Habla un sobreviente de Auschwitz 74 años después

Sala de clases de un colegio secundario en Montevideo, Uruguay. El profesor esboza algunas ideas sobre la persecución de los judíos durante la Segunda Guerra Mundial. Un alumno dice: “señor no fue así”. Y ¿cómo fue entonces? El niño comienza a contar, pero es detenido a los pocos segundos por un hombre indignado: Mira Jacobo, primero, nadie se puede burlar de los ocurrido con esa gente, segundo, no me gustan los mentirosos, ya estás bastante grandecito para ir por ahí inventando tonterías”. Pero señor, si fue realmente así. Y cómo lo sabes tú. Porque yo estuve allí.Habla un sobreviente de Auschwitz 74 años despuésEsta anécdota no es un recurso literario para hablar de los campos de concentración nazis. Ocurrió en la vida real de Jacov Drachman. Tenía nueve años cuando se lo llevaron junto a su familia a Auschwitz II-Birkenau.

Al bajar del tren lo separaron de sus padres. En ese trámite de segundos -se enteró después- lo tuvo frente a él, lo miró a los ojos, era Josef Méngele. Lo pusieron en una de las tres filas, en la que caminaba gente anciana, niños y enfermos. Algo le ordenó que debía salir de allí. Cuando el soldado que iba a su lado se adelantó, aprovechó el momento para correr hasta donde estaba su padre, lo tomó de la mano y evitó así entrar al reciento de las duchas en donde el agua se sustituía por el Zyklon B, el mortífero gas que segó las vida de más de 900.000 judíos, unos 74.000 polacos, 21.000 gitanos rumanos, 15.000 prisioneros de guerra soviéticos y cerca de 15.000 personas de otras nacionalidades. Las tropas soviéticas encontraron cerca de 7.000 prisioneros que fueron liberados el 27 de enero de 1945.

74 años después vi a Drachman en un programa de televisión español destinado a la conmemoración de la liberación de Auschwitz por las tropas soviéticas. Quería hablar con él, así es que llamé a mi amiga Reina Frescó, ex corresponsal de Radio Nederland en Israel para que me ayudara a encontrarlo. No le costó nada. Llamó a una amiga uruguaya y ella le facilitó el teléfono de Lea, la esposa de Jacov.

Hablé enseguida con Lea, quien fue especialmente amable. Me dijo que ella considera el libro de Drachman, Lágrimas secas (Israel, 2006), como su hijo. No es para menos, fue ella quien insistió durante largo tiempo para el marido pusiera en papel toda su historia. La primera vez que le pidió que hablara el hombre reaccionó airadamente. No quería tocar el asunto. No quería que otros se enteraran de todo lo que le había contado a ella. De lo sucedido solo hablaba con Lea y sus padres, que también se salvaron milagrosamente del lager.

No quería saber más de nada. Se sentía uruguayo el niño que había nacido en Polonia y había llegado a esa tierra de acogida en 1946. Salió como todos a la calle a gritar ¡Viva Uruguay! cuando el país salió campeón del mundo de fútbol en 1950.

Es prácticamente una norma. Los seres aherrojados por experiencias extremas tienden al silencio, como si lo vivido fuera intransferible, como si hablar provocara tanto dolor que optan por callar para no volver a revivir con los recuerdos lo padecido. Pero luego, por razones variadas, en este caso una mujer y una promesa al padre, dan los primeros pasos en un camino que no terminará hasta el día de la muerte: dar testimonio de lo ocurrido.

Lea lo ha escuchado hablar cientos de veces, pero en dos ocasiones fue algo tan grande que parecía que el mundo se hubiese parado a escuchar. Estaba con unos niños, les decía que cada día las chimeneas de los crematorios de Auschwitz expulsaban al cielo el humo de los muertos. Pero que hoy, por razones que se le escapaban creía que ellos, los pequeños, eran “el humo dulce” de esa combustión. Era -susurraba Lea- como si esos chicos fueran la reencarnación inocente y triunfante de las víctimas.

La otra historia, también con jóvenes de un colegio, ella no la había escuchado nunca. Jacobo dice que una mañana bajó subrepticiamente al crematorio y sus ojos lo vieron todo. Huyó despavorido, llegó hasta donde estaba su padre y le contó entre lágrimas lo ocurrido. El hombre le dio por respuesta solo una frase: “pásame el martillo”. Qué otra cosa podía decir. ¿¡Ay, qué horror, pobrecito mío! o algo por el estilo? No. Allí, no. Era lo mejor: pásame el martillo. Lea recuerda que se hizo un silencio tan inmenso y tan largo que era la más honda manera de honrar a los muertos.

A los campos de concentración no se sobrevive con rezos ni con virtud. Un sobreviviente célebre, Primo Leví dijo en alguna parte algo aterrador: “Los salvados de Auschwitz no eran los mejores, los predestinados al bien, los portadores de un mensaje. Cuanto yo había visto y vivido me demostraba lo contrario. Preferentemente sobrevivían los peores, aunque no es una regla segura. No hay en las cosas humanas reglas seguras…”

Jacov sabe que lo primero que se necesita para salir vivo es suerte, mucha suerte. Y después deseos grandes de querer vivir. Lo tercero, viveza, porque allí no había reglas. O vivías otro día o te quemaban.

“Y la forma de sobrevivir era no mirar al alemán y dentro del corazón decirle: tú vas a morir y yo voy a vivir. Y además sabía robar.”

Estuvo solo cuatro días en Auschwitz, aunque para muchos bastaron solo cuatro minutos. De allí lo trasladaron al campo de Stutthof. El infierno en la tierra como él lo llama. Era el sitio en el que la gente caía al suelo y moría. Finalmente estuvo en un tercer campo de concentración en Dresden.

Escribir sobre todo aquello le llevó cuarenta años. Muchas veces lo dejaba de lado porque tenía que matar a un ser querido. Lo mataban los alemanes, claro, pero yo lo mataba nuevamente en el libro.

No escribió para el mundo, lo hizo fundamentalmente para su mujer, para los hijos.

Ello no quita que le amargue que la humanidad no haya aprendido la dolorosa lección, que hoy como entonces perpetre matanzas, elimine al prójimo porque piensa diferente, se cebe con el débil aquí y allá.

No se fíen porque el diablo está solo adormecido. Y si no nos cuidamos puede despertar en cualquier momento y no solo contra el pueblo judío. Es lo que ahora sucede. Yo siempre le he tenido miedo a eso y hoy día renace. Los turcos mataron a miles de armenios (entre 1915 y 1923, se eliminó entre un millón y medio y dos millones de seres humanos), ¿dónde? en Armenia. Si un armenio estaba en París no lo iban a buscar para eliminarlo. A un judío, sí.

Hay una cantidad inmensa de anécdotas que ilustran hasta dónde puede llegar la deshumanización del hombre. En lo personal me horroriza cuando dice que un capo de un barracón se sentaba a fumar pipa cuando veía que alguno de los prisioneros iba a morir. Disfrutaba con la agonía del otro. La caída en los campos de concentración prácticamente no tenía fin. Ese mismo capo, Max, se sentó al lado de su lecho cuando vio que Jacov prácticamente agonizaba. El sujeto ya era un asesino antes de la guerra.

Me acompañó dos o tres días, hasta que vino un ángel del cielo y me salvó. Otro prisionero me trajo terrones de azúcar y comencé a comer. No había medicinas. Para quitarme la fiebre me acostaban en la nieve. Yo estaba con pulmonía.

Dijo que podría estar un año hablando sobre lo sucedido sin repetirse. Que hubo cosas que pasaron que prefirió no incluirlas en Lágrimas secas.

Por qué.

Por la humillación, por lo me hicieron a mí y a mi gente.

Por ejemplo…

Me tiraron a olla de sopa caliente. Quieres sopa, cerdo chico. Sí. Me tiró como una pelota de basquetbol. Afuera varios grados cero, dentro de la olla, setenta. Tragué toda la sopa que pude, hasta que me faltó el aire y salí corriendo. Allí contraje la pulmonía.

¿Y Dios?

Bueno yo no estoy en buenas relaciones con él. Tengo un problema. Tengo que preguntarle porqué. A mí, sé porqué me lo hizo. Ha, porque naciste judío. Pero si era un chiquilín. No tiene nada que ver. No puede ser tan malo. Siempre le digo a la gente, abran la puerta para que entre Dios, pero cierren las ventanas Para que no se cuele el diablo, que es lo que ahora hace. No cerraron bien las ventanas.

Voy a concluir pidiéndole una reflexión. Cuando un hombre tiene la terrible oportunidad de conocer la cara más inmunda del ser humano, creo que vivirá siempre preguntándose cómo fue posible y qué hacer, no para evitarlo, no soy tan iluso, pero por lo menos para no dejar nada que hacer para prevenirlo.

El que no hace nada es culpable. El se calla tiene tanta culpa como el asesino. Cuando hablo me preguntan si odio a los alemanes. Siempre respondo lo mismo: no perdonen, no olviden, pero no odien. Nosotros no odiamos, ellos odian.

Y por qué no perdonar.

No puedo después de lo que me hecho a mí y mi pueblo. Y otra gente. Yo vi matar gitanos. Lo hicieron porque pudieron. No lo impidió nadie.

Le voy a decir otra cosa, cuando estaba en la puerta del crematorio de Auschwitz vi quemar gente afuera. El gas mata rápido. Hacían montañas de gente, le echaba nafta y la quemaban mientras pasaban los aviones de los aliados encima nuestro. No fueron capaces de tirar una bomba. Pero, sabe, soy un hombre feliz. Ahora tengo una familia grande. Dos hijas, un hijo, nueve nietos y seis bisnietos.

Señor, esta es mi venganza, mi familia.

La celebración de la vida.

Si señor.

José Zepeda

Periodista, productor radiofónico, capacitador profesional.

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