Argentina está más cerca del siglo XIX que del XXI

Un pensador independiente. Un poeta, filósofo, traductor y profesor. Unas ideas que siempre regresan: libertad, institucionalidad, respeto al otro, el valor de la palabra, la pluralidad del pensamiento. En Radio Media Naranja, Santiago Kovadloff.

Kovadloff2Acto primero. Lo general
Su libro La nueva ignorancia, comienza hablando, y no es casualidad, sobre la enseñanza de las catacumbas, durante la pasada dictadura militar argentina. Así me gustaría comenzar, con la enseñanza porque creo que cuando se pregunta sobre ella solo se abarca el primer tercio, su importancia. Pero queda rezagado el 66%: Qué educación y de qué manera enseñarla en una época enamorada de las nuevas tecnologías y en la que las humanidades son vistas con desdén cuando no con franco desprecio.

Le diría primeramente que una cultura de catacumbas es un ensayo breve que escribí durante los años de la dictadura militar y a raíz de la expulsión de muchos de aquellos, que en aquel entonces, éramos profesores universitarios y el autoritarismo militar vio en nosotros figuras subversivas, de modo tal que nuestras enseñanzas, nuestras cátedras, nos fueron arrebatadas para impedir la proliferación de nuestra, llamémosla así: ideas envenenadas.

Una vez que fuimos expulsados de la universidad muchos de nosotros decidimos proseguir nuestra enseñanza en forma privada, constituyendo grupos de estudio a los que concurrían muchos de los alumnos que habíamos tenido en la facultad, en el momento previo a nuestra expulsión y otros, que enterados de la actividad que realizábamos se unían a los primeros con la idea de ir generando espacios de reflexión democráticos, que lo eran en la misma medida en que estaba habilitada la discusión sin restricciones ideológicas, en la medida en que nuestro propósito era preguntar y repreguntar, desplegar el espíritu crítico, someter los contenidos transmitidos a una consideración de diálogo que permitiera una convivencia entre todos aquellos que no coincidiendo, quizá, en la interpretación, sí coincidíamos en la convicción de que una buena convivencia se asienta en esta capacidad de discutir con libertad.

Pasada la dictadura militar, sobre la que cabría decir todavía muchas cosas, cuarenta años de aquel momento, algunos no hemos vuelto a la universidad pero sí hemos continuado enseñando y lo que advertimos, concretamente a su pregunta, es que la idealización de cualquier forma de conocimiento, en este caso quizás la tecnología y las llamadas ciencias duras lleva fatalmente a la unilateralidad, que es al reduccionismo, es decir, a una manera de concebir el conocimiento restringido a una sola perspectiva.

El humanismo no pretende reivindicar el monopolio del  conocimiento, pero sí, de alguna manera, mostrar que hay cuestiones que trascienden el campo del cálculo y que tienen que ver con los valores, con el sentido de la convivencia, con las grandes emociones que agitan la vida humana, entre ellas, la experiencia del amor y de la muerte y que es imperioso entonces, volver a salir de las catacumbas, de la unilateralidad en este caso, para avanzar en el campo de una integración plena, fuertemente abierta a la interdependencia y la diferencia entre las formas de conocimiento científico y humanista.

“La Argentina es una sociedad donde la experiencia no logra transformarse en enseñanza”. Es una aseveración suya. Es cierta. Dicho lo cual ¿no tiene la impresión que los pueblos, hablo en general, desgraciadamente no aprenden de la experiencia, mucho menos de las más dramáticas. Cuando se grita con anhelo desgarrado: ¡nunca más!, uno se pregunta cuándo y dónde será el próximo exterminio. Europa, África, medio oriente. A veces pienso que decir que hemos aprendido es un falso consuelo.

Creo que usted tiene razón, lamentablemente. Los pueblos aprenden, si algo aprenden, es a estar atentos ante el resurgimiento de las formas de autoritarismo, totalitarismo y exterminio que se multiplican en nuestra especie junto con las generaciones que se van sucediendo. Los hombres aprenden una cosa, a discernir con claridad cuando lo que nunca se termina vuelve a reconfigurarse para reaparecer bajo otras consignas, pero con una misma finalidad. Es muy posible que el nacional socialismo no vuelva a reaparecer con las formas que tuvo en la década del 20 y del 30, pero no cabe duda que el espíritu discriminatorio, racista, intolerante, antidemocrático y fuertemente marcado por la necesidad de gobiernos autoritarios no ceda como anhelo de muchos sectores de nuestra sociedad. Por eso es importante homologar el aprendizaje no a la esperanza de terminar de una buena vez con el mal, sino a capacitarnos para vivir combatiéndolo generación tras generación.

Dice así:

A Luis, el óptico, solía verlo detrás del mostrador.

Ya no es así. Hoy es su padre, óptico también,

quien luego de ajustar su audífono al oído

me abre con su llave la puerta del negocio.

Corren tiempos duros. Ya no hay puerta sin cerrojo.

La calle se ha vuelto incierta;

abundan rejas, trabas, vidrios blindados.

Todo es miedo y prevención,

aliento en la nuca, algo oscuro.

Cuando pregunto por su hijo, el viejo,

tomado por sorpresa, me mira desvalido

como si yo hubiera franqueado

el umbral de lo indecible:

la boca entreabierta, los ojos sin norte,

una grieta súbita en los gestos.

Luego, encorvado y mudo,

se pierde detrás del mostrador.

¿Me oyó? ¿Responderá?

¿Abismo o deficiencia?

¿Sordera o lo innombrable?

No responde. Al rato,

alzando el tono, preguntó:

¿En qué puedo servirlo?

Esa fórmula bella, en desuso,

traída de tan lejos,

lo probó: estábamos de vuelta

al amparo de lo estable.

¿Simulaba el óptico?

¿Rearmó su corazón?

Importa poco.

Bastó para darme abrigo,

impulso para extenderle mis anteojos.

El arco… —me oí decir—.

Él los tomó en su mano ajada

y la tarde se rehízo, tibia y diáfana a la vez,

de espaldas a todo lo que excede las palabras

y hace de nosotros seres pobres,

inermes, desoídos.

Dos preguntas sobre óptica concorde, que así se llama este poema suyo.

La inseguridad mata, y a pesar de tamaña gravedad, dice una encuesta que el 81% de los argentinos lo considera el problema más grave, quienes tienen la obligación de combatirla intentan ignorarla por todos los medios posibles y al actuar de esa forma la perpetúan ¡Por qué!

Vea usted, permítame decirle que ha leído usted magníficamente mi poema. No es usual que la interpretación oral de un texto poético se ejecute con la expresividad con que usted lo hizo. La poesía para vivir necesita ser plenamente interpretada por la voz, porque, de lo contrario, la lectura puramente visual no le brinda al texto toda su posibilidad comunicativa.

En segundo lugar desde que se ha producido el cambio de gobierno argentino, en diciembre del año 2015, se ha empezado a organizar, desde el poder político no solo una denuncia sistemática de las formas que ha tomado entre nosotros el ejercicio de la violencia en todos sus sentidos y la siembra de inseguridad consecuente, sino que además ya empieza a haber evidencia de que la justicia, rompiendo con el mutismo y la pusilanimidad en la que se mantuvo durante tanto tiempo, a lo largo de los últimos trece años, empieza a dar pruebas de que es capaz de inscribir el delito en el castigo que le corresponde, sea esta la forma que tuviere.

Pero lo cierto es que sí, la Argentina sigue siendo una sociedad todavía sumamente expuesta a la fragilidad que le impone la impunidad del delito. Se la está combatiendo, pero falta mucho todavía, acaso porque la injusticia social sigue siendo muy grande y la complicidad del poder político lo es también, con todas aquellas formas de transgresión de la ley en la que vivimos.

Pese a todo ello ha empezado un período novedoso, en el cual la impunidad será al menos combatida, no tolerada como lo ha sido hasta ahora.

La otra pregunta tiene que ver con una hermosa sutileza del poema. Y es que a veces, bastan unas palabras amables para reconocernos en el otro. Como si ese ‘¿en qué puedo servirlo?’ contuviera todo lo que necesitamos para sentirnos próximos, compartiendo como iguales el aire viciado que nos toca respirar. La o las palabras como conjuro.

Bien lo dice usted. La hospitalidad de un gesto es a veces sanadora. A veces permite reconocer a un prójimo y reconocernos a nosotros mismos en él. No hay duda alguna que en la Argentina hemos sabido encontrar, muchos de nosotros, en esa solidaridad y cercanía un espacio moral de resistencia que ha sido fundamental para quienes a pesar de las amenazas -de las condenas de quienes tuvimos que enfrentar la violencia con que se reaccionó ante nuestra demanda de república y espíritu democrático- pudimos sentir que no estábamos solos.

Me sumo a su convicción de que no es posible ningún desarrollo sin cultura. Lo paradójico es que lo que menos importa actualmente es precisamente la cultura. Como dijo en octubre del 2010, el ministro italiano de economía Giulio Tremonti al responder a las críticas que se le hicieron y que cuestionaban cómo iban a mantenerse los sitios arqueológicos, los teatros, los museos, las bibliotecas, los archivos históricos, las fundaciones líricas y cientos de instituciones más, incluidas las universidades. “De la cultura no se come”, dijo Tremonti. “Y si no, les recomiendo hacerse un panino (o sandwich) con la cultura, podemos comenzar con La Divina Comedia, a ver si se lo comen”

Ahí está en juego la idea de que no necesariamente lo real es lo útil en sentido convencional. Las emociones fundamentales del hombre, son, en un sentido eminente, perfectamente inútiles. Para qué sirve la amistad, para qué el amor, para qué sirve la perplejidad con que podemos despertar una mañana, para qué la emoción inigualada de haber sido uno, por una única vez. Son emociones inútiles, es decir, cuya riqueza primordial no es rentable en términos estrictamente materiales. Pero son fundamentales porque permiten que el hombre descubra el enigma de su presencia en la existencia.

Todo lo que tiene que ver con la cultura en un sentido primordial tiene que ver con la posibilidad de que la existencia se abra al abismo imponderable de una conciencia como es la nuestra, que no alcanza a concebir el infinito que habita y, al mismo tiempo, es sensible al impacto de esa imponderabilidad de su propia vida.

De manera que en cierta medida vivimos en sociedades que no promueven la cultura porque todo lo quieren hacer caber bajo la bota del dominio y de la materialidad. Pero, al mismo tiempo, es verdad que también en este orden de cosas vivimos combatiendo esa ceguera, no porque tengamos una luz alterativa, sino para impedir que el hombre achique o escriba en lo mezquino las posibilidades espirituales que nuestra especie tiene.

Siglo XX. Seis golpes de Estado en Argentina: 1930, 1943, 1955, 1962, 1966 y 1976. Tesis: Los regímenes militares se han ido pero no se ha marchado la cultura totalitaria que los caracterizó y absorbió por ósmosis parte decisiva de la sociedad. No busco excusar a nadie, aunque parece probable que el desprecio por la vida de los “enemigos de la patria”, por las instituciones, junto a la corrupción y la negligencia son herencia de ese pasado dictatorial acrecentada con entusiasmo en el presente.

Sin lugar a dudas. Ninguna sociedad, en términos amplios en lo que significa una cultura comunitaria sale indemne de semejante experiencia reiterada, cuyo eje significativo fundamental es la idea de que el poder debe someter a la ley. Es decir, a la vida constitucional. Nosotros somos sobrevivientes de esa catástrofe que ha logrado, sí, quizá, en estos últimos treinta años que los golpes de estado no se repitan. Pero, el autoritarismo es también un signo distintivo de todas aquellas personalidades del campo de la cultura civil, la no militarizada, que participa en el orden de lo político, en el escenario del poder, que está enmarcada por la misma intolerancia.

Un largo aprendizaje se ha empezado a desarrollar en este país, con idas y venidas. Es aprender a vivir dentro del orden constitucional. Seguimos siendo, no obstante, un país que está más cerca del siglo XIX que del XXI. El tránsito al tiempo en el que vivimos es posiblemente el proyecto cultural y político más importante que debe emprender la dirigencia argentina para ir transformando esta sociedad en una sociedad contemporánea de la hora en que le tocó vivir.

Amos Oz, gran escritor, tiene como uno de sus argumentos favoritos en contra del terrorismo el que el terrorista carece de humor. Me gustaría ampliar el concepto y decir con usted que son incapaces de recibir alegría. Es dable imaginar que existen seres humanos que perdieron por el camino ese don de la alegría.

Creo que no. Lo que sí es dable pensar es que el fervor, el entusiasmo a los que está asociada la alegría, cuando no la representan directamente, en el caso del pensamiento terrorista, de la sensibilidad del extremismo, está el de cumplir con un ideal fanático, ya sea matar o morir. Son ideales que están involucrados en esta concepción: que la felicidad, si la homologáramos a la alegría está vinculada a la siembra y a la cosecha de la muerte, de la violencia. Entonces en un sentido podemos decir que el terrorismo desconoce la alegría si pensamos que ella nace normalmente de un encuentro amoroso por la vida.

Acto segundo. La Argentina de hoy

El término del gobierno kirchnerista lo vivió mucha gente con esperanza porque supuso la posibilidad de un retorno a las instituciones y el fin del autoritarismo. A poco andar, cuatro meses, el gobierno del presidente Macri pierde 10% de su aceptación por el aumento de los precios del agua, la luz, el gas y por despido de 11 mil empleados del sector público. Ya sé que cuatro meses son poca cosa, pero la coyuntura no pinta auspiciosa.

Ahí tiene un ejemplo de uno de los desafíos más profundos que enfrenta el actual gobierno. Esta administración tiene un proyecto de transformación estructural del país. Eso fatalmente hace que muchos de los beneficios nacidos para la gente más necesitada, de un estado paternalista que prefirió sumir a la república en un empantanamiento con respecto al desarrollo, vació las arcas del estado para distribuir recursos que era incapaz de producir. Es natural que la gente más necesitada viva el desafío presente con la ansiedad, el padecimiento y el dolor, con que a veces se viven estas circunstancias cuando no se tienen recursos para salvar las exigencias del día a día.

El gobierno tiene que aprender a conciliar los proyectos de mediano y largo plazo con la satisfacción de las necesidades básicas del momento. Hay iniciativas, en este gobierno, orientadas en esta dirección que se ponen de manifiesto en los precios adjudicados a algunos productos de primera necesidad, en los importes que se dedican a la ayuda familiar por hijo. Pero, nada de esto, por un lado es debidamente difundido por el gobierno y el por otro, no cabe duda de que no basta.

Si el gobierno no supera esta disyuntiva entre las demandas que impone la inmediatez y los proyectos de largo plazo que permitan rehacer el ideal de una república institucional y económicamente sólida, va a terminar pareciéndose a todo lo que lo precedió.

La frase de moda en Argentina es Que vayan todos presos. Usted se imagina a la ex presidenta Cristiana Fernández detrás de las rejas. Lo pregunto porque si hay algo que caracteriza también a la Argentina hoy es el descreer de todo, especialmente cuando se trata de la justicia. Para mayor escarnio, la ex presidenta asegura ante la justicia que tiene “los fueros del pueblo”. Ella se vive como la heroína del pueblo, la víctima propicia, que los malditos de siempre quieren destruirla para evitar la victoria de la revolución y el cambio.

Es así. De hecho la ex presidenta se postula como líder y mártir. Líder de los más necesitados. Mártir de los menos necesitados y expoliadores de las necesidades populares. Su discurso es viejo, sin dejar por eso de ser elocuente, puesto que ella se expresa con una intensidad que cautiva a los sectores que la apoyan, que no son mayoritarios, pero son reales y tienen un protagonismo importante en el país. De todas maneras yo le diría esto, no puedo asegurar que ella irá detenida, pero sí puede afirmar con toda seguridad que es indispensable que la justicia no privilegie el delito como un límite a su propio accionar. Si no lo hace este gobierno está perdido.

Hay un ensayo en su libro más reciente que lleva el título la media verdad que nos falta (Las huellas del rencor). Sintetizo, conocemos con bastante precisión lo actuado y lo perpetrado por la dictadura, pero carecemos del conocimiento más exacto de los actos terroristas llevados a cabo, antes de 1976, por aquellos que se autodenominaban representantes armados del pueblo. ¿De qué forma afecta al presente este olvido inducido?

Aquí tocamos otro punto clave de la cultura política de mi país. Es innegable que aquí se ha desarrollado una visión del terrorismo que ha estado, justamente, homologada al terrorismo de estado practicado por la dictadura militar que se instauró en 1976. Digo justamente e insuficientemente, porque el apego a la violencia como recurso de transformación política, la concepción del asesinato político como una herramienta de esa transformación y de búsqueda de acceso al poder tuvo vigencia con independencia de los golpes militares, en quienes se dijeron fuerzas armadas del pueblo o ejército revolucionario del pueblo o montoneros. Todas esas fuerzas aspiraban a emplear un mismo recurso, el crimen, la violencia, el asesinato, la ruptura del estado constitucional, para instaurar en el país algo muy similar en términos de autoritarismo, de violencia y reflexión, a lo que combatían.

Lo que sí es cierto es que los gobiernos que accedieron democráticamente al poder a partir de 1983 no profundizaron un procedimiento equitativo en el juzgamiento de los delitos de lesa humanidad (687 muertes, miembros de la policía y el ejército, 54 empresarios y 24 sindicalistas. Cita tomada del ensayo de Kovadloff). Es así como la mayor parte de quienes representaron el pensamiento guerrillero, que jamás se arrepintieron de haberlo hecho siguen libres, nunca han sido juzgados y, lo que es peor, siguen siendo idealizados, a veces por los mismos gobiernos, como ocurrió en el caso de quienes en el gobierno anterior se dijeron representantes del espíritu libertario de esos jóvenes que, en aquel entonces, murieron y mataron a lo largo de muchos años.

Acto tercero. Los medios

Le confieso que he leído y compartido con entusiasmo muchas críticas a la televisión, pero nunca me había topado con una de tal intensidad como la suya: “Quién entre nosotros, aquí en Occidente, no soñó alguna vez (y en realidad más que una) con un decreto de nítido corte talibán que sentenciara a muerte a la televisión, es decir a ese canal por el que corre la inmundicia audiovisual y que tanto ha contribuido a hacer de la ciudadanía un tropel de ovejas inermes o espíritus carroñeros que se deleitan con la podredumbre como si se tratara de un bien”. Como diría un argentino ¡Qué bárbaro!

Yo no estoy, como usted comprenderá reclamando un decreto talibán.

Por supuesto que no.

Digo que los talibanes aspiraron a hacer eso con la televisión y lo llevaron adelante. Lo que sí creo es que la barbarie audiovisual, sea cual fuere el formato que tenga, tampoco dejará de existir jamás, pero tiene que ser mejor combatida a través de propuestas alternativas que sepan encontrar apoyo en la educación propicia como para que se las valore. De lo contrario, el entretenimiento asociado a la enajenación, a la distracción, a la imposibilidad de unir la distracción a la belleza y a la profundidad terminará por hacer que el hombre se convierta en esto que Sartori llamó el homo videns, un individuo que ha claudicado del pensamiento para resumir su presencia ante la pantalla como un puro par de ojos.

Sigo con los medios. Al hablar de la voz, me encuentro con esta afirmación suya: “si la voz realiza debidamente su trabajo, quien la escucha ingresará por su intermedio en ese ámbito de credibilidad inigualada que es la emoción de oír la palabra”. Quiero creer que aquí está una de las claves fundamentales que explican que la radio, goce todavía, pese a su vejez relativa, de tanta popularidad porque se basa precisamente en la palabra hablada.

Tengo la impresión de que el escuchar despierta en nosotros un grado tal de percepción que rebasa ampliamente la captación primordialmente visual. En los medios en los que prepondera la imagen la palabra está supeditada a lo visible. En cambio en la audición es posible advertir las infinitas sugerencias que alcanza un concepto, no solo al despertar nuestra imaginación, sino también al permitir concentrarnos de un modo particularmente intenso en lo escuchado, y no dispersarnos en una propuesta visual excesivamente distractora.

Hay, al mismo tiempo en los medios audiovisuales una fuerte propensión a privilegiar el espectáculo sin densidad conceptual. Para alcanzar la densidad conceptual no es preciso hablar de filosofía. Los programas ingleses y europeos de radio, televisión y aun de cine son fantásticos en cuanto a la presentación de un paisaje, de una secuencia histórica, en donde realmente lo visto y oído se complementan en el campo de la sugerencia.

La palabra verdaderamente estéril es aliada delincuencial de la imagen enajenante. La palabra estéril es aquella que, o bien por el camino del griterío o bien por el camino de la certeza y una contundencia desmedida trata de eludir como puede las posibilidades de pensar, de detenerse a reflexionar y ponderar lo que se ha escuchado. Por ese motivo, me parece que la enseñanza bíblica judía, según la cual lo fundamental es prestar oídos, va asociada a la idea de que quien mejor escucha más se abre a la cautela en la interpretación de los hechos, es más prudente en la caracterización de lo que ve, de lo que escucha y, sobre todo, lo que es la presencia del prójimo.

Me niego terminantemente a ser pesimista. ¿Tenemos la obligación, se lo pregunto, tenemos la obligación de creer como Esquilo, que la esperanza es ciega e indestructible?

Vamos a volver, siguiendo a los grandes trágicos griegos, a lo que queremos decir con la palabra esperanza. Yo me he dedicado a abordarla con cuidado. Creo que el hombre esperanzado, a diferencia del optimista, es alguien que reconoce en un escenario complejo, dificultoso, a veces sombrío del presente, matices que interrumpen esa secuencia de homogeneidad y oscuridad que podría caer sobre la percepción de lo real. Advierte que hay posibilidades de despliegue de pensamientos alternativos a aquel que parece dominante. Por lo tanto, la esperanza se alimenta de esta posibilidad de ensanchar el campo de lo alternativo a aquello que se impone como siniestro e irremediable.

El hombre que se deja ganar por el pensamiento optimista es el que cree que las cosas van a andar bien. ¿Por qué van a andar bien? Bueno, porque uno tiene fe en que anden bien. Pero lo cierto es que las cosas pueden andar bien si uno, en un presente relativamente dominado por un pensamiento homogéneo advierte variantes que contradicen esta homogeneidad. El pesimista y el optimista se parecen en eso, en que los dos están seguros de cómo va a ser el porvenir. Uno dirá que es malo, el otro, que es bueno. Pero el hombre esperanzado extrae su fortaleza espiritual del hecho de poder advertir, en el presente que vive, posibilidades que desplegadas pueden transformar la realidad.

José Zepeda

Periodista, productor radiofónico, capacitador profesional.

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