Hasta el peor invierno está embarazado de primavera

Llegó con un mensaje de las redes sociales. Decía que se trataba de un poema de aliento para estos días de cuarentena. Lo escribió una monja descalza, de Antequera, España, Lucía Carmen de la Trinidad. Llamamos al convento de reclusión voluntaria y vida contemplativa para conversar con ella. No fue posible por el reglamento interno. Pero Sor Lucia respondió por escrito a algunas inquietudes

Museo conventual Carmelitas Descalzas

Precisamente a pesar del dolor, los enfermos, la distancia social, usted se pregunta si sabrá la primavera que la estamos esperando. Como si la nueva vida que late pudiese ayudar a llevar un bálsamo de belleza recién nacida para consolar a quienes padecen por la enfermedad y por las privaciones.

Hay mucho dolor en el mundo en estos momentos (antes también lo hubo, pero lo teníamos como un poco lejos de nuestra propia piel). Ahora, somos ya muchos los que ponemos rostro –familiar, amigo, vecino…- a la lista de afectados, confinados en cuarentena, en UCI, acabando su vida, o ya en el Cielo. Es un sufrimiento que, sin pedir permiso, se nos ha plantado delante y ha puesto freno a toda nuestra vida.

Todos en casa, todos privados de libertad. Los planes, deshechos. Los sueños, cortados de raíz.

Para mí esa primavera, en estos momentos, es la floración de lo mejor que cada uno de nosotros llevamos dentro. Se nos prohíbe abrazar. Quizá antes no lo echábamos mucho de menos, y ahora añoramos a nuestros seres queridos. Nos duele el abrazo que no dimos, el saludo que negamos. El gesto, la mano tendida… Para mí esta primavera va a ser tan diferente, porque muchos van a comprobar que el hombre, en sí, no ha podido frenar este virus que ha enfebrecido a la Humanidad. Y muchos se van a preguntar qué fuerza mayor rige el Universo.

¿No sentís que en este mundo algo nuevo está brotando? Si hay algo esperanzador esos son los actos de auténtico heroísmo. No los de la guerra, ni del arrojo del soldado, sino esas acciones de los sanitarios, que arriesgan la vida en la lucha por curar. De los que donan pequeñas y grandes cantidades para la gran empresa de salvataje humano. De las que rezan, de los que llevan palabras de aliento, de los no paran de trabajar en procurar nuevas medicinas, de la búsqueda desesperada de una vacuna. Nada quisiera más que algo nuevo esté brotando, pero -el terrible, pero- de que, junto a la bondad, a la entrega brota lo peor, lo más oscuro. Por citarle un solo ejemplo, una empresa farmacéutica de alcance mundial que no da abasto en la fabricación de test rápidos no quiere dar la receta por la razón más mezquina.

No se puede arrancar la cizaña, porque el trigo se quebraría. Hoy son miles y miles quienes entregan su vida en silencio para aliviar a los enfermos, para ayudar a los que en casa no pueden salir a comprar, para que tengamos los alimentos listos en el supermercado… Tantos anónimos… ¿No siente que algo nuevo BROTA ya en este mundo? Sí, no me extraña el ejemplo que cita. Ante tanto dolor, tan sagrado, es mezquino, sencillamente, ese comportamiento. Pero le agradezco de corazón su comunicación: voy a orar intensamente por ellos.

La Virgen se ha quedado sin flores y Cristo está encerrado. Cuál es la importancia de la fe en estos días en que ronda la muerte.

Otra nueva primavera. Estamos en casa: no podemos asistir a la Eucaristía, ni recibir a Jesús sacramentalmente, ni confesar, ni siquiera celebrar la Fiesta más grande del Año Litúrgico: la Pascua del Señor. Todo, a través de los medios.

La fe se purifica. La fe hunde sus raíces en lo más hondo: privados de todo, no nos queda más que mirar adentro y encontrarnos con Jesús. Con Él: con el Cristo que se nos daba en la comunión y quizás andábamos demasiado distraídos; el Cristo que nos hablaba a través de la Biblia y teníamos poco tiempo para escucharlo; el Cristo que procesionaba por nuestras calles, y nosotros pendientes de lucir el mejor vestido, o de mil cosas tan superficiales.

Ahora es el tiempo de la interioridad: no nos queda más que ese Encuentro personal con el Señor. ¡Algo nuevo está brotando!

Madre, hay poetas que creen que alguien, de un modo indecible, le dicta las palabras. Es decir, el poeta es una especie de antena viva que capta con su sensibilidad lo que dicen las voces más auténticas, más sublimes. Esa ¿es de alguna manera es su experiencia?

Soy carmelita descalza, hija de poetas eximios: Teresa de Jesús y, sobre todo, Juan de la Cruz. Hago mía la experiencia de mi Santo Padre Juan de la Cruz, a quien le preguntaron un buen día cómo podía escribir esos poemas tan sublimes. Salvando la infinita distancia entre él y yo, respondo con sus mismas palabras, que unas veces lo busco yo y otras se me dan. Y pongo nombre concreto a esas voces sublimes de las que usted habla: JESÚS, el Hijo de la Virgen.

Cuál podría ser para usted el mejor destino de este llamado a la primavera…

El poema, sencillo por demás, nació a los pies del Sagrario, en la hora en que todo el Carmelo oramos en silencio siguiendo el carisma de Teresa de Jesús. Reconozco que me fue dado, pues no pensé en ningún momento escribir. Al difundirse, he comprobado que ha hecho mucho bien, ha llenado algunas horas de soledad, ha curado algunas heridas, y ha hecho que la antorcha de la fe se reavive en algunas personas que la tenían totalmente apagada. Esto me hace feliz. Me siento simplemente un instrumento en las manos del Señor del que Él ha querido servirse para regalar unas gotas de ternura y aliento a tantos que hoy están sufriendo.

Y sigo en ese sitio: al pie del Sagrario: ORANDO por todos. Es mi lugar, es mi vocación, es lo que da sentido a mi vida. Dios os bendiga a todos.

Si sabrá la primavera

que la estamos esperando…

Si se atreverá a cruzar

nuestros pueblos despoblados,

colgando en nuestros balcones

la magia de sus geranios.

Si dejará su sonrisa

esculpida en nuestros campos,

pintando nuestros jardines

de verde, de rojo y blanco.

Si sabrá la primavera

que la estamos esperando…

Cuando llegue y no nos vea

ni en las calles ni en los barrios,

cuando no escuche en el parque

el paso de los ancianos,

o el bullicio siempre alegre

de los chiquillos jugando.

Si creerá que equivocó

la fecha del calendario,

la cita que desde siempre

la convoca el mes de marzo.

Si sabrá la primavera

que la estamos esperando…

Cuando estalle jubilosa

llenando de puntos blancos

los almendros, los ciruelos,

los jazmines, los naranjos…

una lluvia de azahar

refrescando nuestros patios.

Y no vea que a la Virgen

la engalanan para el Paso,

y nadie alfombra sus pies

con pétalos y con nardos.

Que se ha guardado el incienso,

el trono, la cruz y el palio.

Y que Cristo, igual que todos,

está en su casa encerrado,

y no lo dejan salir

ni el Jueves ni el Viernes Santo…

¿Pensará la primavera

que tal vez se ha equivocado?

¿Escuchará los lamentos

de quien se quedó en el paro,

de quien trabaja a deshoras

por ayudar a su hermano,

de aquél que expone su vida

en silencio y olvidado?

¿Escuchará cada noche

los vítores, los aplausos

que regalamos con gozo

al personal sanitario?

¿Pensará la primavera

que tal vez se ha equivocado

y colgará sus colores

hasta la vuelta de un año?

Si sabrá la primavera

que la estamos esperando…

Que se nos prohíbe el beso,

que está prohibido el abrazo;

el corazón, sangre y fuego,

el corazón desangrado.

Si sabrá la primavera

que ya la estamos soñando…

Asomados al balcón

de la Esperanza, esperamos

como nunca, que ella vuelva

y nos regale el milagro

de ver florecer la vida

que hoy se nos va de las manos…

¡Bienvenida, primavera!

Hueles a incienso y a ramos,

con tu traje de colores

y los cantos de tus pájaros.

Ven a pintar de azul-cielo

esta tierra que habitamos.

¿No sentís que en este mundo

algo nuevo está brotando?

Si será la primavera

que está apresurando el paso…»

Lucía Carmen de la Trinidad. Carmelita descalza. (Antequera).

José Zepeda

Periodista, productor radiofónico, capacitador profesional.

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