Galeano se fue para quedarse

Guardo como hueso santo el ejemplar de Las venas abiertas de América Latina, dedicado por Galeano en 1987. Dice: “para José Zepeda, este viejo panfletito y un abrazo celebrador de nuestros encuentros. Galeano”. Y abajo dibujó, como acostumbraba a veces, un cerdito con una flor en el hocico. Ya en ese tiempo era la décima sexta edición del libro. Siempre nos llevamos bien pese a las diferencias de opinión. No es extraño. Eduardo defendió con ahínco la libertad, por eso les dijo siempre a la cara a sus aliados aquello que no le gustaba oir. Fue el caso de Cuba y de todos los demás. Los amigos de verdad critican de frente y hablan bien por la espalda. 


Se hizo querer pese al temperamento variable que lo determinaba. Quiero decir, era conquistador hasta el extremo de enamorar a multitudes o, al revés, de pararse indignado en medio de una presentación y de retirarse por algo que consideraba totalmente fuera de lugar. Temperamental, dirán algunos. Nada de eso: apasionado sin remedio con las circunstancias que le tocó vivir. Defendía la libertad sin apelleidos porque hubo un tiempo en que se la quitaron a palos.

Hablaba como escribía. Escasa e envidiable virtud. Cuando uno le preguntaba si le costaba mucho escribir, respondía coqueto: “Mucho. Soy muy bruto”.

Se hizo querer por múltiples razones: luchador por horizontes más dignos, humor irónico, retórica persuasiva, voz cálida, narrador de historias ignoradas por historiadores en serie.

Sus detractores lo entronizaron como el perfecto idiota latinoamericano. Paradójica caracterización de aquellos que defienden la libertad de expresión, la pluralidad de ideas. Es como si buscaran descalificarlo con las mismas prácticas verbales que condenaban. Demócratas con lenguaje totalitario para enlodar al adversario. Galeano se reía, estaba acostumbrado a las adversidades. Es curioso, decía. A veces salgo a la calle y me cruzo con gente que no quisiera, son personajes tan alejados de mi mundo, sin embargo, me gustaría cruzarme  con otra genete que vivió hace más de 500 años, como Bartolomé de las Casas, o Bernal Díaz del Castillo, que vinieron a América para querarla y respetarla.

Cuando más me gusta es en esa obsesiva búsqueda del buen decir. Incitaba a que nos esforzáramos para comunicar mejor: “Por favor, se lo ruego, no me ofenda usted preguntando si esta historia ocurrió. Yo se la estoy ofreciendo para que usted haga que ocurra. No le pido que describa la lluvia aquella noche de la visitación del arcángel: le exijo que se moje. Decídase señor escritor, y por una vez al menos sea usted la flor que huele en vez de ser el cronista que aroma. Poca gracia tiene escribir lo que se vive. El desafío está en vivir lo que se escribe”.

No basta decir, hay que vivirlo, única manera de rozar el alma de quienes nos escuchan.

Eduardo Galeano en el I Foro Social Mundial Porto Alegre 2001
Eduardo Galeano en el I Foro Social Mundial Porto Alegre 2001

Hace algunos años, antes de terminar el siglo XX, me enteré del cáncer que padecía. Le escribí un correo para saber de su salud. Al tiempo me respondió que no había sido fácil pero que había salido adelante y que el cáncer yacía en el suelo muerto despatarrado. Como suele suceder con esta enfermedad maldita, regresó con toda su fuerza destructora.

Eduardo Galeano fue lo que quiso, un hombre que despertaba amores y odios. Me lo dijo en una de las entrevistas; “yo no quiero escribir impunemente. Mis libros son para ser besados y aplaudidos, para ser odiados y escupidos”. Así sea.

El sonido que ahora incluimos es un fragmento de una larga entrevista colectiva realizada en el edificio central Radio Nederland, en Hilversum, Holanda. con colegas e invitados, a pocos años de finalizar el siglo pasado. Hemos escogido pasajes que lo representan en su ardor político, en su humor pícaro y en ese permanente amor por la vida de los suyos, es decir, la de todos nosotros.

José Zepeda

Periodista, productor radiofónico, capacitador profesional.

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