Ha muerto Armand Mattelart. Uno de los grandes del estudio de la comunicación

Este es un homenaje de corazón.

De la travesía por el desierto al pensamiento crítico

 ¡Basta de silencios! ¡Gritad con cien mil lenguas, porque por haber callado ¡el mundo está podrido!

Santa Catalina de Siena

París… Junio… Fin de semana… Imprevistas lloviznas…

Ni el cielo ceniciento ni el velo de agua atenúan la fascinación…

Le Marais… barrio medieval con la Place des Vosges, la más antigua de la ciudad… Hasta hace poco se gozaba de cierta tranquilidad con poco ajetreo público. Hoy, con una invasión de comercios y de turistas, es cosmopolita, aunque sobrevive cierto encanto local e histórico.

Armand Mattelart nos recibe en su departamento, agradable, distinguido por la sencillez del dueño. 

A pocos metros, la cárcel en donde se recluía a los prisioneros de la Revolución Francesa… La Bastille…  Un poco más allá, varias sinagogas a las que van a orar no pocos judíos ortodoxos: largo traje negro, polaco de origen, infaltable kipá e inconfundible aspecto. Y más allá aun, el Memorial de la Shoah…

Armand Mattelart nació en Bélgica en vísperas de la Segunda Guerra Mundial, guerra que marcó su infancia. Después de terminar la escuela se unió a una orden secular de monjes en Bretaña en donde estuvo un año hasta que fue a seguir la carrera de Derecho y Ciencias Políticas en la Universidad Católica de Lovaina.

El Vaticano lo empezó a considerar como experto en política poblacional. De ahí que fuera enviado a la Universidad Católica de Chile en 1962. En Santiago de Chile se casaría con Michèle, su esposa hasta hoy.

Con el triunfo de Salvador Allende en las elecciones, se dedicó a las políticas de comunicación.

Después del golpe de estado del 11 de septiembre de 1973 volvió a Europa y retomó su carrera académica, primero como Catedrático Visitante en la Universidad de Paris VIII Saint-Denis. Después, Profesor tiempo completo de Ciencia de la Información y Comunicación. Ésta sería su mayor especialización.

Su vocación se podría definir por la necesidad de desentrañar los procesos de comunicación a partir de las relaciones políticas, económicas, sociales y culturales, en los que se gestan los movimientos. Para esto apela a la cultura y a los procesos de reproducción social.

Desde los 60 del siglo pasado su pasión es analizar los paradigmas de la comunicación social. Las cosas cambiaron… ¡Y muchísimo! Los tiempos de globalización reclaman una aproximación que rescate a la par los grandes aciertos analíticos del pasado y las nuevas proyecciones del presente.

Armand Mattelart conservó hasta su último día el espíritu crítico juvenil que le dio renombre mundial.

Esta entrevista es una de las 20 que grabamos juntos. Después de la primera entrevista con público me dijo que ese modo era mucho más entretenido que dar un discurso, por lo que se lo recomendaría a quienes lo invitaran en el futuro.

La mejor manera de honrarlo es escuchar lo que dice.

PARIS – LE MARAIS – Junio 2007

 ¿Es todavía válido el estudio de la comunicación desde la cultura y los grandes procesos de reproducción social?

¡Sí! Cada vez comunicación y cultura están más vinculadas. A diferencia de la percepción de hace apenas diez o veinte años, estamos obligados a tener una visión que considere cada vez más los procesos de producción concretos de la comunicación y la cultura.

¿Por qué?

Primero: hoy la cultura está en cortocircuito por la noción de comunicación.

Segundo: la cultura se volvió un elemento fundamental del aparato de producción industrial en lo que se llama la economía cognitiva o del conocimiento. La cultura en el sentido amplio: el conjunto de los modos de sentir, subjetividad, sociabilidad, esos elementos fueron proyectados para poder valorizar el capital, para entrar al fin, en lo que se llama economía del conocimiento.

La noción de información, de comunicación y de cultura entran en cortocircuito mutuamente y, al cabo, dan creación a una original materia prima de la nueva economía. No sólo a eso, sino también a una nueva manera de producir el consenso, la voluntad general.

La comunicación y la cultura deben estar asociadas porque forman parte de las bases de una sociedad que trata al fin de imponerse a nosotros.

– ¿Cómo se produce el corto circuito?

Hay que volver a una trilogía: información, comunicación y cultura.

Desde el principio la noción de comunicación fue contaminada por la noción de información, a fines de la Segunda Guerra Mundial, período determinante en el desarrollo de los sistemas de información y de comunicación.

La noción de información que se impuso responde a una definición mecánica, matemática que surge de la ingeniería de la telecomunicación en la que sólo se aborda el canal entre un emisor y un receptor. Se elimina la cuestión del sentido, de la cultura y de la memoria.

Esto no es abstracto. Es muy concreto: quiere decir que la noción trunca de la cultura y de la memoria es la que se impuso en los organismos internacionales.

¿Qué hace que, por ejemplo, ¿la Organización Mundial Del Comercio pueda pretender tratar de cultura después de haberla clasificado en el rubro “servicios” o que la Cumbre Mundial Sobre La Sociedad De La Información -un organismo técnico-, pueda tratar de la sociedad hasta el punto de hacer olvidar que se trata de sociedad y que se trata sobre todo de información?

¡Atención! El problema clave es lo que llamo desregulación, la desreglamentación de los términos que utilizamos para ver y para hablar del mundo.

En ese sentido cuando decimos “nosotros” hablamos de los sectores progresistas y democráticos, los que no cuidamos lo suficiente la cuestión del vocabulario, de las palabras con las que expresamos nuestras realidades.

Dentro de este proceso de desregulación, de tener una mirada estadística e instrumental de la comunicación, ¿cómo influye la aceleración de los tiempos? Con relación a los 70 hay una corriente que dice que es obsoleto, que ya no tiene sentido. Se van creando modas que pierden vigencia muy rápido y son reemplazadas por otras y así en lo sucesivo.  ¿Cómo influye esto en ese desencuentro entre comunicación y cultura?

Los 70 fueron -se podría decir- “inversiones de largo plazo”. Lo problemático es que se olvidaron de esas “inversiones de largo plazo” porque predomina una concepción de la historia encerrada en el presente. Lo que los historiadores llaman “presentismo”, la carrera hacia el hoy. Como decía Fernand Braudel: “El historiador, lo que hace, es ruido”.

¿Por qué los 70 fueron inversiones de largo aliento?

Durante los años 70 se discutieron temas que hoy están volviendo a la superficie, regresan al debate sobre el destino de la democracia confrontada a sistemas de comunicación cada día más complejos. Un solo ejemplo: el de un concepto que se volvió central en los debates en la Cumbre Mundial sobre la Sociedad de la Información como en la Convención sobre la Diversidad de las Expresiones Culturales­: la noción de “derecho a la comunicación”.Nace a fines de los 60 bajo la pluma de un antiguo pionero de la televisión francesa, Jean d’Arcy:

“No podemos seguir con un concepto de comunicación encerrado al final en una visión vertical de la entrega de un mensaje de un emisor a un destinatario. Debemos trabajar no sólo sobre el derecho a la información sino un derecho a la comunicación”. Y agrega:

Es necesario complementar este nuevo derecho humano como componente de los derechos sociales”.

En resumen, lo liga a la noción de espacio público participativo. Por eso cuando sostienen que todo lo de los 70 se esfumó, se reniega de una noción de historia.

En los últimos años lo que sucedió fue que gran parte de la clase intelectual, para justificar en definitiva su capitulación frente a la dirección que tomaban nuestras sociedades, negaron el concepto de historia.

Es sorprendente en todas estas realidades de la comunicación, de la sociedad de la información, que se tornaron cada vez más importantes a partir de principios de este siglo y sobre todo desde los atentados a las Torres Gemelas. Casi no hay ningún discurso sobre el avance de la sociedad del control y de la vigilancia. Lo que tiene una carga de gran intensidad es esta idea de la moda. Debería ser evidente que no es sólo moda. Es una ruptura en el pensamiento intelectual, en la elaboración crítica.

A partir de los 80, paralela a la desregulación de los sistemas de comunicación -telecomunicaciones, audiovisual-, se vio una desregulación completa del sistema conceptual de los intelectuales bajo el pretexto de que los 60-70 eran muy politizados. En simultáneo existió la misma trayectoria en los organismos internacionales.

La UNESCO se apartó por completo de las problemáticas. No pediría que retomara los viejos desafíos de los años 70, sí planteamientos para salvar conceptos que siguen siendo fundamentales como políticas de comunicación, concentración de los medios, políticas culturales, entre otros.

Uno mira los textos de la UNESCO sobre las políticas culturales y se comprueba que perdieron toda su fuerza incluso analítica, heurística… Se vaciaron desde el interior. Entonces hay que interrogarse sobre la manera en que los intelectuales se enfrentan a los nuevos desafíos políticos.

Hay un momento que es -si no la derrota- el punto más bajo de las aspiraciones de la creación de un Nuevo Orden Internacional de la Información. Termina en un fracaso. Luego con la caída del Muro de Berlín se termina una época. Usted asegura que hay una nueva ruptura con los atentados de Washington y Nueva York. ¿Significa que, pese a las adversidades que estamos enfrentando, es posible tener esperanza de avanzar por el camino de una renovación de las aspiraciones de un Nuevo Orden Internacional de la Información?

Existe, en efecto, una ruptura seria en el sentido de que la caída del Muro de Berlín provocó como efecto principal la creación de nuevos mitos. El fin de la historia, la información –digámoslo en manera suave- el soft power de resolver los problemas del mundo.

Es singular lo de la creación de nuevos mitos alrededor de la comunicación para integrar en forma tranquila a los pueblos y a las naciones que aún no están en el mercado global. Es fundamental. Basta mirar los textos de Francis Fukuyama.

También es preciso ver la ruptura de septiembre de 2001. Lo que se tiró con las Torres Gemelas es justo gran parte de esta mitología del fin de las ideologías.

A partir de septiembre de 2001, preparado por los años 98-99, hubo un repunte de la reflexión crítica sobre el mundo. Desde principio de los 80, que coinciden con el retiro definitivo de todos los temas problemáticos de la UNESCO y de los organismos internacionales, se entra en lo que llamaría una travesía por el desierto del pensamiento crítico.

Y ahí irrumpen las modas. Una travesía por el desierto, en particular de los organismos internacionales que antes creaban, por ejemplo, el Comité de Regulaciones de las Transnacionales. Había un estudio de las transnacionales fundado por Naciones Unidas después de la caída de Salvador Allende -un efecto paradójico, por lo positivo-, del drama que se vivió en Chile. Se dieron cuenta de que había que trabajar de manera crítica sobre esta necesidad de regulación de las sociedades transnacionales. Todo eso se hundió. Se puede decir que hubo durante años una “glaciación” de los debates.

Con el 11 de septiembre del 2001 coinciden índices de resistencia en contra del modo global de integración que propone el neoliberalismo.

Hablando de utopías… Internet, que calificó de tecno –utopía, esa creencia de que la aparición de este nuevo y maravilloso instrumento va a resolver muchos de los problemas de la humanidad, lo que usted nunca creyó… 

Desde que trabajo sobre la comunicación leí muchos textos tecno-utópicos. Desde las primeras tecnologías, el telégrafo óptico, el telégrafo a mano, el telégrafo mecánico, en el que se movían dos brazos que significaban las letras, inaugurado en la Revolución Francesa, ya los revolucionarios tenían un discurso acerca de lo nuevo.

Si saca el telégrafo mecánico puede aplicar esta misma idea en los discursos de Bill Gates o de Nicholas Negroponte o de Al Gore sobre la reconciliación de “la gran familia humana” que, de hecho, es una idea eclesiástica, ya que los cristianos habían forjado este sueño mucho antes. San Juan habla de la necesidad de reconciliar a la humanidad. El caso es que los laicos, que también tienen su lado religioso, aplicaron esta idea de hermandad universal a las técnicas y, para cada técnica, desde la aparición del telégrafo manual, pasando por el ferrocarril, la electricidad, el telégrafo eléctrico, el cine, entre otros, se planteó cada nuevo descubrimiento como un instrumento de salvación de las desigualdades sociales.

Internet no se escapó a esta teoría. El hecho de que critique la tecno-utopía no significa que piense que las tecnologías no nos ayudan a pensar el mundo y a impulsar el avance de la humanidad.

Es real que las tecnologías también crearon más lazos, más vínculos entre los humanos y entre las culturas. El problema es la función que se le asigna a las tecnologías como determinante único, el tecno-determinismo. Es verdad que con Internet al fin tenemos un instrumento que parece en efecto interconectar al mundo.

A la vez, el propósito de Internet de difundir una idea de ciencia infusa, infundida, da la impresión de que basta explorar el océano de información de Internet para recibir la revelación de cómo interpretarlo, cómo hacer ensamblaje para darle sentido al mundo.

Otro es el hecho de tener en nuestras manos un instrumento de información dispersa que deviene en un instrumento de resistencia al sistema. Cuando contabilizamos el número de blogs, el contenido que sirve en serio a la discusión sobre el espacio público, sobre la democracia de lo cotidiano, es reducido. Este inconveniente es real porque el concepto original de la web está construido sobre una visión individualista.

Algunas aclaraciones: desde el punto de vista crítico… ¿no niega el hecho de que las potencialidades de Internet son inmensas, que por primera vez un medio que reúne a todos puede interconectar a todos con acceso fácil, que las grandes mayorías usan, incluso jóvenes sin dinero para comprarse una computadora van al cibercafé a conectarse y participar de la comunidad virtual?

Es un hecho esencial. A partir de mi pequeña experiencia es verdad que la llegada de Internet hace que uno -incluso si no encuentra sus hipótesis, sus intuiciones para escribir libros- cuando sabe hacerse las preguntas pertinentes “hace un salto” en la reflexión, no sólo individual sino también en el trabajo compartido con colegas repartidos alrededor del mundo.

Hay una potencialidad para la construcción de un pensamiento cosmopolita a partir del respeto de las diferencias.

El problema mayor es que no se puede analizar la entrada en nuestras vidas en Internet sin ver la evolución de otros modos de acceso al poder del conocimiento y a las instituciones productoras de información, de comunicación y de cultura.

Internet es el reflejo del conjunto de la sociedad, a la vez que otros grupos van en contra de la posibilidad real de democratización de la información.

Siempre les digo a mis alumnos:

“Está muy bien aceptar la idea de que Internet es fundamental para la democratización de la información del conocimiento, aunque eso no debe llevarnos a un nuevo mito porque, al costado, hay de luchas y combates que siguen siendo fundamentales, por ejemplo, la manera en que el monopolio de los conocimientos en el mundo -técnicos y otros- creció desde principios de este siglo.”

Es conveniente tener las dos miradas, la tecnología de hoy es incontrovertible, pero los conjuntos de las estructuras de producción de conocimiento también avanzan y siguen siendo apuestas para la democracia.

El problema no es Internet. Es la manera cómo se construye un argumento, un análisis. Es recomendable hacer distinción entre el entusiasmo y la manera de apropiarse de las tecnologías.

Aunque Internet lleva a la movilización…

Internet no es todo… Sin embargo, es mucho… Se observa en la visión del movimiento social o incluso del mundo asociativo que es un elemento de movilización, de construcción de un pensamiento crítico, que se opone al pensamiento único.

La reflexión lleva tanto a criticar Internet como a utilizarlo para hacerla un instrumento de reflexión para la acción. Gran parte de las asociaciones democráticas en el mundo lo entienden así.

En América Latina cada vez que se buscó la igualdad, salió perdiendo la libertad y cada vez que se buscó la libertad, salió perdiendo la igualdad. ¿Es factible combinar allí igualdad y libertad?

Eso no vale sólo para los medios. Eso es dramático. Sobre todo, ahora en que el dilema se complicó por la intervención de otra dicotomía: libertad y seguridad.

El desafío es encontrar un equilibrio, darse cuenta de que es necesaria la pluralidad en la expresión pública. Por eso, el requerimiento de reflexionar tanto sobre el sector privado a partir de su obligación frente a la sociedad para rendir cuenta de la explotación de un bien público porque vive en una sociedad en donde no debería actuar sólo a partir de intereses empresariales y lógicas publicitarias o mediáticas.

Es anormal que algunos países tengan monopolios de prensa o de televisión y casi inexistencia de medios públicos. Se realizan escasos planteamientos sobre lo que es un servicio público.

La crisis de la democracia sobre la que se habla tanto… ¿Por qué se produce? ¿Los partidos políticos no están a la altura de las circunstancias, no tienen respuestas para los desafíos de hoy o la sociedad va adelante de los partidos políticos?

Es complicado… Que los partidos entraron en crisis es evidente… Me es imposible privilegiar el eje de los movimientos porque tampoco tienen la solución. También es parte de la crisis la manera cómo los partidos encaran el trabajo con los ciudadanos. Hablamos de los medios… Pero éste es un asunto primordial. Es que ahí está todo el campo abandonado por los partidos de izquierda. Es un vacío que penetra en cada individuo, que forma mentalidades. Es una crisis de una forma de organización.

No hay que olvidar que la represión fue brutal. Es esa violencia la que permite que el modelo ultraliberal en América Latina fuese aplicado con ferocidad. Hubo recesión, retrogradación, incluso a nivel antropológico del pueblo. Lo que ocurrió en Chile, diecisiete años de dictadura… Y el país se transformó por completo… No digo en relación a los años de la Unidad Popular -eso no, sería demasiado partidista-, en relación con la idoneidad de un Chile que conocí mucho porque durante once años tuve la ocasión de viajar por el país haciendo encuestas, dialogando con la gente. Lo que es tremendo es esta visibilidad de lo que era antropológicamente el país. Escojo el caso chileno, aunque los procesos neoliberales de América Latina redujeron gran parte de la imaginación social. Allí queda, de todos modos, el estigma de la barbarie y de los proyectos de ajuste

 

José Zepeda

Periodista, productor radiofónico, capacitador profesional.

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