El populismo reniega de los principios democráticos. El populismo niega la alteridad

El unanimismo religioso y político inhibe la libertad intelectual y el progreso económico. Promueve la uniformidad y castiga la pluralidad, premia la lealtad y combate la disidencia. En nombre de la fe política persigue a las herejías. La comunidad de la fe se impone sobre la comunidad política, el “populismo condena a los que no piensan como él”. Loris Zanatta, historiador italiano, es el autor de «El populismo jesuita: Perón, Fidel, Chávez, Bergoglio». La idea es que diversos populismos, sobre todo en América Latina, son una religión secular que hunde sus raíces en la visión de la Compañía de Jesús y la cristiandad colonial de España

La unanimidad. La unidad orgánica del pueblo que el populismo evoca no es un pacto racional, sino una comunidad de fe que protege del pecado y de los peligros del mundo. En tal sentido, el populismo es un modo religioso de entender la vida y la historia. Si esto es así, se deduce que la alteridad, los diferentes, no merecen ser parte de nosotros y recibirán todo tipo de descalificaciones: traidores, vendepatrias, escuálidos, gorilas, etcétera. Esto irremediablemente escinde la sociedad, la divide en dos.

Es así. De hecho, usted tuvo la amabilidad de presentar de forma sintética, pero muy exacta la línea de investigación que desarrollé en ese libro y generalmente en mis investigaciones. Hace 30 años que trabajo el tema del populismo a partir de la relación entre política y religión, especialmente en Latinoamérica, que es mi campo de especialización.

Siendo italiano, creo tener una autoridad que me permite acercarme a la historia religiosa y política de Latinoamérica desde una experiencia compartida, que es la de la cristiandad de la Contrarreforma. Además, efectivamente se basaba en un principio de unanimidad. O sea, la ciudadanía política coincidía totalmente y lo hizo durante siglos con la ciudadanía religiosa. No había una distinción.

El gran problema histórico que se instala en países que han tenido esta experiencia y hay muchos, más allá del mundo cristiano, es cómo se pasa de la unanimidad religiosa al pluralismo político que es la sal de toda forma de democracia, porque implica, como usted decía en su pregunta, el reconocimiento de la alteridad. Como decía Kant, el hombre es una criatura torcida. Somos todos diferentes. En la historia existe el mal, el conflicto y la democracia es una forma posiblemente pacífica de manejar el conflicto. No, toda la religión tiene que terminar en el populismo. De hecho, muchas se han adaptado a la modernidad democrática, pero desde la perspectiva religiosa populista, la política se transforma en una guerra de religión, en un eterno combate del bien contra el mal, donde se supone que algunos encarnan el bien por alguna razón étnica, ideológica, clasista, nacional, lo que sea. Y lo demás son animales como usted recordaba, gorilas, escuálidos. Siempre inventan nuevos nombres. Los primeros fueron los marranos de España, la limpieza de sangre. Así que creo que la perspectiva religiosa ayuda para entender la esencia más íntima de lo que llamamos —a veces con un poco de superficialidad— populismo.

Traigo a colación uno de los tantos ejemplos latinoamericanos, que llama la atención, el peronismo. En el comienzo promueve la justicia social, la industrialización, los derechos laborales, la educación, la salud pública, la sindicalización de los trabajadores, la ampliación de los derechos políticos, culturales y sociales. Yo sé que esto va a terminar en una debacle, pero no deja de ser particularmente atractivo para los sectores populares que todas esas cosas se hagan.

Totalmente. Perón tenía muy presente el ejemplo italiano, lo había vivido y estudiado. Me refiero al ejemplo del fascismo que en su auge tuvo una enorme popularidad en Italia, especialmente en los años 30. Esa popularidad se basaba exactamente en lo que usted comenta. O sea, la visión orgánica del mundo de los populismos es extraordinariamente inclusiva. Claro que paternalista también. Si uno lo lee a PERÓN: “Yo les he dado”. Les he dado la justicia social, los derechos, las vacaciones. Después, habría que ver cómo se lo dio. A costa del futuro se jugó la popularidad presente, comprometiendo el mañana. Todo eso desarrolla formas de identidad, fidelidades y lealtades de naturaleza proto-religiosa. La figura populista, en ese caso, es más que un líder político, es la cabeza del organismo, la fuente de la ortodoxia doctrinaria. Esto genera una fidelidad que anula la responsabilidad individual y es permanente. La fe es irrenunciable, como la camiseta del equipo de fútbol.

Estas circunstancias limitan la capacidad de nacimiento del individuo moderno que suele pensar como un ciudadano que analiza críticamente el mundo en que vive, que puede cambiar de camisetas todo el tiempo. Por el contrario, quien cambia de opinión en la fe es un traidor, un hereje.

Todas las sociedades premodernas eran orgánicas, basadas en una visión religiosa que otorga un lugar a cada uno. Es muy inclusiva, pero atención, tiene otra cara. Eso implica que en esas sociedades el individuo está siempre sometido a la colectividad. No casualmente la palabra dominante en el lenguaje político del mundo hispánico es pueblo. El individuo es pueblo y si no sigue al pueblo se vuelve una oveja que hay que reconducir al redil. El idioma hispánico es extraordinario. En ese sentido, los idiomas reflejan culturas muy arraigadas. En español la palabra pueblo no implica solamente formar parte de una comunidad que supera al individuo, sino que también es el lugar donde esa comunidad vive, el pueblo. Eso lo dice todo de esta visión que, al ser inclusiva, tiene un poder inmenso.

Esta visión religiosa —como las grandes religiones monoteístas— puede durar milenios. Los gobiernos constitucionales, que son los de la democracia, tienen un mandato de cuatro o seis años y después le pasan el mando a otro.

Los populismos de izquierda de América Latina han terminado siempre en bancarrota. Su colapso deja en herencia una debilidad extrema de las instituciones democráticas, las del Estado. ¿Podríamos decir que es un descalabro compartido entre los populistas que estuvieron en el poder y los políticos, llamémoslos tradicionales, que no fueron capaces de resolver problemas fundamentales de las sociedades democráticas?

Lamentablemente es un poco así. Esta es la propuesta de mis investigaciones, que se creó a medida que estudiaba. Acabo de leer un libro muy interesante de un español marxista convencido y muy inteligente, Felipe Ovejero. Él habla de la izquierda reaccionaria y se refiere a su propio país, pero tiene mucho que ver con la izquierda latinoamericana más clásica de los populistas latinoamericanos. ¿En qué sentido reaccionaria? El hecho es que ese tipo de izquierda nunca hizo las paces con los aportes de la Ilustración: el descubrimiento de los derechos individuales, de los sistemas institucionales constitucionales. Por eso tienen una idea reaccionaria en el sentido de que su utopía es la sociedad de la armonía eterna, que en realidad no es algo para construir en el futuro, sino que es como reunirse con un pasado imaginario, con una edad de oro perdida, como un paraíso terrenal que el hombre ha perdido al ingresar a la sociedad. De ahí esa victimización del pueblo que antes era bueno y después se corrompió al contaminarse con el mercado, con los anglosajones, con los protestantes, con el consumismo. Un moralismo, desde mi punto de vista, insoportable, pero que más que todo impide hacer saldar cuentas con la tradición ilustrada. La izquierda europea en parte sí que reconoció las virtudes de la Ilustración. De ahí nace la socialdemocracia moderna, que a uno puede gustarle o no, pero que hizo suya la tradición ilustrada, con el constitucionalismo liberal, con una economía mixta.

La izquierda latinoamericana tiene una característica distinta. De ahí la importancia de la religión. El vínculo con la visión mesiánica de las grandes religiones. Si uno lee los discursos y yo lo hice, porque escribí una larga biografía de Fidel Castro, como también Hugo Chávez, el mismo Perón. O es el caso de Eva Perón, a quien los discursos le escribía un jesuita (Hernán Benítez), no casualmente tiene esa imagen de una edad de oro perdida, una nostalgia de una unanimidad perdida que hay que reconstruir. Como es una nostalgia vinculada a la teología católica, tiene un problema con la prosperidad. La vive como pecado. la suele teorizar una pobreza digna. La prosperidad es una amenaza para la virtud de los hombres. Creo que esta cultura tiene que ver con los problemas que tiene este mundo. Es decir, el pobre que evoluciona se vuelve más autónomo y deja de ser pobre en cierto sentido, desde esa perspectiva, es como si perdiera una pureza originaria. Decía Carlos Rangel hace 50 años el buen salvaje que se transforma en buen revolucionario (obra máxima del escritor, periodista, académico y diplomático venezolano). Ese culto a la pobreza es muy latinoamericano porque es muy católico y uno lo encuentra en los padres de la Iglesia. Si uno lee los sermones de los primeros padres de la Iglesia, San Ambrosio, San Juan Crisóstomo encuentra precisamente lo que tiene que ver con la pobreza y con la desigualdad.

Los que hoy están en auge son los populismos de la extrema derecha. ¡Cómo no! tienen un adalid que reúne todos los méritos del caudillo totalitario, mendaz, vengativo, creador de fervores populares, de pleitesía y lameculos del más variado pelaje. Esta definición incompleta no pretende ser burlesca ni denigrante. Por el contrario, busco señalar el grado de peligrosidad que lo define a nivel global. Un hombre con estas características al mando de uno de los países más ricos del mundo.

Es impresionante y para quien, como yo, forma parte de una generación que en Italia creció en la posguerra. Viví en el mundo de una familia comunista. A pesar de esto, en Italia a los norteamericanos se los podían odiar y muchos aquí los odian. Pero nadie podía negar que eran un modelo institucional de democracia. Un modo de sociedad moderna, capaz de incluir, de incluir. Esto no lo podía negar nadie, ni siquiera una familia comunista como la mía. El prestigio de Estados Unidos era importante para la democracia en sí misma.

¡Hoy no! La imagen de Estados Unidos es la de un país que reniega de sus propios valores, lo que es un enorme dilema. El surgimiento de ese tipo de liderazgos como el de Norteamérica es el más importante, relevante e influyente en el mundo, pero hay muchos en América Latina que se le parecen, que van por el mismo camino. Pues bien, quien reniega de sus propios valores democráticos y lo hace con esta violencia, arrogancia, con autoritarismo, muchas veces casi disfrutando de cabalgar una visión maniquea del mundo, de los buenos contra los malos, no es porque es fuerte, es porque es débil. La violencia siempre fue el arma de los débiles, no de los fuertes. Cuando Estados Unidos y sus valores fueron esenciales, es cuando trataron de gobernar el mundo a través de mecanismos consensuales: Hoy, si recurren a las armas, es porque no están bien asentados y se sienten amenazados.

Una gran potencia amenazada me da miedo. Es como un animal feroz herido y por ello golpea. De otra parte, hay que reconocer que, si tenemos esta derecha, es porque la izquierda tiene sus responsabilidades. Estamos ante un efecto rebote, en el cual la izquierda se pasó de mambo —como dicen en mi querida Argentina— con la cultura woke, con el desprecio al otro, a las minorías políticas en ese momento, a la división de poderes, a la tolerancia. Es tremendo. Nuestra época recuerda hoy los años 20 del siglo pasado. El clima era más o menos parecido al nuestro.

Lo que me preocupa es que esta nueva derecha a la que usted alude, no toda, por suerte. Todavía confío en que pueda resucitar una derecha democrática como corresponde que haya. Pero esta derecha más extrema teoriza el posliberalismo. O sea, reniega de sus raíces ilustradas. Ella también, y entonces tenemos un choque. Hoy lo llaman guerra cultural. Ya la expresión me parece tremenda. Si tenemos una guerra cultural entre una derecha liberal y una izquierda preliberal. Estamos fritos. Es poco académica la expresión, pero de eso se trata.

Creo que esta va a ser la única pregunta difícil de responder, porque excede en demasía el contenido de una entrevista de esta naturaleza. ¿Pero cómo salimos de esto?

Soy historiador y miro al pasado.

Es una muy buena explicación.

Una forma de escapismo. No tengo soluciones y nadie es capaz de responder. Ahora, como historiador, creo haber entendido que hay ciclos históricos, claro que son desordenados. No se sabe cuándo comienzan y cuándo terminan; no se sabe cómo comienzan y cómo terminan. No inician el camino y lo concluyen en todos los lugares de la misma forma y con la misma duración. A lo largo de la humanidad, desde los primeros pasos, hay ciclos que yo llamo identitarios, momentos en que las civilizaciones se encierran, tienen miedo al otro. Son unanimistas. Populistas, en ese sentido, viven a la búsqueda de formas identitarias que los protejan y, por tanto, son intolerantes hacia los demás.

Esos ciclos llegan después de otros de apertura. Basados en la curiosidad de conocer al otro, en la apertura de los comercios, en los viajes, en el cosmopolitismo, en los descubrimientos, en el mestizaje.

Los pesimistas, pienso en grandes filósofos como Karl Polanyi, vienen de ciclos identitarios como el que estamos viviendo. Épocas de clausura como reacción a las de aperturas. El hombre en búsqueda de protección, que alguien lo mande y le diga que debe acomodarse con esa fe de la nación, de la patria, de lo que sea.

A mí me gusta creer, por un optimismo de la voluntad, que en realidad todo ello es cierto, pero también es lo opuesto. Después de estar mucho tiempo en las fases identitarias, los hombres buscamos libertad. Necesitamos abrir las ventanas, airear la casa. Volvemos a buscar romper nuestras identidades o pluralizarlas o abrirlas al mundo. Tener duda porque la duda supone secularización, no encerrarnos en alguna identidad de tipo religioso o étnico. Tengo confianza en esta necesidad de romper las cáscaras de las unanimidades. Y volverá a pasar esta vez. Ahora, todo depende del cómo. La gran ola democrática después de la Segunda Guerra Mundial necesitó para salir de la tremenda época identitaria que tuvimos en la época de entreguerras, una conflagración mundial. Esperemos que podamos evitarlo. Demostrar que aprendemos algo de la historia. Lo dudo. Pero soy un convencido de que no es preciso una guerra para reconocer la urgencia de más tolerancia, más libertad, más apertura.

 

 

José Zepeda

Periodista, productor radiofónico, capacitador profesional.

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