Rafael Rojas: El árbol de las revoluciones, en busca de un horizonte no comunista

En América Latina hay un árbol que da frutos singulares, es el Árbol de las revoluciones, libro escrito por el filósofo y profesor de Historia, Rafael Rojas. Con el subtítulo Ideas y poder en América Latina el investigador del Centro de Estudios Históricos de El Colegio de México hace un repaso por los principales procesos revolucionarios del siglo XX. Con México y Cuba a la cabeza van apareciendo las experiencias del Perú, Chile, Guatemala, Nicaragua, Bolivia y otras. Es un itinerario ejemplificador, necesario de tener en cuenta a la hora de proyectar ideales libertarios que no olviden conjugar transformación con democracia. Cambios con libertad

 

Lo primero que se deriva de la lectura de su libro El árbol de las revoluciones, ideas y poder en América Latina, es la fascinación aparentemente irrenunciable de los latinoamericanos por la revolución. ¿Por qué?

Es una fascinación identificada con algunas presencias en el siglo XIX. Es posible encontrarla en el culto a los héroes, a los próceres de la independencia. Luego, en la tradición revolucionaria moderna que asociamos con Francia y Estados Unidos, e incluso con la gloriosa revolución británica, también en la identificación de caudillos o líderes con la figura del revolucionario. No necesariamente encaja una cosa con la otra. Se puede aceptar la caracterización como revolucionarios de los próceres de las independencias, Simón Bolívar, José de San Martín, José Antonio de Sucre, pero es más difícil en el caso de caudillos liberales o conservadores que se enfrentaban en guerras civiles. Casi toda revolución tiene algún momento de guerra civil, pero una revolución no se reduce a una guerra civil.

Lo decisivo para el siglo XX, que es el motivo de mi estudio, es la Revolución Mexicana. Se trata de la gesta que cambió el campo semántico de la Revolución o que adaptó el concepto moderno de la Revolución Atlántica del siglo XVIII. Lo acondicionó a América Latina, en diálogo con -porque son contemporáneas con la Revolución de Octubre- la revolución bolchevique en Rusia.

Ahora, es específicamente latinoamericano el concepto de revolución, porque tanto el lenguaje, los valores como los programas responden a las estructuras socioeconómicas de nuestros países.

Sigo su línea de reflexión: reforma agraria, dominio público de los recursos energéticos, alfabetización, derechos sociales, laicismo entre Estado e Iglesia. ¿Fueron estas luces del faro mexicano los que orientaron a los movimientos no comunistas de América Latina?

Es una caracterización muy sucinta, pero fundamental. Se trata del repertorio que la Revolución Mexicana extiende por toda la región. A veces hay un riesgo con la metáfora del árbol de las revoluciones, porque puede pensarse que el tronco es mexicano y las ramas son las otras, pero no es realmente lo que estoy diciendo. En realidad, había antecedentes de muchas de estas ideas en casi todos los países antes de la Revolución Mexicana. Lo que hace la Revolución Mexicana es catalizar una cultura política que estaba en ciernes en la mayoría de los países. Esos elementos del programa de cambio revolucionario de las sociedades, de las economías, las culturas en cada uno de los países adoptaron formas específicas.

En el libro insisto en que la reforma agraria adquiere un valor central en la tradición revolucionaria latinoamericana del siglo XX a partir de México. Pero en los países sigue variantes diferentes. Es muy raro encontrar en otras reformas agrarias, por ejemplo, en la guatemalteca, la boliviana o la cubana -que son revoluciones de la guerra fría- el fuerte acento comunal que tenía la reforma agraria mexicana. El mayor peso mayor en esa reforma, salvo en la boliviana, que tiene algo de ello, pero no es lo fundamental, había una multiplicidad de formas de propiedad, cuya forma más importante era la de la pequeña propiedad agropecuaria privada, de la propiedad familiar o personal, de los que antes no tenían títulos, es decir, los campesinos que trabajaban la tierra como arrendatarios, brigadistas de algún latifundio, son convertidos en propietarios. Pero es muy distinta a la reforma agraria comunal que se da en México, y es este punto del programa revolucionario el que se extiende a toda la región.

Los izquierdistas latinoamericanos, admiradores de Fidel Castro y de la Revolución Cubana no siguen los ideales institucionales de la Revolución Cubana. Al contrario, los desmienten. ¿Por qué es así?

La Revolución Cubana tiene origen en la tradición revolucionaria latinoamericana que arranca en México. De hecho, hay una revolución cubana anterior a la del 59, en los años treinta, que es inevitable leer en la estela de la mexicana. Sus principales líderes Fulgencio Batista, Ramón Grau, San Martín, Carlos Prío Socarras, viajaban constantemente a México. Tenían interlocución con Lázaro Cárdenas, con los grandes líderes de la Revolución Mexicana y lo dicen explícitamente, seguían la ruta establecida en la Constitución de Querétaro (1917), adaptándola a las condiciones de un pequeño país en una isla del Caribe. Lo mismo podemos decir de la mayoría de las revoluciones centroamericanas y caribeñas, incluso sudamericanas, de la época de la Guerra Fría.

Otra vertiente que exploro en el libro es la de los populismos clásicos, el peronismo y el varguismo en Argentina y Brasil, lo que llamo los populismos cívicos. O, vamos a decir, otra rama del arco de la revolución que no está tan ligada al referente mexicano.

Ahora, en el caso de Cuba, para responder a la pregunta, lo que sucede es que en muy pocos años el régimen que se constituye y la estrategia geopolítica de la dirigencia cubana buscan una inscripción de la isla en la órbita soviética y una adaptación a Cuba de los regímenes del socialismo real de Europa del Este. Eso es completamente nuevo. Cambia por completo el paradigma de las revoluciones en América Latina.

Rafael Rojas

Usted emplea frecuentemente para los años 30 y 40 el término populista que hoy es percibido por mucha gente como algo rechazable. Sin embargo, en el contexto que usted lo cita, se percibe como algo positivo, de progreso, de defensa de la tradición republicana, que tenía como común denominador una diferencia creciente entre comunistas e izquierdistas, como Víctor Haya de la Torre, como Augusto César Sandino. Y esto requiere una importante explicación.

En efecto, tanto el nacionalismo revolucionario de raíz mexicana como el populismo clásico peronista y Varguita o populismo que asocio con Jorge Eliécer Gaitán en Colombia, Eduardo Chibás en Cuba y Rómulo Betancourt en Venezuela, todo el repertorio de la izquierda que busca un horizonte no comunista persigue una izquierda que no provenga de la matriz marxista leninista o comunista. Primero hay que decir que originariamente los populismos son, como ahora se dice, transversales. No eran claramente ni de izquierda, de centro, o de derecha, sino que había un poco de todo. Como procesos políticos siempre tenían un ala derecha y una de izquierda. Lo mismo pasaba con el PRI en México, como en el nacionalismo revolucionario. En eso son bastante parecidos, aunque distintos. En la práctica y en el repertorio programático es posible encontrar algunas coincidencias, pero también sus distinciones. Hay una diferencia fundamental entre los nacionalismos revolucionarios y los populismos. Es que los populismos recurren frecuentemente a la figura de un líder carismático. En cambio, en México, por ejemplo, o en la revolución guatemalteca, o en la boliviana incluso, se trató de una especie de sucesión presidencial, dentro de lo que se llamaba la familia revolucionaria. No era una persona, era un grupo.

Es evidente que el populismo, como se formulaba en la pregunta, busca su lugar en una izquierda no comunista. Tienen éxito, transfieren muchos recursos del Estado a la ampliación de derechos sociales. Incluyen a sectores marginados de la vida pública en los procesos políticos, son también constitucionalistas. Generan una percepción positiva que comienza a manifestarse en las ciencias sociales. Es a partir de la década de los años 50 y sobre todo en los años 60, en sectores como la CEPAL y en la llamada teoría de la dependencia de Raúl Prébisch, Theotonio Dos Santos y Vánia Banvirra en Brasil, que son de los primeros en defender positivamente el populismo como una opción de izquierda.

Curiosamente, en esa época los grandes enemigos del populismo estaban en la izquierda comunista, que lo definían como un Bonapartismo en el mejor de los casos, aunque en la mayoría decían que eran movimientos demagógicos pequeño burgueses, anticomunistas, Macartistas. Hubo una fuerte pugna entre la izquierda comunista y la izquierda populista. Todo eso, como sabemos, cambió en años recientes. Pero así fue en América, por lo menos hasta los años 80.

Hasta hoy día, al tiempo emancipador de las revoluciones latinoamericanas le sigue muchas veces el autoritarismo. Y el mayor temor es que toda revolución sea portadora del virus, para usar un término en boga, que contagia de totalitarismo. ¿Es un miedo real?

Sucedió en algunos casos. Creo que la observación es justa y real cuando dice que en la mayoría de los casos las revoluciones derivaron en regímenes no democráticos o autoritarios. El único caso de una revolución que desemboca en un régimen totalitario que podemos asociar con los socialismos reales de la ex URSS y de Europa del Este, es la cubana, porque ni siquiera la sandinista, aunque hubo intentos de aproximación a ese modelo, pero, al final, el camino quedó plasmado en la Constitución del 1987. Ese sería un Estado más cercano a la democracia que cualquier autoritarismo.

Encontré en otros casos de revoluciones latinoamericanas, como en la revolución guatemalteca y la boliviana, clarísimas aproximaciones a la democracia. Por no hablar del proyecto de la Unidad Popular con Salvador Allende en Chile.

Todas estas revoluciones llegan al poder por vías electorales e intentan mantener un marco de pluralismo, al igual que la Constitución sandinista de 1987. Decía, este es un régimen político pluralista, que establecía el derecho a formar partidos de oposición. Como sabemos, en el caso mexicano hubo una evolución hacia distintos grados de autoritarismo. Primero se pasó de un régimen de partido casi único a un régimen de partido hegemónico, más tarde, en los años 40 y 50 fueron surgiendo ciertos partidos de oposición, como el PAN.

Así que hay distintos grados de autoritarismo y totalitarismo e incluso, en algunos casos, revolución y democracia no son conceptos divorciados.

El libro sí trata de ser quisquilloso en esto. Es verdad que tanto en el populismo como en las revoluciones hay una fuerte tendencia al autoritarismo y se deriva a regímenes autoritarios, por ejemplo, el mexicano, que no se puede definir como un régimen democrático. Sin embargo, hay grados de autoritarismo que deben diferenciarse.

Dos cosas sobre Cuba. A propósito de lo mismo, si los máximos dirigentes de la Revolución Cubana en el año 1953 ya eran, es una probabilidad, marxistas leninistas, cualquier suposición de que después de la revolución fueron empujados a los brazos de la Unión Soviética, se cae.

Es muy buena observación que está en el capítulo sobre el concepto de revolución y que mucha gente lo desconoce, porque es un debate interno de la cúpula dirigente cubana durante los años 60 y 70 acerca del origen ideológico de la Revolución. Había líderes como el Che Guevara, o algunos militantes del viejo Partido Comunista prerrevolucionario como Carlos Rafael Rodríguez que fueron figuras con mucho peso en los primeros gobiernos, en los años 60, y 70. Ellos insistían en que la Revolución Cubana originalmente no había sido socialista o marxista leninista, pero a esa tesis se le contrapuso otra que defendió personalmente Fidel Castro durante mucho tiempo, quien sostenía que el núcleo dirigente desde la época del asalto al cuartel Moncada era marxista leninista, pero no lo confesaba para no generar rechazo de sectores moderados o intermedios. Para mí esa es una hipótesis inverosímil, pero es al mismo tiempo sintomático que se haya creado esa leyenda para justificar cierta coherencia dentro del marxismo leninismo. Y como usted dice, si esa es la hipótesis que se defendía por interés, más que nada por la dirigencia cubana en el periodo soviético, habría que descartar la otra tesis tan poderosa en la legitimación del régimen cubano de que fue la agresividad de Estados Unidos la que condujo a un alineamiento con la Unión Soviética. Es una paradoja y un dilema interesante de estudiar y que lamentablemente se desconoce fuera y dentro de Cuba, porque los medios se encargan de distorsionar estas cuestiones.

Hablando de legitimación, de la revolución original, la de 1959, queda muy poco, salvo el nombre, pero el nombre es decisivo ¿verdad?

Otra vez volvemos a la fascinación de la denominación y en Cuba la revolución deriva en la máxima metaforización del concepto. En ningún otro país latinoamericano y los hubo bajo revoluciones, se llegó a confundir la revolución con el patriotismo, con el Estado, con la nación, con sus dirigentes, con la historia, con la vida. Según la retórica oficial, lo que sucede en Cuba hoy es una revolución. La revolución es el día a día de los cubanos y es una visión completamente disparatada, resultado de la transformación de las ideas, de los conceptos y mitos, de las figuras, de los líderes de la revolución en íconos. Es la simplificación y la homogeneización más brutal de la ideología de la izquierda en América Latina.

Varios elementos de esa transformación de una ideología en ícono y mistificación se han trasladado a gobiernos de la izquierda latinoamericana en años recientes, específicamente al venezolano. En menor medida, al boliviano en la época de Evo Morales y en el Ecuador de Rafael Correa.

La idea sigue teniendo un peso enorme. Lo que se ha producido es una colonización semántica del término, porque la revolución deja de ser a partir del momento en que se ha creado un Estado socialista, en el sentido totalitario del término de la órbita soviética. Al llamarle a ese Estado revolución, entonces significa otra cosa. La revolución ya no significa para nada lo que Fidel plasmaba en el programa La historia me absolverá, del programa del Cuartel Moncada, que era la toma violenta del poder para llevar adelante una serie de cambios como la reforma agraria, la alfabetización. No, ahora la revolución es el Estado y sus dirigentes.

Chile. Ahora que ha pasado prácticamente medio siglo, estamos a menos de dos años de cumplir 50 años del golpe militar de Augusto Pinochet. ¿Podemos calificar a Salvador Allende de un demócrata revolucionario?

Podría ser una buena formulación, a su vez paradójica y compleja. Creo que en buena medida era a lo que aspiraba el propio Allende y su coalición de la Unidad Popular. No todos los integrantes de la coalición, como sabemos, estaban de acuerdo con eso. Allende sí, era un defensor de que su proceso político era revolucionario, pero por vías pacíficas, electorales, democráticas, pluripartidistas, preservando el gobierno representativo y el Estado de derecho. Es el único caso, me parece, de una revolución latinoamericana que opta de manera tan clara por la democracia. Hay otras revoluciones que tienen elementos democráticos como la guatemalteca de Jacobo Árbenz, la boliviana de Víctor Paz Estenssoro y Hernán Siles Zuazo, pero de una manera tan pura no creo que haya otras como la de Allende.

Por cierto, hubo un gran debate acerca de si podía llamarse revolución. La izquierda marxista procubana, partidaria de las guerrillas, tenía grandes prejuicios sobre la vía democrática elegida en Chile y el propio Regis Debray en esa discusión con Allende, en realidad es un debate, intenta poner en duda el concepto de revolución en Chile y Allende lo defiende, argumenta que es posible una revolución, un cambio profundo de la sociedad, de la economía, de la política por las vías electorales, pacíficas, democráticas y representativas. Allende ni siquiera llegó a plantear la idea de una constituyente, pensaba que se podía llevar adelante el cambio con la vieja constitución del 25 reformada, lo cual da muestra de ese gradualismo muy singular.

La otra opción hubiera sido decir, no fue una revolución, que era la posición de la izquierda comunista más ortodoxa. Es el mismo prejuicio que vemos en la izquierda comunista ortodoxa con los populismos. Dado que los populismos preservaban el gobierno representativo, eran constitucionalistas, no eran democráticos, pero sostenían cierto juego político para la oposición. Tenían por lo general, buenas relaciones con la Iglesia Católica. Eso, en la visión de la izquierda comunista ortodoxa, no era revolucionario. Creo que esa visión ortodoxa es falsa. La Revolución tiene la capacidad de desplazamiento entre diversos tipos de izquierda.

Le preguntaba también lo de Allende por una razón actual, y es que la victoria de hace pocos días de Gabriel Boric ha despertado nuevamente esperanza dentro y fuera de Chile. Esperanza de un proceso transformador, pero manteniendo todas las instituciones y los principios democráticos.

Creo realmente que aquí estamos fuera del periodo revolucionario, en la era de la posrevolución. Es mi percepción desde los años 90. En consecuencia, no considero como revolucionarios los procesos del chavismo en Venezuela o de los regímenes bolivarianos en Bolivia y aunque que cargan con toda esa tradición, no articulan fenómenos parecidos a los que estudio en el libro.

Ahora me parece que su observación es muy válida y tiene que ver con algo relacionado pero distinto, en el sentido de que lo que encarna Boric es la expectativa de una reforma profunda de izquierda desde la democracia sin alteración de los mecanismos democráticos. ¿Porqué? Otras experiencias de las izquierdas democráticas en América Latina o que llegan democráticamente al poder, como las bolivarianas, por un lado, o algunas de las del Cono Sur, han tenido claros elementos autoritarios en algunos casos, como es el caso venezolano, prácticas que se vuelven estructurales. Hablo fundamentalmente la Venezuela de Nicolas Maduro, y lo mismo podríamos decir de la Nicaragua de Daniel Ortega y Rosario Murillo. En las otras izquierdas nunca se ha llegado a un autoritarismo estructural. Pero hay elementos autoritarios en otras experiencias de la izquierda suramericana y ahora mismo lo estamos viendo en México. No se puede decir, por ejemplo, que en México han cambiado las reglas del juego o que el gobierno de Manuel López Obrador apunte a un cambio de régimen hacia el autoritarismo. No es así, pero sí hay elementos autoritarios en el Gobierno.

Y entonces, Gabriel Boric personifica la expectativa de que por fin aparezca claramente una izquierda democrática. Por cierto, ya hemos tenido antecedentes de ese tipo de izquierda. En Uruguay, por ejemplo, lo hemos visto y creo que amplios sectores de los gobiernos de Luiz Inácio Lula y Dilma Rousseff en Brasil, eran democráticos.

En el propio Chile tenemos los antecedentes de Ricardo Lagos y Michelle Bachelet. La izquierda de Boric si se quiere es un poquito más radical, la que representa el Frente Amplio. Pero tampoco se aparta del todo de la tradición de la Concertación y otros grupos. Es cierto que se trata de una coalición muy amplia en la que hay sectores de tendencia no tan claramente democrática, vamos a llamarla así.

 

José Zepeda

Periodista, productor radiofónico, capacitador profesional.

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