Centroamérica, crisis múltiple, autócratas, tiranos y demócratas en apuros
Deterioro democrático, respaldo popular a autócratas y dictadores. Contracción del gasto en educación y salud. Proceso de integración en estado de hibernación. Crimen organizado, violencia e inseguridad pública. Hay más en el reciente informe del Programa Estado Nación, PEN, de Centroamérica. Jorge Vargas, Director del PEN, nos acerca algunas de las razones que explican la crisis y su magnitud

En el momento que lo llamaba pensaba en el 7 de agosto de 1987, hace casi 38 años atrás, cuando se firmó en la Ciudad de Guatemala el Tratado de Paz para Centroamérica, conocido como Esquipulas II. Yo estaba allí y le puedo asegurar que se respiraba un aire de esperanza porque se pondría fin al conflicto más grave que vivió la región en 80 años. Resulta que ahora el informe de la institución que usted dirige dice que Centroamérica vive “la peor y más peligrosa situación que dejó atrás los conflictos políticos militares a finales de la década de los 80 del siglo pasado. ¿Tan grave es la realidad?
Tan grave como que los dividendos de la paz que se abrieron con Esquipulas II en buena medida se han borrado. En este periodo Centroamérica como región vivió múltiples transiciones. No todos los países las experimentaron igual y no tuvieron la misma cantidad. Vivimos el paso de la guerra a la paz de por sí muy complejo, porque toda guerra deja heridas muy hondas. Además, una gran transformación social, de sociedades rurales a unas altamente urbanizadas. Por ejemplo, en Panamá y Costa Rica, por encima de 75% en centros urbanos. Guatemala menos. Pero esa transición abrupta en una generación creó fuertes tensiones. Hay otra transición, la modernización económica. Pasamos de economías agroexportadoras, muchas de ellas con una industria liviana, altamente protegida, a economías que apostaron por el comercio internacional, por la atracción de inversiones mediante diversas apuestas productivas.
Entonces, una transición de guerra a paz, otra de sociedades rurales a urbanas con todas las consecuencias sociológicas dables de imaginar. Una transición económica y otra política, en una región dominada por dictaduras tradicionales a un proceso de democratización que avanzó con diverso grado y resultado, pero avanzó. Se establecieron elecciones regulares en todos los países.
Tuvimos una quinta transición: de ser uno de los puntos calientes de interés internacional geopolítico -todo el mundo volvía a ver a Centroamérica- a un espacio que no le importaba a nadie.
Si solo una de esas transiciones es compleja de manejar, la de la guerra a la paz, imagínese sociedades pequeñas, pobres, manejando cinco transiciones, algunos países cuatro al mismo tiempo. Eso suponía un ejercicio de entendimiento, de diálogo, de apoyo de la comunidad internacional para la reconstrucción y el manejo de todas esas tensiones, de armonizar las múltiples transiciones. En la mayoría de los casos no se dio ni con la comunidad internacional en la que algunos países financiaron la guerra, pero no financiaron la paz en igual medida. No tuvimos una especie de Plan Marshall que ayudara a reconstruir y crear las bases materiales para el entendimiento.
Todas esas transiciones las tratamos de manejar sin cambios en la redistribución del poder. Muchos de los que habían estado alentando la guerra y viviendo sobre sociedades altamente desiguales, quisieron seguir en las nuevas condiciones, manteniendo su poder.
Qué pasó, cómo el combustible, la energía que nos dio Esquipulas II se fue agotando rápidamente. Ya para los primeros años del siglo XXI era claro que la enorme esperanza que implicó el acuerdo de paz se esfumaba.
Yo estuve en El Salvador el día que se firmó el Acuerdo de Paz y la felicidad se podía tocar. Era una cosa casi física. 15 años después todo se había volatizado. ¿Por qué? Porque esa complejidad de las transiciones los socios externos no pudieron administrarla y se fueron acumularon deudas con las poblaciones.
Quisiera abordar separadamente dos aspectos centrales del informe para mayor comprensión de nuestra audiencia. En primer lugar, las causas internas de la crisis. Aparece el deterioro de la democracia cuya máxima expresión es Nicaragua, con un régimen dictatorial encabezado por Daniel Ortega y su mujer, Rosario Murillo; seguido por el régimen totalitario del presidente Nayib Bukele en El Salvador. Agregaría el secuestro de sectores del Estado como la justicia en Guatemala por una élite conocida como el Pacto de Corruptos. Pareciera que en varios países los históricos rasgos antidemocráticos nunca terminaron de irse.
No se trata solo de factores políticos. Las causas de la situación que vivimos, llamémoslas apuestas productivas con las cuales quisimos modernizar las sociedades no alcanzaron su propósito.
Uno puede hablar con más propiedad de transiciones desde regímenes autoritarios más que transiciones hacia la democracia, porque en la mayoría de los casos esas transiciones no llegaron a establecer gobiernos democráticos liberales. De hecho, en Centroamérica, hace 40 años había una única democracia liberal, 40 años después sigue habiendo una sola democracia liberal, Costa Rica.

En los demás países el desarrollo de regímenes dictatoriales a sociedades más democráticas se quedó atrás en varias estaciones del camino. En algunos casos, como el de Panamá, cuya democratización sucede después de una invasión militar -la de 1989 de Estados Unidos- se convierte probablemente en lo más parecido a una democracia liberal. En algunas clasificaciones internacionales ponen a Panamá como semidemocrática o una democracia imperfecta. En otros casos, las transiciones fueron todavía de vuelo más corto: en Honduras o en Guatemala, en donde la energía alcanzó solo para medio camino. Se regularizaron elecciones razonablemente libres, pero con una forma de gobernar autoritaria, con toda la impronta de los regímenes anteriores, con gran exclusión social y política de amplios sectores; con la captura del Estado por diversos grupos del sector empresarial e incluso por grupos del crimen organizado. Hay otras variantes en las que el vuelo todavía fue todavía más breve, como es el caso de Nicaragua que, en el mejor de los casos, llegó a tener una especie de autoritarismo competitivo y no logró sostener ni eso. Hoy Nicaragua en lo esencial, está como en la época del régimen somocista.
El caso más interesante de auge y caída fue el del Salvador, el país tuvo un acuerdo de paz de más largo alcance. Todo parecía que su transición se acercaba a una democracia liberal, pero ha tenido el desplome más fuerte.
¿Por qué pasan en la política transiciones insuficientes hacia la democracia? Las causas son múltiples. Una es que no se puede jugar a la democracia si no se redistribuye poder. Con esa limitación la democracia queda reducida a un juego periódico de elecciones. Muy importante, por cierto, pero en la que la ciudadanía no tiene voz ni influencia en la conducción de los asuntos públicos. La pretensión de crear democracias electorales fue significativa en una región que nunca elegía a un gobierno. Sin embargo, pronto esa condición necesaria se reveló como incapaz para tener democracia. Porque la democracia participativa, plural en los asuntos públicos, nunca llegó a hacerse realidad. Jugamos a la democracia sin redistribuir el poder.
La segunda causa es económica. En la mayoría de los países centroamericanos se generaron apuestas productivas para conectarse en el sistema económico internacional de manera distinta al modelo prevaleciente en la mayor parte del siglo XX en la región norte Centroamérica, en dónde vive la mayor parte de la población, Guatemala, Honduras, El Salvador y Nicaragua. Lo que se hizo fue modernizar la agroexportación, hacer un poquito más de lo mismo, con nuevos productos; se agregó una industria de maquila de baja productividad que rápidamente se deterioró por la competencia del sudeste asiático y China.
Cuando fallaron las apuestas productivas las sociedades comenzaron a exportar gente, a devenir en fuentes de migraciones masivas. A tal punto que actualmente en varios países de la región las remesas suponen entre 15 y el 25% del Producto Interno Bruto.
Los esfuerzos productivas fueron limitados, estrechos, no generaron más productividad y empleo. Si no hay más productividad, no hay más riqueza y si no hay empleo no se satisfacen las necesidades de las poblaciones y estas terminan por marcharse. Si usted pone juntos estos sistemas de modernización económica y política el resultado es un cóctel explosivo.
Tan serio como lo anterior, es el aumento notable del respaldo de la ciudadanía a la idea de que el Gobierno debe acallar las voces de la oposición y al mismo tiempo, “vastos sectores de la ciudadanía están de acuerdo en la reducción de las libertades políticas”. Se trata de un indicador preocupante.
A la ciudadanía se la puede ver desde diversas perspectivas. Una es la estrictamente legal, es decir, una condición jurídica que me da un conjunto de derechos y obligaciones. Está bien. Pero la ciudadanía es más que eso. Es, en teoría, una comunidad de iguales políticos que participa activamente en la vida pública, con la movilización de esos derechos y responde a las obligaciones inherentes. No solo sufraga, sino que se interesa, emite posiciones, conversa, delibera, llama a sus representantes, vocea sus demandas, se organiza.
En Centroamérica habilitamos a la ciudadanía legal y la ampliamos, incluso con elementos tan básicos como entregarle cédula de identidad a quienes no lo tenían. Ciudadanos que no votaban porque no podían legitimarse. Se logró generalizar ese estatus legal de ciudadanía.
La otra dimensión de ciudadanía que es la de la participación en la comunidad política como un igual con todos los derechos, no la trabajamos. No solo se trata de promover cultura cívica, es menester crear las oportunidades de participación, tener las capacidad de encausar y corregir cuando una persona no cumple con sus obligaciones cívicas, en temas elementales como pagar impuestos. Fuimos creando una peligrosa situación en donde los que creemos en los perfiles de apoyo a la democracia intentamos construir democracia sin ciudadanías democráticas.
Muchas de las élites del poder no se reformaron y continuaron aferradas a los intentos de captura del Estado. Lo que usted señalaba, en Guatemala; en Honduras, lo que pasó en El Salvador y ni qué decir en Nicaragua.
No hubo un proceso de socialización ciudadana. Al final el propósito de toda democracia es cumplir la promesa de bienestar. El sistema político no me cumplió y el económico me empuja o a mi sobrino, a mi tío o mis primos a migrar para sostenernos y sostener a la familia. Entonces no es extraño que la gente tuviera un fuerte alejamiento del sistema político, lo que creó el escenario perfecto para que emergieran líderes mesiánicos que proclaman: el sistema político no cumple. Yo lo llevaré al paraíso. Vote por mí, deme el poder que le garantizo todo lo que este sistema no le da. Conmigo va a comer, va a estar seguro y ser feliz. Buena parte de la gente ha comprado ese sueño.
Así como las élites de poder no se reformaron y siguieron concentrando poder, capturando al estado, como a la justicia para obtener rentas o consumar sus venganzas, los pueblos se debilitaron, en parte porque no se les dio la oportunidad, en parte porque no se promovió ninguna educación cívica y el sistema político los excluyó. Es precisamente allí cuando las víctimas sociales dijeron, no va más.
En esta tierra fértil, en esta encrucijada brotan los salvadores de la patria, líderes mesiánicos que saben mejor que nadie lo que la sociedad necesita. Ellos son los intérpretes de la patria.
Pasemos a los factores externos. La llegada de Donald Trump a la presidencia de los Estados Unidos es la llegada de la política migratoria que deteriora, entre otras cosas, los ingresos de los sectores más pobres de la población de Centroamérica. No olvidemos que más del 10% de esos 65 millones de centroamericanos vive fuera de su casa natal. Suspensión de la ayuda financiera con políticas de chantaje y amenazas, como el caso de Panamá. Tengo la impresión de que esta postura de la Casa Blanca no solo tiene visos de permanencia, sino que puede empeorar.
Demos un paso atrás para explicar este juego internacional y la posición de Estados Unidos. Centroamérica es una pequeñísima región en el mundo. Sumados todos los países, tienen una extensión territorial como la de España. Si quitamos a República Dominicana, que es una parte insular, su tamaño es un poquito más pequeño que Francia y la economía, todas sumadas constituyen aproximadamente el 10% de la economía de California.
Ahora, tiene una enorme importancia geopolítica desde el siglo XVI, cuando Europa pone un pie en el Nuevo Mundo. En primer lugar. Centroamérica es el nexo entre dos masas continentales Norteamérica y Sudamérica. Quien quiera controlar el hemisferio americano tiene que controlar Centroamérica. Es un eje Norte-Sur. Además, Centroamérica es en el mundo el lugar en donde el Atlántico y el Pacífico están más próximos. En la parte más ancha de Centroamérica, 500 kilómetros de diferencia, en la parte más angosta entre 50 y 80 kilómetros. Hay un canal de Panamá. Es el vínculo de las rutas del comercio internacional entre Asia, América y Europa.
Tanto en el eje-norte sur como en el eje este-oeste Centroamérica es una pieza de interés. De hecho, el estreno de los Estados Unidos como potencia mundial a finales del siglo XIX, se concreta con la intervención en Centroamérica y sacando a ingleses y españoles de estas tierras. Centroamérica, es mía y por mucho tiempo se entendió así. Los grandes imperios europeos de los Austrias españoles, los Borbones franceses, los ingleses disputaron Centroamérica y el Caribe, porque de aquí salía buena parte de las riquezas que permitieron la construcción europea. Centroamérica, se dijo, es el patio trasero de Estados Unidos y Estados Unidos recalcaba, aquí no se mete nadie. ¿Qué pasó después de las guerras? Hago esta introducción porque los antecedentes son importantes.
Después del feliz día que usted le tocó vivir en Esquipulas en el año 87 Centroamérica queda en principio encuadrada firmemente dentro del campo de Estados Unidos. Ya no hay disputa. A poco andar Estados Unidos empieza a tener una profunda negligencia con el istmo. Es un hegemón, como dirían en las relaciones internacionales, desinteresado de Centroamérica. Mientras que en la guerra había estado profundamente implicado y de hecho El Salvador se convirtió en un momento determinado en el tercer receptor a nivel mundial de ayuda militar norteamericana, solo después de Israel y Egipto. Tras la guerra, Estados Unidos dijo, esto se acabó. Cayó el Muro de Berlín, estos son terrenos seguros. Punto final. Hizo algunas inversiones, dio cooperación internacional. Por mucho tiempo, hasta hace poco, fue el mayor cooperante, pero en niveles nada comparables con su implicación cuando Centroamérica era un hotspot, un punto caliente. Estados Unidos empezó a ver otras partes.
Centroamérica, por 30 años no le interesó a Estados Unidos más que para parar la migración, para la guerra contra las drogas, para atacar los flujos de droga hacia el mercado norteamericano. Sobre el Desarrollo de Centroamérica, bueno, un tratado de libre comercio y aprovéchelo.
Por si todo lo anterior fuese poco los mexicanos, que eran nuestros hermanos mayores, a partir del año 1994, con la suscripción del Acuerdo de Libre Comercio con Estados Unidos y Canadá, dicen a nosotros Centroamérica y el sur dejan de ser prioridades. Ahora somos parte de América del Norte y nuestra apuesta fundamental es Estados Unidos.
En el momentos más delicado, cuando Centroamérica necesitaba reconstruirse, a nuestra potencia hegemónica, básicamente, solo le importa la región en aquellos asuntos que a ella le convienen: droga, migración y limitación de barreras comerciales. Sobre reconstrucción y modernización ni hablar. Así fue tanto con administraciones demócratas como republicanas.
¿Qué viene a agregar Trump? Dos fenómenos. Primero, cortar la ayuda, que no era mucha, pero la corta. Eso sí es nuevo. La segunda innovación es que la democracia y los derechos humanos ya no les interesa. En las tres décadas anteriores, al menos retóricamente, los gobiernos norteamericanos estaban a favor de la democracia, los derechos humanos y en principio favorecían, en principio, la democratización de los sistemas políticos. Ahora tenemos un gobierno que dice abiertamente, no son parte de nuestra agenda. Se trata de una involución que ha creado un incentivo para desdemocratizarse aún más, porque los aspirantes a autócratas saben que Estados Unidos no los va a parar en nombre de la democracia y los derechos humanos.
La tercera innovación importante, es que Centroamérica se vuelve un terreno de disputa con China, porque ante la negligencia de hecho de los Estados Unidos, China, que ya ha puesto un pie muy fuerte en América del Sur y es el principal actor comercial con América del Sur, de pronto dice: Caramba, si los Estados Unidos están viendo para otro lado, yo me meto en Centroamérica y ahí es donde ahora sí hay una reacción fuerte y violenta que empieza con Biden y que Trump profundiza.
La fragilidad de las naciones centroamericanas debería ser, con seguridad, el mejor argumento para poner todos los esfuerzos en el proceso de integración regional para afrontar conjuntamente los desafíos políticos, sociales, económicos, medioambientales, de seguridad, entre otros. Sin embargo, todo indica que, como nunca, la integración vive en los discursos, pero está totalmente ausente en la realidad. ¿Por qué?
El por qué tiene que ver con que Centroamérica en este momento es un verdadero zoológico político. Tenemos desde una democracia liberal con sus propios problemas; semidemocracias, democracias imperfectas, regímenes híbridos y dictaduras, todo en un espacio así de chiquitico. La literatura internacional dice que las democracias se llevan bien con las democracias, pero que las democracias y las no democracias tienen profundos problemas en su relacionamiento, sobre todo cuando se trata de establecer acciones conjuntas. Entonces, imagínese en ese zoológico donde hay de todo ¿cómo se comunican estos países? Esta una de las raíces del problema. En Europa occidental los países son democráticos, se pelean, pero hay valores e instituciones compartidas, en Centroamérica no. Cómo hace usted cooperación, integración, cuando lo que tiene usted es desde un autócrata como Daniel Ortega, versión tropical de Corea del Norte, vecino de una democracia liberal parecida a lo que puede ser España o Francia. ¿Cómo hace usted cooperación diaria? La diversidad política conspira contra la integración y más bien incentiva el conflicto y la turbulencia.
Todos los factores adversos que hemos comentado en nuestra conversación comprometen seriamente las ilusiones que brotaron de los acuerdos de paz, dice el informe. Si en aquel entonces la pacificación abrió una esperanza de desarrollo humano sostenible y democracia, hoy esa esperanza se ha difuminado en buena medida. Le cuento un queridísimo amigo costarricense, enterado de nuestra entrevista me dijo, ojalá que todo no sea pesimismo y surja en la conversación algo alentador. ¿Es posible eso?
Creo que sí. A pesar de todos las diferencias políticas, económicas y sociales, hay problemas compartidos en los cuales necesitamos cooperar y en la práctica tenemos todavía ciertos niveles de colaboración. Tenemos cuencas compartidas. La mayoría de las cuencas en Centroamérica son binacionales o hasta trinacionales. Estamos impelidos a trabajar en la práctica. Juntos tenemos un mercado eléctrico común que ya funciona varios años y que ha demostrado en la práctica que camina. Tenemos también compras conjuntas de medicamentos. Estamos en mínimos, pero no hemos borrado toda traza de trabajo coordinado en asuntos de interés común. Temas como el cambio climático, Centroamérica es la región tropical más expuesta a la crisis climática, nos va a obligar a ser prácticos. O sea, el tema no es ideológico. Acá vamos a tener que convivir entre distintos. El tema es qué hacemos para resolver problemas que son conjuntos. Siento la necesidad de una integración práctica, en el hecho que a pesar de que estamos en la peor hora, el comercio centroamericano sigue vivo y muy fuerte. Las comunicaciones siguen vivas y fuertes, siguen siendo sociedades intensamente enlazadas. Las urgencias son grandes y requieren no solo la voluntad de los gobiernos, aquí es esencial que las comunidades se sumen y reclamen acción para trazar el camino del futuro.




