Paulo Sergio  Pinheiro, ex miembro de la  Comisión Nacional de la Verdad de Brasil: “la sociedad brasileña no está condenada a un futuro de degradación humana”

El informe de la Comisión de la Verdad de Brasil establece 434 víctimas mortales o desaparecidos, varios miles de torturados y otros tantos encarcelados. El presidente Jair Bolsonaro, hace pocos días, dijo que ese documento de 1300 páginas de la Comisión de la Verdad era bla, bla, bla y preguntó si se le podía creer a una comisión nombrada por la expresidenta Dilma Roussef. En el segundo acto el presidente procedió a reemplazar a los miembros de la Comisión sobre Muertos y Desaparecidos de la dictadura militar, por gente de su confianza. Cierra este capítulo, no el último sin duda, las loas al coronel Carlos Alberto Brilhante Ustra, uno de los más célebres represores de la pasada dictadura brasileña. Bolsonaro lo llamó héroe nacional que ayudó a “evitar que el país cayera en lo que la izquierda quiere hoy”.

Paulo Sergio PinheiroPaulo Sergio Pinheiro, fue profesor de ciencia política de la Universidad de Sao Paulo, USP , ex  ministro de la Secretaria de Estado de Derechos Humano. Relator especial  de Derechos Humanos y Presidente de la comisión internacional de investigación  de la ONU sobre la Republica Árabe Siria desde 2011 . Antiguo Coordinador y miembro de la Comisión  Nacional de la Verdad, CNV, Brasil

Según el documento de la Comisión de la Verdad, todo lo que hizo el coronel Ustra está bien fundamentado, no solo por parte de las víctimas, sino por él mismo, que fue largamente entrevistado por mis colegas de la Comisión de la Verdad. No hay ninguna duda que se trata de un torturador. Era un hombre prominente que estuvo vinculado legalmente al gabinete del ministro del Ejército, lo que fue un descubrimiento de la Comisión. No significa que trabajaba en el oficina del ministro, pero ocupaba en una posición notable. Es decir, todo lo que Ustra hizo era del conocimiento de las instancias superiores de mando, desde el presidente de la República hasta el propio ministro.

No son nuevos los esfuerzos por cambiar la narrativa histórica en Brasil. Durante el funcionamiento de la Comisión de la Verdad hubo algunos militares que argumentaron que el golpe fue el recurso para impedir los intentos de imponer un régimen comunista en el país. En fecha reciente, cuando el presidente Bolsonaro era diputado, hizo 56 discursos de negacionismo de la verdad que está respaldada por declaraciones de testigos y de las visitas a los centros de tortura que se llevaron a cabo durante dos años.

Creo que se trata de una pretensión fallida porque está muy arraigada la historia verdadera, la que demuestran los documentos, la que vive en la voz de los testigos y la que es resultado de todas las investigaciones. No se trata solo de las conclusiones de la Comisión de la Verdad, sino también del libro “TORTURA, Nunca Más”, organizado por el cardenal Paulo Evaristo Arns y por el pastor Paulo Writght en 1985, e inclusive por el archivo del Tribunal Superior Militar, que fue la base del “Tortura Nunca Más.

Parafraseando a Tzvetan Todorov podemos decir que los promotores de la búsqueda de la verdad siempre son impulsados por el deseo de dar testimonio, de luchar contra el olvido, de presentar un rastro de la barbarie de los verdugos y de la humanidad de las víctimas. Saber para prevenir.

El problema es que pasaron cuarenta años
No me gusta la interpretación de que hicimos las cosas muy tarde en Brasil. No es verdad. Durante el gobierno de Fernando Henrique Cardoso, hubo una ley que establecía que los crímenes cometidos por la dictadura militar, son responsabilidad del estado brasileño. En consecuencia tienen que ser juzgados y las víctimas deben recibir una reparación. Esa fue la ley promulgada en 1995, apenas diez años  después del fin de la dictadura.

El proceso de reencuentro con el derecho a la verdad fue prolongado. En 1985 se estableció la Comisión Especial de Muertos y Desaparecidos Políticos, que estableció inicialmente más de un centenar de casos de desaparecidos de los cuales los familiares recibieron una reparación.

Para que se entienda el correcto valor de este hecho puedo decir que en Francia los crímenes de Vichy, del régimen fascista de los años cuarenta solo fueron reconocidos como crímenes del estado francés, por el presidente Jacques Chirac ¡en 1995!  En el 2012 se establece la Comisión de la Verdad. Ello no significa que el período que va desde 1985 hasta el 2014 fue un vacío. No. Hubo el “Tortura, Nunca Más” y una ingente cantidad de obras publicadas que relataban las atrocidades de la dictadura.

El caso de la Comisión de la Verdad de Argentina no tuvo ni siquiera una hoja de conocimiento de lo ocurrido como tampoco ningún documento de la represión.

Al contrario, nosotros tuvimos acceso a doce millones de documentos del Sistema Nacional de Información, SIN -que fue una buena INICIATIVA  del presidente Fernando Collor de Melo- depositados en el Archivo Nacional. Además toda la documentación del Centro de Informacao do Exterior, CIEX , órgano vinculado al SIN, en  Itamaraty, el Ministerio de Relaciones Exteriores, que también fue integrado en ese archivo, al que tuvimos acceso, incluso a los documentos secretos. Es extraordinario, creo que ningún otro estado latinoamericano tuvo esa posibilidad por escrito.

La causa de la búsqueda de justicia tuvo, en abril del 2010, una derrota rotunda con la interpretación del Supremo Tribunal de Brasil, que rechazó la solicitud de la Orden Nacional de Abogados por 7 votos a favor, 2 en contra, de revisar la ley de amnistía que condonó los delitos cometidos durante la dictadura.

El presidente del Colegio de Abogados de Brasil Felipe Santa Cruz, es hijo de quien fuera detenido por la dictadura en 1974. El presidente Bolsonaro, en su crítica a la organización de abogados dijo que: “un día, si el presidente del colegio quiere saber cómo desapareció su padre durante el periodo militar, yo se lo cuento. No va a querer oír la verdad”

El coronel Ustra era conocido por mezclar familia con tortura.
María Amélia de Almeida Teles fue una de las que más sufrió su sadismo cuando éste decidió llevar a los hijos de la víctima a la celda donde torturaban a su madre para que vieran cómo había quedado: “Estaba completamente orinada, vomitada, sangrando y mis hijos no me reconocían. Entonces les expliqué quién era yo y el pequeño me preguntó por qué yo estaba morada y su padre de color verde”. Para Telles eso y las amenazas de Ustra que le decía que los próximos serían sus hijos, fueron las peores torturas que pasó.

Ese es el tono, esa es forma
La Comisión de la Verdad, como las otras 46 que yo conozco, no tiene poder judicial. La Comisión no es un tribunal. Por eso las críticas que dicen que el trabajo de la Comisión no sirvió para nada porque nadie fue condenado son injustas porque la responsabilidad de esa impunidad recae en el Supremo Tribunal Federal, que confirmó la ley de amnistía que impide que los agentes de la dictadura sean procesados y condenados.

Segunda aclaración. Las dictaduras militares de América Latina siempre han dicho que las violaciones a los derechos humanos, entre ellas la tortura, son parte de los excesos, no de las políticas del estado. Es decir, se trataría de excepciones en tiempos turbulentos. El caso Brasileño es diferente, se reivindican los tormentos con entusiasmo, como si la tortura fuera el recurso digno para combatir a los opositores. Por eso son varios los que aseguran que se está ante las puertas de un régimen fascista.

En la Comisión de la Verdad demostramos clarísimamente que había una cadena de mando, desde el general presidente hasta el torturador. No fueron  excesos; fue política de estado la tortura, los secuestros, la desaparición, los asesinatos. Por ejemplo, la política de exterminio de los miembros de La guerrilla de Araguaia, en las márgenes del río Araguaia, entre 1967 y 1974 , está muy bien probada  por la Comisión que fue una decisión tomada en persona por los generales  presidentes de la república, Garrastazu Medici y Ernesto Geisel.

Es preciso destacar que la cuestión de la verdad como la de las prácticas de la tortura no fueron tema nacional como en las realidades de Chile, Argentina y Uruguay. En Brasil la mayoría de la población no sabe qué pasó. Es probable que este desconocimiento sea responsabilidad de los 30 años de gobierno democrático que no consiguió que el drama alcanzara a la conciencia nacional.

Lo que usted menciona no es la voz del pueblo, es la expresión de sectores militares, creo que la mayoría, y del grupo que conquistó el poder gracias a Bolsonaro. El pueblo como tal no está metido en esta discusión. Claro que hay personas de extrema derecha que apoyan lo que hace el régimen actual.

La situación es grave e inquietante. En Brasil la dictadura no fue blanda como algunos sugieren. No fueron más de 500 los desaparecidos porque no estuvieron todas las clases de la sociedad representadas entre las víctimas. Por eso la reivindicación del derecho a la verdad proviene de la izquierda y de los sectores democráticos, de las capas pobres de la población.

Una anécdota. Cuando el presidente Luiz Inacio Lula da Silva envió al Congreso el proyecto para la creación de la Comisión de la Verdad, todos los ex ministros de derechos humanos, para propiciar la votación del proyecto de la Comisión, fuimos a visitar al Congreso Nacional al presidente de la Cámara de Diputados y también al ex presidente José Sarney (presidente entre 1985 y 1990 . En el momento de la despedida, él me da un abrazo y me dice: “Paulo, aquí no habrá problemas.” Se refería al Senado, del que él era su presidente, en el que había muchos conservadores. Es una particularidad notable que en Brasil fueron los sectores de centro derecha, centro izquierda, por supuesto con la voluntad de la izquierda, quienes aprobaron el proyecto  de la Comisión de la Verdad en el Congreso.

Al final de cuentas lo que se escucha hoy no es representativo de la clase política, es la voz de los que tienen el poder. Es claro que la escalada autoritaria crea mucha ansiedad. Pero no es el único elemento. La verdad está muy presente. La lucha por la narrativa histórica del país no es una batalla perdida.

Tercera aclaración. Gestos como ensalzar a un torturador, ¿constituyen de verdad una peligro para la democracia de Brasil?

Ese es uno de los peligros. Hay una colección de serios riesgos, en términos del racismo, del antifeminismo, de homofobia, hay toda una política de mano dura que apoya la violencia en materia de seguridad.

En los años noventa y dos mil se realizó una encuesta para el Centro de Estudios sobre Violencia, que yo coordinaba en San Pablo. La mayoría de los encuestados estaba en contra de la tortura, aunque un 45% era favorable a ella. Con cifras parecidas se respondía al tema de la pena de muerte. Entonces cuando estos sectores partidarios de la mano dura están en el poder, de alguna manera, la tortura cuenta con ese apoyo.

Ahora, si usted preguntara hoy día, cuáles son las medidas para combatir la criminalidad, la primera preferencia es la educación, lo que demuestra que la sociedad brasileña no está condenada a un futuro de degradación humana.

Cuando la gente sufre alguna desgracia o una tragedia generalmente levante los ojos al cielo y exclama: Por qué. Yo ahora pongo los ojos en la tierra para exclamar algo parecido: Cómo es posible que esto esté ocurriendo en uno de los países más relevantes de América Latina.

Si usted consulta al Latinobarómetro, desde hace algunos años, no solo los últimos, la democracia no es percibida como el mejor sistema de gobierno. En las encuestas de Latinobarómetro, Brasil es uno de los países que está en la peor posición. Esa realidad es pertinente un análisis crítico de los 30 años de experiencia democrática, pese a todos los problemas que hemos vivido. Sin embargo, yo me rehúso a esa tarea, porque creo que no es el momento de poner en cuestión las conquistas democráticas. Aclarado el punto sí puedo decir que Brasil es un país profundamente racista, muy desigual y altamente conservador. ¿Porqué? Es la única crítica que haré. Los 30 años de gobierno democrático no fueron capaces de eliminar la exterminación por parte de la policía militar. Brasil es, por desgracia, el país en donde más se mata por mano de las policías militares.

Segundo, no fueron capaces de transformar la desigualdad de forma manifiesta. Los ricos en los gobiernos democráticos tuvieron enormes ventajas y aumentaron su patrimonio mucho más que las otras clases.

Y, tercero, no fueron capaces de combatir de manera eficiente el racismo. Es cierto que los gobiernos de Cardoso, Lula y Dilma, iniciaron políticas afirmativas de los derechos de los negros. Eso no existía en Brasil. Hubo esfuerzos muy positivos, como las becas a los afrodescendientes. Becas incluso para ingresar al ministerio de Relaciones Exteriores, porque solo había blancos. Gracias a lo cual ahora tenemos algunos embajadores negros, después de 130 años de vida republicana.

En todo este panorama de un país racista, injusto y violento por parte del aparato del estado, no  sorprende que las propuestas autoritarias, en un instante de grave de crisis económica, tengan una importante acogida momentánea por parte de la población brasileña.

José Zepeda

Periodista, productor radiofónico, capacitador profesional.

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