Accomarca, 37 años después los familiares de los 79 asesinados siguen buscando justicia

Es como en agosto de 1985, los habitantes de Accomarca, Vilcashuaman, Ayacucho, Perú, viven del cultivo de quinua, cebada, trigo y papa. La mayoría solo habla quechua, la voz de sus ancestros. El día 14 de agosto de 1985 es fecha de duelo porque fue cuando el ejército masacró a 79 personas de la comunidad. No fueron más porque algunos lograron escapar. Los perpetradores dijeron que eran guerrilleros de Sendero Luminoso, aunque no resultó fácil explicar porque asesinaron a 20 niños y algunos ancianos.

Como en 1985 el poblado es pobre. No son más de 500 sus habitantes. Muchos se han ido porque no hay servicio de salud ni empleo. Accomarca, pueblo olvidado.

37 años después el Estado peruano entregó 80 restos de cuerpos, tachamos los detalles escabrosos, en 79 ataúdes, la diferencia la explica una mujer embarazada y su hijo nonato

familiares de las víctimas durante en entierro de sus seres queridos

La sentencia para los culpables materiales se pronunció 31 años después. Los autores intelectuales, como casi siempre, no corren riesgo alguno. De la decena de condenados solo cuatro están en prisión, los otros seis están prófugos.

Francisco Ochoa es presidente de la Asociación de Familiares Afectados por la Violencia Política de Accomarca. Pobre económicamente es rico en valor y entereza. Le mataron a tres familiares.

He perdido a mi madre, Lorenza Janampa de la Cruz, a mi hermano Toribio Ochoa Janampa, y a mi hermana Damasa Ochoa Janampa.

¿Usted, cómo logró salvarse?

Tenía 14 años. Un día de la mañana amaneció lleno de militares en la zona. Era de entender qué es lo que estaba pasando y que los militares, como a las seis nos comunicaban para una reunión a todos los de las chozas que estaban ahí. Nos cercaron, nos intervienen y nos golpean. Mi mamá, toda obediente, con mis hermanitos agarrados de la mano. Y uno de los militares, yo le escuché que indicaba que “no se vayan, los van a matar, les van a matar”. Sí, porque mi mamá le ayudó a dar comida al militar. “Sírvase agüita”. Entonces el militar tenía por lo menos un gesto. Yo al escuchar eso, me escondí. Me escapé.

Y así es que los juntaron a un lugar donde había un árbol, ahí los tenían, reunió toda la gente y algunos que no hacían caso les quemaban su choza y así. La gente estaba asustada, lloraban los bebés, lloraban todos. A las diez más o menos los llevaron al río, le hacían gritar a los mujeres y de ahí ya llevaron a las dos chozas que estaban al frente del árbol. Metieron toda la gente en dos chozas. A las 11 que comenzaron a disparar. No sabía qué estaba pasando. Sonaba ya el reventón. Era la bomba (se refiere a granadas arrojadas al interior de las chozas). Explotó todo. Cómo se quemaba la gente. Cómo gritaban.

La gente se desapareció de ahí. Helicópteros buscaban. Nosotros hemos escondido. Algunos han escapado por huecos, otros han escondido en el monte. Cuando fuimos al pueblo, todo estaba saqueado, las puertas rotas, no había nada. El pueblo era un cementerio. Estaba triste, totalmente abandonado.

¿Cómo logró sobrevivir después que perdió a su familia?

Con unos tíos. En el pueblo se dice, todos son hermanos. A todos se dice familia. Un paisano me trajo a Lima. Nos escapamos sin nada, sin nada. Y vinieron tres tíos y fueron al Congreso a atestiguar. Y fueron a Ayacucho a ver si fue la verdad, y han traído tres cuerpos al Congreso. Ahí recién se formó una comisión presidida por un diputado, no me acuerdo de nombres. Así fue. Las cosas se van viniendo con nosotros atrás, luchando. Era aquel tiempo en que no podíamos ni reunirnos. Los del servicio militar siempre nos estaban persiguiendo.

 

Francisco Ochoa, Jennie Dador y Gloria Cano

Usted empezó a trabajar muy temprano…

A los trece años ya estaba trabajando, haciendo limpieza de carros, me iba a trabajar al cementerio. Así vivía. A veces me quedaba sin familia.

Y no tuvo oportunidad de ir a la escuela.

No, porque no podía centrarme. Por todo lo que he visto, era una trauma que nos han dejado y no podía concentrarme para poder estudiar porque pensaba día y noche. No tenía vida, tranquilidad. Y ahí me puse a estudiar de noche, y así he vivido.

 

A partir de aquí Francisco desata las emociones, el dolor, los recuerdos que lleva amarrados en el corazón. Lo que sigue lo cuenta en medio del llanto. Es imposible, cuando se sufre tanto, mirarse al espejo sin inmutarse …

No tuve infancia, no he tenido calor de madre ni padre, porque mi papá, también nos perdimos. Después de siete años escucho que mi papá estaba en Ica y acá en Lima. Así pasaba toda mi infancia.

Francisco, han pasado. 37 años. ¿Está más tranquilo?

No, no, mi corazón está herido. Mis familiares han sido identificados, pero muchos, no. Siento tranquilidad porque tengo dónde encontrar a mi familia, por lo menos ya tengo dónde llegar.

¿Hay gente que le ha tendido la mano, que lo ha ayudado?

Sí. Gracias. Gracias a Cruz Roja Internacional. Gracias a APRODEH y otras organizaciones, durante el juicio nos han defendido. A pesar que todos nos hemos sentido burlados por los militares, hemos seguido adelante, porque en todos los juicios ellos nos decían que éramos terroristas, que estábamos por gusto, que nos íbamos a perder. Nos insultaban. A pesar que hemos sido humillados, los abogados que nos representaban decían: no hagan caso, todo eso va a llegar a un fin. Siempre nos animaban. En los juicios venían los jueces un ratito. Venían y decían, vamos a suspender, no se ha presentado el abogado de la contraparte. Así nos tenían, semanas, meses, pero así hemos avanzado. Ciento y tantas de audiencias, siempre hemos estado presente.

Telmo Hurtado, de la Compañía Lince de la Segunda División de Infantería en Ayacucho, era el teniente a cargo de la patulla militar homicida. Lo apodaron “el carnicero de los Andes”. En el juicio verbal reconoció que sus superiores planificaron y ordenaron la matanza. ¿Por qué? Hay huellas que apuntan a una política indiscriminada de violencia: “ante la duda, mate, después pregunte”. Segundo, dejen en la destrucción física y material, la advertencia de lo que les puede pasar a los que acojan a los senderistas.

Jennie Dador Tozzini, es directora ejecutiva de la Coordinadora Nacional de Derechos Humanos del Perú.

No debería extrañar a ningún latinoamericano. Que 37 años después, los familiares de las víctimas puedan enterrarlos a sus familiares. Aquí hay, supongo. Sin duda alguna. Una inmensa responsabilidad del Estado.

Tiene razón cuando dice que no debería extrañarnos como latinoamericanos porque es parte de una constante en la región que tiene que ver con los gobiernos, las dictaduras y en este caso, con un conflicto armado interno con represión directa a manos del Estado. Y luego, el silencio, la protección entre los grupos involucrados. Digamos que no está dentro de las prioridades identificar estos cuerpos, devolverlos a sus familiares, hacer un entierro digno. Y menos con lo que tiene que ver con la administración de justicia.

Qué bueno que usted mencione el tema de la justicia, porque una mujer decía: “en este país no hay justicia, aquí sólo hay justicia para la gente rica, para la gente pobre, no hay justicia”. Aprovecho esta declaración para preguntarle si la coordinadora que usted dirige tiene confianza que van a ser posible dos cosas, capturar a aquellos que todavía están prófugos, que han sido condenados. Y segundo, proceder a la reparación que merecen los familiares de las víctimas.

Sobre la captura de los prófugos, es difícil lograr la activación de los aparatos del Estado. A veces las capturas proceden porque el periodismo de investigación identifica a través de otras redes y ayuda; otros, simplemente caminan en medio de la ciudad con total impunidad. Se va logrando, pero lentamente. El tiempo de espera de los familiares se agota. Muchos ya fallecieron y, justicia que tarda, no sigue siendo justicia.

En términos de reparación, los que tienen que pagar son los condenados, individualmente, y el otro 50% de la reparación tiene que abonarla el Estado peruano a través de su Ministerio de Defensa. A diferencia de los casos que hemos llevado a la Corte Interamericana, en donde el obligado a pagar toda la reparación es el Estado, aquí no, porque hubo una omisión de redacción en el fallo de la Corte Suprema. Se olvidaron de poner el parrafito donde debía decir que la responsabilidad del pago de la reparación es compartida con el Ministerio de Defensa. Entonces hay que hacer el trámite para que se adicione el detalle. O sea, otro obstáculo adicional.

Normalmente, cuando se trata de estos casos hay apatía ciudadana.

Es cierto. La gente quiere decir, “eso ya pasó”. Pero también tiene que ver con nuestra realidad, la peruana es una sociedad muy racista, clasista, misógina. ¿Quiénes eran las víctimas de Accomarca? quechua hablantes, de una comunidad andina por encima de los tres mil metros, un grupo que no necesariamente se le considera en la jerarquización social como sujeto de derecho.

No se sienten involucrados empáticamente, no ven al otro, no lo reconocen. A diferencia de Chile, Argentina, Uruguay en donde era una clase media universitaria. Acá estamos hablando mayoritariamente de campesinas, de personas analfabetas.

A la voz de  Jennie Dador sumamos la de Gloria Cano, directora ejecutiva de la Asociación de Protección de los Derechos Humanos del Perú, APRODEH.

Señora Gloria Cano, usted tiene una larga experiencia en el tema de la defensa de los derechos humanos en el Perú. Existe una o varias razones que explican el por qué gente tan humilde como la de la Accomarca, que hablaba escasamente el español. Que eran, en su mayoría, quechua hablantes. Muchos de ellos analfabetos. Pero cuando asesinan a sus familiares sacan una fuerza que los ha mantenido durante 37 años en la lucha en la búsqueda de los restos familiares y la justicia. ¿Hay alguna explicación para eso?

La Comisión de la Verdad señaló en su informe final por qué el ensañamiento con determinadas poblaciones como la rural, como las poblaciones quechua hablantes. El profundo desprecio y racismo que había y existe hasta la actualidad.

En la época de la violencia, fue uno de los motivos de ensañamiento con esa población. Buena parte de los familiares se desplazó a Lima, se comienzan a nuclear en asociaciones, Hijos de Accomala, Víctimas de Accomala. Mediante esas asociaciones comienzan a buscar en unidad la Justicia, la verdad. Esos vínculos no permitió los efectos que hubieran querido tener con la población de Accomarca, la dispersión y el olvido, no pudieran marcar sus vidas. No, por el contrario, esa unión fuera del territorio, fuera de la de la comunidad, los ha marcado en conjunto. Ha sido un norte para ellos, tanto para la asociación hijos de Accomarca como para la víctimas. El buscar a sus seres queridos, el buscar la verdad y la justicia. Ha sido su sello de unión de esas asociaciones y que se han ido trasladando también al resto de las familias.

Se han recuperado los restos de los familiares, es un paso adelante. El primer ministro de la Nación dijo en su momento que el Estado no debía nunca más manchar con sangre de sus compatriotas el suelo nacional. Pero quedan cosas importantes todavía por cumplir…

Nosotros consideramos que lo que ha vivido Accomarca en estos últimos semanas, la devolución de varios restos de personas y que han sido enterrados en forma digna, es un paso adelante. Sin embargo, no debemos olvidar que tras 37 años de lo ocurrido, todavía hay familias que no saben donde están sus seres queridos. La sentencia judicial en el caso Accomarca reconoció solo a 61 de 69 de víctimas que murieron el día 14 de agosto del año 85. De esas 61 sólo identificaron a 24. Dijeron que el resto estaba por ser identificado. Pero todavía se necesita que esas víctimas que ahora tienen nombre se les reconozca como víctimas y sean incluidas en la sentencia, porque la sentencia no las menciona. Eso es un paso importante para las víctimas, para los familiares, que los nombres sus seres queridos estén.

Pero ¿Qué pasa con el resto? ¿Qué pasa con las víctimas que fueron testigos de la masacre y que fueron asesinados en septiembre de ese mismo año? Qué pasa con las dos personas que fueron desaparecidas por el único crimen de haber sido testigos de la masacre del día 14. Esas personas no han sido reconocidas ni siquiera como víctimas. Se absolvieron a los mandos militares de esos hechos.

Las víctimas sienten que, si bien es cierto, se dio un paso adelante en la situación en que están, pero no se ha terminado el camino. Ellos necesitan saber dónde están los desaparecidos y por que no se les ha hecho justicia a quienes fueron asesinados en septiembre del año 85.

Adicionalmente, hubo cuerpos que fueron encontrados en el año 85 que fueron exhumados por las autoridades peruanas y llevadas a Huamanga. Tenemos los documentos que fueron inhumados en una fosa común, algunos con su nombre, otros como NN. ¿Qué ha pasado con ellos? ¿Dónde están? Cuando uno va al cementerio de Huamanga, sabe que no hay ninguna fosa común. Si los cremaron, tiene que haber un acta de cremación. Solo así las familias podrán tener un descanso. El Estado tiene que pedir no solamente el perdón del caso, sino también tiene que cumplir con sus obligaciones. En la sentencia se condena al general Wilfredo Mori Orzo. ¿Dónde está el general? Nadie lo ha capturado. Nadie lo está buscando.

Todavía hay muchas cosas que el Estado tiene que cumplir con las familias de Accomarca.

Está muy bien que los representantes del Estado pidan perdón y digan que esto no debe suceder nunca más. Es un paso significativo desde el punto de vista simbólico, pero se sabe que si de detrás de lo simbólico no están las acciones concretas, poco se avanza. ¿Se han tomado medidas serias, desde el punto de vista preventivo, para evitar masacres, ajusticiamientos ilegales, desaparición de personas en el Perú?

Si bien es cierto, que las personas desaparecidas por acciones de agentes del Estado prácticamente no existen, en estos últimos tiempos han cesado. Sin embargo, sí vemos que hay en algunas detenciones de personas en las que se niega paradero y claro, aparecen horas después o al día siguiente. Lo que se pretende evitar es que los agentes del Estado nieguen a los familiares el hecho de la detención y que se sepa dónde están.

Lo otro es que el Estado hace caso omiso o no hay grandes acciones o no hay una estrategia para evitar que precisamente grupos que trabajan en los corredores mineros o los corredores de trata de personas están haciendo de las suyas, desapareciendo a mujeres jóvenes y nadie sabe su paradero. Hay patrones de actuación de grupos que no son agentes estatales, pero que en la práctica actúan con la inacción del Estado. Para evitar esa situación creo que el Estado tiene una obligación de investigar y prevenir estas nuevas prácticas de desaparición, que ya no son las que se vieron en el pasado, en el conflicto armado, son actuales y ponen en riesgo incluso a defensores de derechos humanos, a defensores de la tierra, a los defensores del medio ambiente, que son secuestrados por gente que trabaja en la trata de personas o en la tala ilegal de madera en la Amazonía.

De lo general a lo particular. Durante todos sus años de trabajo usted ha sido en numerosas ocasiones objeto de persecución, agresión, amenazas. ¿Está trabajando más tranquila ahora?

Justo ayer tuvimos una reunión y decíamos a veces nos hemos acostumbrado -y eso está mal- a las amenazas, al hostigamiento, porque no hay que minimizar ninguna acción. Llegan a tus redes sociales insultos o amenazas. A veces uno no les hace caso y creo que no debemos bajar la guardia ningún defensor de derechos humanos. Hay que reportarlo, no hay que normalizar. Hace dos semanas he sido víctima de ataques, incluso dentro de las audiencias judiciales, un testigo difama, dice que somos defensores de terroristas, que tenemos las manos manchadas de sangre o que defendemos a la gente que ha desangrado al Perú. Tratan de desprestigiar la acción de los defensores de derechos humanos. Y creo que eso es parte de un ataque. Tratamos de documentar cualquier situación de agresión, sea verbal, física o actuación sospechosa, porque no hay bajar la guardia y denunciar cualquier tipo de situación que ponga en riesgo nuestra acción.

 

 

 

José Zepeda

Periodista, productor radiofónico, capacitador profesional.

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