La salvación: comunicación cerebral de corazón a cerebro de corazón

Amanda Céspedes es médico Cirujana y Neuropsiquiatra infante juvenil de la Universidad de Chile. Especialista en educación. Escritora y directora del Instituto de Neurociencias Aplicadas a la Educación y Salud Mental del Niño (INASMED). Directora General del Instituto de Capacitación AG y autora de numerosos libros

Doctora Amanda Céspedes

La gestación de las entrevistas pueden ser innumerables. Esta es consecuencia de escuchar a Radio Cooperativa, de Santiago de Chile. Se aproximaba el final de la conversación con Amanda Céspedes, autora de varios libros y creadora de la Fundación Amanda, destinada a fomentar, entre otras cosas, la educación valórica de nuestro futuro.

Los periodistas incluyeron algunas reacciones grabadas de los oyentes. Todas eran de agradecimiento por los conocimientos recibidos. Decían compartir las ideas de doctora, que el amor es indispensable, que el cariño no puede faltar para ser feliz, que los niños son una bendición. Ahí, justo ahí, se me ocurrió que hoy suceden dos cosas parecidas, pero antagónicas: tenemos hambre de amor y, por lo tanto, rogamos recibirlo. Y ¿si fuera peor? Si fuera, desamor. Es decir, ¿haber perdido por el camino la capacidad de amar? He aquí algunas explicaciones.

Doctora Amanda, hoy, neurociencia mediante, podemos hablar del cerebro del corazón. ¿Significa esto que podemos decir que nuestros antepasados tenían toda la razón cuando decían que mucho de lo importante de los seres humanos, el alma, las pasiones, los odios y los amores a lo menos pasan o se cocinan en el corazón?

Sin duda alguna. Gracias a la técnica de investigación en neurobiología, podemos afirmar con toda certeza de que al interior del músculo cardíaco hay un cerebro. Algunas personas piensan que el corazón actúa como cerebro, pero no es así. El corazón reacciona a las circunstancias de la vida. Esta acción del corazón involucra la participación de un órgano pequeñito que tiene muy pocas neuronas, si lo comparamos con el cerebro encefálico, hablamos de alrededor de 45000 neuronas, pero es un cerebro con todas las de la ley, porque cumple con los principios que definen a lo que se le puede llamar un cerebro. Recibe información de todo el organismo, y envía información al conjunto, muy especialmente el sistema límbico, que es el centro integrador de las emociones en el cerebro encefálico.

Además, funciona con al menos tres vías de transmisión de la misma manera como lo hace el cerebro encefálico. Categóricamente tenemos un cerebro al interior del corazón.

Ahora vamos de sorpresa en sorpresa, porque casi todos creemos que la comunicación normal se da a través del lenguaje, los gestos del llamado lenguaje corporal, y resulta que ahora existiría la certeza de que un sistema electromagnético opera junto o al lado de nuestra conciencia. O sea, el corazón transmite información mediante este campo electromagnético.

Efectivamente, y es muy potente. Hay tres vías de transmisión desde el cerebro del corazón al cerebro encefálico. Una es la tradicional, la que más conocemos, la vía química, y para ello emplea especialmente una molécula, la oxitocina, que es una neurohormona. También utiliza la molécula clásica del estado de alerta del organismo, que es la adrenalina; a estas dos debemos sumar una transmisión electromagnética, es decir, a través de la energía que es una transmisión irradiante. Eso significa que cuando nuestro cerebro del corazón se activa, irradia esta energía con determinado alcance. Es como la radio ¿verdad? que tiene una frecuencia y una amplitud. Esa frecuencia ubica a la radio en el dial, en una franja. Por su parte la energía irradiante se estima que alcanza la amplitud de nuestros dos brazos extendidos. Si extendemos los brazos y giramos en círculo, esa es la gama, el rango que consigue nuestra energía irradiante del cerebro del corazón.

Se trata de un antecedente muy significativo porque define, por ejemplo, el espacio que la persona debiera establecer cuando quiere lograr una comunicación de corazón a corazón. Aquí el propósito es poner al otro, con el cual nos queremos comunicar, en este radio de irradiación energética. En la teoría de la comunicación se denomina espacio personal. Allí, en ese espacio, participan las personas en esta vibración energética poderosísima. Si un niño, por ejemplo, está muy alterado y lo tomamos e introducimos en este espacio, nuestra propia irradiación energética lo va a calmar porque entra en consonancia, en sincronía con nuestra energía.

De tal manera que los primeros años de un niño son totalmente decisivos en este aspecto que comentamos.

Absolutamente. Como dice usted muy bien, los primeros años y muy especialmente el primer mes de vida en el que el niño está constantemente cerca del corazón de la mamá, este espacio personal se convierte en un espacio virtual, y es el momento cuando el vínculo alcanza la mayor intensidad.

Esta forma de comunicación entre humanos, así como en otros mamíferos, que se llama de corazón a corazón, establece en nuestro cerebro encefálico una red neuronal muy poderosa, muy activa, que se denomina red de seguridad emocional. Vale decir, cuando la mamá recibe a su bebé por primera vez y lo coloca sobre su corazón, cuando incluso ni siquiera le han cortado el cordón umbilical, comienza a generarse esta red neuronal en el cerebro, la red de seguridad emocional. Ese niño por primera vez percibe la certeza de que está acompañado, de que hay otro. Cuando se encontraba en el útero percibía que había un otro, pero no lo podía separar de sí mismo. En cambio, ahora tiene la certeza biológica de que hay un otro y que ese otro es confiable, que ese otro le genera certezas, sabe que no está solo. Y esta red nos va a acompañar toda la vida. Nosotros debemos aprender a activar esta red desde el cerebro del corazón.

Este es el lado extraordinariamente positivo de la relación de corazón a corazón. Pero no es difícil imaginar que cuando, por las razones que sea, se atrofia este vínculo, las consecuencias van a ser terribles para el niño.

Tremendas. Hoy se abre un campo extraordinario de investigación y de aplicación de esta teoría para transformar a la humanidad y fortalecer esta red desde que el niño nace. Porque es una red transgeneracional. Cuando un niño posee esta red de seguridad emocional sólida, intuitivamente, es la misma intuición la que va a tender a fomentar esta red en otro. Sabemos, por ejemplo, de jóvenes que son muy altruistas, muy generosos, muy empáticos, especialmente en situaciones críticas. Esos jóvenes, esas niñas que ayudan a otro incluso arriesgando su propia vida. Son seres que tienen una red neuronal de seguridad emocional tan sólida que intuitivamente desea activarla en el otro.

En Chile tenemos la historia de un joven que tenía unos 16 años, bombero, que, en un aluvión en el norte chico, no vaciló en subir a un vehículo que estaba siendo arrastrado por las aguas para salvar a las personas que corrían peligro de vida. Fue un impulso intuitivo, porque si uno lo piensa, retrocede,  ya que la mente racional le grita: no seas tonto, no corras ese peligro. Instintivamente sube al vehículo para salvar especialmente a los niños atrapados. Al encaramarse al techo para rescatar a la persona pide socorro, pisa mal y se precipita a las aguas. Pierde la vida y hasta la fecha su cuerpo no ha sido encontrado. Uno no puede dudar de la poderosísima red de seguridad emocional que tenía en su cerebro y que le llevó a prestar ayuda, a activar la red en el otro.

Esta es la base del mundo que queremos construir. Los cimientos del mundo humanitario. Tenemos que aprender a vivir de otra manera, activando primero el cerebro del corazón.

Qué bueno que usted se refiera a esta anécdota, porque yo quiero referirme a otra historia a propósito del Proyecto de Conciencia Global que asegura que existe un campo electromagnético terrestre, planetario, sensible a la acumulación de los corazones. Cuando leí esto y su libro, pensé inmediatamente en los 33 mineros. En el salvataje de los 33 de la mina San José. Cuando llega el momento en que los van a subir a la superficie, un par de miles de millones de personas en todo el mundo -ellos no son los responsables del salvataje, por cierto, pero- crean un momento de esperanza espiritual, de compartir un mismo destino, de creer en el futuro. Y eso nos retrotrae a las viejas tradiciones religiosas que aseguran de que “todos somos uno”.

Es así. Cada campo electromagnético que creamos desde la activación del cerebro del corazón se une a otros campos hasta que vamos generando un campo planetario unitario, que puede ser para bien o para mal.

Muchas veces, cuando estamos frente a alguien que nos quiere hacer daño, ese alguien desea ubicarse en nuestro espacio personal. ¿Para qué? Esto es intuitivo. No para desestabilizar nuestra coherencia cardíaca, si no para llevar al caos a nuestro cerebro del corazón. ¿Cómo lo sabemos? Cuando estamos en estado de pánico frente a quién nos va a hacer daño, nuestro corazón late desordenadamente. Y ¿por qué razón tratamos de escapar? Porque no queremos que ese otro entre en nuestro espacio personal porque nos va a debilitar. Vamos a estar en sus manos.

No es mi propósito, pero podemos poner aquí una nota pesimista. Y es que lo que más abunda no es precisamente ni la ternura, ni la generosidad, ni el amor, sino exactamente aquello que provoca el daño que usted menciona: el egoísmo.

El egoísmo es cerrarse en sí mismo, es anular esta irradiación maravillosa. Cuando abrazamos al otro, sobre todo cuando lo queremos cobijar, consolar desde el cerebro del corazón, de ese otro parte una enorme activación molecular de la oxitocina, y se activa la liberación de otras moléculas igualmente beneficiosas, dentro de las cuales tenemos la serotonina, muy beneficiosa para calmarnos. Entonces el abrazo calma, pero la presencia del otro frente a mí en este espacio personal me debilita, a tal punto que yo ya no soy dueña de mí misma. Por eso en la guerra, el momento culminante en la batalla era el cuerpo a cuerpo, porque allí se desataba una incoherencia, un caos tal que el que dominaba, el que mantenía la mente más fría, debilitaba y acababa con el otro. Bueno, hoy día con las guerras a control remoto eso ha cambiado completamente.

Esta entrevista no está destinada a hablar sobre los pormenores de la realidad cotidiana del Chile de hoy. Sin embargo, en el proceso constituyente, relacionado con lo que usted dice, se podría sacar la siguiente conclusión: quienes tienen la responsabilidad, sean o no del gobierno, de resolver los problemas de la gente con mayores dificultades, la más humilde, la más excluida, la que nunca ha tenido nada, no lo hacen solo razones de carácter económico o por concepciones neoliberales, sino también por lo que la escucho, porque dentro del egoísmo que los embarga, no está en el tener compasión, ternura por los pobres.

Totalmente cierto. Es más, cuando ocurrió el estallido social, hace unos 13 meses, nuestro presidente lo primero que dijo es “estamos en guerra y vamos a ganar”. Ese discurso bélico mira al otro como enemigo, en vez de decir, el estallido con toda esta violencia nos dice que están pidiendo ayuda, que tenemos que ver las cosas de otra forma, cambiar el paradigma social imperante. Pero en vez de eso dijo, estamos en guerra. Es muy fuerte la tendencia al antagonismo, de colocar al otro como enemigo. Y cuando lo hacemos, de alguna manera apagamos la voz del cerebro del corazón. No la escuchamos, solo prevalece la voz de nuestro cerebro encefálico que está llena de prejuicios, de creencias. Qué me mejores ejemplos que las creencias erróneas, como el racismo, la xenofobia, el odio al otro.

Lamentablemente es un statu quo que se mantendrá hasta que no ocurra un cambio de paradigma tan radical que es hoy el sueño de muchas personas. Una ola que cubra al planeta en la coherencia de la bondad, de la solidaridad, del pensar en el otro como un prójimo, de alguien cercano a mí, al que no le debo tener miedo.

Esta idea, este cambio de paradigma, ha sido muy cuestionada. Se dice que las personas que creemos en ello somos ingenuamente idealistas, que tenemos un desconocimiento total de la realidad, propio de sentimentaloides, de personas muy banales.

La verdad es que los principios científicos que sostienen este ideal son sólidos. Además, no solamente son los principios científicos, sino que también está toda la historia evolutiva, los componentes sociológicos y antropológicos que sustentan convincentemente nuestra perspectiva.

No siempre fuimos sanguinarios, no siempre nos odiamos. Hubo un momento en la historia evolutiva de la especie humana en que fuimos muy solidarios y teníamos la certeza de formar parte de una unidad entre todos con el planeta. Fue el tiempo en el que le pedíamos permiso al río para sacar agua, le pedíamos permiso a la plantación para cosechar. Había ceremonias de agradecimiento por lo que tomábamos, junto una promesa: vamos a devolverlo. En un momento esto cambia y se transforma en depredación. Yo tomo, tomo, pero no devuelvo, porque no tengo porque hacerlo, porque yo soy el más inteligente de la tierra y lo que construyo es una híper sociedad tecnológica.

No es banal lo que se sostiene. No es fruto de la imaginación la fuerza electromagnética global planetaria que un día, no sé cuándo, va a generar el cambio de paradigma.

Usted escribió recientemente un artículo en el que trata de explicar cuáles eran las razones que llevaron a una parte, no a todos, a una parte de los jóvenes, a la violencia y a la destrucción. Cómo este sector maleado por la vida, por las circunstancias personales y colectivas, recurrieron a la violencia. El artículo dice: mire, yo creo que lo que debe imponerse aquí es el perdón, sin prescindir de la justicia, que sigue siendo fundamental en cualquier democracia. ¿A qué perdón se refiere? Porque hay varios. Quiero nombrar sólo los dos extremos que corresponden a la misma religión. Por un lado, el perdón cristiano basado en el arrepentimiento. Y, por otro lado, lo dice también la Biblia, el perdón sin condiciones. El del Padre que recibe al hijo pródigo que vuelve a casa sin pedirle explicaciones.

La verdad es que cuando escribí este artículo estaba pensando en el más difícil de todos los perdones. Como dice el perdón puede ser condicionado. Gabriela Mistral, por ejemplo, dijo yo perdono, pero nunca olvido nada. En ese nunca olvido hay, en cierto sentido, una velada amenaza. Yo apelo al perdón más difícil, al que es casi como un salto en el vacío, el perdón sin condiciones. En qué me puedo basar: ¿Quién puede lanzar la primera piedra? Porque, como probablemente yo también he cometido grandes errores, el perdón incondicional, el de la parábola del hijo pródigo, es el único perdón posible. Lo encontramos también de manera más laica: borrón y cuenta nueva. Es un perdón radical.

Cuando uno conversa con personas que han perdonado de esa manera, no hay nada más, ni una sombra, no hay ni un solo, pero. Estamos llenas de peros. “Sí, es muy buena persona, esa señora me ha ayudado tanto…pero”.

Yo sostengo que quizá nos pueda ayudar la plegaria. Cuando digo plegaria no me refiero a ninguna religión, porque la plegaria universal, que uno podría hacer en la mañana al levantarse, debiera ser trascendente. Mi plegaria es siempre, ojalá yo no juzgue a nadie hoy día. La plegaria como recurso para ayudarme a no juzgar. Y siempre a las once de la mañana, si me levanté a las ocho, ya he juzgado al menos a dos o tres personas. Es por eso por lo que es tan difícil. Y uno puede descubrir que está juzgando a través del, pero. “Yo confío tanto en esa persona, me gustaría que trabajara con nosotros. Sí, me parece una gran persona… pero”

Si pudiera abolir los peros de mi lenguaje, probablemente ya no estaría juzgando así como así. Es muy difícil no juzgar y es todavía más difícil perdonar incondicionalmente. Es un acto de la conciencia elevada, de aquella que vibra en la más alta frecuencia. Allí radica nuestra capacidad de perdonar.

Derivado directamente de lo que usted acaba de decir. Dos cosas finales. La primera tiene que ver con una proyección de futuro. No me cabe la menor duda que los miembros de la Comisión Constituyente y la nueva Constitución van a establecer algo que todos compartimos, la necesidad de que la educación en las ciencias, la actualización tecnológica, la modernización para no seguir funcionando con herramientas del siglo XIX, sea una realidad en el futuro docente de las universidades nacionales. Sin duda alguna, pero entristece profundamente que ni siquiera con el más mínimo entusiasmo se diga lo mismo sobre la necesidad de una educación en los valores.

En algún momento en este país tan lindo, con gente tan linda, nos transformaron y se transformó a la educación. La educación pasó a ser un elemento utilitario para fines de país, que no tenían que ver con la formación integral del niño. Era una formación parcial dirigida a que el niño, una vez que fuese un joven, una joven, pudiese ser quien aportara de la mejor manera a mantener y a desarrollar la economía nacional. Llevamos décadas en que se ha puesto énfasis solo en lo académico. Y se olvidó la formación valórica, la capacitación espiritual.

Hoy día se habla mucho de que hay que volver a lo socioemocional, pero se desvirtúa el concepto. No hay desarrollo social ni emocional válido si no se incluye lo espiritual. La gente le tiene miedo al término porque lo relaciona con religión y la espiritualidad es un campo muy amplio. Por cierto, que puede o no incluir la religión. Hay personas muy religiosas y muy poco espirituales. Ya hemos visto en la historia de la religión católica en nuestro país, que la espiritualidad quedó muy al margen y hay personas también que son muy espirituales y no son religiosas. Esa es la dimensión que tenemos que incluir ahora.

Hoy día hay una cierta apertura, pero con desconfianza, por lo que conversábamos hace un minuto, porque se piensa que entramos como una especie de esoterismo, en una especie de todo paz y amor, de hipismo. Las autoridades, sobre todo las responsables de las políticas públicas tienen mucho miedo a este ámbito porque sienten que se les escapa de las manos. Indudablemente que hay muchas personas que se visten de espiritualidad, que pueden ser muy dañinas también. Pero cuando tienes la conciencia elevada, la conciencia lúcida y lucidez es luz, se puede distinguir cuál es el camino.

Mientras conversaba con usted en un momento hablé de poner una nota pesimista acerca de la importancia que tiene en estos momentos el egoísmo por sobre los valores mucho más fundamentales. Pero estaba pensando que más allá de las ideologías va a ser el conocimiento y las ciencias las que nos van a llevar por el buen camino para entender que al final de cuentas lo único que importa, lo fundamental, es el otro y los otros.

No me cabe la menor duda. De hecho, el diálogo fructífero entre ciencia, conocimiento y espiritualidad es el que va a hacer el cambio. Ya lo intuían grandes científicos hace veinte años atrás, cuando se produce, por ejemplo, un encuentro maravilloso que dio origen a un libro entre Francisco Varela, gran neurobiólogo y otros, y el Dalai Lama. En ese diálogo uno percibía también que los científicos y la gente con algún grado de conocimiento tenemos una mente que cuesta abrirla. Y se desconcertaron con las respuestas del Dalai Lama, porque muchas son respuestas metafóricas. En cambio, nosotros tendemos a las respuestas científicas. El día que podamos unir metáfora con certeza racional, vamos a estar salvados. Probablemente ese es el camino. La trascendencia del ser humano en el sentido de su presencia en este planeta es lo que nos va a salvar. Y ¿quiénes tienen sentido de trascendencia totalmente sólido, a flor de piel? Los niños pequeños. Los bebés tienen una fuerza de sentido y trascendencia enorme que la van perdiendo a medida que van conviviendo con los adultos. El adulto es el que daña esta maravilla de espiritualidad del niño.

 

José Zepeda

Periodista, productor radiofónico, capacitador profesional.

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