Una solución sin vía democrática no es solución
Se afirma que existen ocho puntos en la negociación entre Cuba y los Estados Unidos. Uno es la repatriación de medio millón de cubanos. Otra es la libertad de los presos políticos. Reformas económicas sustantivas, compensación por propiedades expropiadas desde 1959, reformas políticas. Del otro lado, levantamiento del embargo, reingreso de Cuba en instituciones multilaterales como el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional, y el otorgamiento del estatus de Nación Más Favorecida

Por ahora, sin ninguna certeza y muchas incógnitas, pareciera escucharse la voz del crupier de la ruleta, diciendo: «No va más». Las fichas que están en juego son esas y solo resta esperar a conocer en qué casilla caerá la bolita de teflón. La diferencia insalvable es que no sabemos cuándo se detendrá y dónde está la bolita.
Roberto Veiga es jurista y analista político. Habla de las responsabilidades del gobierno cubano en el descalabro. De las culpas propias de la disidencia. Del factor determinante de los Estados Unidos. A pesar de las adversidades, de la necesidad de recuperar la fe en un mañana más digno, con los pies sobre la tierra y la mirada en el horizonte.
A pesar de que la realidad cubana se parece mucho a los apagones, en los que predominan más las sombras que las luces, sí hay algo que parece, digo, que estamos en una crisis terminal. Es decir, después de esto no hay vuelta atrás. ¿Usted está de acuerdo con esa idea?
Totalmente. El sistema sociopolítico cubano se agotó hace mucho tiempo. El gobierno o el poder real perdió todas las oportunidades para una transformación serena, sin grandes costos. El hundimiento total de todos los que conservan el control del país, tanto en la ejecución como en la política y en la labor ejecutiva, es deficiente. El país está totalmente agotado; la gente sufre; la institucionalidad no funciona. Cuba o se hunde en el cuarto o quinto mundo, o comienza un proceso urgente de cambio. ¿Cómo será? ¿Cómo iniciará el cambio? Es sobre lo que habría que interrogarse.
Lo vamos a conversar ahora, pero despejemos una incógnita. Por supuesto que es una excusa histórica del gobierno cubano que todo es culpa del embargo o del bloqueo, como le gusta llamarlo al gobierno de La Habana. ¿Hasta dónde es una excusa y hasta dónde una realidad?
Realmente la causa es el agotamiento nacional y el quiebre del modelo. La incapacidad de los políticos cubanos es la causa fundamental. No podemos negar que la confrontación con Estados Unidos agrava la situación, no solo en un sentido, sino que coloca a la ciudadanía cubana en una situación de mayor precariedad. Luego, si algún sector del gobierno quisiera iniciar una reforma, no podría sin arreglarse con Estados Unidos. La realidad cubana está embargada, no solo el gobierno cubano.
Si otros actores distintos al gobierno asumieran la transición, tampoco podrían hacerla sin negociar con Estados Unidos. De manera que sea cual sea la preferencia política que tengamos los cubanos, tenemos que reconocer la necesidad de dos procesos paralelos: uno entre cubanos y otro entre Cuba y Estados Unidos.
Usted encabeza una iniciativa de diez pasos para una transición democrática (Cuba Posible), que comienza con la despenalización del disenso y la libertad de los presos políticos. No tiene usted la impresión de que, desafortunadamente, esa es una de las iniciativas con menor atención de la Casa Blanca.
En este momento se ha agotado la legitimidad de las proyecciones a favor de una negociación serena. El escenario está atravesado por una fatiga del criterio contra el gobierno, por una desconfianza de la posibilidad de que las autoridades actúen con transparencia, que podría conducir a una negociación real. Por eso la inclinación es a preferir la fuerza de Estados Unidos para que ellos resuelvan el problema.
Propuestas como las nuestras, que fueron muy estimadas en Washington en otros tiempos, hoy están relegadas a la presión, que articula aquello que pueda culminar con la rendición del gobierno y el comienzo de un tiempo nuevo.
Comprendo el agotamiento de la gente, la frustración ante tanto puente tendido al gobierno que han rechazado, que se han burlado de ellos. La extenuación social la consumen sin pensar en las consecuencias.
Es producto de la desesperación porque está en juego la supervivencia personal y colectiva.
Hay un sufrimiento muy grande junto a una falta de confianza en que el gobierno sea capaz de dar un paso en la buena dirección. La gente acepta entonces cualquier solución de otra índole y ya después veremos. Pero eso es muy delicado.
Creo que si transitamos hacia otro tiempo político sin un proceso coherente, con cierta serenidad, que permita reencontrarnos, redefinir un marco constitucional, sin aquello, podemos desembocar, cuando ya no existan los controles actuales, en una guerra civil; podríamos transitar de una crisis a otra.
Hay prácticamente dos posibilidades con cierta fuerza y respaldo popular. La una es la peor de todas, una intervención militar directa apoyada por un sector radical, sobre todo de la gente que vive en Miami y, por supuesto, por gente desesperada en la isla. La otra es la negociación pactada que podría concluir en un capitalismo sin democracia.
Hacia allá vamos. Me parece que se está pactando entre las cúpulas de La Habana, sobre todo entre la oligarquía de GAESA (Grupo de Administración Empresarial S.A.) y el entorno de Donald Trump. Están pactando el arribo de un capitalismo sin democracia, que colocaría al pueblo cubano en una desventaja tremenda. Sería otro modo de transitar de una crisis a otra.
No es posible proponerse solo un cambio económico en Cuba. Tiene que haber también una transformación del Estado hacia un Estado de Derecho con responsabilidad social que se empeñe en la inclusión. Cuba está agotada. El pueblo cubano vive en la pobreza. La nación está fracturada. No basta con una reforma o un gran cambio económico, por importante que este sea.
Si ese cambio económico se produjera, mantendría a la élite de la Fuerza Armada Cubana en el poder.
Seguro que sí. Aunque dudo de su éxito inmediato, un gran cambio económico, por muy eficiente que resulte, tardará mucho en reportar beneficios al pueblo. Recuperar la economía en Cuba va a llevar años, mucho dinero y esfuerzo. Si la sociedad cubana no tiene un propósito, tendrá desafección hacia ese posible proceso; cuando ya no existan los controles, la oposición crecerá en gran medida. Allí hace falta algo más que la contabilidad. Hace falta un propósito para que ese pueblo vuelva a implicarse, para que pueda disponerse a convivir. Tendrían que regresar muchos profesionales de la emigración para que el país pueda construir algo. Hoy es un país de ancianos solos y pobres. Se ha ido toda la fuerza laboral cualificada. ¿Y por qué regresaría si no se va a beneficiar? Tendría que haber un marco legal, un marco político. En caso contrario, ese intento de una oligarquía, con un capitalismo autoritario, podía fracasar. Cuba está en una situación de posguerra, no es solo una transición de un modo de gestión a otro.
En Cuba, con un sistema represivo desde hace décadas, no es fácil para una oposición organizarse, tener presencia pública, respaldo popular. Además, y me parece que es bueno que así sea, hay diferentes miradas sobre la realidad cubana dentro de la oposición. Lo que no entiendo es cómo ha sido imposible hasta el día de hoy, que la oposición en su conjunto se ponga de acuerdo sobre tres o cuatro temas prioritarios, y que aparque por un tiempo las aspiraciones ideológicas muy legítimas que pueda tener cada grupo. Tengo la impresión de que es un obstáculo mayor, porque usted tiene razón, el país necesita volver a creer, pero para eso necesita algún tipo de conducción política que hoy no existe.
No existe. Lamentablemente, somos mucho más plurales, posiblemente más que nunca, pero no somos más democráticos. Cada pluralidad pretende ser lo absoluto, el todo y cada pluralidad les pide a las restantes el todo. Todo o no eres legítima. Se apela a una unidad que no hemos sido capaces de levantar. Deberíamos procurar otra cosa y tampoco hemos podido avanzar. Quizás no esa unidad, pero sí la capacidad de lograr acuerdos en las cuestiones fundamentales.
A lo mejor esta es otra secuela de la dictadura.
Sí, pero no es solo esto.
La mentalidad absolutista.
Claro, es una cultura. El modelo político fracasó, pero permaneció culturalmente. Es un obstáculo hoy y lo será después. Algunos consideran que cuando haya una transición y un marco democrático, eso podrá sanarse. Es posible. La praxis ayuda a modificar la cultura y los valores. Pero lo padeceremos mucho tiempo después, incluso si logramos la democracia. Es un arrastre histórico que tenemos desde el siglo XIX. Tuvimos democracia, pero había tres proyectos de país, y cada uno decía que él sí era Cuba y el resto no era República. Cuando surgió el Partido Revolucionario Cubano de San Martín en la República, gritaba: Somos el Partido Auténtico. Reconocían al resto; el Partido de la Nación, de verdad, somos nosotros. Y después viene el 59, ya no era posible reconocer que existía otra posibilidad.
La cultura autoritaria debería servirnos de experiencia para lograr una inflexión. No lo hemos conseguido todavía. Ese es el mayor peligro, porque podemos dejar a esa sociedad con el propósito que tiene la política de entregársela a los intereses económicos de oligarquías que se aprovecharán de Cuba y de la necesidad de quienes ofrecen, de forma barata y precaria, su mano de obra.
Usted dedica parte importante de su vida al estudio de las ideas políticas del Estado de Derecho. ¿No le sorprende que a estas alturas del partido, con un país destrozado desde todo punto de vista institucional, de la infraestructura, sigan existiendo aquí y allá sectores que respaldan al Gobierno de La Habana?
La implicación de Estados Unidos en el conflicto nos ha hecho daño, incluso en ese sentido. Y tenemos aquí el hecho de que, porque somos débiles ante el Gobierno, amplios sectores se ponen detrás de Washington e izan la bandera del embargo y anulan a la oposición. No existe. No ha logrado su propia fuerza, su propia legitimidad depende de la de Washington. Yo no digo que todo. Pero para muchos en el mundo el interlocutor del gobierno cubano es Washington, no nosotros. No tenemos agenda. Prácticamente la agenda es la presión de Washington, el embargo, no la transición tutelada por Washington. Esta realidad nos descoloca como actores.
Hoy no podemos estar en una negociación porque no somos ni Washington ni La Habana. Eso perjudica. Si uno ve declaraciones de grandes reuniones en la Unión Europea, o en otros momentos de América Latina se comprueba como esbozan la cuestión cubana, como un enfrentamiento entre La Habana y Washington, que es real. Sin embargo, nadie observa el enfrentamiento entre el gobierno cubano y amplios sectores de la sociedad. No lo señalan y nosotros tenemos mucha responsabilidad de eso también. Nos ha faltado una agenda propia, una organización, un quehacer propio, que nos diera nuestra propia legitimidad. Y Washington fuera otro, un tercero.
Es realmente una traición la que ha cometido el gobierno cubano a los ideales originales de la Revolución.
A los ideales originales. Sí, hubo una traición. Lo poquito que quedaba de lo que en nombre de eso se ofrecía, ya no existe. En la educación, por ejemplo, estamos peor que en muchos países de América Latina. Tuvimos una educación universal y de calidad tremenda. Hay cálculos muy modestos de que harían falta 8.000 dólares al año por alumno. Supongamos que hay 2 millones de jóvenes en edad escolar. ¿De dónde sale ese dinero? ¿Cómo recuperamos el servicio de salud en Cuba? ¿Cómo? Es un reto que no se sabe cómo asumir.
Cuba debió reformarse hace tiempo. Debió transformarse en los 90. No lo hizo. Raúl Castro intentó una reforma para que la continuaran sus herederos y renunció a ella. Permanecieron en el gobierno quienes no tenían ni disposición ni capacidad para conducir el país en medio de la crisis propia y transformarlo. Han perdido todas las oportunidades. Creyeron que podían gobernar como Fidel y no era posible. El diseño del Estado era para que él ocupara todos los espacios y así lo hacía. Nadie podría repetirlo. Incluso para preservar sus propios intereses, debieron asumir que era indispensable transformar el sistema. No lo hicieron. El sistema se quebró y la nación está consumida. Hay una irresponsabilidad muy grande.
Los pueblos cambian y mejoran porque siempre existen quienes sueñan con un mundo distinto, con una dignidad más profunda. Es decir, se trata de una reflexión de carácter espiritual. ¿Cuál es, en ese sentido, su aspiración, su sueño?
Mi sueño es regresar a Cuba cuanto antes y estar allí con la gente y tratar de levantar el país. No esperar a que haya un cambio. Salí casi a la fuerza de Cuba y estoy fuera en contra de mi voluntad. Yo al menos me planteo la posibilidad de regresar y contribuir a que el cambio sea lo más rápido y lo más sano posible. Aportar a ese propósito para que Cuba recupere la dignidad y esa admiración que hemos tenido siempre. Recuperar, no defraudar al mundo.




