Antonio Skármeta. La literatura como asunto de vida
Podría comenzar por contar episodios de su vida, prefiero escucharlo. Podría volver a reír con sus ocurrencias pícaras. Prefiero escucharlo. La muerte de Skármeta nos deja tanto un vacío como una riqueza literaria

Lo conocí tempranamente, cuando aun yo tenía pelo. Hay una foto que da testimonio de lo que digo. Lo entrevisté una docena de veces. De todas ellas he escogió dos para este homenaje de vida, porque recordarlo así es tenerlo presente.
En 1992, cuando la controversia de los 500 años de América marcaba la fecha, Antonio comenzó nuestro encuentro para referirse al acontecimiento:Lo que anhelo es que sea un momento de toma de conciencia para meditar acerca de los distintos niveles de experiencia humana y de culturas que están soterradas por el lenguaje homogéneo, burgués y convencional, que trae aparejado un sistema ideológico castrante, que es el que impera en América Latina.
La conquista es una capa de ideas y conceptos, de pensamientos. América Latina, un continente permanentemente conquistado, ha dejado rezagadas culturas vitales y muchas posiciones marginales que jamás entraron en el gran torrente del discurso oficial latinoamericano, que ha optado por una visión materialista, exitista, individualista, de la sociedad. Los otros discursos no han desaparecido, aunque son ignorados y mutilados por el lenguaje oficial.
Mi reflexión sobre América Latina en los 500 años va por este lado. Reclamar que hablen todas las voces. Para que Latinoamérica pueda hacer oír esas voces y sacar adelante las imágenes que quiere producir. Tiene que pasar algo importante: América Latina tiene que generar un poder político que le permita hacer presente sus imágenes en el mundo de las comunicaciones contemporáneas. Y eso es consecuencia de una unidad política latinoamericana que está lejos de producirse. Nuestros países han optado por una amable periferia de Europa o una amable periferia de Estados Unidos y no ha implementado el sueño que permanece en un nivel retórico de crear una tierra con su propia expresividad.
En vez de crear, nos hemos ido alejando culturalmente. Es así como Chile parece estar más cerca de Nueva York que de nuestros hermanos peruanos.
Usted, como tantos otros partió al exilio después del golpe del 73 y esa partida tiene variadas consecuencias.
Muchos escritores emigraron, fueron al exilio y pudieron desarrollar su obra sin ningún tipo de cortapisa, apoyados por el estímulo emocional en torno a la crisis chilena. De modo que estos escritores, en los países de acogida, tuvieron de inmediato una recepción.
En tanto, en Chile había quedado una generación que se mantuvo inerte durante los primeros años, hasta el momento en que se conquistaron espacios interiores de expresión y, luego, espacios externos.
¿Qué quiere decir con espacios interiores?
Superar la mudez, buscar una suerte de camino estilístico y expresivo posible que se adecuara a la desmoralización global que había en la sociedad, al mismo tiempo que no poner en peligro la salud del intérprete de los males de la sociedad. Así se creó una literatura muy original.
Una suerte avanzada de este camino que tuvo el artista chileno que permaneció en Chile fue el teatro. En un momento en que no hubo prensa ni literatura de oposición el teatro fue como un templo donde se recogió el clima que latía en la sociedad. Se valorizo la expresión de emociones y se recuperó una cierta coherencia social. Creo que el teatro acompañó en una primera etapa a las decenas de miles de solitarios que habían quedado desmembrados y desperdigados por el golpe.
En ese sentido, la cultura chilena y la creación se vinculó con la historia. Los escritores que estuvieron en el exilio, al mismo tiempo que quedaron traumatizados por el acontecimiento que rompió la institucionalidad y cambió el proyecto del país en todo sentido, todo ello afectó su obra. Antes que nada, de una manera temática. El golpe, las incidencias que lo llevaron a él y su posterior desenlace es tema de muchas obras chilenas, ya sea en forma central o aledaña al motivo central.
¿Es una fractura que ha sido superada con el retorno de la democracia?
No está superada la obsesión del escritor chileno por este magno acontecimiento. Sin duda va a traumatizar todo el resto del siglo y tal vez el siguiente. No es algo superado, ni temáticamente por la historia.
Hay que decirlo, puesto que, si estamos en una democracia, es una construida sobre la base de cierta práctica política inteligente vinculada a una serie de hechos graves que aún no han sido develados ni resueltos. Si bien una sociedad puede marchar políticamente de una manera pragmática hacia la resolución de sus problemas, pertenece al escritor y al artista la fidelidad con sus principios y sobre todo el conmoverse moralmente frente a las grandes tragedias. De modo que muchos escritores están revolviendo una olla y meditando sobre esa enorme catástrofe.
Entre ellos Antonio Skármeta.
Soy uno de los escritores que ha seguido muy de cerca las convulsiones sociales sin reducir la literatura a la historia. He buscado siempre el cuadro histórico.
Recuerdo que cuando se vivió la Unidad Popular en Chile entre 1970 y el 73, muy pocos escritores, tal vez dos o tres, tomaron como asunto las enormes convulsiones que estaban ante nuestras narices. Muchos prefirieron ser más discretos, tomar prudente distancia alegando que la necesitaban para darle mejor formulación estética a lo que querían expresar. Yo me tiré al abismo, dejando que la historia y sus convulsiones penetraran en mi obra.
Del periodo de la Unidad Popular surgió la novela “Soñé que la nieve ardía”. De la experiencia del exilio, “No pasó nada”. De esta unidad entre intelectual y pueblo surge tras una meditación en el exilio, “Ardiente paciencia”.
Hay un lugar común que tiene visos de necedad e inspirado por gente banal que cuenta esto. La formulación es la siguiente: aquellos escritores que escriben una literatura donde entra la contingencia, que se encuadran en referencias históricas, escriben obras destinadas a ser gastadas por el tiempo. Este juicio me parece completamente equivocado. Creo que las grandes obras, desde Homero, pasando por Shakespeare hasta Tolstoi y más adelante, son obras llenas de una vivencia histórica. Es la riqueza del tiempo la que ha alentado el auge y la permanencia de esta literatura. En cambio, otra suerte de literatura que prescinde programáticamente de estas referencias se consume en la moda y no trasciende la época.
El otro tipo de literatura, el otro gran lugar común que se dice acerca de la literatura realista, llamémosla así, la literatura encuadrada en circunstancias históricas es que se trata una literatura comprometida. Tocante a esto, habría que distinguir un tipo de literatura que encuentro mala y despreciable, que es aquella que utiliza situaciones y personajes para ilustrar algo, ideas, para convencer a la gente de algo. Pero esta es una caricatura de una literatura participativa. La literatura que escriben los escritores latinoamericanos en una circunstancia histórica es aquella que plantea conflictos, crea personajes vivos, los deja vivir y no los somete a ningún castigo ideológico. Ese argumento hace agua por dos lados.
La literatura nunca es solo un problema de lenguaje, también es un asunto de vida. Entra este lenguaje en la literatura porque surgen personajes en el mundo literario de esa época que no estaban antes. Me refiero a los jóvenes de las grandes metrópolis latinoamericanas, que hasta ese momento prácticamente no tenían existencia. Y más aún, siguen teniendo poca existencia.
¿Por qué?
Tengo una tesis muy particular sobre esto, es ensayística y colegas que me pueden estar oyendo o leyendo, se les van a poner los pelos de punta.
Ojalá.
Pero no puedo dejar de decirlo. Creo que en América Latina se pasó muy rápido de un tipo de encubrimiento de la realidad, que es la que tiene el lenguaje de los conquistadores que quiere ver en América Latina otra cosa que lo que ella es, hasta los distintos tipos de lenguaje foráneos que introdujeron hábitos que intentaron conducir a este animal desbocado por un solo carril, no atendiendo a los multifacéticos caminos que la fiera proponía. Creo que se pasó veloz de una literatura que no atendió a la realidad latinoamericana, a una que inventó Latinoamérica. Es decir, que, entre la primera literatura de los conquistadores, pasando por el naturalismo descriptivo hasta el realismo mágico, hay un solipsismo. Lo aclaro. Hubo un escamoteo de una realidad fabulosa que no se miró. Se pasó de una fantasía a otra. Y esa cosa tan fantástica que tiene América Latina, que es la realidad, no fue mirada. El realismo fue desprestigiado con el epíteto de realismo socialista, en circunstancias que no había ni socialismo en América Latina ni nadie intentó un tipo de literatura de ese tipo, sino que se heredó un estigma que venía de otras regiones.
Conclusión. Falta, en América Latina, y creo que viene con mucha fuerza ahora, una literatura realista. Esta literatura ha sido hasta el momento omitida. Se pasó de un sácate al realismo mágico. Y ahora que viene el fastidio, porque la gente ya no puede seguir viendo volar ángeles en la puerta ni levitar doncellas cada dos días, ni acepta que se juega al fútbol con la calavera de la abuela, viene una literatura que toma el peso y la emoción a lo real.
Esta literatura realista ¿sólo se puede hacer con el lenguaje cotidiano?
Se puede hacer con múltiples lenguajes. No es un realismo como el decimonónico ni el de los naturalistas. Es lo que llamo un realismo poético. Con este adjetivo tan amplio, quiero decir un realismo que no renuncia y más bien lleva adelante las formas artísticas de expresión que consagró la literatura del boom. O sea, una libertad lúdica de la prosa y una capacidad de asociaciones fantásticas que no están en las tradiciones realistas antiguas.
Por ahí creo que viene la cosa. Estamos en la recuperación de los límites, no entendiendo los límites como un hándicap, como un defecto, sino, el límite de aquellos espacios que crean un campo dramático de tensión tan grande que la literatura vuelve a recuperar la emotividad y el drama.
Hay una relación estética que tiene que ver con mi concepto de la literatura y mis mayores influencias. Soy un escritor estimulado por el teatro. Mi mayores lecturas, mis ídolos más constantes son autores teatrales. Mi gran maestro de cabecera, del cual soy un mal discípulo, es Shakespeare. Me gusta todo el Teatro del Siglo de Oro. Soy un escritor que me descuelgo de la prosa a la narrativa desde el teatro, desde el cine y la canción popular. No el folclore, de la canción pop al modo como lo hacen los Rolling Stones, los Beatles o Phil Collins. Porque la canción popular produce una síntesis de una experiencia dramática de la vida. De modo que cuando escribo otra cosa que no es teatro, creo que tengo un concepto histriónico del lenguaje, por decirlo así. Me interesa que el lenguaje se vea. No el lenguaje transparente. Me gusta el lenguaje que vista la cosa para desnudarla. Tal vez los amantes me entiendan más que los lectores.
Hay una imagen que viene de Shakespeare que me gustaría repetir para señalar cuál es mi estética para contestar esta pregunta en la que usted intenta amarrar los distintos géneros buscando un tipo de unidad estética. Hay una escena en Romeo y Julieta que me parece relevante. El amigo de Romeo es atravesado por la espada de Thibault y yace prácticamente moribundo. Romeo se acerca a él y le pregunta cómo se siente, si lo que tiene es muy grave. Y le contesta: “La herida no es tan honda como un pozo, ni tan ancha como la puerta de una iglesia, pero alcanza. Pregunta por mi mañana y te dirán que estoy tieso”. Este texto para mí fue revelador porque un hombre enfrenta su propia muerte, y en ese instante decisivo, pone palabras, metáforas, ironía. Este mirarse a sí mismo en el momento supremo es algo que llamo la distancia histriónica. Esa distancia es algo que aplico casi sistemáticamente en mi obra. Es influencia del drama.
Este video fue grabado por TV UNAM, el canal cultural de los universitarios, durante el encuentro de Radio Universitaria de Latinoamérica y el Caribe, en el 2011, en Ciudad de México.
Pertenece usted a una generación que durante mucho tiempo soñó con una sociedad distinta. Después de todo lo que ha pasado en Chile y en el resto del mundo, ¿cuánto queda de esos sueños?
Poco. Fuimos dispersados, apaleados, amenazados y con los residuos de nuestras esperanzas. Estamos aquí para afinar la puntería y el pensamiento para qué podemos hacer la historia y no dejar que ella nos devore.
Antonio Skármeta pertenece, por derecho propio, al exclusivo grupo de narradores chilenos que lograron con su obra alcanzar el reconocimiento internacional e innumerables reconocimientos.
Nació en Antofagasta, y pertenece a la generación del 60.
Vivió intensamente la agitación social, política y cultural de esa década, sumándose durante el gobierno de la Unidad Popular al Movimiento de Acción Popular Unitaria (MAPU) y a diversas iniciativas culturales y sociales, desde la Reforma Universitaria hasta la revista La Quinta Rueda. De estos años son sus primeras incursiones en la literatura, con la publicación de sus colecciones de cuentos El entusiasmo (1967), Desnudo en el tejado (1969) y Tiro libre (1973), así como sus primeros éxitos, expresados en premios como el entregado por la Casa de las Américas de Cuba.
Tras el golpe de Estado que derrocó al gobierno de Salvador Allende, en 1973, Antonio Skármeta se exilió, donde continuó y ensanchó los horizontes de su actividad literaria. Se unió al nutrido grupo de artistas e intelectuales chilenos que trabajaron en tareas de solidaridad y que dieron forma a una experiencia cultural y literaria desde el destierro, de la cual formaron parte revistas como Araucaria de Chile, de la cual Skármeta fue constante colaborador.
Radicado principalmente en Alemania Occidental, asentó y profundizó su relación con el cine, una de sus mayores pasiones, realizando diversos guiones y películas, entre ellas Ardiente paciencia. Adaptó gran cantidad de obras suyas al séptimo arte, siendo particularmente fructífera su colaboración con el cineasta alemán Peter Lilienthal, con quien ya había trabajado en 1972.
De su período en el exilio son sus primeras incursiones en la novela, así como algunas de sus obras más conocidas en Chile y el extranjero como Soñé que la nieve ardía (1975), No pasó nada (1980), La insurrección (1982) y Ardiente paciencia (1985).
Tras el plebiscito de 1988 Skármeta regresa a Chile. En la década de los 90 funda el taller literario «Heinrich Böll» en el Instituto Goethe, por donde pasaron muchos de los narradores jóvenes que hoy están en primera línea.
También llevó a la práctica la idea de crear y conducir un espacio cultural y literario en la televisión de esos años de transición, dando vida al «Show de los libros»; programa que junto con recibir diversos premios nacionales y mantenerse por una década en pantalla, llegó a ser exportado a países de América Latina y Europa.
Durante el gobierno del presidente Ricardo Lagos, Skármeta se desempeñó como embajador en Alemania. Su labor literaria aumenta con títulos como La Chica del trombón (2001) y El baile de la victoria (2003), que obtuvo el Premio Planeta de Novela.
El año 2014 le fue otorgado el Premio Nacional de Literatura
El 2004 publica Neruda por Skármeta.

Se dice que la relación que tuvo usted en su juventud con la poesía de Pablo Neruda es semejante a la de muchos jóvenes latinoamericanos. ¿Hasta que punto la poesía nerudiana intervino en sus amores y desamores?
Neruda parte escribiendo una poesía extremadamente melancólica. Cuando todavía era alumno en un liceo del sur de Chile, ya escribía como un anciano que ha vivido todas las experiencias. Tenía 15 años y escribía una especie de carta de despedida. Fue muy sensible y cuando llega a Santiago, alrededor de los 20 años escribe versos de amor que interpretan las pasiones e infortunios de la adolescencia. Lo hace de una manera tan bella, tan comunicativa, con una tensión erótica tan suave, que tanto los hombres como las mujeres se sintieron interpretados y lo convirtieron en uno de sus poetas favoritos.
Es verdad que cometí la travesura, para conquistar a una chica que me gustaba, de utilizar versos de Neruda, con excelentes resultados. He oído muchas historias de sinvergüenzas como yo, que aplicaron este procedimiento y cantaron victoria. Sin duda, una parte de la poesía de Neruda es apta para la comunicación sentimental.
Los «Veinte poemas de Amor y una Canción Desesperada» conservan la frescura de cuando fueron escritos, hace ya 80 años. La poesía tiene una parte misteriosa que se resiste a la interpretación verbal, pero: ¿cree usted que se puede explicar de alguna manera la fuerza y el encanto de estos versos?
Creo que sí se puede explicar: en primer lugar, está el amante que escribe los versos, que busca comprender a la amada y que a la vez necesita a la amada para comprenderse a sí mismo. Por lo tanto, hace de la amada una musa y una compañera. Esto es muy atractivo para los hombres y las mujeres. Ahí hay un secreto muy fuerte, que explica de alguna manera la permanencia de estos poemas. Existen poetas eminentemente masculinos, pero Neruda, en esta poesía de sus inicios, considera tanto los aspectos masculinos como femeninos de amor.
La otra cosa mágica que ha pasado con los «Veinte Poemas de amor…» es que algunos de sus versos se desprendieron del total del poema y se convirtieron en partículas fértiles y populares. Por ejemplo: «Me gusta cuando callas, porque estás como ausente». Uno puede no conocer el resto del poema, no saber adónde conduce ese glorioso inicio, pero el verso queda resonando, con una pizca de algo poético y entrañable. Está también el verso: «Puedo escribir los versos más tristes esta noche» o «Es tan corto el amor y tan largo el olvido». Son como pequeños pétalos poéticos que mantienen vivo el nombre de Neruda, aun cuando muchos no comprendan el alcance total de los poemas ni puedan dar cuenta de su sentido.
El matrimonio de Pablo Neruda con la holandesa María Antonieta Hagenaar y de la única hija de ambos, Malva Marina, que falleció a los 9 años a causa de una malformación cerebral. Una radio holandesa acaba de hacer un programa en el que se describen las penurias económicas de Antonieta Hagenaar y su hija, después de haber sido prácticamente abandonadas por Neruda. Es más, Neruda no escribió nunca un verso sobre su hija, lo cual es significativo en alguien que habló del amor y de la naturaleza con tanto detalle y abundancia. Es como si la generosidad que se le conoce con sus amigos se le hubiera trastocado, en el caso del único vínculo sanguíneo que realmente era suyo.
Sin duda se trata de un episodio bastante desafortunado, en la vida de Neruda. No solamente porque vivió un momento muy difícil cuando suceden las incidencias que usted menciona: era la Guerra Civil Española, Europa estaba pasando por una crisis global con la gran ofensiva del fascismo. Neruda estaba atareado en salvar a muchos españoles, a los que logró llevar a Chile. Estaba fuertemente implicado en la vida política, y efectivamente en los versos de aquella época no hace alusión con nombre y apellido a su hija Malva Marina, como sí lo hizo su gran amigo, el poeta español Federico García Lorca, que escribió una especie de poema oración dedicado a la niña.
Ahora, no es del todo efectivo que Neruda no haya escrito poemas dedicados a su hija. Hay dos poemas inmensamente doloridos, atormentados y bellísimos sobre ella: uno se titula «Enfermedades en la Familia» donde el tema es la niña Malva Marina. No obstante, es efectivo que este episodio de su vida, que tuvo que ser muy difícil, Neruda lo neutralizó, lo quiso olvidar o desprenderse de él. Al mismo tiempo no hay que olvidar que Neruda, en aquella época, ha sufrido un proceso de desenamoramiento de Antonieta Hagenaar y ha iniciado una nueva relación, con la argentina Delia del Carril.
El Teatro Nacional chileno, va a montar 5 obras por encargo, en torno a Pablo Neruda. Una de estas obras la está haciendo la dramaturga Flavia Radrigán, y su tema es justamente la relación misteriosa y tan conflictiva de Neruda con su hija Malva Marina y su madre.
«Il Postino», «el Cartero de Neruda», es una película de gran éxito basada en una obra suya y refiere, entre otras cosas, a una condición que acompañó a Neruda durante toda su vida: el atractivo poético que ejerció sobre la gente sencilla o gente del pueblo, como se decía en tiempos más revolucionarios. ¿Qué determinaba este atractivo: el carácter de su poesía o el carácter del poeta?
Las dos cosas, y otras que podríamos agregar que Neruda nace en cuna humilde, para decirlo de acuerdo con las convenciones poéticas. Es hijo de un maquinista de ferrocarriles, pasa su infancia en el sur de Chile, es un niño que pierde a su madre al mes de edad y es educado en condiciones de gran pobreza. Esta infancia agudiza la sensibilidad de Neruda y dado que los primeros años son decisivos en la vida de un hombre, él no pierde nunca contacto con sus orígenes. Neruda ama al hombre pobre, se interesa por sus oficios, quiere saber cómo es su día a día, los detalles de su trabajo. Por lo mismo es un poeta entrañablemente ligado a la gente humilde.
Es evidente que no todos pueden comulgar con algunos versos inmensos de Neruda, herméticos, de imágenes desbocadas como los de «Residencia en la Tierra», pero están también las «Odas Elementales», donde el poeta se convierte en una figura grácil, comunicativa, que hace poéticamente visible lo cotidiano, aquello a lo que no le prestamos mayor atención en el día a día. Neruda podía ser un hombre hosco y reservado con mucha gente, incluso personalidades reconocidas, pero tenía una verdadera pasión por la gente sencilla: las bordadoras de Isla Negra, los carpinteros, los panaderos. En mi libro «Neruda por Skármeta» digo que Neruda, cuando vio el pan, preguntó por el panadero. Hay un poema suyo maravilloso, titulado «Oda al Hombre Invisible», en el que habla de este héroe cotidiano, que anda anónimo por las calles, sobreviviendo en medio de la pobreza. Neruda funda un territorio con estos héroes antiheroicos.
Hablemos de la geografía chilena como un acicate para la imaginación. ¿Es cierto que la cordillera, el mar, son terrenos fértiles para la poesía?
En su discurso de recepción del Nobel, Neruda dice, y cito de memoria: vengo de un país separado de los otros por la tajante geografía. Este adjetivo «tajante», alude sin duda a la inmensidad del Océano Pacífico, y por el otro lado, si se quiere pasar a Argentina hay que cruzar la Cordillera de los Andes. Chile ha tenido siempre un carácter insular y su literatura es muy centrada en sí misma. Cuando el chileno sale lo hace por una vocación que se conoce popularmente como «pata de perro». Los chilenos son pata de perro: justamente porque viven en un territorio tan estrecho quieren salir a curiosear por otras tierras. Chile es un país muy auto referente, que por lo mismo busca una salida a través de la imaginación. Esto explica, de alguna manera, que haya dado tan grandes poetas como Vicente Huidobro, Gabriela Mistral, Pablo de Rohka, Nicanor Parra.
Se habla de dos sentimientos finales de Neruda: su desencanto por lo que ocurría en la órbita soviética y su preocupación por lo que estaba sucediendo en su propio país. ¿Amargura?
En las obras poéticas póstumas de Neruda hay un tono de melancolía que recuerda sus libros iniciales. Después de ser un poeta de la luz, de la plenitud gregaria y el compromiso con las gestas revolucionarias, en los textos póstumos, «Jardín de Invierno», se aprecia una mitigación de ese entusiasmo. En estos poemas hay un tono oscuro, una textura de penumbras y una reflexión más estoica sobre la vida y su sentido. Siendo un poeta tan sensual, creo que en estos poemas finales influye el dolor de la enfermedad, del cáncer que finalmente lo llevará a la muerte.
Ahora, su desencanto respecto a las grandes jornadas épicas vinculadas al socialismo real, creo que vienen en segundo lugar. Pablo Neruda era sensible a la violencia, a la represión que se vivían bajo los regímenes del socialismo real, y de manera esporádica decía algo al respecto, pero la línea del Partido Comunista, del cual Neruda era militante, era muy cercana a la del Moscú soviético. Neruda tenía que equilibrar su corazón entre las heridas que le causaban las torpezas del socialismo soviético y su sensibilidad de poeta.
¿Ha tenido la poesía política de Neruda la misma suerte que su poesía amorosa?
Sin duda ha tenido más suerte la poesía amorosa. Hay poesía política de Neruda, por ejemplo, en «Canto General», que tiene plena vigencia, que yo cantaría en las calles nuevamente. Hay poesía suya, que puede considerarse política, de alta calidad, como «Altura de Macchu Picchu». Junto a eso hay poesía que puede llamarse «de ocasión», de confrontación con enemigos inmediatos. Esos poemas se enterraron el mismo día en que nacieron. Incluso hay algunas odas que miradas con perspectiva histórica hacen rechinar los dientes: son casos en que la voluntad utópica enceguece al poeta. Creo que la poesía política de Neruda, entendida de esta manera, no tuvo en ningún caso la suerte que tuvo su poesía amorosa.




