Las mujeres torturadoras de la dictadura de Pinochet

Escuchar ciertas historias lleva a pensar que la maldad no tiene límites, que siempre es posible ir más allá en el propósito de causar dolor. Este es precisamente el caso de Ingrid Felicitas Olderock, oficial de carabineros de Chile, hija de alemanes nazis. Fue la encargada de entrenar a 70 mujeres chilenas para que dedicaran su tiempo a torturar. Es, además, entrenadora del perro que violaba a los detenidos y detenidas. La investigadora de estos hechos habló con las representantes más significativas de la política de terror de la dictadura.

Portada del libro con la foto de Ingrid OlderockEl objetivo de la publicación es que se reflexione sobre la memoria y se conozca a los criminales en todas sus facetas, para evitar normalizar a la barbarie.

“Ingrid Olderock, la mujer de los perros” es el título del libro escrito por la periodista Nancy Guzmán. Se presentó al público el pasado 10 de septiembre en Santiago de Chile.

Es en octubre de 1973, a menos de un mes del golpe de estado en Chile, cuando el general Manuel Contreras, el director de la DINA, convoca a Olderock para que forme la escuela femenina de la DINA, la policía secreta de Pinochet. Se trata de un hecho inédito ya que ninguna dictadura militar latinoamericana tuvo un destacamento femenino dedicado a la guerra contrainsurgente, mediante el secuestro, la tortura,  el asesinato y la desaparición.

Olderock organiza la escuela en la zona costera del litoral central de Las rocas de Santo Domingo. Junto con oficiales de ejército, egresados de la Escuela de las Américas de Panamá y ocho agentes de la CIA que habían llegado al país para colaborar con el régimen, da las primeras instrucciones a las futuras agentes. La metodología consistía en prepararlas para actuar en contra de los opositores. Las lecciones eran de espionaje, seguimiento, secuestro, torturas y asesinatos con desapariciones.

Mito o realidad, lo cierto es que predomina todavía la creencia que la mujer pertenece al lado más tierno de la humanidad, a su costado maternal. Esta historia desmiente esa presunción. Nancy Guzmán va más lejos…

“En momentos de aguda crisis política social, en donde se desatan estas fuerzas y se crean estos organismos la mujer deja de tener el sentido de género. El conflicto lleva a hombres y mujeres a tomar determinada posición. Es ese el momento preciso en que se recluta a esas mujeres que se forman en función de la ideología de la Seguridad Nacional. Es la que va a transformar a Chile en una sociedad neoliberal, pasando de un capitalismo proteccionista, más humano si se quiere, a un capitalismo descarnado que requería de toda la maquinaria del terror para ejercer el control social”.

De este modo las prácticas bárbaras se acentúan en las mujeres torturadoras. Por ejemplo, un detenido cuenta que tres mujeres lo sacan un día, sin el propósito de interrogarlo mediante la tortura. Lo llevan a un lugar abierto y entre las tres comienzan a apalearlo. Le dan golpes hasta que se agotan. Allí lo dejan tirado con traumatismo encéfalo craneano y contusiones graves. Hechos similares a este no se registran en los hombres. Estos infieren tormentos en los interrogatorios para obtener información, pero no se ceban con sus víctimas fuera de la sala de torturas.

La periodista chilena Nancy Guzmán
La periodista chilena Nancy Guzmán

Entre las aberraciones perpetradas por las mujeres también figura la agresión sexual. Cuando los detenidos estaban desnudos, encapuchados, siendo torturados, es decir en la máxima indefensión, ellas contribuían también vejándolos sexualmente

Guzmán cuenta que todas las mujeres con las que habló niegan estas prácticas. Se lo preguntó directamente a la torturadora Gabriela Álvarez, quien era especialista en vejaciones sexuales a hombres. Ella le respondió que estaba equivocada. Sin embargo, en declaraciones que hoy están en los tribunales y en otras entrevistas que la periodista ha realizado a ex detenidos, le contaron que Gabriela tenía por diversión practicar estas vejaciones para humillar aún más al detenido.

Las torturadoras son ahora mayores, abuelas, varias de ellas van los domingos a misa, tienen apariencia de buenas vecinas, pasan inadvertidas en la sociedad porque no han tenido sanción.

Y entonces uno se pregunta si los torturadores son gente normal. Si todos, en ciertas circunstancias, estamos en condición de transformarnos en monstruos. Nancy dice que no.

“Después de la guerra de Corea, tras la derrota, Estados Unidos desarrolla <la selección de personal>. Saben que no toda la gente sirve para torturar. Cuando llevan a la guerra a un Cuáquero o a un Hamish saben que no pueden causar daño a otra persona porque su religión se lo prohíbe. Pero a un texano que le gustan las armas puede disparar y matar. Ahí se crea esta selección de personal. Se busca a las personas aptas para una guerra. Unos servirán para mecanografiar, otros para enfermeros y otros…para torturar”.

Parte de la tarea que Olderock cumple con estas mujeres jóvenes, es que la formación sea el elemento gatillador para liberarlas de las condicionantes ético-morales, para que interioricen la Doctrina de la Seguridad Nacional y puedan entonces agredir con entusiasmo a los detenidos. Así califica como enemigo esa parte de la sociedad que busca mayor igualdad social, mayor libertad. La norma establecía que trabajar con los pobres era ser marxista, comunista, extremista o subversivo.

Todos los ángulos del libro Ingrid Olderock, la mujer de los perros son crueles, pero hay uno que es particularmente atroz y ese es el caso de los militantes de izquierda que luego de su detención pasan a formar parte de los servicios de inteligencia de la dictadura.

“Creo que un principio pasa por salvar la vida, pero hubo mucha gente que entregó información producto de la tortura. El instinto por la vida es muy fuerte. Además, las torturas son interminables. Estos organismos tenían todo el tiempo del mundo para hacer con los cuerpos lo que quisieran. Por lo tanto, todos entendemos que la gente que habló en tortura no tenía otra posibilidad.

Es diferente el  caso de aquellos que luego pasan a ser agentes. Usan armas del Estado, reciben salario, tienen vacaciones pagadas, vivienda y salud pagadas por el Estado. Es el caso de Marcia Alejandra Merino, Luz Arce Sandoval, María Alicia Gómez Uribe”. Son gente que asume su función con satisfacción y disciplina. Hacen sus aportes para que se siga torturando a quienes en algún momento fueron amigos, compañeros cercanos.

En todo caso han  sido muy pocos los que cruzaron la calle y se instalaron al otro lado de la vereda. Tres mujeres y cuatro hombres que pasan a ser agentes de la DINA. Entre mil desaparecidos, siete es una cifra pequeña.

La conversación con Nancy Guzmán se realizó a menos de 24 horas después de la presentación del libro, en un acto de fuertes emociones.

“Te quiero contar que a un señor, Vladimir Salamanca, le dio un ataque o le bajó excesivamente la presión. Cayó inerte y hubo que llevarlo a la posta. Este hombre había vivido junto a dos familiares que están desaparecidos. Al parecer la angustia, el reencontrarse con esta historia, fue más de lo que pudo.

Por otro lado, Alejandra Holzapfer (Alejandra tenía 19 años cuando fue detenida por la DINA. Desde 1974 a 1975 estuvo detenida en varios centros de tortura: Villa Grimaldi, Venda Sexy, Tres Álamos y Cuatro Álamos. Fue violada y violentada sexualmente con el perro pastor alemán al que los agentes de la dictadura llamaban Volodia.) quien es testigo en el libro, yo le pedí que por favor dijera algo de su terrible experiencia. No pudo hablar. Fue muy impactante porque ella es una persona muy serena”.

Es la misma Olderock quien adiestra al perro Volodia para vejar a los presos. Prevalece aún en la sociedad la idea de que los cuerpos de las mujeres pueden ser violados pero el de los hombres no. Por ello los hombres que fueron vejados sexualmente no dan nunca declaraciones. A pesar de ello, el abogado Nelson Caucoto, que fue comentarista del libro en la presentación, narró esa noche una entrevista que él tuvo con un detenido que declaró que había sido violado por un perro.

Es fácil concluir que no ha sido fácil escribir este y otros libros en los que se hace inventario del horror de la dictadura del general Augusto Pinochet. Para Nancy es terrible y lo que la asalta muchas veces es el dolor. Cómo entender, cómo aceptar que hayan existido personas cuya función, desde horas de la mañana hasta la caída del sol, haya sido causar dolor. No le cabe en la cabeza. Qué ideología es la que puede crear a esos monstruos.

Nancy Guzmán vivió el golpe de Estado, fue una víctima más. Salió al exilio, perdió amigos.

“Lo que le debo a las personas que no están es contar esta historia. Es exponer en la plaza pública a estos criminales, que siguen siendo ignorados, que sus caras no aparecen por ninguna parte y que viven agazapados en las mismas ciudades que habita la gente inocente”. 

Uno podría repetir casi textualmente lo que diría un partidario de Pinochet sobre el libro Ingrid Olderock, la mujer de los perros: Es gente que vive en el pasado, que tiene los ojos en la nuca, que busca la venganza, que está en contra de la reconciliación.

“La tan manida palabra reconciliación es una decisión personal. Las sociedades no necesitan reconciliarse para seguir caminando. El perdón es también algo personal. Personalmente no perdono ni olvido. Me parece que el perdón es algo religioso y yo soy atea. Y el olvido es lo peor que puede hacer una sociedad para construir un futuro. La historia, si bien no se repite, siempre nos alcanza en sus efectos.

Yo espero que la gente lea estos libros y que la historia nunca nos vuelva a alcanzar en sus efectos. Que nunca más se repita de igual manera”.

No es el único caso, pero Ingrid Olderock murió en la cama, en un hospital de Carabineros, de un derrame cerebral. Así han fallecido muchos violadores de los derechos humanos, sin recibir nunca un castigo. Baste decir que ninguna de estas mujeres ha sido condenada hasta la fecha. Ni siquiera Gladis Calderón, quien era llamada la enfermera de la muerte. Ella se dedicaba a inyectar drogas letales para terminar con la vida de los detenidos. Para poner fin -según ella- a los sufrimientos que padecían.

Otro caso extremo es el de una de las torturadoras que era de la mayor confianza de Manuel Contreras, cuando era procesada pidió permiso al juez para viajar a Australia y se quedó allí. Hasta hoy no ha sido extraditada y ella ofrece entrevistas en las radios australianas en las que continúa defendiendo la necesidad de la tortura. La documentación disponible establece que al menos 60 mil personas fueron torturadas en Chile.

“Si me meto en este mundo oscuro es para que sea un elemento desmotivador para quienes, en algún momento, piensen nuevamente en que la solución para transformar o cambiar lo que no les gusta es por la vía de causar daños horribles no solo a las personas sino que a toda la sociedad”.

Libros como Ingrid Olderock, la mujer de los perros, no deja impasible. Su lectura nos cambia, sus relatos son mucho más que un testimonio histórico, son una alarma de advertencia. Son, extrañamente, las voces y los lamentos de las víctimas, que fluyen en sus páginas como un río subterráneo, para a través de su martirio convocarnos a aprender, a saber, a indignarse con el mal inferido a gente indefensa, a formularle preguntas a la justicia y sobre todo, a buscar y establecer normas de convivencia que no acepten las vejaciones ni la violación de los derechos humanos.

José Zepeda

Periodista, productor radiofónico, capacitador profesional.

2 comentarios sobre “Las mujeres torturadoras de la dictadura de Pinochet

  • el 20 abril, 2015 a las 8:08
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    Esto es atroz y sí lo sabíamos desde ya mucho tiempo. Lo atroz es que hoy tenemos a una mujer de Presidente de Chile, quien fue también Ministro de Defensa y se ha quedado callada y habla incluso hoy de igualdad, esto es demasiado la violacion de hombres y mujeres con perros estrenados por una hija de nazis. Ninguna de estas mujeres han sido castigadas, expulsadas de las fuerzas armadas ni puesta ante la Justicia y debiéramos considerar que de acuerdo a la Sra Presidente ella fue también torturada.

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