El gobierno cubano es pura indiferencia y represión. Sacerdote Alberto Reyes
En los años 90 del siglo pasado las autoridades cubanas llamaron “período especial” a la crisis económica derivada de la desaparición de la Unión Soviética. Ahora, a la peor crisis de sus historia, la llama “economía de guerra” es una forma infructuosa de apaciguar los ánimos de una población sometida a rigores que la llevan al borde de la desesperación. Llamamos a Camagüey al sacerdote Alberto Reyes, voz que simboliza hoy, de manera pacífica pero enfática el malestar de los cubanos

Padre Alberto Reyes, lo llamo porque usted ha escrito una carta a los gobernantes de Cuba en la que lo anima el deseo íntimo de expresar con palabras la realidad que vive junto al pueblo cubano. En un momento de su carta dice lo siguiente:
Ustedes no van a solucionar el hambre de este pueblo, ni van a lograr que los días dejen de ser una lucha continua por la supervivencia. Ustedes no van a resolver el problema monetario, ni la inflación, ni la vida miserable de la gente. ¿Tan mal están las cosas?
La situación es muy complicada, muy dura. En este momento Cuba es un barco que se hunde y se hunde en todos los sentidos. Por un lado, están las escaseces que conocemos. Los alimentos son un problema, los precios siguen disparados, la falta de medicamentos es brutal porque faltan aquellos que son esenciales para la vida. Por otro lado, el sistema de salud ha colapsado. El sistema educativo es un desastre.
El problema mayor es esta sensación de estancamiento, la falta de horizonte es un país que da vueltas sobre sí mismo tratando de sobrevivir al día a día. Pero no hay una esperanza, no hay una luz en lontananza. Somos un país, así que nos hundimos lentamente, sin que nadie haga nada por sacarlo adelante.
A nivel internacional nos sentimos muy solos. Entiendo que es difícil muchas veces hacer algo en el ámbito mundial. También entiendo que hay mucha gente que está realmente interesada en un cambio en Cuba, pero la sensación es que eso, la solución, no puede venir de fuera. Manifestarse, salir a las calles, es arriesgarse a condenas de diez o quince años de cárcel y el gobierno no hace nada. Por eso la sensación es que es un país abandonado a su suerte. Es un sálvese quien pueda, donde no tiene sentido mirar al gobierno, porque lo único que se puede encontrar en esa instancia en este momento es indiferencia y represión. No hay nada más.
Usted es párroco de la Arquidiócesis de Camagüey, la tercera ciudad más importante de Cuba. No digo nada nuevo si aseguro que cada día usted ve los problemas que enfrenta el rebaño del Señor.
Trabajo en una zona rural al norte de Camagüey, en Esmeralda, y ciertamente sí, es decir, semana tras semana palpo el sufrimiento de mis ovejas. De hecho, una de las cosas que a mí me hace seguir hablando, seguir levantando la voz, es que cada hora, cada día, veo la vida miserable de mis ovejas, su hambre, su dificultad para transportarse, el modo en el que viven en el polvo, en el fango, en la falta de ilusiones, la ausencia de horizontes. Predicar allí el Evangelio es intentar que sus vidas tengan un soplo de fe, de esperanza, de ánimo, de fuerza. A ver, es hermoso porque es intentar llevarles vida, pero es duro, es duro cada semana ir a los pueblos y regresar con el convencimiento de que viven en una miseria insuperable. Mientras este sistema esté como esté, no pueden salir de su miseria. No pueden salir de la pobreza en la que en la que viven. Es imposible.
Otro párrafo de su carta: Ustedes no van a solucionar el hambre de este pueblo, ni van a lograr que los días dejen de ser una lucha continua por la supervivencia. Ustedes no van a resolver el problema monetario, ni la inflación, ni la vida miserable de la gente. Ustedes no van a garantizar nunca la salud de la población ni el acceso a los medicamentos necesarios. Ustedes no son capaces de impedir el deterioro de los enfermos crónicos, ni las muertes por la escasez de insumos básicos. ¿Por qué cree que las autoridades cubanas no pueden hacer todo eso?
Creo que, en el fondo, el Gobierno no puede reflotar el país porque no le interesa, porque no le importa la vida de la gente, no le interesa el bien de los suyos. Han ido empobreciendo el país. Es verdad que no tienen prácticamente recursos, porque claro, el comunismo una de las cosas que corta es la libertad. Y un país no puede ser próspero sin libertad. Margaret Thatcher decía una vez el gobierno no tiene dinero. El gobierno del dinero es el gobierno de la gente. Porque el gobierno no produce bienes, no produce dinero. Entonces, al haber debilitado a la nación, impidiendo a la gente llevar una economía independiente, autónoma, los recursos han ido mermando y en este momento de que cada uno ponga a salvo su vida como mejor pueda, los pocos recursos de que se disponen no se van a emplear en mejorar la vida de la población. Se emplearán al mínimo para intentar impedir que la realidad estalle de pura desesperación.
Por un lado, el país se ha ido llevando a la ruina, por otro lado, no hay un interés. Hay un divorcio de hecho entre el gobierno y el pueblo. No interesamos, no les importa si la gente vive o muere, si está bien o está mal. A lo único que les dedican atención es a que no nos rebelemos, que no nos manifestemos, que no digamos las cosas, que no nos expresemos, que estemos tranquilos, callados, que sigamos como ovejas, aunque vayamos a muchísimos mataderos. En el fondo no hay interés por reflotar este país.
Después de asegurar que no van a detener la emigración galopante e imparable, que no pueden evitar que Cuba siga siendo una isla en fuga, dice algo para mí, más grave que todo lo anterior: “Ustedes ya no serán nunca el signo de la esperanza, del porvenir deseable, de la ilusión que lleva a entregar la vida”. Es más terrible porque pareciera que los gobernantes de Cuba han conseguido algo imposible, dañar severamente la esperanza de mucha gente.
Por supuesto que este gobierno ha dañado la esperanza de la gente, porque han sido años y años de mentiras, de promesas incumplidas, de vamos a mejorar cuando nunca mejoramos, de ahora sí, cuando nunca, sí. Estamos hartos de que nos mientan, hartos de que nos traten como imbéciles, que nos den justificaciones para niños tontos, para niños pequeños. La gente piensa, no es tonta.
Han sido años y años de, vamos a lograrlo, de hay que esforzarse, resistir, vencer. De, ahora sí. Cuando después de 65 años lo que tenemos es la miseria más absoluta, la falta de esperanza más grave.
Ya no les creemos porque no les podemos creer, porque ha sido demasiado el abuso de la mentira en todo lo que nos han dicho y prometido.
Que más hubiese querido yo que este mensaje fuera la declaración pública de la Conferencia Episcopal Cubana. Pero no es así. Permítame abusar de la confianza, pero no quiero evitar atajar de alguna manera una explicación conocida de las autoridades eclesiásticas. Dicen muchas veces la prudencia recomienda templar las emociones para no romper los lazos del diálogo. Me parece difícil en estas circunstancias.
Aquí cada uno hace lo que entiende. Yo he dicho lo que sé y es que los obispos han elegido desde el principio un estilo más de hablar cara a cara y decir en privado las cosas al gobierno. Es su estilo y hay que respetarlo. Es verdad que hay momentos en que sí han emitido documentos. No solo “El amor todo lo espera” (27 de septiembre del 2008), que ha sido el mejor de los documentos en este sentido.
Tal vez ahora, pues hay una generación de sacerdotes, de religiosas que preferimos usar las redes sociales. Somos más confrontativos, es nuestro estilo. Y del mismo modo que nosotros pedimos a los obispos que respeten ese modo y que nos permitan expresarnos tal y como nosotros entendemos que es bueno hacerlo, pues ellos tienen el suyo y yo sé que ciertamente todo está dicho cara a cara, todo está dicho.
Aquí podemos estar de acuerdo o discrepar en cuanto a estilos, pero lo que te decía al inicio, creo que cada uno hace lo que entiende que es mejor y bueno. En ese sentido los obispos prefieren este estilo más de sentarse a dialogar cara a cara con el gobierno.
Voy a concluir nuestra conversación con su llamado más dramático, más decisivo de la carta. Dice usted: “Se los suplico, váyanse. Vivan donde quieran y puedan hacerlo para que también nosotros podamos vivir”. Usted sabe que no lo van a hacer. Que por ahora persistirán en su porfía de mantenerse en el poder. Y, así las cosas, la gente de Cuba irá sufriendo y buscando senderos para abandonar la isla.
Yo tuve un profesor que me hizo mucho bien cuando estudiaba psicología. Todos los profesores menos él cuando nos daban la bibliografía al inicio de curso nos decían, esta es la bibliografía del curso, que igual ustedes no se van a leer. Este profesor fue el único que nos dijo esta es la bibliografía del curso, que ustedes tal vez no la van a leer o tal vez sí lo harán. Fue el único que dijo igual sí.
Yo lo decía en mis escritos, me siento una voz en el desierto, pero creo que las voces tienen que decir lo que tienen que decir. En ese sentido, mi inspiración es la parábola del sembrador. Salió el sembrador a sembrar sabiendo que había semillas que iban a caer en mala tierra y que no iban a dar fruto, pero sabiendo también que había semillas que iban a caer en tierra buena e iban a dar fruto. Tú me dices sabemos que no se van a ir. Yo quisiera decirte o igual sí. Porque quiero creer que hay gente inteligente en el gobierno de mi país. Quiero creer que hay gente que piensa, que se da cuenta de que como esto siga así, nos abocamos a un desastre que incluso puede terminar en algo extremadamente violento. Quiero creer que dentro de la cúpula de mi país hay gente inteligente, capaz, que tiene que darse cuenta de que tienen que mover ficha y provocar un cambio. Me resisto a creer que en la cúpula de este gobierno no haya nadie que diga no, no podemos seguir así hasta la eternidad.
Pues mira, cuando yo les decía, por favor, váyanse. No lo decía sin esperanza. Todo lo contrario. Lo decía con esperanza de que esa semilla caiga en tierra buena en sus corazones y de algún modo ellos generen un cambio.
Igual soy un iluso, pero igual no. Si son capaces de escuchar las voces de la razón, las voces de este pueblo y si son capaces de decir mira, reconocemos que esto terminó, que esto ya no va a ningún lugar. Que sean ellos los que abran la puerta que todos estamos esperando para que este país cambie y para que todos vivamos mejor, incluso ellos. Es una idea que también he tratado de transmitir. Si este país cambia y da un giro a la libertad y a la democracia, ellos también van a vivir mejor, porque no creo que vivan en paz, que duerman en paz. Viven en continua alerta, en continuo sobresalto, y eso no es vida tampoco. Por mucho dinero que se tenga, por mucho poder que se tenga, por muchas posibilidades que se tengan, no hay nada como vivir en paz, en calma, en tranquilidad. Vivir sabiendo que Cuba es un polvorín que puede explotar en cualquier momento no es el mejor de los escenarios. Entonces ya te digo, igual no se van. Igual no quieren provocar ningún cambio. Igual yo no puedo renunciar a tener esa esperanza.




