Las armas nucleares no son necesarias para la paz. Su uso trae el infierno y la muerte a la tierra

Los hibakusha, la gente bombardeada y sobreviviente de Hiroshima y Nagasaki nos legaron un testimonio del horror que significan las armas nucleares. Hoy, cuando regresan las tentaciones de apretar el botón, urge despertar del letargo inducido y levantar las voces para reclamar en contra de las armas nucleares, exigir su abolición y derribar esa narración infame que pretende hacer pasar por bueno lo que es uno de los mayores peligros que enfrenta la humanidad.

Conversamos con el doctor Carlos Umaña, destacado activista a favor de la abolición de las armas nucleares. Umaña Forma pertenece al equipo directivo de la Campaña Internacional para la Abolición de las Armas Nucleares, que recibió la distinción del premio Nobel de la Paz, en 2017.

Comienzo con lo que se podría calificar como una de las impresiones más pesimistas que se tiene después de los 80 años de Hiroshima y Nagasaki. No se aprendió nada de ambas matanzas, ni de Auschwitz ni de Ruanda, como tampoco del Holocausto. Tarde o temprano todo se acaba olvidando.

Es una aseveración profunda y entendible según el panorama actual que vivimos. Por un lado, tenemos dos focos bélicos donde hay violaciones del derecho internacional humanitario en Rusia, Ucrania y en el Medio Oriente en Gaza. Sin embargo, desde 1945 el derecho ha evolucionado para aprender de todas las experiencias en torno a las guerras. La comunidad internacional se ha puesto de acuerdo en determinar, por ejemplo, que los ataques a los civiles son deleznables, inmorales e ilegales. En 1945 era un entendimiento, no una ley. Se creó Naciones Unidas, que es verdad que tiene deficiencias, pero es una plataforma para que el mundo se ponga de acuerdo sobre cosas importantes y a veces sobre detalles de los que la gente no se entera.

La pasividad y la indiferencia nos han ganado la jugada. Las armas nucleares, en este momento del 2025, estamos ante el riesgo más alto de la historia de una guerra nuclear a gran escala, según el Boletín de Científicos Atómicos. Es un momento en el que la gente está poco consciente del peligro y no se hace mucho por parte de varios gobiernos.

Ahora, hay movimientos que crecen, pero en la conciencia colectiva no existe el desarme nuclear como una prioridad, como lo fue en los ochenta. Es necesario un despertar y poner luces sobre la historia y recordar. Por eso son importantes las voces de los sobrevivientes de Hiroshima y Nagasaki.

Por fortuna hay un movimiento de países que están despertando a pesar del movimiento belicista que en los medios de comunicación buscan anular a los movimientos antinucleares.

Por otro lado, el tratado sobre la prohibición nuclear, que tiene actualmente 73 estados parte y tenemos otros en proceso de ratificación. 98 países se han comprometido políticamente con el tratado de prohibición. Y en la Asamblea General 144 países votaron a favor del Tratado sobre la revisión en la última resolución de la ONU.

Por un lado está el movimiento belicista y por otro el movimiento en contra de las armas nucleares, que rechaza su rol dentro de la seguridad, lo que se llama la disuasión nuclear.

Hay un movimiento civil creciente a pesar de que no estamos ante una catástrofe inevitable. No entra dentro del ciclo noticioso, pero es algo que vale la pena contar y que está creciendo. Si, hay una luz al final del túnel.

En consecuencia, me corrijo y me sumo a su entusiasmo. Saber y hacer saber es una manera de seguir siendo humano. ¿Están los medios de comunicación a la altura de las necesidades? Dos caras. Una. Usted lo ha dicho, los actos de rememoración con imágenes y palabras apelan a las conciencias de la humanidad. La otra. La búsqueda de normalizar la violencia y el ensañamiento en estos momentos en que estamos conversando de los poderosos y los débiles.

Si los medios de comunicación están a la altura, ¡No! Hubo una cobertura, por suerte, del 80 aniversario de la conmemoración de los horrores de Hiroshima y Nagasaki. Pero el discurso no va unido a una condena de las armas nucleares, que el uso de las armas nucleares no se puede repetir.

No hay una condena de los nueve países nucleares o de que se utilicen las armas nucleares. Se refuerza el mito de que las armas nucleares son necesarias para la seguridad y la estabilidad, que son conceptos abstractos. Con un pequeño debate se caen, a pesar de eso no se rechaza la idea, ni se habla de la abolición, ni de los movimientos activos, ni sobre los países que rechazan el uso de armas nucleares en su nombre, que, a la vez, es el rechazo al uso de la fuerza, de la imposición. Es una apuesta por la diplomacia y la cooperación.

Los dos focos bélicos del ciclo noticioso, Ucrania y Gaza, perpetrados por países con armas nucleares, están relacionados de cierta forma, con la tenencia de las armas nucleares. Por ejemplo, en la invasión de Israel a Gaza se habla de la proporcionalidad. Hay una pésima interpretación del derecho internacional humanitario, porque la proporcionalidad no se trata de que si me mataron civiles a mí, yo voy a matar la misma cantidad de civiles por allá. La proporcionalidad es que el ataque militar es legítimo cuando la destrucción que se cause sea proporcional a la obtención de ese propósito militar. Los civiles nunca son un objetivo legítimo. Ese discurso no está dentro de los medios de comunicación. En eso estamos fallando. Debilitamos el apoyo al derecho internacional humanitario y el respaldo a los derechos humanos y nos lleva a un retroceso. Nos pone ante un riesgo de que se utilicen las armas nucleares, lo que sería un riesgo existencial.

Si existe una zona libre de armas nucleares, esa es América Latina y el Caribe y su tratado de no proliferación de armas nucleares. Una región de tamaña dimensión y de 668 millones de habitantes lo ha logrado. Debería ser posible conseguirlo en otros lugares del mundo.

Latinoamérica y El Caribe es la primera zona habitada libre de armas nucleares. Antes estaba el espacio exterior y la Antártida.

Es una iniciativa que surgió en los sesenta tras la crisis de los misiles en Cuba (octubre de 1962), que suscitó una respuesta de la comunidad internacional. De ahí salió el Tratado de Tlatelolco (14 de febrero de 1967) que creó esta zona libre de armas nucleares. Paulatinamente se sumaron los 33 países de Latinoamérica y el Caribe. El éxito sirvió de ejemplo para otras 7 zonas libres de armas nucleares que existen actualmente.

Aparte de Latinoamérica y el Caribe, también están el Pacífico Sur, el Asia Sudoriental, África y Asia Central.

Primero se negoció el tratado de Tlatelolco y se creó una prohibición regional en la que los países se comprometen a no tener armas nucleares, a no producirlas, a no generarlas. Brasil y Argentina tenían sus programas nucleares. En los cincuenta ya tenían intenciones de fabricar armas nucleares. En Latinoamérica hay países que tienen centrales nucleares. La tecnología es muy parecida. Lo que se necesita es básicamente el mismo combustible: el uranio enriquecido, solo que para las centrales nucleares es enriquecido al 4% y para las armas nucleares al más del 90%. Pero la tecnología de centrífugas para conseguir pasar del cuatro al 90 es prácticamente la misma. Son naciones que han desarrollado su capacidad nuclear para usos civiles.

Tlatelolco fue un catalizador para otro esfuerzo importante: El Tratado de no Proliferación. Lo han firmado 189 países, solamente cuatro están excluidos de este tratado. Se abrió a la firma en 1968 y entro en vigor en 1970.

En los sesenta se dio este paso como consecuencia de que todo el mundo se asustó y tomo conciencia que tan cerca estábamos de una guerra nuclear a gran escala y decidieron condenar su uso.

El TNP tiene tres pilares. Primero, el desarme. Los cinco países nucleares que había en ese entonces se comprometían a deshacerse de sus armas nucleares en un plazo de 25 años. Es decir, para 1995 todos tenían que haber renunciado a sus armas nucleares, cosa que no ha pasado.

El segundo pilar es la no proliferación: los países que se adhieren al Tratado de no Proliferación se comprometen a no tenerlas. Se les da una garantía implícita de seguridad, llamadas garantías negativas: que no van a ser atacados con armas nucleares si no las poseen.

Tercero, el uso. El derecho inalienable al empleo pacífico de la tecnología nuclear, es decir, las centrales nucleares, la medicina y otros.

El gran problema que tenía este tratado era que las obligaciones se dividían en dos regímenes diferentes: la obligación para los países nucleares y la otra para los no nucleares. En el 95 estábamos muy lejos de llegar al desarme nuclear. El plazo se extendió sin fecha de caducidad. Los cinco países que casualmente también son los países los miembros permanentes del Consejo de Seguridad de la ONU interpretaron que era un permiso indefinido de tener armas nucleares. De esta manera se ha perpetuado la evasión y nos ha llevado a la situación que actualmente tenemos.

Pese a todo, en los setenta el tratado sirvió para disminuir las tensiones, para frenar la proliferación. Solo tres países no se adhirieron: India, Pakistán e Israel, que desarrollaron sus armas nucleares en esos años. Hay un país disidente, Corea del Norte, que fue parte del Tratado de Liberación hasta el 2003. Se salió y desarrolló sus armas nucleares en el 2006.

Cuando se lanzaron las bombas sobre Hiroshima y Nagasaki hubo expresiones de júbilo.: “Se salvaron miles de vidas de soldados norteamericanos y de las naciones aliadas”. Alguien exclamó ¡Bendita sea la bomba! Los autores fueron considerados benefactores de la humanidad y profusamente condecorados. Hubo mucha fiesta y mucha bebida. Hoy, cuando los pormenores son conocidos, hay gente que asegura que se trata de un crimen de guerra, según las Convenciones de Ginebra del 12 de agosto del 49, como son los ataques o bombardeos a aglomeraciones civiles no defendidas y que no son objetivos militares. En síntesis, que se hiciera el nombre del bien no excluye el horror del crimen.

Sí. Es una decisión que de forma retrospectiva se ha cuestionado mucho. La narrativa tradicional es que las bombas le pusieron fin a la guerra y previnieron más muertes de las que causaron. Sin embargo, eso se pone en tela de duda con los datos que se tienen actualmente. Japón, después de la bomba de Hiroshima no la vieron como una emergencia, porque habían sufrido en Tokio más muertes que Hiroshima con los ataques convencionales. Osaka también había sido diezmada. Cuando ocurrió Nagasaki estaba el Consejo de guerra japonés reunido porque la Unión Soviética les había declarado la guerra.

La decisión sobre el bombardeo es vista como estratégica más que como algo imprescindible. Estratégica para que el mundo sepa que Estados Unidos es el vencedor. Puede controlar Japón y evitar que se convirtiera en una Alemania del Este o en una Corea del Norte. Eran varios factores los que primaban en ese momento. Se había invertido una cantidad ingente de recursos, tanto humanos como económicos en el desarrollo de la bomba. Había que justificar los gastos de alguna forma. Estados Unidos también tenía que demostrar su hegemonía militar sobre el resto del mundo. Tenía que hacer una demostración de ese poderío que acababa de adquirir. Mucho de tales aspectos primaron sobre la decisión de detonar la bomba.

Por supuesto que había otros factores, como el racismo con Japón. Los japoneses se les caricaturizaba como otra especie en el imaginario estadounidense. Tal y como en la cultura popular las armas nucleares son las heroínas en muchas películas de ciencia ficción. El Día de la Independencia, Los Avengers. En esos film se utilizan las bombas nucleares para aniquilar a los alienígenas feos y malvados que pretenden destruir a la humanidad. En 1945, los alienígenas feos y malvados eran los japoneses.

Ahí nace la era nuclear. Con la prueba Trinity (16 de julio de 1945) emerge el nuclearismo, la ideología que exalta las armas nucleares y el poderío que representan. No es casual que en castellano les llamemos a los países que tienen armas nucleares, potencias nucleares. Todo es parte de la idea que encumbra las armas nucleares, que las ve como necesarias y que construye esa narrativa de que son necesarias para la paz, de que le pusieron fin a la Segunda Guerra Mundial y que han prevenido una Tercera Guerra Mundial. Es una épica construida cuidadosamente, porque lo que estamos viendo ahora con los sobrevivientes de Hiroshima y Nagasaki, en 1945 los testimonios estaban completamente censurados, también sus fotografías, sus expedientes médicos.

Tenemos a la vista lo que causaron las bombas atómicas. No fue solamente una destrucción masiva, una hecatombe, sino también un ecocidio. Un sufrimiento a largo plazo por efecto de la radiación. El síndrome de radiación aguda es una de las formas más atroces en las que puede morir un ser humano, porque implican la degradación de los sistemas y órganos vitales. Sobrevivientes describen cómo a la gente se les derretía la piel, se les caían los ojos, se les derramaban los abdominales; sangraban hasta morir. Una gripe podía llevarlos a la muerte. Tenían cicatrices que no sanaban y luego, al cabo de los años, tenían una incidencia alta de varios tipos de cáncer. En Hiroshima y Nagasaki eran los ancianos, las mujeres y los niños, los niños padeciendo todo esto.

Claramente bajo el marco actual internacional, esto es completamente ilegal. El ataque y el sufrimiento son inadmisibles, por las armas nucleares pues tienen ese componente de ilegalidad.

Me gustaría concluir rescatando palabras suyas que dijo al pasar, que, creo, encierran no la única, pero sí una de las claves fundamentales de lo que podría ser el comportamiento de las poblaciones civiles del mundo entero. Primero, el rechazo a la indiferencia. Segundo, la creación de una conciencia de indignación internacional en contra de las armas nucleares.

Es necesario un cambio de paradigma como el que vimos con las armas químicas y las biológicas que se usaron en las guerras mundiales. Hoy sería impensable que un país se jactara de ser una potencia química o que amenazara con utilizar armas biológicas dentro de su doctrina de seguridad. Son armas mucho menos destructivas que las nucleares, pero todo el mundo se escandaliza porque se han convertido en un tabú. Se ha generado una condena moral internacional y el mundo se ha puesto de acuerdo en que esas armas son malas.

Las armas convencionales están hechas para blancos militares, las de destrucción masiva no discriminan entre blancos militares y provocan destrucción indiscriminada.

En el caso de las minas antipersonales y las municiones en racismo las víctimas principales son civiles. Se crearon dos tratados que las prohíben. Estados Unidos, que no firmó ninguno, pero dejó de producir minas antipersonales y municiones en racismo. No por la bondad que le salía del corazón, sino porque se quedó sin compradores ni inversores y se había creado un clima moral ineludible. Hoy esa virtud se ha debilitado porque los países limítrofes con Rusia se están saliendo del Tratado y quieren poner minas en las fronteras en contra de toda la evidencia de que quienes van a sufrir son sus propios civiles.

Hay otros ejemplos en la historia como la abolición de la esclavitud, Una realidad cercana, del siglo antepasado. La actividad comercial era globalmente aceptada. Todo el mundo se ha puesto de acuerdo en que es algo inadmisible y que jamás puede volver a pasar. Estamos en el mismo proceso con las armas nucleares. Cuando terminó la Guerra Fría y en el 91 la tensión y el riesgo nuclear era el más bajo desde 1945 habría sido el momento ideal para llegar al desarme nuclear. ¿Por qué no se hizo? Porque las armas nucleares se habían convertido en un símbolo de estatus. Porque los países que ostentan las armas nucleares son potencias nucleares. El apellido nuclear se volvió muy cotizado. Años después, en el 98, cuando la India hizo sus ensayos nucleares un político de la India dijo: Tenemos que hacer esas pruebas para demostrarle al mundo que no somos eunucos. Tanto Reagan como Gorbachov querían llegar al desarme nuclear.

El mayor problema para alcanzar el desarme nuclear es que no hubo un cambio de narrativa, que no se condenaron tajantemente las armas nucleares. Por eso es tan necesario el Tratado sobre la Proliferación, porque es parte de esa estigmatización y su cara visible. Con este tratado multilateral se acabaron los puntos intermedios. O las armas nucleares son aceptables o no lo son. Un país que no firme el tratado de prohibición de armas nucleares está diciendo sin tapujos, que está de acuerdo con su existencia y que se utilicen. Para acabar con este riesgo solo queda condenar las armas nucleares. Ponernos todos de acuerdo en que son algo malo para la humanidad.

A fin de cuentas, es una crisis política y un invento humano. No es un asteroide ni un desastre natural. Lo podemos resolver entre todos y eso es precisamente lo que necesitamos. Y por eso los medios de comunicación son muy importantes para llegar a la gente, para difundir este conocimiento y este pensamiento crítico en torno a las armas nucleares.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

José Zepeda

Periodista, productor radiofónico, capacitador profesional.

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