Mariana Alessandri: las penas compartidas son menos penas
Ella, defensora de los malos humores ha escrito un libro imprescindible y provocador: Visión nocturna. Un viaje filosófico a través de las emociones oscuras. Lo dice con sus propias palabras esta mujer de raíces chilenas: “Mientras viva en un mundo donde la gente se disculpa por llorar en público, escribiré libros y ensayos sobre por qué quejarse es bueno, por qué la alegría no lo es y por qué el señor Rogers tenía razón al decir que «todo el mundo tiene muchas formas de sentir y todos esos sentimientos están bien»

Mariana Alessandri es profesora de Filosofía en la Universidad de Texas Valle del Río Grande, la primera universidad bilingüe de Estados Unidos. Ha fundado, junto con su pareja, RGV PUEDE, una organización sin fines de lucro para promover la educación bilingüe en las escuelas públicas del sur de Texas.
Existe una abrumadora cultura que liga la luz a la vida, a Dios, a la belleza y la oscuridad; y al mal, a los demonios, al reino en donde el miedo es el rey. Usted a través de este libro nos dice que necesitamos dejar de intentar arrojar luz sobre la oscuridad y aprender a ver en la oscuridad. ¿Por qué?
Cuando combinamos o adoramos la luz, hay un coste. Si decimos que la luz, además de lo que has dicho, también es la seguridad, la inteligencia, la paz, la esperanza, la pureza, el optimismo, el amor, la felicidad, la diversión. Si pensamos que todo eso es la luz, lo opuesto sería que la oscuridad es, además deficiente, fea, es no inteligente, es dañosa, es enfermedad cerebral y defecto.
Cuando nos embargan las emociones luminosas, nos sentimos muy bien. En los Estados Unidos se tiene la idea que “yo lo hice”, “yo elegí mi propia felicidad”. Lo que pasa es que cuando la gente empieza de sentirse mal, cuando se despierta y se sabe ansiosa o deprimida, con mucho enojo o ira, no sabe qué decir, excepto que se siente oscura, donde todo es malo. Nos asumimos defectuosos, enfermos, contagiosos, pesimistas y todo adquiere la pinta de algo muy feo en la que más sufre es la autoestima. Tenemos que salvarnos porque nos estamos haciendo daño. Es algo que viene de la sociedad que no nos da palabras lindas para las emociones oscuras. Deseo que cambiemos a una sociedad con mayor respeto para la oscuridad en la que no haya solo palabras feas. Podemos aprender a ver en la oscuridad, a ver la dignidad dentro de la emoción oscura. Vivir esas experiencias no nos hace basura como me han dicho mis alumnos. “Soy basura, no valgo nada”. Nos hace daño pensar en la luz y la oscuridad como tipos opuestos, en el que lo uno es bueno y lo otro, malo.
Le confieso que no se me había ocurrido hasta ahora, en consecuencia, el racismo y la xenofobia, por ejemplo, son también consecuencia de nuestra tendencia a equiparar la oscuridad con la deformidad y la deficiencia.
Si. Todo está relacionado, y nadie sale beneficiado con estas metáforas. Porque si hablamos de nuestras emociones oscuras, no lucimos bien. Y si hablamos de gente con piel oscura, no suena bien. La solución es valorar más a la oscuridad y no demasiado a la luz. Yo vivo en el sur de Texas en donde hace mucho calor, y le puedo asegurar que el sol no es tan lindo, también tiene sus limitaciones. Todo posee cosas buenas y malas. Quiero ser más neutral con respecto a estas emociones y cómo nos afectan. Lo primero es comprender qué son para nosotros y como vivimos en estas condiciones. ¿Diríamos emoción oscura o estado de ánimo sombrío? Uno puede expresarlo de muchas formas.
Las preguntas centrales de su libro son: ¿y si la verdad, la bondad y la belleza nos residen solo en la luz, sino también en la oscuridad? ¿Y si creer lo contrario ha sido un error atroz? Eso significa que la oscuridad no es el antónimo de la luz, sino su complemento. La otra mitad sin la cual nos negamos a nosotros mismos posibilidades de comprensión. Por eso me encanta la sentencia suya que dice: “Cualquiera que te ofrezca la luz de la verdad sin la verdad de la oscuridad, te está vendiendo el orgullo del mediodía y la vergüenza de la medianoche”.
Es cierto. Tenemos mucha vergüenza y la aprendemos de los demás, de la sociedad. Hay que encontrar más equilibrio en esta realidad tan asimétrica. Somos capaces de ver la luz y las emociones buenas, de disfrutarlas porque estamos alfabetizados con respecto a ellas. A la vez creo que los padres, los abuelos, la sociedad, no nos han dado herramientas para ver en la oscuridad, para ver el enojo dentro del enojo. Por ejemplo, tengo una estudiante que su papá la llama “cara de culo” cada vez que ella no está feliz. Eso no es una manera de respetar a la ira, ni de prepararla a ella para lidiar con estas emociones.
Soy existencialista y eso quiere decir que para mí somos igual partes de oscuridad y de luz. Lo menos que deseo es negarnos a nosotros mismos. Quiero ser una persona entera con ambos costados en proporción y aprender a asumir no solo las vivencias buenas, si no también las malas. Muchas veces nuestro propósito es superar los rasgos negativos u oscuros, cuando lo mejor sería entenderlos y aprender para manejarlos mejor.
Así, no se trata de detestar la ira, se trata de comprenderla y para ello es preciso diferenciarla del odio. ¿Cuál es la diferencia?
Depende de quien pregunta. Estoy leyendo a Audre Lorde (escritora afroamericana, feminista, lesbiana y activista por los derechos civiles. 1934-1992) Dice que la meta del odio es la destrucción y la de la ira es el cambio. Me parece bien lindo, porque de esta manera uno puede decir que el enojo o la ira son información. Herramientas con las que podemos excavar la verdad de Platón, de Aristóteles. Los estoicos me hicieron creer que yo era un monstruo. Una debilucha, que no podía controlarme. Que las mujeres no deben enojarse. Pero cuando leo a Audre Lorde o a María Lugones (filósofa, feminista, investigadora, profesora y activista argentina. Autora de varias formas de resistencia contra opresiones múltiples. 1944-2020) me ofrecen una imagen diferente. Si me encuentro iracunda, tengo que escucharme. Es otra forma de asumirse. En lugar de pensar: tú eres mala, no eres una buena mamá, puedo ir al espejo y decir algo como: “¿qué me está enojando?”. La mirada ya no es condenatoria y, a lo mejor, hay algo injusto en mi vida que tengo que cambiar. Pero nunca lo hice porque si me sentía indignada era porque había asumido que era un monstruo. Y si soy un monstruo nunca voy a pensar en las cosas que me provocan rabia.
Muchas veces se critica a la gente iracunda por el modo que exterioriza su ira, con lo que se desvía la atención sobre sus razones en favor de la forma. Ello lleva aparejada su descalificación como irracional. Estoy totalmente de acuerdo con usted. Ahora, ¿no es cierto que también el propósito de la ira es canalizarla sin que pierda un ápice de su fuerza para llegar al máximo de gente? ¿Y de ese modo no aplacar la ira ni tragársela? De una u otra manera reclama las mejores palabras y los mejores argumentos.
Me acuerdo de Aristóteles, toda ira tiene su razón. Tiene que inspeccionársela para ver si es buena. Si posee virtud o si es excesiva. Estoy de acuerdo hasta cierto punto. Hay un aspecto que describe Mario Lugones, y es que no hay nada que tú puedas decir, incluso si lo haces lo más razonable que puedes, pero la persona con la que estás enfadada no va a entenderte. En ese momento tratar de comunicarse con alguien y usar esa ira, controlarla de cierta forma, es inútil. Es entonces cuando empiezas a gritar. Pero no es para hablar con nadie, no es para que alguien te entienda. Porque muchas veces cuando la gente te habla y trata de decirte que tú estás loca, resulta porque una se ve fuera de control. Pero como lo describe Mario Lugones, lo que intentas es imitar a las mariposas, que se envuelven en un cocoon, un capullo, para protegerte de aquellos que te quieren hacer creer que estás loca o irracional y fea. Es parte de la historia que a las mujeres se las ha pintado como seres irracionales. De modo que tenemos que pelear contra la historia, contra los prejuicios, incluso contra creencias que llevamos dentro de nosotras.
Algunas veces esa ira que no es tan controlada ni razonable tiene su razón de ser, pero no siempre. Creo que el punto que usted señala es correcto, que hay iras buenas y malas; virtuosas y equivocadas. Todo depende de las circunstancias y de los personajes. Pero lo que yo quiero afirmar es que en mi mente y en las de muchas mujeres, la rabia siempre es mala y sentirlo así es muy estoico. Si lo siento como me educaron se espera que diga: “perdóname porque me enojé”. Nos adoctrinaron para que ese sentimiento en cualquier ocasión, a cualquier nivel, sea rechazable. Yo busco verlo con cierta distancia, que se trata de información, que no quiere decir que soy mala. Tengo que juzgar y respetar mis emociones antes de decidir qué hacer con ellas. Quiero establecer un espacio entre lo que está pasando y cómo se siente mi autoestima. No soy monstruo porque me he enojado, y tal vez tengo razón.
El dolor, el sufrimiento, la tristeza forman parte de la condición humana. Me gustaría tocar aquí un aspecto que demuestra, no en todos los casos el hecho de que el dolor no solo aporta dolor. Y es que una gran parte de quienes han sobrevivido a las peores vejaciones y violaciones a su dignidad adoptan una actitud ante la vida marcada por la comprensión, el amor al prójimo y la defensa de los derechos humanos.
Nunca perseguimos el dolor, pero en el transcurso de la existencia nos alcanzará igual. En algún momento te va a tocar. Mucha gente, cuando siente dolor, ha aprendido a sentir vergüenza porque le dijeron que debe ser fuerte. “Afuera brilla el sol, ¿por qué me siento tan mal adentro? No debería, debo ser agradecido”. A esto lo llaman positividad tóxica (debemos silenciar las emociones negativas). No debo sentirme mal porque mi vida está muy bien y si me siento mal quiere decir que hay un defecto dentro de mí.
Yo me rebelo contra semejante creencia. Aquí entra Miguel de Unamuno, que me ha enseñado mucho sobre el dolor. En vez de pensar que el dolor es un peso con el que uno agobia a otra persona, él lo describe como un regalo que uno puede invitar a otro a su caverna, dentro de su oscuridad. Hemos aprendido mal cuando pensamos que no debemos ayudar o compartir el dolor con otro. Unamuno sostiene que a la gente las une más el dolor. Los cuerpos se unen mejor físicamente en la felicidad, en el placer. Las almas se unen mejor en el dolor.
Creo que muchos estamos perdiendo la oportunidad de unirnos alma con alma en el dolor. No debemos tener miedo de compartirlo o de sentirlo. Algunos no quieren sentir ni una gotita, pero es importante manejar esta emoción igual como las demás.
Tiene usted razón, porque no es el optimismo lo que necesita la gente que sufre. No soy sabio para asegurarlo con certeza, pero lo único que desea la gente que sufre es ser escuchada y comprendida, no sentenciada.
Y una no necesita que la animes. Nos equivocamos: “Si mi hermana esta sufriendo, debo animarla”. Ella no necesita ni quiere eso. Según lo que he visto, anhela no sentirse sola. No somos defectuosos. Y deseamos que alguien esté ahí para decir: “Te veo, y percibo tu sufrimiento. Y no es mi trabajo hacerte sentir mejor”. Incluso con el duelo, uno no puede decir nada. No hay palabras para que el otro se sienta mejor. Es deseable olvidarnos de la idea de que nuestro trabajo es animar al que sufre, muy por el contrario, es amarla. Esa sufriente después confiará en ti, porque no vas a negar ni criticar su dolor y ella lo agradecerá.
Acaba de mencionar el tema del duelo. Cuando murió mi madre tenía 16 años y ella 39. Salvo escasas excepciones las condolencias me enrabiaban. Me decían: se lo llevó el Señor. No somos nada. Está descansando, ayudándole a sentir. Yo sé que había buena intención en esas palabras. Pero esas frases hechas habían perdido todo su valor por el uso y especialmente porque me llegaban sin fuerza emotiva. A lo mejor deberíamos repensar el significado y el contenido de las condolencias.
Somos analfabetos con respecto al duelo, porque no sabemos que decir. Pensamos que tenemos que decir algo. Entonces, decimos algo muy feo como le han dicho a usted o como le dijeron a mi mamá cuando perdió un hijo: “Ah, bueno, todavía tienes los otros hijos”. La gente lo puede hacer tanto peor. Muchas personas en el duelo pierden amigos, porque son tan ansiosos, que no saben qué decir y se ausentan.
Para mí el duelo es la emoción más fuerte, en el sentido de que la gente la hace peor porque ignora como comportarse.
Hemos desechado los ritos del duelo, hemos privatizado a la muerte, hemos reducido el tiempo del duelo porque no es rentable y hemos conseguido avergonzar a quienes lloran por más de algunos días, por débiles, sensibleros e incapaces de afrontar con dignidad los pesares de la vida. Perdóneme, si aquí me emotivo, pero en resumen somos unos miserables que hemos olvidado lo que es perder a un ser amado.
Y, al contrario, te castigan cuando no lloras suficiente. Es increíble. ¿Cómo puedes hacerlo bien? Cada persona en el duelo hace tal y como es. No hay protocolo. A algunos les gusta estar muy ocupados. Otros prefieren permanecer en la cama y tienen todo el derecho. Cada uno expresa el duelo de la forma más sincera y no hay buenas o malas maneras.
No hemos sido bien entrenados para manejar la oscuridad porque no tenemos nada de práctica. Si podemos concederle más tiempo a la oscuridad, abriendo los ojos, viendo el dolor de los otros, sin tanto miedo en compartir el dolor podemos estar mejor preparados para compartir los grandes pesares de la vida.
Quiero agradecerle que en el capítulo cuatro de su libro se haya acordado de nosotros los zurdos, los de la física y los de la sordera emocional. Hay cosas que han mejorado. A mí ya no me cuesta pelar papas ni cortar la carne. Pero para abrir la puerta debo hacer un movimiento que los diestros no necesitan. Todo esto para decirle que los zurdos no somos contrahechos. Que la gente deprimida no está rota ni quebrantada. Que las personas iracundas tampoco. Que las dolientes tampoco. Que las ansiosas tampoco. Y que las doloridas tampoco. Ojalá, y cito sus palabras: El mundo entienda que para curar debe haber heridas, Para reparar debe haber daños. Y para que haya luz debe haber oscuridad.
No es que uno deba amar a su depresión. Sí o sí nos afectan estas emociones oscuras. El enojo, la ansiedad, el dolor, el duelo y la depresión. Nadie escapa indemne. ¿Cómo sentirnos si el mundo no nos ayuda? Por el contrario, el mundo nos llama enfermos, débiles.
Para corregirlo debemos recalcar que son maneras de ser humano. Cuando uno está deprimido, incluso en cama, tenemos nuestra dignidad, nadie nos la puede quitar, pero el mundo no lo reconoce. No es posible quitar la depresión o no hablar de ello no ayuda. De alguna forma estamos mejorando, pero tenemos que pensar como comunidad porque son padecimientos que nos afectan diferentemente. No todos sufren de la misma manera.
¿Qué desea lograr con este libro?
Quiero cambiar el mundo. No es un libro de autoayuda. Soy filósofa y es una crítica al mundo que nos ofrece palabras que no nos sirven y que están ancladas en la filosofía antigua. Quiero una reeducación que enseñe a no tener tanto miedo de la oscuridad ni de estas emociones. Kierkegaard dice que la ansiedad es inteligencia emocional. Sin embargo, hay quienes nos quieren hacer creer que estamos rotas y que nuestro cerebro ya no sirve, que tienes un desbalance químico. Kierkegaard lo juzga de manera diferente: eres inteligente. Estoy con Kierkegaard porque me ayuda a sentirme mejor sobre mí misma.
Quiero fervientemente que todo individuo revalore su autoestima, Deseo cambiar las palabras ajadas que nos hacen daño y añadir otras palabras que reconocen la dignidad y nos sirven para ser mejores.




