Piedad Bonnett: Que no se me vaya nunca el deseo de plasmar en libros todo lo que pasa por mi espíritu

Tenía techo el mundo entonces

Y olor familiar a humo de leña.

Íbamos recibiendo la vida a cucharadas,

amorosa sopa de letras donde íbamos leyendo

La secreta consigna de los días.

¿Qué poderoso cataclismo,

qué oscura y sistemática tarea

nos dejó a la intemperie sufriendo viento y lluvia?

Siempre me ha parecido una injusticia de la vida que nos demos cuenta demasiado tarde de aquello que tuvimos en los primeros años, cuando todo era protección, juego o fantasías. Y de pronto, nos expulsan de la niñez y nos dejan desvalidos para que aprendamos solos, o no tan acompañados como antes, las otras caras de la vida.

Pues sí, José, creo que uno nunca tiene exactamente la conciencia de la importancia del presente. Le damos mucho valor al pasado y nos proyectamos hacia el porvenir. El futuro es como lo que lo va jalando. Me doy cuenta de la incomprensión que uno tiene del presente con las fotografías. Casi siempre en el presente digo: ¡como he envejecido! Y cuando veo fotografías de hace 10 años digo, hombre, ¡cómo me veía de joven! Es la relatividad absoluta. Además, pienso que uno no se dio cuenta en la juventud de que tan bella era, que tan ágil, ni siquiera que tan talentosa.

Nos reafirmamos con el tiempo y la experiencia. Pero a veces pienso en lo que podría haber hecho y no hice. El eterno dilema del hombre. Dice Milan Kundera que siempre estamos escribiendo la vida en limpio y no tenemos la posibilidad de hacer borradores. La vida es eso, ir eligiendo. Cada opción significa un sacrificio de algo que nos perdemos. Y no nos dieron sino una vida, no nos dieron la posibilidad de una segunda.

Es triste cuando uno piensa, si yo pudiera vivir otra vez ¿qué haría? Esa pregunta es mejor no hacérsela, para qué, lo que se hizo, se hizo.

Piedad Bonnett es una de las poetas más importantes de habla hispana. Su poesía es una sonda que incursiona en los meandros del alma, que se detiene ante el dolor y la muerte, que intenta comprender los límites del amor, las veleidades del miedo. Los poemas de esta publicación pertenecen a la antología Lo terrible es el borde (Colección Visor de poesía, 2021)

El siguiente poema se llama Después de todo y tiene un epígrafe de Harry Almela, un poeta venezolano, que dice: es extraño que todo esto va a pasar:

De ti, todo parece indicarlo, solo me queda el dolor.

Como el mercurio ajusta su blanca densidad a la redoma

así el dolor toma la forma de mis horas, toma la forma de

mi cuerpo.

Yo lo cuido, lo alimento con las vivas imágenes de tu

amor silencioso

como a un venado que ha venido a suspirar a mi puerta,

como a un amigo entrañable que ha decidido quedarse

unos meses en casa.

Cuando el dolor se aletarga

y es ya casi otra respiración, casi otra palpitación de mi

sangre,

yo me digo: es extraño que todo esto va a pasar,

que un día va a pasar

Dos puntualizaciones: ¿se siente en parte, no del todo, por cierto, de los poetas que le cantan al desamor?

Sí. A los poetas nos interesa básicamente el enamoramiento, no otro tipo de amor, porque eso que llaman amor, que es una relación estable de muchos años, nunca ha producido grandes eventos líricos. Por el contrario, la novela del siglo XIX con Flaubert, con madame Bovary, con Ana Karenina, lo que muestra son las contradicciones del matrimonio y lo que pasa en una relación estable. Lo que me interesa es ese amor que se parece a una enfermedad, que viene como algo que llega de afuera, absolutamente inexplicable ¿porque por qué ese y no otro? Esa pérdida de sentido de la realidad que sucede durante el amor. Pero sobre todo me parece impresionante la fugacidad del enamoramiento. He leído mucho sobre ello porque me interesa como tema literario y entre lo que me he enterado es que los científicos dicen que un enamoramiento propiamente dicho no dura más de tres años. Eso da pie a otra cosa, más atenuada, razonable, en donde uno evalúa la relación.

En estos días estaba leyendo, no sé a qué escritor muy importante que decía que la cosa más absurda que uno podía hacer era casarse en estado de enamoramiento, porque es un estado de enajenación permanente y además se dicen, de aquí para toda la vida. Es decir, tal vez si no estuviesen en estado de efervescencia, la gente no se casaría tanto.

La otra arista. Sobre el dolor a pesar de todos los intentos que se han hecho de expulsarlo de nuestras vidas ha vuelto con renovadas y globales energías del brazo de la pandemia del coronavirus. Es como si nos sacara la lengua y exclamará: “si pensaban que podrían conmigo, es que no han entendido nada de la vida”

Yo, que he sufrido grandes dolores, como la muerte de mi hijo, sé que lo mejor que uno puede hacer es enfrentar el dolor. Pero también me doy cuenta de la gente lo evade y, a veces, lo primero que se hace es silenciarse a propósito del dolor.

Lo otro también es dañino, quedarse sumido en el dolor de manera patológica y paralizarnos ahí. Eso puede ser totalmente destructivo. Lo he visto con el duelo, sobre todo con el de madres que perdieron a sus hijos.

Ahora, nunca se sale del dolor de una pérdida, pero el dolor se pone en otro lugar. Creo que no debían enseñar desde muy temprano que el dolor es connatural a la vida y que todos estamos expuestos al dolor. Podríamos aceptarlo de manera más consciente, mediante una reflexión más honda, desde muy niños, como creo que hacen las filosofías orientales. Pero en Occidente el placer es lo que se predica, y el dolor está por ahí, sepultado. No se habla de tantos dolores como el del indigente que está en la calle, del dolor de los viejos confinados en asilos. O los miles de dolores sociales, como los que padecen los migrantes, tanta gente con hambre. En fin, habría que asimilar mejor a la juventud acerca de la dimensión del dolor en el mundo.

Y ahora, la oración.

Para mis días pido,

Señor de los naufragios,

no agua para la sed, sino la sed,

no sueños

sino ganas de soñar.

Para las noches,

toda la oscuridad que sea necesaria

para ahogar mi propia oscuridad.

A Dios normalmente se le piden otras cosas. Salud, felicidad, amor. Usted no, pide condiciones para ser más usted.

Lo que le pido es como deseo de. Que mi motor esté siempre encendido. De muy jovencita sufrí una depresión que es una pérdida de las ganas de vivir. Y no le deseo eso a nadie. Porque es como una sustracción en la que el mundo estalla, uno está lejos y ese mundo no interesa o se le teme. Así, estamos más del lado de la muerte que de la vida.

Tal vez algo por allá en mi inconsciente me hizo escribir eso: no quiero agua para la sed, sino la sed; no sueños, sino ganas de soñar. Es decir, que no se me vayan las ganas de vivir y que esté en el mundo siempre con un proyecto. Los escritores tenemos esa ventaja, nunca nos jubilamos. Lidiar con una jubilación cuando no se sabe manejar lo cotidiano y esos días larguísimos que se nos abren por la mañana, me parece que debe ser muy complicado. En cambio, los escritores siempre estamos pensando leer, escribir algo. Que no se me vaya a ir nunca el deseo de plasmar en libros todo lo que pasa por mi espíritu, porque eso también debe ser muy duro. Es como secarse desde un punto de vista artístico.

Dice así:

Los hombres tristes ahuyentan a los pájaros.

Hasta sus frentes pensativas bajan

las nubes

y se rompen en fina lluvia opaca.

Las flores agonizan

en los jardines de los hombres tristes.

Sus precipicios tientan a la muerte.

En cambio,

las mujeres que en una mujer hay

nacen a un tiempo todas

ante los ojos tristes de los tristes.

La mujer-cántaro abre otra vez su vientre

y le ofrece su leche redentora.

La mujer-niña besa fervorosa

sus manos paternales de viudo desolado.

La de andar silencioso por la casa

lustra sus horas negras y remienda

los agujeros todos de su pecho.

Otra hay que al triste presta sus dos manos

como si fueran alas.

Pero los hombres tristes son sordos a sus músicas.

No hay pues mujer más sola,

más tristemente sola,

que la que quiere amar a un hombre triste.

¿Y qué hacemos con los hombres alegres que se enlazan con mujeres tristes?

(Risas)… No sé porque siempre pienso que las mujeres tenemos una energía que los hombres no tienen. Me da la impresión de que los hombres se dan por vencidos más rápido.

Tiene toda la razón. No solo una energía, sino un valor superior. Me acabo de acordar lo que decían algunas mujeres en los campos de concentración nazis: “pobrecitos nuestros hombres, cómo estarán sufriendo”

¡Ah! Es la parte maternal exacerbada que tenemos. Eso se discute mucho contemporáneamente. Las mujeres tenemos propensión maternal, aunque no se puede generalizar. No quiere decir que la maternidad es inherente a nuestra naturaleza. Sí creo que culturalmente se nos han adiestrado para ser cuidadoras y protectoras. Es lo que de alguna manera quise decir en ese poema.

Dicen que las mujeres nos enamoramos de hombres, a veces silenciosos, que parecen reconcentrados y que exacerban esa curiosidad y el deseo de protegerlos. Conozco parejas así, de mujeres muy alegres con hombres taciturnos.

Se me ocurre que esa falta de respuesta del silencioso tiene que ser un peso muy grande para la mujer que termina siendo como la madre de ese personaje que se manifiesta escasamente. O la mujer puede ser sentirse muy solitaria, abandonada, dejada de lado por hombres que no comunican.

Y es dable imaginar que alguna vez podamos leer un poema de buen humor de Piedad Bonnett, o usted guarda las sonrisas para otros menesteres.

Creo que tengo mucho sentido del humor en la en la vida en general, pero en literatura se manifiesta menos, aunque cuando escribo mis columnas en el periódico aflora un poquito más la ironía. Pero, en efecto, tengo más como un sentido trágico cuando escribo.

Dice el psicoanalista que el salto hacia el vacío

es, en forma simbólica,

un regresar al vientre de la madre.

De otro modo

me hubieras tú buscado.

de otro modo

habría yo querido recibirte:

en la curva más dulce de mi adentro,

en un cobijo de azules membranas,

en un mar de benigna oscuridad

que librara tus ojos

de la herida del sol de cada día.

Más a tu hora solo fui intemperie

un agujero

en la red que tejí con torpes hilos,

por donde regresaste hacia esa nada

de donde alguna vez

viniste a darme luz, temblor, sentido.

Creo firmemente que usted ha dotado de una belleza poética a un hecho trágico. Y, de un modo seguramente impensado, es un homenaje a quien alumbró sus horas, la hizo vibrar y le otorgó sentido al vacío de la vida.

No me lo propuse así nunca, pero evidentemente deseaba darle un lugar en la poesía. También hablar con amor de ese dolor que él tenía y que lo obligó a arrojarse al vacío (Daniel Segura Bonnett se quitó la vida el 14 mayo del 2011, lanzándose de un apartamento en la ciudad de Nueva York).

Me lo han dicho y lo he agradecido mucho porque nunca había pensado en eso: que Daniel es ahora un personaje de la literatura colombiana. De alguna manera también un representante de todos los que han sufrido tanto y han tenido que tomar alternativas tan duras como salir de la vida voluntariamente.

En los poemas estas cosas aparecen de manera intuitiva. El pensamiento simbólico no es una estructuración puramente racional. Me he dado cuenta de que muchas veces la imagen que uso es la del vientre materno, donde él estuvo protegido, en donde no estaba expuesto al dolor.

Ese poema nace de algo que me dijo el psiquiatra de Daniel. Un psicoanalista lleno también de aproximaciones metafóricas me dijo que el salto al vacío era un salto hacia el vientre de la madre. Yo creo que son elucubraciones freudianas, no es algo literal, pero a mí me sirvió la metáfora para hablar de ese dolor terrible, es decir, de imaginármelo literalmente, como querer, en una huida, volver al vientre de la madre. Como querer salir otra vez del mundo y por eso usé la imagen de la maternidad, de la imposibilidad de volver a coger el hijo que sufre en esa entraña que lo protegería.

A propósito ¿han acudido a usted muchas mujeres, muchas madres que han perdido a sus hijos?

Sí, mucho. Ya no tanto, afortunadamente, porque fue una avalancha de dolor que casi me enfermó el oír el dolor de los otros. Pero yo me abría eso porque era una vía de conocimiento, también de solidaridad y ellas necesitaban oír una voz que creían autorizada. No es que yo sea más autorizada, lo que había es empatía en mi aproximación y era lo que ellas necesitaban. Empatía es un fenómeno difícil de entender en este caso, la aceptación del suicidio en una sociedad que lo ha callado y estigmatizado.

Sí, ese fue uno de los primeros poemas que escribí después de la muerte de Daniel, porque me daba mucho miedo. Creo que nos pasa a muchos dolientes, que la ausencia de dolor equivale a como el olvido. Era como una especie de promesa a Daniel de que nunca dejaría de dolerme y de hecho han pasado 11 años y no ha dejado de dolerme. Me duele cada tanto.

Pido al dolor que persevere.

Que no se rinda al tiempo, que se incruste

Como una larva eterna en mi costado

Para que de su mano cada día

con tus ojos intactos resucites,

con tu luz y tus penas resucites

dentro de mí.

Para que no te mueras doblemente

pido al dolor que sea mi alimento,

el aire de mi llama, de la lumbre

donde vengas a diario a consolarte

de los fríos paisajes de la muerte.

El hecho de recordar a Daniel que no está ya casi once años, me imagino que ha hecho cambiar el dolor con el transcurso del tiempo. ¿De qué forma?

Yo, José, ya no puedo recordar de qué naturaleza era el dolor inmediato de la muerte. Pero en mi caso no fue un dolor que fuera como un rayo que me impidiera moverme. No, porque acepté inmediatamente la decisión de Daniel. Entendí que era un acto liberador y un acto de amor, porque nosotros vivíamos siempre muy preocupados por él. Él esperó a que subieran sus hermanas allá en Nueva York para tirarse. El mensaje que estaba mandando era de alguna manera protegerse: aquí van a rescatar este este cadáver. Y de alguna manera era como, no sé, decirnos gracias por el cuidado.

Jean Améry, un escritor que después se suicidó, que sufrió en los campos de concentración, hizo un primer intento y falló. Él dice que la persona que se va a suicidar no puede pensar en el momento del suicidio en el amor de los que quiere, porque eso le impediría hacer el acto. Tiene que olvidarse. El que está vivo no puede imaginarse el dolor que le ocasiona a alguien, la magnitud del dolor. Yo creo que no le conviene tampoco, porque un hijo que ama a su madre, si en algún momento se le pasara por la cabeza, debe ser muy duro hacerle eso a una madre.

Las palabras no alcanzan a transferir el dolor. Ni tampoco pueden hacernos sentir la magnitud del amor del otro, no podemos hurgar en su mente ni en sus pensamientos. Las palabras no pueden impedir decisiones decisivas, ni parar la guerra ni las balas. Y, sin embargo, estas y otras limitaciones no impiden que las palabras sean la bandera de la libertad, la posibilidad del entendimiento. La condición exclusiva del ser humano para ser mejor o peor. Yo podría haberme ahorrado toda esta perorata y preguntarle simplemente por el valor de la poesía en tiempos en que reina la mentira.

La poesía está muy consciente de la dificultad de llegar al fondo de las cosas. Parte de ahí, de una especie de conciencia de la posibilidad del fracaso. Lo cual no quiere decir que no lo intente. Lo que es muy hermoso en la poesía, es que lo intenta desde un lugar muy particular, que es forzando el lenguaje a decir cosas que habitualmente no puede decir. Entonces es como poner la palabra a trabajar en un estado límite, en donde lo racional está subordinado a otra cosa, que es a un pensamiento analógico, a un pensamiento metafórico. Y lo que descubrimos los seres humanos hace siglos es que a veces ese tipo de pensamiento casi siempre puede decir más y de manera más sintética que los lenguajes racionales muy estructurados. Porque además la poesía va primero que todo a las emociones. La palabra de la poesía tiene un poder emocional gigante. Por eso la gente ama la poesía, los que la aman, y por eso hay quienes que no pueden llegar a la poesía, no tienen la posibilidad de contactar con ese tipo de lenguaje, no están preparados. La sensibilidad la tienen en otro lugar. No los han adiestrado porque uno se adiestra para comprender esto, que es como otro idioma, el idioma de la poesía.

Precisamente de eso versa mi última pregunta. Siente Piedad Bonnett, que nació para esto, para ser poeta y escritora. Se lo pregunto por una razón personal, y es que tengo la certeza en mi caso, que yo nací para lo que estoy haciendo y en consecuencia, me siento doblemente feliz.

(Risas)…Yo también, yo también. Pero es que el mérito no es haber nacido para, sino haber descubierto que estábamos destinados a eso. A mí me gustaba mucho pintar y habría podido ser artista plástica como fue mi hijo Daniel. Pero cuando tuve que decidir, la intuición, cierto conocimiento de mí misma, me dije que era mejor por ese otro lado y acerté. Pero veo gente, por ejemplo, que quería ser poeta y es abogado y sí, no se decidió nunca por la opción de la vocación profunda que tenía. En eso consiste la vida, como dicen, “no soy río para no poder devolverme” La gente tiene siempre la opción de volver a lo que amó. O aquello a lo que pensaba que estaba destinado. Por eso los curas se salen después de 20 años de estar en un seminario porque se dan cuenta de que ese afán de trascendencia, esa espiritualidad que tenían, podía haberse encauzado por un lado distinto.

Que dicha que la vida sea eso: la posibilidad siempre de regresar a una búsqueda y equivocarnos muchas veces.

 

José Zepeda

Periodista, productor radiofónico, capacitador profesional.

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