Nueva Constitución: informar, participar, ser parte del proceso chileno

Es decana de la Facultad de Derecho de la universidad Alberto Hurtado. Profesora de Teoría Política y Constitucional y Derecho Constitucional. Miriam Henríquez desgrana las buenas razones para el apruebo. Enumera sus críticas al texto y es partidaria de solventar los temores con la apertura al cambio por el bien de Chile y los chilenos

Miriam Henríquez, decana de la Facultad de Derecho de la Universidad Alberto Hurtado, Chile.

Voy a comenzar por lo más reciente. Las encuestas señalan un porcentaje superior por el rechazo de la nueva Constitución. Dos razones podrían explicar esta situación. La primera es que una parte de la derecha, no toda, por cierto, ha tenido la sagacidad, llamémosla así, de establecer la idea de que el borrador no es lo que se esperaba, la casa de todos, y que en lugar de unir a los chilenos los va a polarizar mucho más de lo que ya están.

La resultado del plebiscito del cuatro de septiembre está abierto. Pero hay una información relevante que no está sobre la mesa, y es que hay más de un 30% de personas que no sabe si va a aprobar o rechazar el texto de la Nueva Constitución. Esos ciudadanos-y así lo han dicho las personas encuestadas- no tienen información sobre el texto. Hay un problema de información sobre lo que en definitiva se aprobó en la Convención Constitucional. El desafío es entregar la mejor información posible, objetiva. Y en eso estamos.

La objeción de los que están por el rechazo no es directamente al texto, porque de hecho están por el rechazo desde antes de que hubiera texto, es que tiene que ver con el hecho de que hay un reproche al trabajo de los convencionales, por los escándalos a inicios de la instalación de la convención. Eso les quedó grabado como que el trabajo no se hizo bien.

Más allá de juzgar el contenido del borrador, entre estos días y septiembre, la tarea va a ser informar el contenido objetivamente del texto constitucional y, en segundo término, dar cuenta de que quizá a uno alguna parte puede no gustarle. Uno tiene que hacer un balance, una ponderación y, decir, el 80% me representa, o el 70% me parece bien y no juzgar solo por aquellas cosas que no me gustan, a menos que sean muy complejas. Yo no he encontrado ninguna que tenga esa calidad que me impida pensar en el apruebo.

La segunda razón que podría explicar esta diferencia  es que se ha establecido una emotividad por sobre la razón. Basta mirar las redes sociales para leer las reacciones, que en general, las del rechazo, son titulares: es comunista, es estatista, es indigenista, es separatista, son todos unos sinvergüenzas, etcétera. A lo mejor esto podría pasar como algo absolutamente subalterno, pero resulta que las emociones frecuentemente son más importantes que la razón.

No es una cuestión sencilla, porque, como dice, las emociones son de primera vista. Es como que uno piensa, esto está mal, no le gusta y difícilmente se va a convencer de lo contrario. La Constitución ha sido etiquetada de muchas formas. Me parece que esos eslóganes han calado profundo en parte de la ciudadanía y por eso están por el rechazo. Esos eslóganes que usted menciona como una constitución feminista, indigenista, separatista. Son cuestiones que están presentes en las constituciones de otros Estados desde hace mucho tiempo. Que haya un reconocimiento de la igualdad sustantiva de género, o un reconocimiento a la plurinacionalidad y el establecimiento de los derechos de los pueblos originarios en la constitución, están en las constituciones latinoamericanas desde hace por lo menos 30 o 40 años, y en otras latitudes.

Es un temor a la diversidad, a la novedad y un desconocimiento a lo que ocurre en otras latitudes en el marco de las constituciones del último tiempo.

Con todo, creo que esto es remontable en la medida en que tengamos la oportunidad de informar y recibir esa información. Creo que en cualquiera de los sentidos tiene que salir bien para el bien de Chile, el poder informar, participar, involucrarse y ser parte de este proceso. Esa es la clave.

Antes que comenzara la discusión de la Convención Constitucional, usted y otras figuras del país sacaron una declaración, “el Chile que queremos” se advertía sobre un aspecto significativo, que no se fuera a caer en el populismo, que podría hacerle mucho daño al futuro de la discusión y al futuro del país. ¿Se superaron sus temores?

La verdad es que no he tenido nunca temor al proceso. Me parece que tiene muchos elementos que nos permiten tener la tranquilidad de que, por un lado, es legítimo y por otro, democrático, representativo. No hay mucho que temer. Por supuesto, había cuestiones que podían ocurrir, como que en la Convención no se respetara el reglamento. Que se excedieran los plazos. Pero nada de eso ocurrió. Entonces valoro el momento en que estamos actualmente. En el mes de junio la Convención Constitucional cumple con los plazos que fijó la Constitución vigente. Se puede leer un texto ordenado, que tiene todas las partes de una Constitución, sin inconsistencias.

Así ¿cuál es la preocupación? Estos fantasmas que habían de que no se iban a consagrar ciertos derechos como de propiedad, como las libertades, resulta que salieron fortalecidas. Hay más derechos sociales, gradualidad, responsabilidad fiscal, hay un Estado solidario.

Paso a la crítica, no de aquellos malintencionados, de los que siempre han estado en contra de la nueva Constitución, que les gustaría seguir con la de Pinochet, si no la crítica de bien intencionados que ven algunos problemas en el borrador, por ejemplo, se dice, si se llegase a producir una discusión fuera del ámbito de la Convención constitucional, como han planteado algunos parlamentarios y otra gente, se corre el riesgo con los cinco elementos fundamentales que pretendían mantener en el tiempo el sartén por el mango, desde 1980. Dos de ellos, después de las largas luchas lograron eliminarse: los senadores designados y el sistema binominal. Pero quedan tres. Uno de ellos es el alto quórum para realizar reformas constitucionales. El otro tiene que ver con el Estado subsidiario, que prioriza lo privado por sobre lo social  y el Tribunal Constitucional, cuyas atribuciones deberían enmarcarse dentro de lo que es un sistema democrático moderno. ¿Cree usted que es posible que llegue un momento en que se discutan estas cosas y se ponga en peligro la alteración del poder que plantea la nueva Constitución?

Si uno compara la manera en que se gestó la Constitución de 1980 y esta propuesta de nueva Constitución, estamos hablando de dos escenarios completamente distintos. Uno, la dictadura, donde la Constitución se impone, versus un momento constitucional reclamado por la ciudadanía, cuya elección o definición se plasma de manera evidente en el plebiscito de apertura. Luego, con la elección de los convencionales constituyentes. Una convención diversa. El desarrollo del proceso, uno podría decir que le faltó discusión, diálogo, y participación. Pero claramente es un proceso democrático y representativo.

La Constitución actual, en la versión original, estaba llena de enclaves autoritarios, tales como los mencionados: las leyes de quórum supra mayoritario, el control del Tribunal Constitucional. En su momento los senadores designados, el Consejo de Seguridad Nacional, las Fuerzas Armadas en la Constitución. Todos estos elementos se van a morigerar, si es que no excluir en la propuesta de texto constitucional, porque en definitiva, la mayoría de los asuntos se van a aprobar por ley simple. El Tribunal Constitucional deja de tener atribuciones de control previo.

Ahora, la posibilidad de reformar la futura Constitución es compleja, porque si bien se rebajaron los quórum a 4/7 ante 2/3, 3/5, de todas maneras se requiere un referéndum de reforma constitucional y eso hace que sea rígida, tal como probablemente es rígida la Constitución vigente. Allí hay una tensión. Pero en general las constituciones tienen la característica de ser rígidas, les permite tener estabilidad, pero también la posibilidad de ser modificadas cuando cambian las circunstancias.

La propuesta cambia los paradigmas, fundamentalmente el Estado subsidiario por un Estado social y democrático de derecho. Entonces, si uno compara los elementos de los enclaves autoritarios, prácticamente ninguno de ellos está presente en la propuesta de nueva Constitución.

No está el sistema electoral y se trata de un aspecto esencial. Si hablamos de democracia no se le ha otorgado la importancia que merece al sistema electoral. Esta sería, repito textualmente, las palabras de un crítico, una falencia importante del proyecto constitucional.

Creo que hay normas e identifico para mí cuáles son las cuestiones complejas del texto constitucional. Muchas tienen que ver con el sistema político y con el sistema electoral. Creo que la paridad es una buena noticia, que en el futuro todos los órganos colegiados del Estado tengan una integración equilibrada entre hombres y mujeres. Que los escaños reservados requieran de un ajuste para que no haya una sobrerrepresentación de los pueblos originarios en los órganos representativos, como por ejemplo la Cámara de Diputados y Diputadas. Tenía bastante objeción mientras se elaboraba la propuesta de que las normas sobre el sistema electoral fueran aprobadas por ley simple, porque así, luego cada congreso, cada órgano legislativo, iba a poder reformarlas eventualmente conforme a su propia conveniencia. Sin embargo, finalmente primó la idea de que tuvieran que ser modificadas por mayoría absoluta. Creo que ese quórum es bajo, porque también es posible de alcanzar y se pueden cambiar las reglas del juego. Ahí yo tengo una cuestión.

Lo que hace el sistema actual es señalar que habrá un sistema electoral que es público y que las reglas principales de ese sistema electoral van a ser fijadas por ley. Pero es una ley de quórum reforzado. Lo que ocurre actualmente es que esa ley sólo va a ser de mayoría absoluta, lo que igual es una diferencia, pero no es tan agravado como actualmente se conoce.

Otra de las cuestiones complejas es que la Cámara de los Diputados y Diputadas no va a tener un número fijo. Dice que el mínimo van a ser 155 integrantes. Hubiera preferido que fuera un número que estuviera establecido directamente en el texto, porque eso nos brinda certeza, establece en la norma de mayor jerarquía las reglas del juego. Pero hubo una definición para tener un número mínimo y luego se podría ir sumando otros parlamentarios conforme a como aumente la población del país. Son cuestiones discutibles

A propósito de esto de la Cámara de Diputados y Diputadas, creo de que hay consenso nacional que es importante descentralizar al país. Esa es una buena noticia. El temor que existe en algunos especialistas es que este foro podría, producto de la cantidad de gente que va a participar y de su variedad podría transformarse más en un obstáculo que en un beneficio. Paralizante en lugar de efectivo.

Soy de las que sostiene que el Estado unitario, así como estaba planteado por la especial concentración del poder, por la centralización de prácticamente todos los asuntos y por las mayores demandas de derechos sociales, no hacía posible mantenerlo y había que caminar hacia una mayor descentralización política, administrativa y fiscal. Eso es lo que establece el Estado regional, que se asemeja bastante al español. Ello va a suponer un crecimiento del Estado que probablemente hoy lo miramos con cuidado porque estamos acostumbrados a un Estado mínimo y esto llevará a una serie de nuevos órganos, una reproducción a nivel regional y comunal de varias competencias que hoy solamente existen a nivel central. Además porque Chile  lleva toda la historia de vida republicana bajo un régimen unitario, salvo en momentos en que hubo un intento de Estado federal. Aquí hay un cambio de paradigma significativo y a lo nuevo le tenemos cierto temor.

No creo que la Cámara de las Regiones vaya a ser un obstáculo. La primera propuesta era un régimen parlamentario. No hubo adhesión para esa posibilidad. Luego surgió un Estado semipresidencial que le hubiera hecho bien al cambio del régimen político. Tampoco prosperó. La idea fue mantener el presidencialismo con todo lo que ello implica, porque gran parte de las demandas tenían que ver con atenuar las atribuciones del presidente.

Sin embargo, los cambios no se hicieron tanto al Gobierno, si no al Congreso Nacional. Por ahí se incursionó en la búsqueda del equilibrio. Pensemos que el primer momento fue un triunfo por el sistema Unicameral. Pero una Cámara única con un Estado regional no dialogan adecuadamente. Hubo necesidad de generar esta otra cámara con representación regional que hiciera el contrapeso al Congreso de los Diputados, pero no un contrapeso como lo conocemos hoy, sino por una representación de la Cámara de Diputados y Diputadas va a tener una mayor fuerza política que la Cámara de las Regiones y la Cámara de las Regiones va a tener una mayor presencia territorial que el Congreso de Diputados y Diputadas, que nuevamente es un cambio de modelo importante al que nos vamos a tener que acostumbrar.

Al final las votaciones lograron equilibrar en gran medida a la Cámara de las Regiones, al Congreso de Diputados y Diputadas. Se parece bastante al Senado, contra todo lo que se dice que el Senado va a desaparecer. Esta Cámara lo va a reemplazar y tiene atribuciones, logran el freno y el contrapeso, genera una suerte de equilibrio. Finalmente, si hay una diferencia entre ambas cámaras, se impone el Congreso de Diputados y eso no ocurre actualmente.

Un detalle más sobre el sistema político: no hay democracia sin partidos. Sin embargo, los partidos políticos, no digo que no figuren en la nueva Constitución, pero la verdad es que están bastante ausentes, es decir, son señalados por allí. Si queremos realmente superar la crisis de representatividad que tienen los partidos políticos, a lo mejor habría que prestarle mayor atención en la Carta Magna.

Comparto totalmente el juicio. Habían dos cosas que me parecían complejas de las conversaciones y de las votaciones que se generaron en los meses de marzo abril. Por un lado, que el sistema electoral se pudiera cambiar con mayoría simple, lo que finalmente no ocurrió. Lo referente a los partidos políticos, cuando en definitiva se le da el mismo status que las organizaciones o movimientos políticos no creo que favorezca a la democracia representativa, no fortalece el sistema político que queremos construir. Finalmente queda una norma que no los hace equivalentes porque no borra los partidos políticos, pero claramente no les da un lugar protagónico en la Constitución. Eso me parece que es de las cuestiones del sistema político que podrían haberse evitado. Para que una democracia sea fuerte tiene que ser una democracia de partidos y, por supuesto, con espacio para los independientes y los movimientos políticos. Pero no se pueden colocar a la misma altura de responsabilidades, de financiamiento. Cuando uno es una organización con personalidad jurídica, con obligación de democracia interna, con financiamiento público, etcétera, no puede tener la misma entidad que una organización que sobre todo no genera responsabilidad, que puede hoy aparecer y mañana no estar. Eso es complejo. Lo digo incluso habiendo sido candidata de un movimiento de independientes que ha mantenido estabilidad en el seno de la Convención Constitucional. Pero siempre tuvimos la claridad de que la elección de convencionales constituyentes era una elección extraordinaria y que la demanda ciudadana era por tener candidatos independientes, pero de ninguna manera, para luego minar a los partidos políticos. Todo lo contrario, hay que fortalecer los partidos políticos y a la Constitución.

Yo sé una parte de la respuesta de mi última pregunta, porque usted está por el apruebo. Porqué vamos a tener un chile mejor si se aprueba la nueva Constitución.

Gran pregunta para el final. Creo que el que sea una constitución que nace en democracia es un elemento central y no le restaría valor a este momento. También creo que la propuesta es mucho mejor que lo que hay. Tengo mis reparos, mis observaciones, tal como algunas comentadas aquí, porque uno tiene que ser crítico y decir, esto se puede mejorar. El cambio se puede evidenciar porque en realidad las personas requerimos para ser libres de la posibilidad de ejercer los derechos sociales. Para realmente optar tenemos que tener asegurados el derecho a la salud, a la educación, a la seguridad social, a la vivienda, el derecho a los cuidados.

Me hace completamente sentido y sí puede cambiar la vida de las personas. El que la Constitución establezca una democracia paritaria con igualdad sustantiva entre hombres y mujeres, sin una lógica binaria, sino que establezca espacios para las diversidades y las disidencias sexo genéricas. Es beneficioso que se reconozca a Chile como un Estado plurinacional. Es una cuestión de justicia señalar que hay pueblos originarios, primeras naciones que son preexistentes al Estado de Chile y que tienen derechos colectivos y necesidad de ser parte de la toma de las decisiones de la vida política. Hay un cambio de paradigma en una mayor descentralización que se refleja en el Estado regional.

Nos ponemos al día, nos actualizamos y miramos el futuro cuando pensamos que este es un pacto intergeneracional y por eso mismo nuestra relación con la naturaleza tiene que ser distinta con un estado ecológico. Estos cinco pilares, no me cabe ninguna duda que pueden cambiar la vida de las personas y por eso hay que apoyar el texto constitucional.

 

José Zepeda

Periodista, productor radiofónico, capacitador profesional.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.

Resuelva la operación: *