Adiós a un cónsul honorario muy peculiar

Hans Leusen, de 76 años de edad, vive desde hace cincuenta años en Brasil. En los últimos 25 años desempeñó el cargo de cónsul honorario del Reino de los Países Bajos. Ahora abandona ese cargo. Pero el enérgico holandés sigue activo en la sociedad brasileña.

(c) Wim A.E. Jansen
(c) Wim A.E. Jansen

‘Su’ consulado se encuentra en el primer piso de un maravilloso edificio de la época colonial en Pelourinho, la ciudad colonial de Salvador de Bahía. Desde su ancha terraza se ven las iglesias y conventos de la época de la colonización portuguesa. Desde la otra terraza, colindante a su oficina, se ven los puertos y la bahía, que le dio el nombre a la ciudad.

Beatriz
“Ya soy demasiado viejo para este cargo”, dice Leusen durante mi visita en las postrimerías de junio. “La semana pasada tuve que entrar en acción porque un holandés se había ahorcado en la ciudad. Y tuve que visitar a un prisionero, en una cárcel a 700 kilómetros de aquí. Me tuve que desnudar prácticamente entero, antes de poder entrar en la cárcel. Ya basta. Informé a la embajada holandesa en Brasil que renuncio ahora a finales de junio, que la secretaria se va a casa y que cierro la oficina por tres meses. No sé si habrá un nuevo cónsul. No he recibido ninguna respuesta”.

En su oficina hay un enorme retrato de la Reina Beatriz, aunque ya hace dos meses que Guillermo Alejandro fue investido como rey. “Yo me quedo por ahora con Beatriz”, dice Leusen. “Por unos pocos meses no voy a cambiar los retratos. Este año celebré el Día de la Reina el 29 de abril. Así pude gritar por última vez: ¡Viva la Reina! Si lo hubiese celebrado el 30 de abril, Guillermo Alejandro ya sería el rey, por la diferencia horaria’.

Talar árboles
A principios de los años sesenta, Leusen, ingeniero agrónomo, conoció a un brasileño de origen alemán, que le entusiasmó con Brasil. Este alemán conoció a un latifundista que buscaba a alguien que pudiera cultivar sus tierras. En esa época el gobierno holandés pagaba el viaje para los holandeses que emigraban y les daba 150 florines como capital inicial, “sólo tenías que prometer no volver”.

Leusen tenía que ir al norte de Paraná, un estado establecido como ‘territorio en desarrollo’. No había vivienda. Se construyó su propia casa de seis metros cuadrados y comenzó a trabajar. Leusen taló decenas de miles de árboles, cultivó la tierra, contrató labradores que venían de regiones lejanas todavía más pobres. Más tarde se fue a vivir a Bahía donde asumió el cargo de director de la fábrica de puros Dannemann, y pasó a formar parte de la élite local.

Miss Bahía
Allí organizó el concurso de miss Bahía, para que ese estado también estuviera representado en el concurso de belleza nacional. Su esposa brasileña, que murió hace veinte años, acompañó a la candidata a Río. Leusen, quien se considera un experto en el tema, ya sabía que ella no ganaría: “Era demasiado alta, esbelta. A los brasileños les gustan las mujeres con carne en los huesos”. Pero al menos todo el mundo conocía ahora a Bahía, un estado que hasta entonces había sido considerado como subdesarrollado.

Plantar árboles
Leusen quiere seguir activo en la sociedad brasileña. Ha iniciado un gran proyecto de plantación de árboles. Hasta ahora plantó más arboles de los que taló en el pasado. Y en el consulado abrió una galería para jóvenes artistas.

Leusen ayuda también a los indígenas en la selva amazónica, que según él son ignorados de manera escandalosa por los brasileños. Su oficina está llena de fotografías de indígenas en la Amazonía. En una de ellas aparece el cónsul, pintado con los colores tradicionales de los indígenas. Un hombre alto, enérgico, que de ninguna manera piensa dedicarse al ocio ahora que deja su cargo.

Ver también:

Brasil

Holanda

Wim Jansen

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Periodista

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