Dictadores: El uso del poder para hacer el mal a nombre del bien  

Los personajes del libro son parte de los tiranos más célebres de la historia moderna. Asesinos en serie que durante un período siempre demasiado largo ejercieron el monopolio del poder. “Dictadores, el culto a la personalidad del siglo XX”, escrito por el historiador holandés, Frank Dikotter. Hitler, Stalin, Mussolini, Duvalier, Mao y varios otros, están la historia, aunque no como ellos hubiesen querido.

Hablamos de grandes dictadores en esta entrevista exclusiva con Frank Dikotter

El culto a la personalidad al dictador le genera grandes pretensiones: “Soy excepcional, de esos que el país puede producir tan solo cada 50 o 75 años”.

Los tiranos ¿se creen el cuento? Sería fácil decir que son unos locos. Pero la verdad es más compleja.

Es que es muy difícil saber. ¿Quién cree incluso en una democracia plena? Sabe, me he despertado junto a mi esposa los últimos treinta años. No estoy del todo seguro de saber realmente lo que ella piensa. O saber lo que piensan mis alumnos o mis colegas. Pero el punto es que se trata del culto a la personalidad. Son glorificados. ¿Los dictadores se lo creen?

Alguien como Stalin siempre fue consciente del peligro del culto a la personalidad, lo utilizaba como recurso, lo que no significa que no creía en su propia grandeza. Pero hay una gran diferencia entre un Stalin que tiene mucho cuidado en cultivar el culto en los años 30: “Dices demasiado. Rezas demasiado a Stalin. Mentira. No lo elogias lo suficiente”. Realmente el culto en él era un medio de miedo y terror.

Si tomamos a Ceausescu, tenía una tesitura diferente, una personalidad distinta, que en la mitad de su carrera -porque al final lo fusilaron el día de navidad de 1989- está absolutamente convencido de su gran genio. Pero hay quienes son cuidadosos y saben controlarse.

Creo que hay que separar lo que es la creencia de los dictadores en si mismos como singularidad histórica de talento y la creencia en el culto a la personalidad.

​Un buen ejemplo es Mao. Estaba convencido de que era quien no sólo debía llevar a China al campo comunista, sino que también ser el líder de todo el mundo socialista. Se veía a sí mismo como un personaje más digno y decidido que Stalin. Y estuvo radiante cuando en 1953, vive la muerte de Stalin como la liberación de Mao. De allí se derivó el cese de las instrucciones (soviéticas) de limitar el culto a la personalidad. Lo usa nuevamente. Se expande durante la Revolución Cultural hasta alturas absurdas. Pero una frase suya es suficiente para frenar todo el tinglado. Entonces se hacían insignias de aluminio, enseñas de Mao, y los guardias rojos las usaban. En un momento Mao -como el aluminio también se utiliza para fabricar aviones- reclama, devuélveme mis aviones. Es decir, quiero que esto se detenga y lo quiero ya. Así que, durante los años finales de Mao, el culto a la personalidad se desinfla completamente.

Esta experiencia aclara varias cosas. Que los dictadores realmente astutos como Stalin y Mao siempre mantuvieron el control. Podían aumentarlo o reducirlo. Todo aquello está de alguna manera separado de la creencia en su propio papel histórico en el siglo XX. ¿No están locos? No. Aunque alguien como Ceausescu probablemente estaba loco.

¿Se nace para tirano? O va creciendo con la vida. Algo así como un destino.

¿Se nace guitarrista o arqueólogo? Diría que no. Es sólo una profesión. Ser dictador también es sólo un trabajo. Pero tienes que hacerlo bien. La razón es que, si eres dictador, te haces del poder. Esa es la definición de un tirano: toma el poder. No eres el elegido. Ello significa que otros también pueden hacerlo. Así que debes ser hábil para conservarlo y asegurarte de que nadie te haga lo que le hiciste a tu predecesor, ya sea una puñalada por la espalda o un golpe organizado. Por lo tanto, debes controlar a todas las personas que te rodean.

Hay quienes definitivamente están más inclinados hacia la música como otros a la arqueología, la investigación y el campo, del mismo modo que algunos son mejores siendo dictadores. Tendemos a ignorar algunas de estas aptitudes, y por eso retratamos a los dictadores como gente brutal.

​¿Recuerda la interpretación de Hitler de Charlie Chaplin? (El gran dictador, película de 1940) Como si Hitler fuera una especie de idiota de tercera categoría, o el retrato de Stalin hecho por su archienemigo Trotsky, una variedad de georgiano medieval, bruto, que nunca lee. Pero Stalin leyó mucho y Hitler leyó mucho. Fue gente inteligente. Puede que no fueran inteligentes como usted o como yo. Puede que tuvieran talentos que nosotros no valoramos, pero aptitudes tenían. Una de ellas es algo paradójico, la capacidad inmediata para evaluar a otras personas. Hitler tenía una verdadera habilidad para juzgar a alguien en menos de un minuto, en unos pocos segundos. Sabía si era potencialmente amigable, sujeto de ser utilizado, o alguien potencialmente repelente que en algún momento podía ser utilizado y destruido. Lo mismo con Stalin. Tenían esa especie de desconfianza campesina hacia los demás y a la gente extraña, una capacidad asombrosa para evaluar a los individuos que los rodeaban.

​Paradójicamente, y eso va de la mano con otra aptitud que es la completa falta de empatía, que yo no la tengo, que usted no la tiene, como tampoco quienes nos ven, o leen. La falta de empatía significa que cientos de miles, millones pueden morir como resultado de las decisiones que tomas como dictador, pero eso no te impide perder el sueño. No te dificulta dormir por la noche. Como dijo Stalin, la muerte de un individuo es una tragedia, la muerte de millones es una estadística. No importa. Así que no tienes ningún reparo, ni vergüenza, ni empatía hacia los demás.

Por ejemplo, Duvalier, Papa Doc debe estar entre los viejos dictadores. No los de hoy. Debido a la enorme presión de la democracia, un dictador ya no puede hacer en Corea del Norte o en Beijing lo que hacían hace 20, 40, 60 años. Los viejos dictadores hasta aproximadamente los años 1960, 1970, 1980, matarían a enemigos y amigos. Un buen dictador no llorará por la muerte de un amigo. Porque cuando matas tanto a enemigos como a amigos, infundes terror en todos. Además de que un buen dictador no tiene amigos, no confía en nadie.

​Creo que este es un punto clave. Uno no nace con el defecto genético, con algún tipo de estado de ánimo que lo predisponga a convertirse en un dictador. Pero hay cosas esenciales, si lo desea, aptitudes. No todas estos talentos fueron negativos. Tanto Stalin como Hitler y Mao, no Ceaucescu, tenían un interés genuino por las personas que los rodeaban. No los grandes, sino los pequeños, las secretarias, los chóferes, los cocineros. Recordaban sus nombres. Realmente se preocupaban por ellos. No era sólo una actuación

Sin miedo ¿es posible una dictadura?

No. De lo contrario no sería una dictadura. En una dictadura se trata de lo que se hace con el poder. Pueden hacerse muchas cosas. Pero todo se reduce a una elección, a dos opciones. Una, tienes el monopolio del poder, no lo divides. La otra es la separación de poderes. Una democracia establece tal separación. Se puede ver la democracia en acción en cualquier lugar de Europa. Estados Unidos, cuando juzga a un presidente, es un buen ejemplo de cómo funciona la democracia. Sistema judicial independiente, próspera libertad de prensa.

Con el monopolio del poder, que es la definición de dictadura no hay separación, lo que implica que no hay libertad de prensa. Entonces, por definición, si hay monopolio del poder, es inevitable que la gente comience a temerle, incluso en una dictadura moderada, la llamada dictablanda. La gente empezará a darse cuenta de que hay ciertas cosas que no pueden decir en público. Que ciertas cosas no se pueden hacer. De modo que incluso una dictadura que dice actuar en interés de la mayoría del pueblo y parece benigna, invariablemente terminará en instalar el miedo.

El miedo siempre ha sido una de las mejores cartas de las dictaduras. Pero no dejo de creer que hay un caso, a lo mejor único, en el que no ha sido solo el miedo. Podríamos citar a la Gestapo, a las SS, a la atmósfera bélica, a la humillación tras la Primera Guerra Mundial, pero hubo, creo, un enamoramiento turbio entre parte del pueblo alemán y su líder.

Sí y no. Es una pregunta compleja por una simple razón, es lo que dijimos sobre conocer a otras personas en una dictadura. Es difícil saber qué cree la gente. Cuando Hitler llega al poder en 1933, en el primer año, cien mil alemanes comunes y corrientes, no judíos, ni homosexuales o personas discapacitadas ni nada, quienquiera que el régimen definiera más tarde como indeseable, los alemanes comunes y corrientes terminan en prisión. Cien mil es una gran cantidad. Las Camisas Pardas como la Gestapo caminan por las calles tratando de vigilar las mentes de cada persona: “hay que votar sí en el plebiscito. Debes escuchar el discurso de Hitler. Debes proclamar que crees en el gran hombre. De lo contrario, llamarán a tu puerta”. Por cierto, hubo personas que generalmente estaban de acuerdo, o convencidas, o que de alguna manera estaban dudosas y no del todo seguras. Todo eso es cierto.

La cuestión es que nunca lo sabremos plenamente. Lo que sí sabemos de Hitler es que no fue elegido por mayoría. Lo sabemos con seguridad. Lo que también sabemos es que, en 1945, cuando murió nadie derramó una lágrima. Muy pocas personas sintieron pena cuando se suicidó. Entonces, ¿qué pasó entre 1933 y 1945? Se podría ir tan lejos como decir que una buena proporción de la población, entre el 20 o el 30%, creyó en ese hombre en algún momento. Pero es muy difícil saber quién cree en qué.

A veces, cuando los regímenes colapsan, o cuando la imagen de un dictador cambia después de su muerte de, por ejemplo, Kim Il-Sung o Mao. Ahí se descubre quiénes fueron las personas que más lloraron. Esto lo sabemos en el caso de Mao, que murió en 1976, las personas que más lloraban eran las más felices.

Las masas ¿admiran el poder, la riqueza y a quien tiene el título de implacable? Lo dijo Víctor Klemperer por Hitler, pero podría aplicarse a otros casos, “la gente se emborracho con Hitler”. Hubo una suerte de delirio colectivo

Sí. Víctor Klemperer es un maravilloso testigo de la historia. Recomiendo su diario a todo el mundo. Ahora, es una ironía de que más adelante se convirtiera en un fuerte defensor del comunismo en Alemania del Este. Pero ese es un punto diferente. Hay gente que admira el poder por el poder. Hay quienes dicen que debe haber monopolio del poder. Nada de separaciones porque crea lo que algunos podrían llamar inestabilidad democrática. Necesitas un hombre fuerte con un mensaje contundente. Pero invariablemente, a medida que avanzan las dictaduras, la gente se entera, que generalmente es en detrimento suyo.

No es del todo sorprendente que algunas de las dictaduras más duras las hayan introducido algunos de los países más democráticos que conocemos. Dos ejemplos son Alemania, y Japón. No hay una respuesta fácil para nada de esto.

A propósito de la admiración. Triste es que célebres intelectuales se convierten por voluntad propia en siervos verbales del dictador, mientras que otros de dignidad disidente fueron enviados a los campos de concentración o al paredón.

Hay un magnífico historiador y sociólogo que lamentablemente falleció hace unos años, Paul Hollander. Escapó de Hungría en 1956. Años después escribió un libro: Peregrinos políticos. Hablaba de intelectuales de democracias que aplaudían a dictadores y visitaban países como la Unión Soviética, Cuba o la República Popular bajo Mao. Ese el punto clave del libro. No se trata sólo de unos pocos intelectuales aquí y allá, sino que parece que los llamados intelectuales tienen especial predilección por los dictadores. ¿Porqué es así? Creo que tiene que ver con el hecho de que los intelectuales están preocupados por las ideas en lugar de fabricar objetos o ayudar a los demás. Con demasiada frecuencia estos intelectuales son idealistas y se niegan a ver la realidad. Lo que encuentran cuando visitan o leen sobre estos países. alcanza niveles extraordinarios de negación obscena. Noam Chomsky, elogia a los Jemeres Rojos. Bernard Shaw, el dramaturgo que visita Moscú en los años 30 tiene un retrato de Stalin junto a su cama hasta el último día de su vida, décadas después, cuando los crímenes contra la humanidad son bastante conocidos. La lista sigue y sigue. Esto debería advertirnos que los intelectuales -posiblemente más que otras personas- pueden dejarse influenciar fácilmente por todos estos ideales. Algo que tengo en mente es el número de intelectuales que siguen viendo como ejemplo algunas de las dictaduras hasta el día de hoy, como Corea del Norte.

Durante la lectura del libro Dictadores, el culto a la personalidad en el siglo XX, de Frank Dikotter, editorial Acantilado, recordé a Bertold Brecht, que en la irresistible ascensión de Arturo Ui, dice: “No celebréis todavía la derrota de lo que nos dominaba hace poco. Aunque el mundo se alzó y se detuvo al bastardo, la perra que lo parió está otra vez en celo”. ¿Anida en el alma humana una tendencia hacia la sumisión, la obediencia? Como si la libertad costara demasiado esfuerzo

Creo que depende de cuando y dónde. Probablemente sea cierto que, si nos fijamos en un aldeano, un agricultor de Etiopía, Rusia o China, y en las primeras décadas del siglo XX, podía parecerles bien a estas personas que debían trabajar muy duro sólo para ganarse la vida. Y las familias pueden pensar, por qué pelear una batalla más grande. Es posible que hayan aprendido que expresar su opinión o intentar pelear no los llevará muy lejos. No creo que uno pueda negar eso.

Pero igualmente, creo que es cierto que uno tiende a subestimar el número de gente que estando dentro de la dictadura se oponen al régimen, aunque no lo hagan abiertamente. Un caso es lo que sucedió antes de la muerte de Mao el 9 de septiembre de 1976. El ejercito estaba limitado por Mao, que temía un golpe militar a causa de la Revolución Cultural. Los aldeanos del campo se dieron cuenta de que, como resultado de la Revolución Cultural, ya no había un partido fuerte a su alrededor que les dijera o les dictara lo que debían hacer. Así que, silenciosamente, a escondidas, inician lo que llamo una revolución silenciosa. Se supone que no deben operar fábricas. Eso sería capitalismo, así que abren fábricas subterráneas. Se supone que no deben comerciar. Eso sería capitalismo. Deben entregar lo que producen al Estado. Entonces abren mercados negros. Empiezan a viajar, compran y comienzan a socavar la economía socialista por voluntad propia. No sólo unos pocos, millones y millones de norte a sur. Así que es un buen ejemplo de resistencia sin confrontación por parte de la gente común dentro de una dictadura bien establecida. Dicho sea de paso, es la razón por la que siempre nos sorprende el colapso de un régimen como el de la Unión Soviética, que fue una completa sorpresa.

Y a los dictadores del siglo XX le suceden los del siglo XXI, de modo distinto

Un dictador hoy ya no es lo que se suponía que era. Tomemos a Corea del Norte. Es la misma dinastía, la dinastía Kim. Kim IL Sung, el primero. Ahora tenemos a Kim Jong-un, el tercero capaz y ¿dispuesto a hacer y salirse con la suya como lo hizo el primer Kim en los años 50 y 60? No me parece. Creo que la razón es bastante clara: a pesar de que creemos en un retroceso de la democracia, a pesar de toda la presión que hay sobre las democracias existentes, en general, el umbral de tolerancia, lo que la gente está dispuesta a soportar no sólo dentro del sistema, sino también en las dictaduras, ha cambiado enormemente. Los propios regímenes cambian. Hay una razón fundamental que tendemos a olvidar. Creemos que las dictaduras desprecian la democracia. No. Desprecian la separación de poderes. Quieren el monopolio del poder. ¿Y por qué? Desde Lenin hasta Mussolini, pasando por Hitler y Kim Il-Sung, todo el camino hasta hoy se debe a que creían que sólo cuando existe monopolio del poder es cuando las verdaderas mayorías demócratas se expresan. Bajo Hitler son los judíos los que manipulan los parlamentos, o son muy peligrosos; o como lo son los capitalistas bajo Stalin o la burguesía en otros países o las finanzas internacionales. Ellos son los peligrosos.

Paradójicamente, en el corazón mismo de toda dictadura hay un compromiso abiertamente expresado con la democracia. Lo que incluye elecciones falsas, un parlamento de mentira. Es una democracia completamente falsa, pero está ahí. Y la gente puede invocarla, y se vuelve cada vez más difícil para los dictadores, a medida que avanzamos en el siglo XXI, ignorar todo eso y recurrir al viejo y tradicional culto a la personalidad acompañado con el terror puro.

​¿Se aprende sobre el daño que provocan las dictaduras? Parece que no porque regresan sin falta.

Mi primer impulso sería decir que la gente no aprende mucho. Créame, soy profesor. Es sorprendente cuánta gente no es muy consciente ni siquiera de los grandes dictadores. Grande en el sentido de importante, como Stalin o Mao. En Europa todo el mundo ha oído hablar de Hitler.

Nos damos cuenta de que el hombre no es precisamente un modelo de conducta. Pero hay algo más. Y nuevamente, esto se remonta a lo que mencioné sobre los umbrales de tolerancia. No es tanto eso. Nosotros, personas de todos los ámbitos de la vida, aprendemos de las dictaduras. La gente hoy ya no está dispuesta a tolerar lo que se pudo haber hecho hace treinta o cuarenta años contra toda una serie de categorías de personas. Las mujeres serían un buen ejemplo. La gente de clase trabajadora podría ser otro. Las minorías étnicas. Ya no hay voluntad de contemplar cualquier injusticia que se cometa contra estas categorías. Y a medida que avanzamos cada vez más hacia la democracia, la brecha entre un ideal proclamado y la realidad es cada vez menos soportada.

Donde comienza todo es con la Revolución Francesa de 1789, que proclamó libertad, igualdad, fraternidad, y no se pueden proclamar principios y no aplicarlos, pero durante más de un siglo, todo el XIX, muchos países intentaron la separación de poderes con democracia e igualdad. Pero restringida. Las mujeres no tenían derecho al voto o los pobres u otras categorías no obtienen el voto. Gradualmente a medida que avanzamos en el siglo XX, poco a poco esas restricciones tienden a desaparecer. La democracia siempre se interroga. Hay separación de poderes, pero no es una separación mecánica. Hay debate constante sobre cómo se debe dividir el poder, cómo debería ser la independencia del sistema judicial, cómo debe funcionar la libertad de prensa, qué limitaciones debería haber a las libertades individuales.

Creo que son esos debates los que al final hacen cada vez más difícil que regrese un verdadero monopolio del poder, que es la dictadura. Aunque parezca extraño, aunque no necesariamente aprendemos de las tiranías, aprendemos constantemente de cómo funciona o debería funcionar la democracia.

José Zepeda

Periodista, productor radiofónico, capacitador profesional.

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