Algunos parecieran no saberlo: el Estado peruano no es un botín

 En el Perú solo un 3% cree que el país va bien encaminado. El presidente Pedro Castillo tiene cinco acusaciones fiscales, el Congreso es evaluado negativamente por más de 75% de la población. Está en trámite el tercer intento parlamentario para destituir al presidente por insolvencia ético-moral. Los escándalos por corrupción no dejan de aumentar. José Ugaz ex Procurador Ad-Hoc de la Nación en el caso Fujimori-Montesinos, explica aquí razones del deterioro democrático y las eventuales formas de solventar el desafío

El presidente peruano, Pedro Castillo

Vayamos de lo general a lo particular. Entre el año 2016 y el 22. Es decir. Seis años. Perú ha tenido cinco presidentes. La cifra es considerada signo de caos político o de anarquía y otros apellidos negativos. Yo me imagino que no hay una sino varias explicaciones que justifican los hechos históricos de estos años en el Perú.

Es correcto, es un problema multicausal. Primero habría que dejar sentado que el Perú es un país singular, en el sentido de que hay una alta inestabilidad política, como usted ha señalado con varios presidentes en pocos años. Y, sin embargo, no estamos viviendo un caos. O sea, no estamos caóticamente en el despeñadero. Eso es parte de lo curioso de nuestra problemática, porque tenemos una economía o la hemos tenido hasta hace muy poco, bastante estable, a pesar del ruido político y de la inestabilidad que se ha suscitado sistemáticamente entre los gobiernos. Pero hay varias explicaciones que se juntan para dar cuenta de por qué se producen todos estos períodos críticos sucesivos a lo largo de estos años.

¿Por qué?

En primer lugar, creo que tiene que ver con la clase política peruana. Siempre hemos tenido, por lo menos desde que tengo uso de razón y ya sumo 63 años de vida, una clase política mediocre. Debo aclarar que hace 50 años había líderes políticos notables, con algunos partidos sólidos, como fue el Partido Aprista Peruano, el Partido Popular Cristiano, Acción Popular del presidente Fernando Belaúnde. Eso ha venido en una degradación sistemática, al punto que hoy podemos decir que no existen partidos políticos. El APRA probablemente no se recuperará, por lo menos en el corto plazo, después del suicidio de Alan García, figura emblemática después de Víctor Haya de la Torre. El Partido Acción Popular del expresidente Belaúnde está en una crisis institucional, con directivas que se oponen y se acusan sin poder renovar sus cuadros. No tienen capacidad de llevar adelante elecciones internas y a pesar de una bancada considerable en el Congreso, sus representantes es que son de pésima calidad y aliados con un gobierno en descomposición como es el de Castillo. El Partido Popular Cristiano prácticamente ha desaparecido. Hacen intentos para resucitarlo.

Lo que tenemos son agrupaciones que se llaman partidos, pero que son más bien aventuras políticas temporales que se gestan en base a intereses económicos o de grupo, básicamente vinculados a la corrupción y al crimen organizado. Es un cóctel peligroso, porque quienes aspiran al poder lo hacen por intereses subalternos.

Habría que agregar otros fenómenos, como el de la corrupción. En el Perú la corrupción nunca había expresado de manera tan clara su carácter sistemático. Aquí tenemos lo que una académica norteamericana ha definido como “un sistema operativo de corrupción” (Sarah Chayes, investigadora sénior del Programa de Democracia y Estado de Derecho del Fondo Carnegie para la Paz Internacional) es decir, redes en las que confluyen partidos o agrupaciones políticas o funcionarios públicos con élites empresariales, con crimen organizado y con otros intereses que generan una rápida cooptación del Estado por estas redes corruptas. Las estadísticas son reveladoras. Más del 90% de los alcaldes municipales, a nivel distrital o mayor, están investigados por casos de corrupción y un porcentaje que supera el 75% de los gobernadores regionales están en esa misma situación. Los porcentajes dan cuenta de cómo la corrupción ha penetrado transversalmente a la política y ha generado permanentes situaciones de escándalo, de gobernadores detenidos, de alcaldes detenidos, vinculados a mafias de distinto tipo, porque ahí confluyen intereses del crimen organizado, desde la minería ilegal, que es un fenómeno social complejo. En el Perú, más de diez millones de personas en la informalidad, con todo lo que implica minería ilegal en términos de prostitución, degradación del medio ambiente. En narcotráfico somos el segundo país del mundo en producción de cocaína y otros intereses como trafico de maderas, o ahora tráfico de migrantes, etcétera.

Un tercer elemento que tener en consideración es que todavía no ha habido una recuperación plena del impacto que tuvo el decenio de la dictadura de Alberto Fujimori, que fue el gobierno también de una red criminal que estaba nada más ni nada menos que presidida por el presidente de la República, con su aliado, su asesor principal en materia Inteligencia, Vladimiro Montesinos, y el comandante General de las Fuerzas Armadas.

El abogado peruano, José Ugaz, ex procurador de la nación

Cuando se produce una crisis de esta magnitud, y no solo en Perú, lo primero que surge son los rumores de ruidos de sables, la posibilidad de un golpe de Estado o de un autogolpe. ¿Cuán peregrina es esta idea en el Perú de hoy?

Creo que no tiene visos de realidad, aunque para ser honesto con mi país nunca se sabe, pero hoy parecería altamente improbable. Primero, porque hay una lección aprendida por parte de los militares y los institutos armados. Cuando cae el gobierno de Alberto Fujimori e iniciamos las investigaciones anticorrupción que estuvieron a mi cargo desde la defensa del Estado como Procurador Especial en una noche promovimos la detención de 14 generales de las Fuerzas Armadas y de la Policía Nacional. En cualquier otra circunstancia, yo no estaría hablando con usted porque sería cadáver y, sin embargo, no ocurrió un solo disparo en esas circunstancias. Así pudimos desmontar la cúpula militar que estuvo vinculada al aspecto más grosero de la corrupción y del crimen durante el periodo de Fujimori-Montesinos.

En las circunstancias de hoy, nunca había visto que la derecha en el Perú clamara a gritos destemplados en las redes sociales, en los medios de comunicación, en las oportunidades que han tenido para salir a hablar, para que se produzca un golpe militar. Lo que yo he recibido de militares conocidos es que no lo van a hacer porque no van a correr el riesgo de terminar presos en una aventura golpista.

Creo que a raíz de lo ocurrido con las investigaciones del año 2000 y el descabezamiento de la cúpula militar vinculada a la aventura y la corrupción, el alto mando de las Fuerzas Armadas, Marina, Fuerza Aérea y Ejército tienen claro que no se van a jugar una carta de esa naturaleza.

Hay un dicho popular que dice que siempre se puede estar peor. Teniendo presente esta advertencia. ¿Se ha tocado fondo con el presidente Pedro Castillo?

No, mi experiencia a nivel global es que los países nunca tocan fondo. Hay que ver situaciones como la de Somalia, la de Haití. Siempre hay posibilidades de que caer un poco más y un poco más. Se trata de una discusión que he tenido con varios compatriotas cuando dicen es el peor capítulo de nuestra historia. No, este no es el peor. Hemos tenido una guerra salvaje con más de 70 mil muertos en confrontación con Sendero Luminoso y el movimiento revolucionario Túpac Amaru. A mi edad, he visto un golpe militar que duro 11 años, una guerra contra el terrorismo que duró aproximadamente diez años. He vivido bajo una dictadura ya no militar, sino criminal como la de Fujimori y Montesinos. He visto lo que usted ha mencionado, cinco presidentes en seis años, o los últimos diez presidentes del país que han sido investigados, presos o suicidados por corrupción.

Tenemos una situación compleja, crítica, pero no necesariamente la peor ni hemos tocado fondo. Aquí mucha gente entró en pánico durante la campaña porque el discurso populista de Castillo era aterrador. Quería desmontar la Defensoría del Pueblo, ataques a la libertad de expresión, una confrontación abierta con los medios de comunicación. Hablaba de una reforma agraria y tenemos el trauma de la reforma agraria de los años 70. Hablaba de una Asamblea Constituyente, lo cual podría haber generado una inestabilidad en el régimen económico, y otras cosas. Nada de eso ha pasado. Y ese es el drama de Castillo. En su mensaje de Fiestas Patrias el único logro que ha podido exhibir es el de una tasa de vacunación contra el Covid más o menos respetable. Mérito del mejor ministro que ha tenido de los cinco gabinetes que ha tenido hasta ahora. A ese ministro lo destituyó cuando le impusieron la cuota del partido que lo había apoyado en la campaña, Perú Libre, que además es un partido presidido por un personaje condenado por corrupción.

Entonces no, lamentablemente le respondo que todavía hay mucho espacio para caer, si fuera el caso.

El presidente Castillo tiene cinco investigaciones fiscales. De tener asidero jurídico estas acusaciones uno podría decir que pese a la gravedad de los epítetos nadie debería extrañar que lo acusen de mendaz, hipócrita, inmoral y corrupto.

Yo creo que todos los calificativos que ha mencionado le aplican en distintos grados y en todo momento. Por ejemplo, el presidente durante su campaña tenía dos frases, entre las muchas que acuñó, todas populistas, frases para discurso de plazuela. Él decía, no más pobres en un país de ricos. Y luego sostuvo como todos los candidatos en las últimas décadas, que su gobierno iba a ser el que rompería con la impunidad. A la semana de haberse instalado empezaron los escándalos con su secretario personal, a quien le encuentran 20.000 dólares en efectivo en un baño, que hasta el día de hoy no puede explicar; que se entregó a la justicia y está señalando directamente al presidente como responsable de una red criminal de la que formó parte. Y ahí están los escándalos alrededor de Castillo que se han ido multiplicando a una velocidad exponencial, no solamente con los amigos que él trajo de su pueblo, sus paisanos. Aquí hay una lógica tribal que se traduce en: voy a gobernar con mi familia, con mis paisanos, con los que vienen de mi pueblo y con los miembros del partido que me encumbró en el poder. Él proviene de una población que se llama Chota, y de la noche a la mañana los chotanos están ubicados por todos los resortes del poder. Es el otro drama del gobierno de Castillo, casi tan grave como el de la corrupción.

Más allá de que se estén llevando recursos del Estado, que no lo han hecho en gran cantidad porque no tienen la capacidad, creo que uno de sus impactos más negativos es el de la desinstitucionalización del país. Castillo ha establecido un estándar de mediocridad en la que lleva a ministros a quienes no tienen ninguna preparación específica para el cargo. Nunca han ejercido función pública alguna, ni siquiera tienen educación completa. Y el propósito de poner a esas personas es llenar las cuotas políticas del grupo al que pertenece el presidente y al partido al que perteneció, porque ya salió de ahí, lo sacaron y se vio obligado a renunciar y pagar favores a sus amigos, a sus paisanos, a su familia. Hay dos sobrinos del presidente prófugos y un ex ministro de Transportes y Comunicaciones del pueblo del presidente. Cuando todo el mundo le decía que estaba robando descaradamente, el presidente lo protegió hasta que fue imposible y hoy está prófugo. Está detenido el secretario personal del presidente con arresto domiciliario ahora porque está colaborando con la justicia, bueno, del partido político Perú Libre, que es donde se cobijó Castillo. Hay más de una decena de dirigentes que están procesados e investigados por corrupción. El presidente de ese partido, el señor Cerrón, está condenado por corrupción y podríamos seguir la cuenta.

Evidentemente hay aquí una clara vinculación de Castillo con una trayectoria criminal que tiene como lógica decir, es nuestro turno de comer. Durante todos estos años nuestra tribu ha estado fuera. He leído a analistas africanos, que cuentan cómo, durante décadas, hay tribus que esperan que las otras salgan del poder y cuando accede la nueva tribu, dicen: ahora es nuestro turno de comer y ven al Estado como un botín. Eso es lo que está pasando lamentablemente en nuestro medio.

Mientras hacemos esta entrevista, está en marcha el tercer intento para destituir a Pedro Castillo por una sucesión de hechos que demostrarían incapacidad moral del presidente. Por ahora no están los votos para esa iniciativa. Tres aclaraciones.

Primera. Es la destitución o vacancia ¿La solución democrática?

Yo creo que es indispensable para resolver la crisis inmediata. Pero si nosotros vamos a cifrar nuestra esperanza en que se va este presidente y va a venir con las mismas reglas electorales cualquier otro u otra y otro congreso similar, vamos a seguir mordiéndonos la cola por siempre. Tiene que haber reformas estructurales. Una de ellas es terminar la reforma y el financiamiento de la política, de la democracia interna de los partidos, de los niveles de representación.

Mi visión es que no podemos postergar un día más la presencia de Castillo en el poder porque está haciéndole un daño a la estructura del Estado.

Con mucho esfuerzo y gracias al precio de los commodities, en las últimas décadas el Perú sacó de la extrema pobreza más del 30% de la población y, por la pandemia, en tres meses la mayoría regresó a su condición anterior, porque el Estado y los gobiernos fueron incapaces de crear una estructura formal de empleo, de salida, de consolidación de la economía.

Ahora, desde la pandemia hay un movimiento social que es el que ha salvado de la desnutrición y la muerte a vastos sectores de la población, con las ollas comunes. Las ollas comunes no son otra cosa que organizaciones sociales de base espontánea generadas en los barrios donde las señoras deciden hacer comida con alimentos donados. Hay un importante número de peruanos y peruanas que tienen un alimento que llevarse a la boca al menos una vez al día. Este gobierno que se llamó el de los pobres, sensible a las necesidades del pueblo y que ofreció que nunca más iba a haber hambre, cuando tuvo la oportunidad de aprobar la Ley de Ollas Comunes y dotarlas de infraestructura básica, gas, alimentos donados, etcétera, fue de una indiferencia absoluta, inaceptable e hiriente, porque es una traición de quien se quiso presentar como gobernante para el pueblo y lo único que ha hecho, a una velocidad acelerada, es tratar de llenarse los bolsillos él y su entorno más cercano.

Segunda aclaración. Pongámonos en el caso que se va Pedro Castillo. ¿Hay figuras políticas e instituciones en condiciones de encabezar una regeneración ético moral en el país?

Creo que sí. Fíjese usted que no es casual que desde el año 2000 para acá los dos mejores gobiernos que ha tenido el Perú han sido de transición, de corta duración. El gobierno de Valentín Paniagua en el año 2001. Ocho meses. Espectacular gobernante y lamentablemente decidió no forzar la Constitución, que era lo que correspondía, porque creo que fue un presidente de lujo y recientemente el presidente Francisco Sagasti (noviembre del 2020 y julio del 2021) en la transición entre Vizcarra y Castillo. Un presidente que actuó con decencia, con un gabinete técnicamente calificado y que permitió una transición ordenada y eficiente.

Parte del problema es que con la polarización política que estamos viviendo es difícil encontrar racionalidad. Entonces, una persona como el expresidente Sagasti, la derecha lo acusa de caviar, es decir, de ser un izquierdista encubierto en un ropaje burgués y en algunos casos, incluso de terrorista. Narrativa totalmente falsa, ridícula y radical de un extremo. Por otro lado, los fujimoristas están en una posición similar y la izquierda radical a su vez ataca al centro diciendo que son derechistas, agazapados. El centro político que creo es la alternativa más viable por los recursos humanos que tiene, que creo que son los mejores preparados, está entre dos fuegos, pero ahí hay nombres y hay líderes y lideresas que estoy seguro podrían asumir un reto de esta magnitud.

El esfuerzo va a ser en la medida en que caiga Castillo, que creo, va a caer en cualquier momento, lo que venga como alternativa -sea elecciones generales adelantadas o un gobierno de sucesión del presidente, o alguna otra fórmula que se cocine del lado constitucional- debe tener una visión en perspectiva de que eso no va a ser suficiente y que tenemos que lograr consolidar y en algunos casos generar las grandes reformas del Estado peruano y la cultura política en el país. ¿Hay quienes pueden conducir ese proceso con liderazgo? Creo que sí, y básicamente están en los sectores más moderados, es decir, del centro centroizquierda y centroderecha.

Tercera aclaración. Yo sé que hay una mayoría realmente abrumadora que está, primero, en contra del presidente Pedro Castillo, y que tiene una crítica feroz en contra de los integrantes del Congreso. Más allá de esta actitud, ¿qué pasa con la sociedad peruana?

No podemos escapar de nuestras propias responsabilidades. Algo hay que reconocer, y es que tenemos los presidentes que tenemos porque nosotros los elegimos. Aquí hay tradicionalmente un sector de la población que dice: “Ah, bueno, ese candidato es un corrupto, pero va a hacer obra. Roba, pero hace”. Lamentablemente nos hemos encontrado en este caso con uno que solo roba porque no está haciendo absolutamente nada y eso es un drama.

A la sociedad civil nos corresponde aceptar nuestra responsabilidad. Yo pertenezco a un sector de la sociedad civil organizado en la comunidad anticorrupción. En mi caso, hay que reconocer que hemos fracasado en algunos de los intentos por generar una cultura de integridad, por promover medidas de transparencia que sean internalizadas por la población, que la población no vaya a votar tan alegre e irresponsablemente cuando está decidiendo su futuro con esa elección.

Tenemos una tarea inmensa por delante, que es trabajar en el ámbito preventivo y de toma de conciencia. Y eso no se hace de un día para otro, seguramente va a tomar generaciones.

Asimismo, debo reconocer que vivimos en un país resiliente, y yo le he visto salir de situaciones inimaginables que hubieran puesto a otros países, probablemente en situaciones caóticas como la que usted describe. Y fíjese, usted sale acá a la calle, camina y va a parecer un domingo cualquiera. La gente está haciendo lo que tiene que hacer. No somos una sociedad muy movilizada, pero hemos tenido algunas manifestaciones importantes, como la de noviembre, hace dos años que permitió la caída de Manuel Merino, que era un presidente usurpador. Hemos tenido movilizaciones importantes para defender a los fiscales anticorrupción contra el zarpazo del fujimorismo también. Pero no es una constante. No pasan cosas como la que hemos visto en Chile o en Colombia. Pero también creo que ese es un gatillo que se puede activar en cualquier momento y no sabemos cual es la formula ni la razón, pero no descarto que si las cosas siguen como están y Castillo sigue forzando la máquina, puede haber algún tipo de explosión social que vaya a generar la presión necesaria para que se vaya.

 

José Zepeda

Periodista, productor radiofónico, capacitador profesional.

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