Cuba, la peor crisis de su historia. Palabras de dos dos destacados disidentes

Esta entrevista es involuntariamente accidentada. Participan dos historiadores y a la vez, disidentes cubanos que viven en la isla. Él, Manuel Antonio Murua. Ella, Alina Bárbara, a esta le ha sido imposible conectarse a internet por falta de electricidad. Se ha debido recurrir a grabar las respuestas y enviarlas por teléfono cuando fue posible. De allí que no tengamos su imagen, pero sí su reflexión.

Es cierto, Cuba nunca ha padecido una crisis como la actual, ni siquiera en el período especial entre los años 1989 y 1995. Ahora parece vivirse al borde del abismo e infortunadamente, esto no es una exageración. Antes de comenzar con la reflexión, les quiero pedir una experiencia de vida personal o cercana, que ilustre con algo real la magnitud de las necesidades en Cuba.

Habría que entender que estamos a flor de piel con todo lo que está pasando todos los días en Cuba, y esto lo resumo en un personaje cubano, Liborio, quien recoge las historias dramáticas de mucha gente que no tiene que comer, que no tiene donde dormir, mucha gente a la que no le alcanza el salario mínimo para sufragar lo que necesita para alimentarse en un solo día. Lo ilustro con el salario mínimo en Cuba, 2.400 $ cubanos. Con el nivel de inflación en el que nos encontramos y con una moneda depreciada, la que un dólar equivale a 500 $, imaginarán que no se puede comprar casi nada. Ayer estaba tratando de comprar un coquito, un dulce hecho a partir de la masa de coco con azúcar. Una persona, una señora mayor, se me acerca y me dice: “Mijo, tú crees que me puedas comprar uno”. Es absolutamente doloroso. Destruye realmente cualquier capacidad de frialdad. El ser más frío se sentiría muy mal ante ese espectáculo que vemos diariamente.

Una madre escribió una carta abierta a Ciber Cuba, un medio de comunicación alternativo. Dice: “Yo soy cubana, vivo en Cuba sobreviviendo día a día y tengo unas ganas inmensas de que esto se acabe, de que el pueblo coja valor y se tire para la calle a ver si hay un cambio, a ver si hay un respiro”. Traigo a colación este caso porque da la impresión de que el diálogo que propone el Gobierno de Cuba a los Estados Unidos no contempla de modo alguno la inclusión de la sociedad civil. Uno se pregunta si se puede lograr una solución verdadera a la crisis cubana sin la presencia de aquellos que la padecen día a día.

Definitivamente no se puede lograr. La crisis acumulada desde el punto de vista humanitario tiene la misma raíz. Hablamos de dos dimensiones de un mismo problema y desde el punto de vista estructural, es resultado de mantener al margen a la población y a la sociedad cubana. De modo que para solucionar la crisis no se puede plantear una nueva crisis marginando al sujeto fundamental de este proceso.

El diálogo primero es con la ciudadanía cubana, no con el gobierno norteamericano. Hay que dialogar con el gobierno de Estados Unidos. Es parte de las herramientas, de las relaciones internacionales, pero debe ser primero con los cubanos. Y en este momento en que se cierra un ciclo histórico, la apuesta que hacemos desde el Consejo para la Transición Democrática en Cuba es eso: vamos a poner la mesa y a dialogar sobre todos los problemas y vamos a negociar en la dirección que es fundamental para el país.

Una pregunta personal para ustedes dos. Señora Alina Bárbara, usted protesta cada 18 de mes en la plaza de Matanzas con un cartel en el que pide libertad para los presos políticos. La justicia cubana ha pedido cuatro años de cárcel para ustedes. ¿Qué peligro encarna usted para la seguridad del país?

Alina Bárbara. Estoy en un proceso legal en el que la Fiscalía pide cuatro años de privación de libertad, pero no creo que sea por pedir la libertad a los presos políticos. Yo cometí un pecado muy grande y es tratar de pensar con cabeza propia y decir lo que pensaba en un país donde el valor absoluto al cual se le rinde culto es a la obediencia.

Es imposible que una persona, desde cualquier nivel académico o social, trate de desmontar el discurso del poder en Cuba. La obediencia se impone primero sutilmente a través de la educación doctrinal; a veces a través de familias que cuidan qué decimos. Que recomiendan que no nos busquemos problemas. Luego se pide y se exige con menos sutileza cuando comienzas a ser incómodo para el poder.

Este es el segundo proceso legal en el que estoy involucrada como acusada. El primero fue hace tres años por el delito de desobediencia. Actualmente es por una acusación muy falsa de atentado contra un oficial de la policía que en realidad me golpeó a mí. Pero eso es lo habitual en Cuba, que los procesos sean farsas. No se permite a las personas ejercer sus derechos ciudadanos, porque Cuba actúa al margen de su propia Constitución. Es una Constitución dividida en dos partes irreconciliables entre sí. En una dice que el sistema político es de partido único y que el partido está por encima de la sociedad y el Estado. En otra parte dice que los ciudadanos tienen derecho a expresar sus ideas libremente, a manifestarse de manera pacífica y una serie de derechos más que no son aplicables. De hecho, hace seis años que la Constitución fue aprobada y las leyes habilitantes de esos derechos no han sido aprobadas ni lo serán. Es imposible.

El sistema político es un Frankenstein compuesto por dos partes inviables entre sí y por eso es por lo que Cuba pasa de un Estado totalitario a una abierta dictadura, con una represión cada vez mayor sobre el pensamiento, sobre la disidencia y en general sobre cualquier tipo de acción de protesta ciudadana, sea por los apagones, sea por una cuestión explícitamente política, de petición de cambios. Siempre la solución es represiva.

Manuel Cuesta Murúa. Usted es historiador. Podría explicarnos por qué en Cuba no hay un estallido social, como se ha visto en los casos de México, en Colombia, en Chile, por citar solo algunos. Un destacado disidente escribe que el embargo que provoca —como no— un daño económico directo, es a la vez una barrera que fortalece al inmovilismo, debilita a la oposición y distorsiona la percepción de la realidad, dificultando así la posibilidad de un cambio genuino. Lo realmente eficaz —dice este disidente— sería que Cuba contara con fuerzas políticas con peso real. Pero esto parece imposible y no por causa del embargo. ¿Cuán cerca está este análisis de la realidad?

Yo comparto esa visión desde mi perspectiva personal como historiador y como politólogo. No en este caso como representante de una Concertación política. Cuando uno mira la experiencia y los procesos históricos, lo que pasó recientemente en Irán es una prueba. Cuando los regímenes autocráticos autoritarios utilizan la amenaza exterior, el complejo de plaza sitiada, el efecto directo es paralizar a la sociedad, independientemente de que tenga un conflicto con esa sociedad. Desafortunadamente, en las relaciones internacionales actuales los conflictos entre estados siempre se superponen a las disputas que pueda tener uno de esos estados con su propia sociedad.

Lo real es que el gobierno cubano se ha estructurado como un régimen de excepción, intentando normalizarse en el proceso. El origen es un modelo de excepción que se parapeta y defiende de una amenaza exterior. Ese es 1959, 1960. 61 y 62. Se estructuró utilizando la coartada nacionalista, básicamente para frenar cualquier intento de articulación interna. Luego se estructura en torno a la defensa de una nación como futuro. Es un sistema que cierra los espacios públicos. Por eso toda protesta es inconcebible. De ese modo el julio del 2021 (11 de julio y los días siguientes, mucha gente salió a la calle a protestar) casi nadie lo pronosticó. Poca gente se dio cuenta de que la sociedad había cambiado fundamentalmente.

La capacidad que tiene un régimen totalitario para reprimir el disenso público es tan fuerte que lo distancia de cualquier maquinaria represiva de una dictadura. Por eso la gente siente temor de protestar. De hecho, la protesta indica la profundidad del divorcio, porque el régimen ha logrado a lo largo de muchos años meter miedo a la sociedad.

En mis conversaciones recientes sobre el tema recurro al caso de Irán. Cuando el bombardeo israelí-norteamericano, la sociedad iraní, habituada a protestar, mantuvo silencio. Las protestas vinieron después, cuando la amenaza exterior desapareció del horizonte. Ahí, y es importante, hay una intuición social de que no es productivo tener un conflicto con un Estado cuando este logra utilizar la amenaza exterior para congelar o frenar el disenso interno. Ahora es más complicado frente a este conflicto geopolítico. El gobierno logra desplazar el conflicto hacia los Estados, sacándolo del conflicto fundamental que tiene con el país.

Alina Bárbara. Cuba es un modelo de partido único que, desde el inicio, estableció un alto grado de exclusión política. ¿Pero qué ocurría? Que ese grado de exclusión que ha mantenido desde los inicios hasta hoy se complementaba con una serie de derechos sociales garantizados por el Estado. Sobre todo, los que tenían que ver con el acceso a salud pública gratuita, educación también pública y gratuita, con niveles muy amplios de calidad. También derechos culturales o por lo menos disfrute de espacios culturales y una especie de “pobreza con dignidad” que mantenía el disenso en niveles controlables para el Estado, quien, durante décadas, disfrutó del monopolio de la comunicación de la opinión pública.

Pero eso cambió cuando llegó el Internet a Cuba, cuando las personas pudieron acceder a información, a redes de opinión pública, a medios de prensa independientes y donde además el Estado cubano experimenta un proceso de deterioro constante de su economía por una serie de malas decisiones. Creo que lo que pudiera catalogarse como un genocidio económico fue el desmontaje de la industria azucarera, que por muchos años fue nuestra industria tradicional, que sostenía sobre sí el funcionamiento de otras industrias, de sistemas de generación de electricidad, etcétera, que hacían que la isla pudiera mantener ese entorno de pobreza con dignidad que nos distinguió durante muchísimo tiempo.

Cuando cambia la realidad, el Estado pasa a una posición de abierta represión al disenso, sin ofrecer nada a cambio.

El proceso de reformas anunciado en el año 2007 se estancó en demoras, nunca tuvo un perfil político y económico, pero quizás podría haber abierto un poco la puerta a la prosperidad para hacer algo similar al modelo asiático. También es un sistema de exclusión política, pero con prosperidad y ciertos beneficios generales. Eso no ocurrió en Cuba. La demora de las reformas, la lentitud con que la clase política siempre ha dado pasos que debieron ser más expeditos, llevó a que esas reformas hoy no sean posibles, porque hay un agotamiento total de las fuerzas productivas, relaciones de producción que no han sabido abrir espacio a la iniciativa, ya sea privada, pero también cooperativa o formas de participación comunitaria en la producción económica.

A pesar de que es un Estado que se dice socialista, no ha hecho absolutamente nada de lo que se supone que desde el punto de vista socialista debería hacerse. Tampoco ha accedido a abrir espacio a una industria, a un empresariado industrial, agrícola, nacional o vinculado con su gran diáspora. Nada y ha llegado a un punto prácticamente de implosión del modelo, ya no cuenta con métodos de expansión económica porque no tiene un país pilar que lo sostenga como durante mucho tiempo fue posible, primero la Unión Soviética, después Venezuela. Por sí misma no ha sido capaz de crear un modelo de producción en Cuba.

Hoy mueren todos los años más personas que las que nacen (Durante el 2024 la tasa de mortalidad fue de 12,0 por cada mil habitantes frente a una tasa de natalidad del 7,2)

El modelo económico existente no es capaz de producir y reproducir la vida material de la sociedad. Creo que es el proceso final de una crisis general, política, económica e incluso simbólica, porque estamos en una lucha total de símbolos que durante mucho tiempo fueron hegemónicos y hoy ya no lo son.

Hay ojos y corazones cubanos dentro y afuera que ven con buenos ojos la intervención de los Estados Unidos. ¿Cuál es vuestra mirada?

Manuel Cuesta Murua. Para nada. Definitivamente no creemos que una intervención de los Estados Unidos de tipo militar vaya a significar la solución del asunto. Y esto despeja el análisis de lo sucedido en Venezuela. Es decir, no es productivo. La legitimidad política de cada país se fundamenta en su propia historia. La historia de Cuba funda la legitimidad política en la idea de defender la nación. Esto es un elemento fundamental para cualquier cosa que se considere legitimidad política.

Segundo, la legitimidad de la oposición parte del uso de recursos pacíficos para tratar de cambiar la realidad. Por lo tanto, apelar a la violencia política, aunque sea de cirugía menor, la menos invasiva posible, va a destruir la posibilidad misma de construir la democracia.

Nosotros tenemos un triple conflicto, un conflicto como nación. Hay que completar la nación cubana. Un conflicto como país, en el que la infraestructura básicamente no existe y un conflicto de Estado. Es decir, la noción y la maquinaria del Estado no están pensadas ni concebidas para el ciudadano, sino para reprimir a la sociedad. Ese triple conflicto no puede resolverse con una fórmula aparentemente sencilla de sacar una cúpula. Eso envenenaría el proceso de transición en la historia de Cuba.

1959 se explica con 1902, 1906 y las tensiones de 1934. Eso llevó a 1959 porque alimentó la ira de una minoría violenta. Cuando las minorías deciden utilizar toda su violencia, desarticulan a las sociedades. Yo camino por las calles, converso con mucha gente que lo piensa por su desesperación. Eso lo entiendo. La desesperación lleva a cualquier solución. Pero la desesperación es vulnerabilidad también. No solo material, sino psicológica. Y la fortaleza, de una sociedad viene a partir del momento en que entiende que no todos los recursos valen para lograr sus metas y sus objetivos.

Debido a todo esto, no estoy asombrado de que el patriotismo cubano esté en sus horas bajas. Esto se debe al gobierno cubano. Es la responsabilidad mayor de que el patriotismo esté en sus horas bajas. No tanto. No solo por la gente que dice que hay que invadir, sino por la indiferencia de muchos ante la posibilidad misma. Eso hay que revertirlo si queremos construir la democracia.

Por eso digo, este es el minuto en el que, cerrado el ciclo del nacionalismo revolucionario puro, tenemos la posibilidad de empezar a construir un nacionalismo democrático suave e inclusivo, en el que la nación renazca de su diversidad y pluralidad con un Estado que responda a los intereses de la ciudadanía.

Es un tema complicado y complejo que ha salido a relucir ahora y para el cual hay que tener mucha conversación con la gente para asumir los caminos que a algunos nos parecen los más apropiados y viables para llevar a la transición democrática.

Alina Bárbara. Respecto a una posible intervención de los Estados Unidos, debo decir que no creo que esa intervención ocurra. Pienso que Estados Unidos está utilizando una política de fuerza en su connotación exterior, no solo hacia Cuba. Desde que Donald Trump asumió la presidencia dejó muy claro que reivindicaría la política del presidente McKinley, caracterizada por una política exterior expansiva claramente imperialista. Lo que está ocurriendo, no solo con Cuba, es lo que vimos que pasó con Groenlandia, con el intento de ocupar o de hacerse del territorio; de renombrar el Golfo de México; la tensa relación con Europa y con la estructura de los organismos internacionales. Lo ocurrido en Venezuela, más allá de que se entienda la alegría de muchísimos venezolanos porque no esté dirigiendo el país una persona como Nicolás Maduro, ciertamente fue un acto de intervención.

Ahora no podemos confundir las cosas. Estados Unidos es un país imperialista que, en un momento determinado de la historia de Cuba, también fue un país interventor. Pero confundir las cosas es lo que nos ha llevado al punto en que estamos hoy. La política del gobierno cubano, el modelo político de exclusión que tenemos, no se debe a la tensa relación con los Estados Unidos. Este modelo político comenzó a estructurarse previo a las primeras manifestaciones de agresividad o de bloqueo por parte del gobierno de los Estados Unidos. Es un modelo que no solo existe en Cuba.  En Europa fue una realidad, pero allí nadie podía culpar a un enemigo externo por las características, la intransigencia y el carácter dictatorial que asumieron esos regímenes. No había allí un enemigo histórico al que echarle la culpa. Entonces, acá no podemos hacer lo mismo.

De lo que se trata es de separar, por un lado, la política hegemónica que quiere desarrollar la administración de Donald Trump en toda el área del Caribe y a nivel internacional, de la otra característica del político de partido único que aquí en Cuba ha generado situaciones muy similares a las que vivieron algunos países europeos. Ese modelo implosionó a fines de los 80 y en los 90 del siglo pasado.

Se necesita pedir que no ocurra una intervención armada en Cuba. Debe evitarse en cualquier país. Las agresiones armadas contrarían el derecho internacional, promueven condiciones beligerantes globales tendientes a futuros conflictos que hay que evitar y que el mundo ya ha sufrido. Eso es una cosa. Otra muy diferente es cegarnos a la realidad de que, en Cuba, internamente la gente ya lleva mucho tiempo padeciendo represión y una miseria espantosa. Ha pasado de aquella pobreza digna a una pobreza extrema, en condiciones de una severa vulnerabilidad. En sectores sociales como los jubilados, los ancianos se están muriendo de hambre por políticas fallidas del Estado cubano que han depauperado la economía nacional, que han destruido el poder adquisitivo de nuestra moneda, que han dolarizado la economía, sobre todo en aquellos sectores del comercio donde no todas las personas pueden acceder. Así, han creado condiciones de enorme desigualdad social, de desprotección absoluta por parte del Estado, con políticas que han llevado a que la clase trabajadora, que es la gran clase social en Cuba, esté imposibilitada de vivir de un salario, del fruto de su trabajo. Los caminos cortados llevan a una parte importante de la población a emigrar para ayudar a la familia.

En Cuba las cárceles están llenas de presos políticos. Se están convirtiendo escuelas en prisiones. Si al principio de la revolución los cuarteles se convirtieron en escuelas, ahora está pasando lo contrario. El disenso es perseguido. Los presos no son por acciones vandálicas ni por acciones armadas. El pueblo no tiene armas porque, desde el principio, las armas fueron recuperadas. De lo que estamos hablando es de protestas pacíficas. No se admite la protesta ciudadana y yo sí creo en el valor de la protesta no violenta. Por ejemplo, mi estimado amigo Manuel Cuesta Murúa tiene otra perspectiva. Yo también pienso que todos los resquicios legales que existan, al igual que Manuel, deben ser aprovechados para tensionar, para presionar por cambios. Pero no basta eso, porque el poder en Cuba se ha blindado constantemente desde el punto de vista legal y los pequeños resquicios que existen se van cerrando en la medida en que perciben que eso es aprovechado por la ciudadanía.

De lo que se trata es de combinar el aspecto legal de la lucha con la presión cívica de la alternativa de la protesta no violenta como manera de hacer escuchar nuestras voces. Porque aún así la palabra de los cubanos es opacada por personas que, a veces de buena fe, otras veces no, pero a veces de buena fe, piensan que en Cuba el diferendo con el Estado norteamericano es la principal contradicción existente. Y no es así. La principal contradicción es interna y es la contradicción entre un Estado absolutamente cerrado al cambio, negado a una transformación positiva de la sociedad. Es un Estado cerrado a que Cuba transite a una democracia.

Como dice mi querido Fidel González García, profesor de Derecho de la Universidad Oriente, expulsado por su pensamiento crítico, nuestro horizonte es la democracia, pero la democracia depende de nosotros, no de que Estados Unidos la imponga. Mucho menos ahora, porque dentro de los propios Estados Unidos, el gobierno de Donald Trump no es el paladín excepcional de la democracia.

Esto es un problema de los cubanos. La democracia es un problema nuestro, pero necesitamos apoyo internacional de todos los países, no podemos permitir que se siga ninguneando, invisibilizando la cuestión interna de esa contradicción entre el Estado cubano y una ciudadanía desprotegida que lo interpela, con el diferendo entre Cuba y los Estados Unidos.

También es muy cierto que ese diferendo ha sido utilizado a lo largo de los años por el gobierno cubano para justificar sus errores internos, sus desastres voluntaristas en la economía del país y justificarlos diciendo que todo es culpa del bloqueo. Lo que hay es una incidencia de la política exterior de sanciones más que bloqueo. Yo diría que es más justo hablar de sanciones porque cuando tú vas a una tienda y hay pollo norteamericano y hay paquetes de azúcar provenientes de los Estados Unidos, tienes que decir que bloqueo no es la palabra exacta. Sanciones, sí. Y esa política de sanciones que en efecto daña no ha sido ni remotamente la responsable del desastre al que ha venido a parar la economía y la sociedad cubana.

Nosotros necesitamos que el mundo mire hacia Cuba, pero no solo que mire, que defienda la soberanía, que levante su voz para que Cuba no sea agredida, me parece bien. Yo no quiero una agresión para mi país, pero que no se quede ahí, que haga más porque lo necesitamos es que comprenda que el problema cubano es interno y de vieja data y eso no puede seguir siendo ignorado por el mundo.

Yo estoy llamando desde los Países Bajos, desde Holanda. Por eso no puedo evitar preguntarle acerca del Consejo y la Comisión Europea que mantienen hasta el día de hoy el acuerdo bilateral con Cuba y lo justifican como compromiso constructivo y no desean terminarlo o suspenderlo, a pesar del incumplimiento sistemático de La Habana, que no duda al momento de reprimir o condenar con penas desorbitadas a los manifestantes que reclaman alimento, electricidad, salud y, finalmente, libertad. ¿Qué podemos decir de la Unión Europea?

El acuerdo está bien, pero tienen que hacerlo cumplir. La Unión Europea se ha quedado en la retórica con ese asunto. Lo he conversado con sus representantes en La Habana. No lo hacen cumplir y hay maneras de hacer que el acuerdo se respete. Si se toma al pie de la letra lo que dice, entre otras cosas, hay mayor reconocimiento y apoyo a la sociedad civil. Yo hablo diciéndoles a los diplomáticos que a la sociedad civil y a la oposición política hay que tratarlas con visión de Estado, como si nosotros fuéramos lo que debemos ser, parte de una concepción del Estado cubano, aunque no estemos en el gobierno. Eso significa reconocimiento pleno, abierto. Apoyo significa no incentivar al gobierno cubano, allí donde no cumple, porque sucede al revés de lo que debe ser, le dan recursos al gobierno bajo la promesa de cumplir, en vez de verificar si el gobierno cubano está cumpliendo para luego darle ayuda. Hay que invertir los términos, utilizar básicamente las herramientas que da el Acuerdo de Diálogo Político y Cooperación (firmado el 12 de diciembre de 2016), pero pasa también por decirle al gobierno cubano, estos son actores legítimos con los que nosotros vamos a conversar, a apoyar y vamos a seguir. Si la Unión Europea adopta esa postura, otro será el resultado, aun cuando el gobierno cubano se moleste, porque hay que entender que te tienen que molestarse por algo, ¿no? Con todo, no debe estar siempre contento con que se le pase la mano. Ese es mi mensaje a la Unión Europea. Público ahora como también de manera privada se lo he dicho en conversaciones e intercambios.

 

José Zepeda

Periodista, productor radiofónico, capacitador profesional.

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