La desigualdad la viven los chilenos como una agresión

Clarisa Hardy, ex ministra de Planificación de Chile es autora del libro “Estratificación social en América Latina: retos de cohesión social”. Uno de los planteamientos fundamentales de la obra es que ya no es la pobreza el fenómeno social dominante, sino nuevos sectores sociales medios vulnerables, bloqueados en su desarrollo por la desigualdad estructural del continente. En esta conversación Hardy aborda temas esenciales de la realidad chilena de hoy.

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La ex ministra de Planificación de Chile, Clarisa Hardy

Comencemos por las cosas gruesas. El tema de la corrupción. Estos fenómenos de hoy, ¿son inéditos en la historia de Chile?

Desde el punto de vista de la gran visibilidad mediática pudiera ser, pero la corrupción no es un fenómeno inexistente en la historia del país. Es más, tengo el perfecto recuerdo de que tan pronto regresamos a la democracia uno de los comentarios habituales que se hacía era que, probablemente habíamos tenido una de las dictaduras más feroces de la región, pero que a diferencia de otras, esta no había caído en los actos de corrupción que se había visto en los otros países. Por cierto, la afirmación fue brutalmente desmentida una vez que el dictador cayó preso en Londres y se destaparon, junto a la violación de derechos humanos, la comisión de delitos de corrupción evidentes. De modo que hay una suerte de convicción de que este es un país de austeridades; y lo que pasó, que se inició con delitos tributarios, fue develar prácticas que eran habituales que pasaban desapercibidas o sin la fuerza mediática necesaria.

Antes incluso que estallara el caso Caval (escándalo de corrupción que involucra al hijo de la Presidenta Bachelet en supuesto tráfico de influencias), que es el que sacude a la opinión pública, y luego, los casos PENTA (supuesto fraude al fisco por parte de empresas Penta para subvencionar ilegalmente campañas electorales) y SOQUIMICH (Emisión de facturas que conectan pagos sin respaldo con apoyo ilícito a políticos, a costa de impuestos), que en total llegan a la suma de $125 millones, no nos olvidemos que las grandes movilizaciones en el gobierno de (Sebastián) Piñera están muy adheridas a fenómenos como los precios de farmacia, los escándalos del caso Cascadas (Una serie de operaciones sociales, tanto de inversión como de financiamiento, que dejaban disponibles importantes paquetes de acciones para su remate en el mercado, para después recomprar los títulos a precios mayores a los de su venta inicial) Para que hablar del caso La Polar, que reveló la manera en que se pactaba, sin acuerdo de los consumidores, tratos con sus tarjetas de crédito, con las que compraban en retail (grave abuso a la fe pública). De modo que tiene una larga data de funcionamiento, de alguna manera, bajo la alfombra.

Lo que ahora parece visible ante la opinión pública es una corrupción que tenía claramente asiento en el poder económico, pero lo que ha alarmado a la opinión pública es la colusión entre el poder económico y el político. Probablemente es lo que más ha golpeado, desde el punto de vista de la visibilidad, el fenómeno de la corrupción.

Si uno mira las encuestas internacionales, Chile no aparece como un país que se destaca por su corrupción. Sin embargo, han existido grandes protestas en contra de los escándalos de corrupción en Chile. Los optimistas piensas que esta es una actitud de esperanza porque la gente no está dispuesta a aceptar esos índices que no son los más elevados a nivel de corrupción a nivel internacional. ¿Usted comparte ese optimismo?

Sí. Yo me inscribo del lado de los optimistas. No lo digo solo por lo de muy “wishfull thinking” si no por evidencia de mi trabajo, que me toca recorrer América Latina, me doy cuenta que no ha ocurrido en Chile y sí está ocurriendo en otros países, en que se ha naturalizado la corrupción. Aquí ha generado un alarma sorpresiva.

No obstante los antecedentes, es como si esto se hubiera develado de pronto. De modo que la gran fortaleza que existe es que todavía provoca escándalo en la opinión pública. Tal vez, se agudiza la sensación de indefensión de la gran mayoría ciudadana, que siente que, de alguna manera, desde hace rato, hay abusos en contra de ella; pero que ahora además hay una colusión entre todas las formas de poder. Se ha sentido tan abusada, que reacciona más violentamente que lo que uno se hubiera imaginado.

Me tomo de sus palabras, de sentirse abusado. Más allá de estos escándalos hay en diversos sectores protestas, manifestaciones, quejas. Como que hubiese una suerte de hastío de la ciudadanía con la realidad que están viviendo. Pese a ser Chile un país señalado como ejemplo de desarrollo en la región.

En eso hay una suerte de responsabilidad compartida en toda América Latina y de todos los políticos progresistas: haber puesto el foco en la superación de la pobreza, que lo ha sido exitosamente en las últimas dos décadas, desde la reinstalación de la democracia en América Latina, lo que hizo relegar a un segundo lugar los fenómenos de desigualdad multidimensional que atraviesan todas estas sociedades, particularmente la chilena.

Es cierto que desde el punto vista estricto, se han superado condiciones de derechos básicos de la población. Es evidente en el país que esas condiciones de miseria que había hace más de 20 años atrás han ido cediendo y se ha avanzado en escolaridad, en sanidad, y hay indicadores que demuestran que hay un sector que pasó de la exclusión a integrarse socialmente. Lo que sí es que lo ha hecho de manera precaria, con bastante indefensión. Descubriendo los derechos y entonces, el fenómeno de la desigualdad apareció, precisamente, por este supuesto gran éxito de superación de la pobreza. No fue pasar de la pobreza a constituirse en sociedades seguras. Pasó de no tener resueltos derechos esenciales a tenerlos precariamente.

Es decir, la desigualdad es realmente una de las claves principales de este malestar.

Pienso que es central. Por eso me sorprende, que habiendo sido eso relativamente asumido como parte del diagnóstico… en las nueve candidaturas presidenciales, que derivaron en el gobierno de la Presidenta Bachelet, es curioso que ahora haya perdido esa fuerza en el debate público.

Ahora, cuando se habla de desigualdad prácticamente todo el mundo alude a los fenómenos distributivos. Pero resulta que hacía más de 20 años que técnicos, economistas e incluso algunos dirigentes políticos hablaban de la mala distribución del ingreso en Chile. Pero la desigualdad o el abuso la gente lo vive de otra manera. Cuando se es ciudadano de primera o de segunda. Están siempre en desmedro de los que deciden. El retail, las farmacias (colusión de precios entre las principales farmacias del país para alzar artificialmente el precio de por los menos 222 medicamentos) el empleador, el que ejerce el poder político. Es decir, siempre la sensación de vulneración ante todas las formas de ejercicio del poder y ese es el hartazgo.

La manera en que se reproduce el poder económico, el político, el social, el simbólico, es lo que hoy está detrás de este malestar ciudadano.

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Me paso al campo de los pesimistas. Uno podría llegar a la conclusión, escuchándola, que estos abusos están arraigados en una suerte de cultura nacional.

Por eso me parece que hay fenómenos que son tan similares, no obstante las distancias de las realidades sociales de las que hablamos, cuando veo, por ejemplo, el fenómeno español. Creo que hay diferencias generacionales en Chile. Mientras las generaciones más adultas, que ya han sido socializadas en este imperio incontrolado del mercado, de la no contestación permanente del poder, lo que reclaman no es una revisión del modelo, sino que sea más generoso y los incluya; los más jóvenes sí tienen un reclamo valórico y cultural. Uno se da cuenta de la diferencia en el discurso de la generación estudiantil que encabezó el movimiento del 2011 y que hoy, varios de ellos, hicieron una opción institucional, como la expresión del PODEMOS en España, como forma de institucionalizar la protesta. Uno ve en esa generación, sus puntos de vista, las grandes orientaciones estratégicas que la anima – aunque provienen de diversas corrientes políticas- tienen este sello en común.

Insistamos en este mismo punto de vista, de otra forma. Si uno mira con atención el informe del Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo, PNUD, podría concluir que las protestas sociales no son necesariamente altruistas, sino que están motivadas más bien por el egoísmo personal.

No sé si calificarlas por egoísmo personal o más bien por intereses de particulares. Finalmente una sociedad que ha derivado en tanta individuación como la chilena, en donde se ha mercantilizado incluso el ejercicio de la política, o de qué manera ha influido el dinero en la generación y reproducción de ese poder político. Frente a este hecho, cuando se siente que el derecho tan esencial como es la educación, en un país que progresó tanto en cobertura, resulta que la educación universitaria deja de ser para una élite, se masifica, pero eso tiene un costo monetario bárbaro para los hogares, con una deuda larga para las familias y el propio estudiante que sale como profesional, es evidente que la protesta tiene que ver con este tipo de motivación.

Eso no obsta para que no sea posible formularse o plantearse de que hay algo que es estructural al modelo educacional vigente, que es el que se quiere reformar. Estructural al modelo previsional vigente, que es el que se quiere reformar. Al modelo sanitario, que ha sido parcialmente reformado.

Esos son los temas de fondo, a partir de la evidencia de cómo a cada cual le afecta, el que se pueda tener un proyecto político que muestre una salida.

Incluir hoy día significa revisar las bases por las cuales está organizado el modelo de sociedad. Es una tarea cultural. No denostaría a quienes se mueven por sus intereses personales porque finalmente las luchas de la humanidad han tenido que ver siempre con los postergados. Las rebeliones empiezan siempre por los que están más afectados por el sistema.

Si uno mira el cuadro desde fuera, tiene la impresión de que hay una suerte de incomprensión del sector político con la realidad que tiene que atender. Como si existiese un divorcio entre la política y la sociedad porque no se entiende desde la política este cambio radical que se ha producido en los últimos años.

Este es uno de los elementos centrales que cuesta mucho ponerlo en la discusión. Estamos hablando de cómo en la vida cotidiana de cada quien, a partir de su experiencia vital, debe enfrentarse al país en el que vive. Cuesta mucho decirles, miren, hay un punto de partida que tiene que ver con el funcionamiento del sistema político, que debería ser capaz de representar esos intereses, expresarlos y liderar proyectos para el cambio.

Nuestro gran déficit está en el sistema político. Tenemos partidos que tienen una deuda de modernización, por decirlo elegantemente, muy grande. Partidos con el registro de militantes groseramente abultados. Aparecen con más de cien mil inscritos y en las elecciones internas, para elegir sus autoridades, concurre un quinto. Lo que significa que ni siquiera está sincerado quiénes son los que militan, como se eligen los cuadros. Hay fenómenos de baja democracia interna en los propios partidos.

Pero tal vez lo más grave es la desafección ciudadana con estas instancias que las percibe tan ajenas. Los partidos han perdido ciudadanía o capacidad de representar la diversidad social. Y a la vez tenemos el problema paralelo de la despolitización social. Estamos en el peor escenario para hacer las discusiones de fondo.

Tal vez lo más más importante que deberá asumir este gobierno, a pesar de que tiene tantos problemas dando vueltas, es cómo reconstituir, fortalecer democráticamente el sistema de partidos para lograr conducir las respuestas y las soluciones de la sociedad. Por eso, algunos de nosotros, creemos que el debate constitucional es decisivo. Es una manera de politizar a la sociedad, hacerla entender que la discusión que favorece a la democracia es el camino también para resolver lo que le parece lo más importante de su vida: la salud, la educación, la previsión, la justicia.

La bonanza siempre es tolerante, comprensiva, pero cuando estallan las crisis la gente se vuelve más implacable, más inclemente. Y resulta que ahora, tanto en la calle como en los medios de comunicación comienzan a ventilarse los defectos en la cúpula del Estado: falta de orientación, incapacidad directiva, falta de liderazgo, suma y sigue…

Yo me atrevería a ponerle alguna observación a su afirmación inicial. La bonanza nos permite ser generosos y en períodos de restricción económica las cosas se complican, no cabe duda. Pero no nos olvidemos que en Chile florece la demanda, la protesta ciudadana, la reorganización y rearticulación social, en un período en el que la economía ha funcionado bien. Al punto que el Presidente Piñera llegó a decir, que él no podía entender por qué si la economía funcionaba bien, la sociedad reaccionaba así. Me acuerdo que parte de los chistes de la época era: “no es la economía, estúpido, es la política, estúpido”. Ese era el tipo de comentarios. Por poner un matiz. Hubo todas las condiciones, en ese momento, en que la economía y el marco internacional lo permitían, de haber acometido algunas de las tareas que no se hicieron y estas se fueron acumulando. Las demandas nacen el 2011 y se suman unas y otras. Viene la campaña presidencial de los nueve candidatos, ocho de ellos abordaron cambios radicales, aumentó la expectativa, la oferta a la ciudadanía era de una inflación de expectativas tremenda. De esa manera asume este gobierno. Con la dificultad que era previsible un frenazo económico porque ninguno de los fenómenos estructurales que tenía la economía chilena fueron subsanados en el período anterior.

De modo que sí, estamos enfrentados a las mismas preguntas y retos con una dificultad adicional que no teníamos, la desaceleración económica, que no es recesión, no estamos en la crisis del 2008-2009. Ahí me hago cargo del comentario de que hay una responsabilidad gigantesca de conducción política del gobierno, por lo mismo, porque tiene que hacerse cargos de expectativas desatadas.

De un primer año de gobierno que generó mucha frustración y de una reconducción política para poder ofrecer las respuestas comprometidas en el programa de gobierno. Implicará una capacidad de liderazgo político enorme. Es un gran desafío e incierto lo que va a ocurrir y uno confía que las decisiones más recientes del gobierno se hagan cargo de estos déficit

Tomando muy en cuenta su aclaración de que esto es político, la crisis ha llevado a grados delicados porque se ha propuesto incluso que se adelanten las elecciones. Y pese a que existe consenso de que esa sería la peor solución, cuál sería la mejor.

La mejor es recuperar la confianza en las instituciones políticas para llevar adelante aquellas reformas que, en definitiva, le den más credibilidad y fortaleza a las instancias democráticas. Si en este minuto se llamara a elecciones anticipadas, como algunos afiebrados llamaron, se haría con las mismas reglas que han dado origen a los problemas que tenemos en la sociedad chilena. Con los mismos partidos. Lo único que ha cambiado es el sistema electoral, que pasó de uno binominal a uno proporcional. Pero desde el punto de vista de cómo se llega a generar el tipo de partido, el tipo de liderazgo que tenemos, el tipo de dirigentes que concursarían no habría cambiado nada. Sería simplemente un acto litúrgico para volver, finalmente, a problemas institucionales que no han sido resueltos.

Me parece mejor la forma que ha optado este gobierno, una potente agenda de reformas políticas, de probidad, de transparencia. Ahora estamos a la espera del anuncio, en setiembre, de cómo será el recorrido del proyecto constituyente. Creo que ese es el camino. La creación de instituciones democráticas que comprometan una amplia participación y legitimidad ciudadana. Eso está por construir

José Zepeda

José Zepeda

Periodista, productor radiofónico, capacitador profesional.

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