Guatemala: lo mataron cuando tenía 14 años. Hoy se enciende una vela en la justicia

El Ministerio Público de Guatemala afirma que el 27 de septiembre de 1981, en Santa Lucía Utatlán, Sololá, fue detenida Emma Guadalupe Molina Theissen, en un retén militar de control de carreteras. Emma llevaba escondida propaganda de estudio y discusión política. Sus captores la llevaron a la Zona Militar “GMLB” de Quetzaltenango. Fue torturada y violada. Después de nueve días logró escapar y es acogida por círculos solidarios y se traslada a México y posteriormente Costa Rica, en donde vive actualmente.

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Pocos días más tarde de la fuga, el seis de octubre, tres elementos del ejército vestidos de civil, llegan a la casa de la familia Molina Theissen en la 6a. avenida 2-35 zona 19, y se llevan a Marco Antonio Molina, hermano de Emma Guadalupe.

Tras la fuga de la detenida se puso en marcha una operación especial de inteligencia para recapturar a Emma. Esa operación fue, según el Ministerio Público (MP), orquestada por el director del G2, del Estado Mayor del ejército, el general retirado Manuel Callejas, ahora detenido, acusado de desaparición forzada.

La operación tenía como objetivo tomar un rehén para que la fugitiva se entregara a los miembros del ejército. Emma nunca se enteró del secuestro, aunque mejor hay que hablar de una detención ilegal con desaparición.

Los padres se vieron enfrentados a una realidad dolorosa e imposible porque ellos querían lo imposible, resguardar y salvar al hijo, a Marco Antonio Molina Theissen. No había ninguna certeza, que entregando a Emma -algo que una madre y un padre jamás podrían hacer porque sería mandarla a una muerte segura y tormentos innombrables- salvarían la vida del pequeño. Era una falsa expectativa. Por eso guardan silecnioo ante la hija. Los asesinos pusieron a toda la familia ante el dilema de la vida y la muerte, en un acto de extrema crueldad.

Marco Antonio como único varón de la familia, era como un juguete para las niñas de la casa. El padre jamás recuperó del este golpe aciago. No podía creer que hubiese gente que se arrogara la potestad de decidir sobre la vida y la muerte de los guatemaltecos.

Ahora, después de varias décadas, Lucrecia estuvo en la sala con los imputados. Fueron circunstancias que hicieron revivir cuatro veces, debido a los cuatro imputados, la tragedia. Los hechos vuelven a victimizar a los familiares. Incluida la madre de Lucrecia y Emma que tiene 81 años y exigió estar presente en la sala.

Cabe preguntarse si los acusados recuerdan lo sucedido. Fueron tantas las víctimas y tantos los suplicios que no es descartable que nombres y cuerpos maltrechos sean parte de una suma y no de seres con rostro concreto. Con nombre y apellido. Según Lucrecia los rostros de los inculpados eran un enigma. Hasta tal punto que tuvo el deseo de preguntárselo:

Lucrecia Molina Theissen
Lucrecia Molina Theissen

“porque finalmente son seres humanos, como usted o como yo. Actuaron por planes elaborados desde la misma cúpula del poder para perseguir al enemigo interno. Un concepto tan laxo que incluyó niñas y niñas, mujeres indefensas, no combatientes, incluso seres que aún no habían nacido”.

Habrá que esperar el desarrollo del juicio, pero desde ya los logros son significativos. Se cumplido la primera fase, que es escuchar las imputaciones, ligar a los detenidos a proceso y tenerlos en prisión. Restan todavía dos fases en las que las conquistas alcanzadas podrían revertirse y los acusados salir en libertad por falta de méritos, salud, edad o cualquier otro artilugio conocido de ampliamente en Guatemala.

Marco Antonio no va a volver jamás. Por eso el objetivo es la justicia. Y los familiares van a requerir una gran entereza, el apoyo interno de personas y organizaciones, y externo, de la comunidad internacional.

Los juicios a estos militares es una verdadera confrontación entre quienes aspiran a una democracia con justicia igualitaria para todos, tanto por lo sucedido en el pasado como en el presente. ¿Por qué en el presente? Porque muchos de los implicados en las más graves, sistemáticas y masivas violaciones a los derechos humanos, son los delincuentes de la actualidad. Es decir, hay una línea de continuidad entre lo sucedido durante el conflicto armado interno y los hechos de violencia, delito, corrupción y connivencia de ex oficiales con el crimen organizado. Se han reconvertido las estructuras de la represión en maquinarias para delinquir a gran escala. Por ello la búsqueda es condenar la criminalización de la disensión, la búsqueda de un libre juego de ideas, la búsqueda de que si alguien viola los derechos humanos los guatemaltecos tengan en la justicia un ente protector y defensor de la vida como no la han tenido.

Estas fuerzas sociales tienen como contrapartida a quienes desean mantener el sistema de impunidad que los protege en contra de situaciones como las que viven ahora, vale decir, ser considerados sospechosos de crímenes de lesa humanidad, ser encarcelados y acudir a los tribunales engrilletados como cualquier acusado.

Se trata, en todo caso, de una disputa asimétrica. El movimiento de derechos humanos es hoy perseguido y criminalizado, ahogado financieramente. Los países donantes, entre ellos los europeos, dirigen su mirada hacia otras latitudes. El dinero del mundo está en otro lado. Lucrecia se despojaría hasta del último centavo por ver que el proceso camina y la justicia se impone. No hay dudas en esto, se necesita ayuda económica para solventar los gastos de investigación y la búsqueda de pruebas. Sin ir más lejos el actual proceso lleva 18 años.

Fue recién el 26 de abril de 2004 el Estado de Guatemala debió reconocer su responsabilidad en la desaparición del menor ante la Corte Interamericana de Derechos Humanos, instancia que condenó al Estado y ordenó buscar a la víctima, investigar y sancionar a los responsables materiales e intelectuales del hecho.

En los días que corren Oficina del Alto Comisionado de Naciones Unidas para los Derechos Humanos ha manifestado su complacencia porque Guatemala someterá a juicio a once ex militares por crímenes contra la humanidad cometidos en la década de los 80, durante la guerra civil en ese país.

El lunes de esta semana, una jueza de Guatemala dictaminó el procesamiento penal de esos militares retirados, acusados de desapariciones forzadas y otras atrocidades. Además de los once ligados a proceso, tres militares se encuentran en arresto domiciliario a la espera de que concluyan nuevas investigaciones de la Fiscalía General.

La portavoz de la ONU, Ravina Shamdasani, dijo que “Por primera vez se identifica a una cadena completa de mando implicada en desapariciones forzadas y crímenes de lesa humanidad, desde los presuntos ejecutores hasta los instigadores de los abusos”.

Junto a este grupo de arrestados se sumó el 6 de enero a los cuatro ex militares señalados como los responsables en la desaparición forzada de Marco Antonio Molina Theissen.

¿Podría una mujer como Lucrecia perdonar lo que le hicieron a su pequeño hermano?

Sin justicia, no. El perdón es algo muy personal. Yo quiero justicia, no quiero venganza. Me es muy difícil perdonar a hombres desalmados que arrancaron de los brazos de mi madre a mi hermano. A hombres que ordenaron a tropas que violaran a mi hermana. No tengo esa grandeza de alma. Soy una persona muy común, muy corriente. Me declaro realmente incompetente. De perdonarlos tendría que, en primer lugar, escuchar un pedido de perdón. Ver, sentir, una muestra de arrepentimiento. Saber que ellos van colaborar, compadecer en términos de sentir con nosotros el dolor, que hemos llevado a cuestas todo este tiempo y que hemos sobrevivido  a la muerte que nos infligieron con la desaparición de mi hermano. Saber que nos van a decir dónde está enterrado mi hermano, qué le hicieron, cuándo murió. El perdón no puede ser un acto unilateral en  hechos tan violentos, dolorosos y torturantes, y una disposición de la parte agraviada para escuchar. Además tendríamos que vernos unos a otros como seres humanos. Ellos me ven a mí, a mi hermana y vieron a mi hermano como un objeto matable, desaparecible, torturable. No me ven como una persona, no tengo derechos. Yo los veo como unos presuntos criminales. Si yo lograra ver eso, a lo mejor podría perdonar. Pero en estas circunstancias en las que estoy y en las que he vivido todo este tiempo, que nadie me pida que perdone.

 

José Zepeda

Periodista, productor radiofónico, capacitador profesional.

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