figuras que contradicen esa crisis y se transforman en personajes de una gran admiración. No voy a nombrarlas a todas, señalo sólo una, que es una especie de símbolo internacional, Angela Merkel. ¿Qué hace esta señora para escapar a ese desprestigio político generalizado?

J.L. Ella, como todo el mundo, tendrá sus fallos y sus detractores, pero ha ayudado a superar las tres principales crisis de Europa en los últimos años: la crisis financiera y, por tanto, la posible salida del euro, la crisis de los refugiados y ahora la pandemia presionando para una vacunación colectiva por parte de la Unión Europea. Ha tenido esa virtud de la que hablo en el libro, tratar la política de manera pragmática, pero, al mismo tiempo sostener principios trascendentales o principios para ayudar a la humanidad. En este caso su credo democristiano le ha ayudado. Esperemos que no sea un excepción sino que haya más gente como ella, de esta misma cepa.

J.Z. La segunda pregunta tiene que ver con el ostracismo al que hemos condenado a la muerte. Voy a caer de nuevo en el mayor pesimismo. Uno podría decir se trata de la más absoluta cobardía.

J.L. El narcisista es cobarde, tiene miedo, se pasa la vida mirándose al espejo y tiene temor de cualquier cosa que afecta a su imagen. Rehúsa enfrentarse a la realidad. La actitud victimista es la otra cara del narcisismo, las cosas malas que le pasan son culpa de los demás y por tanto prefiere vivir ocupado en sus propias redes, mirándose a sí mismo antes que enfrentarse a los problemas. Seguramente este individualismo, al abandonar y dejar de lado lo trascendente, en el que lo único que importa es lo que logremos en nuestra vida sin nada más, hace que hayamos abandonado paulatinamente los rituales y las reflexiones en torno a la muerte, que ha desaparecido prácticamente de las representaciones artísticas, de las celebraciones y de las fiestas sociales.

J.Z. Para concluir vuelvo al comienzo de su libro. Usted comenzó a escribirlo después de haberse enterado de que padecía una seria enfermedad. ¿Cuánto le ayuda la filosofía estoica a sobrellevarla?

J.L. Mucho. El descubrimiento de la filosofía estoica, también de la filosofía medieval cristiana, de Adam Smith y de pensadores contemporáneos, y en medida casi paritaria, de izquierdas y derechas, de contemporáneos y de clásicos.
A veces pienso en la idea de la que habla el filósofo Javier Gomá: el peso que eleva. Hay pesos que te hunden, pero también los hay que te elevan (pesos alados que, en vez de aplastar, elevan: pondus in altum) De alguna manera te liberan y te hacen ver las cosas importantes de la vida y olvidarte de las pequeñas cuitas personales y las pobres disputas. Es algo que te fortalece por dentro.

 

 

 

José Zepeda

Periodista, productor radiofónico, capacitador profesional.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *