Ángeles Mastretta. Hablemos de amores
Hace unos días vi, en Netflix, la teleserie mexicana Mal de amores, basada en la obra de Ángeles Mastretta. La dirige su hija Catalina, productora y guionista de la historia. La interpretación, la ambientación, el vestuario, la fotografía y la música dan vida a los años de la revolución mexicana con una historia de un amor arrebatado y otro fiel, persistente, a pesar de las tormentas.
Me acordé de una entrevista realizada en Frankfurt, en marzo de 2003, con motivo de una de las ferias del libro más importantes de Europa. Encontré la grabación y me parece que conserva la frescura del momento. Las ideas tienen vigencia plena. Pareciera no haber envejecido. Creo que vale la pena escucharla y leerla. Pese al ruido de un lugar visitado por miles de lectores.
Existe, quiero desearlo de este modo, un hilo conductor entre las respuestas de Mastretta y el crisol que contiene los entresijos de Mal de amores.
¿Sigue siendo, de algún modo, decisivo el capítulo de la Revolución Mexicana para la literatura en su país?
No, no sigue siendo decisivo, pero sí es muy atractivo.
¿Por qué?
Principalmente porque es una época fundacional. Toda la sociedad en la que vivimos hoy se fundó en esos años. No solo los modos de hacer política, que además nos marcan todo el día, sino incluso el modo de hacer el amor. Es el sello de los años de la Revolución Mexicana. Así como se fundó mucho de lo acartonado y de lo incluso ruin que puede tener la política mexicana y la vida social, también hubo un momento antes de que eso se consolidara, en el que sobresalían en la sociedad fuerzas muy llamativas, gente excepcional, loca, muy inteligente, con las pasiones sueltas y con permiso para soltarlas. La sociedad de los años 20 en México fue permisiva. Las mujeres, por ejemplo, tuvieron una libertad que no había en los cuarenta.
¿Y qué han recuperado ahora…?
Parcialmente. No quiero decir a las mujeres del pueblo, porque esas más o menos andaban y siguen caminando en las mismas. Quiero decir, las mujeres que tienen acceso a la información. Al arte, a la literatura, a la cultura. En los cuarenta es muy difícil que me menciones mujeres que florecieron. En cambio, es muy fácil hablar de las que sobresalieron en los veinte. ¿Por qué Frida Kahlo y Tina Modotti y un montón de mujeres que no fueron famosas pero que guardamos en nuestros recuerdos? ¿Por qué esas mujeres eran libres, pero no nuestras madres? Las mujeres de los cuarenta no pudieron disfrutar de esa libertad porque ya se había fundado una sociedad que no era libre.
A propósito, sigo aquí y allá algunas afirmaciones de la novela Arráncame la vida. Casi ninguna mujer iba a la escuela después de la primaria. “Total, terminé con una mediana caligrafía, algunos conocimientos de gramática, poquísimos de aritmética, ninguno de historia y varios manteles de punto de cruz”. ¿Han cambiado mucho las circunstancias?
Muchísimo. En mi país, lamentablemente no se puede hablar de una sola mujer. No se puede hablar de la mujer mexicana. En términos generales, vamos a referirnos a dos: las que tienen aseguradas la comida, la salud, y la educación. Y las que no tienen asegurada ninguna de esas cuatro cosas. Por cierto, entremedio hay gente que medio alcanza las cosas, pelea por ellas y gasta mucha de su energía en conseguirlas. Pero las mujeres que tienen acceso a la educación y a la buena educación ya no aprenden nada más. El punto de cruz, lo compran hecho en Hong Kong, en Taiwán. Son mujeres que tienen acceso a la universidad; ya no tienen que pelearse con nadie para acceder a la educación superior. Es muy difícil que hoy una mujer tenga que meterse en una riña con sus padres para ir a la universidad. Y es incluso lo lógico. Pero en los setenta, por ejemplo, a muchas mujeres de mi edad que ahora tienen 40 años, tenían 20 y no fueron a la universidad porque su mundo no se lo exigió, porque todavía no era una urgencia vital. Esas mujeres están afanadas buscando un quehacer. Ya no te dicen; yo me dedico a las labores del hogar. Se inventan ocupaciones, quieren ser cultas, informadas, participar, quieren hacer política o literatura o radio. O blusas de lentejuelas. Algo que les dé razón de ser mediante un trabajo.

Dice así: “Para mucha gente, yo era parte de la decoración. Alguien a quien se le ocurrían las atenciones que había que tener con los muebles y, de repente, se sentaba a la mesa y sonreía”. ¿Continúa siendo la mujer, de algún modo, un objeto de decoración para los hombres o para ciertos hombres?
En todo el mundo, no creo que sea nada más que en México. Cuando has visto la publicidad hecha por hombres, el tono que tiene con las mujeres, es como si fueran cosas preciosas, atractivas, seres que se asocian a las cosas para darles personalidad. Tú no compras un coche. Compras la idea de que a ese coche se sube una mujer bellísima, llena de brillantes. Lo compras porque sabes que un coche muy fino podría acarrear una mujer como esa. No se cosifica así a los hombres.
Ahora, para volver a lo que eran las mujeres en la época de Catalina Asensio, eran como muebles, esposas de políticos, que también las sigue habiendo en todo el mundo. A mí me siguen impresionando. Tú explícame por qué el esposo de una mujer poderosa. Porque ahora las hay, ¿por qué su marido no trabaja en las instituciones para proteger a los niños? ¿Por qué nadie le pide que se asocie a la Seguridad Social, al voluntariado? Al revés sí. Las mujeres de los políticos muchas veces son sujetas de manipulación.
Catalina, a quien usted mencionaba, la protagonista de Arráncame la vida, parece seguir el itinerario de una mujer dispuesta, pese a todas las adversidades, a sobrevivir. ¿Es ese uno de los ejes centrales de la novela, el deseo de sobrevivir?
Creo que eres un buen lector. Es muy difícil que la gente lo capte. Por eso algunos le piden a Catalina más de lo que hace. Por eso te preguntan por qué esta mujer, cuando descubre que su marido es un asesino, sigue acostándose con él. Porque si no lo hace, se muere. Por eso opta por él. Una mujer que decide por su vida, por la de sus hijos y por su libertad interior. En la que cabe su enloquecido y voluntarioso espíritu.
Usted lo decía recién, un político corrupto, arbitrario, tirano, a veces asesino. Pero da la impresión de que aquí y allá lo ama y no lo ama.
¿Qué es lo que sucede? Construí a un hombre como Andrés Asensio, un ser lleno de recovecos, de numerosas aristas y de caras. Es querible en varias de sus versiones. Simpático. Quiere a esa mujer en sus términos. La quiere totalmente. Está dispuesto a defenderla. Tiene con ella un pacto añoso. Es un hombre con ciertos toques, incluso la voluntad necia de Catalina y su capacidad para luchar le vienen de su contacto con él desde muy joven. Entonces ellos tienen mucho en común. Finalmente, ella acaba dichosa de que él se muera y pueda librarse de la opresión, del yugo que ha sido la existencia de ese hombre. Pero ya tiene muchísimas cosas que lo unen a él. Sería ridículo que te dijera que ella se lía con él a los 15 años y hoy, a los 32, sigue sin tener nada que ver con ese fulano.
La cultura, dicen, es parte del tiempo y cuando este cambia ella también lo hace. ¿Ha variado la concepción del amor? Hay gente que asegura que la idea occidental del amor está muriendo.
No sé si la concepción del amor ha cambiado. A lo largo de la historia ha ido y venido tantas veces que dudo que su esencia se haya transformado. ¿Por qué nos trastorna? ¿Por qué nos enloquece? ¿Por qué no podemos controlarlo? Eso ha ocurrido siempre y sigue ocurriéndonos, aunque hayamos leído cuarenta mil ensayos y pasado por el psicoanálisis. El amor nos sigue perturbando y seguimos sin saber qué hacer con él. Entonces, ¿de qué sirve que cambie su concepción? Saber que puedo amar a alguien con condiciones, o elegir al hombre con quien voy a vivir sin que nadie lo decida por mí, es útil. Pero lo es como la aspirina, las camas, las sábanas o las tazas de té: inventos que antes no tenía la humanidad.
El amor sigue siendo una dicha y una bendición que no terminamos de entender.
Para cerrar este capítulo, ¿qué piensa usted de los hombres?
No sé. Para cerrar el capítulo con incertidumbre, te puedo decir. No sé qué pienso de los hombres. Me lo pregunto todos los días. Sería muy mentirosa si te dijera que sé con exactitud lo que pienso de ellos. Sé algunas cosas. Sé que algunos me atraen y que no tengo control sobre esa atracción. Sé que otros me encantan. Me apasiona la inteligencia de muchos otros. Me conmueve la inocencia de la mayoría, esa inocencia que cree que ya lo sabe todo, que es muy valiente, que no llora y que todo puede hacerlo solo. Esto me resulta en lugar de fuerza, vulnerabilidad. Y en lugar de una gran cualidad, una deficiencia.
Pero sé cosas sueltas. Sería falsa si tuviera certeza absoluta de qué son los hombres. No solo para mi vida, sino también para la vida de las mujeres en general. Sí, puedo decir que son esenciales. Nosotras podemos dar muchas batallas, pero no contra los hombres, al menos no para devastarlos. Como seres humanos, podemos estar en desacuerdo con muchas de sus ideas de la realidad, pero no con ellos como seres humanos.
Sé poco de los hombres, pero quién sabe mucho. Del mismo modo, ¿quién sabe mucho de las mujeres? Las mujeres, como gran cualidad, como elogio grandísimo, los hombres dicen que somos un misterio. Entonces no hay que tocarlo. Entonces hemos pasado siglos sin meternos con nosotras, dado que somos un misterio. ¡Oh! Qué interesante. Ni los hombres se meten con nosotras y nos metemos con nosotras porque somos un misterio. Creo que convendría descifrar este misterio.
Ahora, nunca nos hemos dicho que los hombres son un misterio porque los hombres se han dedicado a pregonar que se están descifrando. Los hombres saben lo que están haciendo. Nadie les pide que digan cada mañana quiénes son. Se lo pide a los poetas o los poetas se lo piden a sí mismos. Pero resulta que los poetas son una versión femenina de los hombres.
Hay una literatura y una poesía femenina en América Latina marcadas por el lamento. Usted incluye en sus obras y concretamente en Arráncame la vida y en Mujeres de ojos grandes, una buena dosis de ironía y de buen humor.
Qué bueno. Creí que me ibas a poner entre los marcados por el lamento.
¿Cuán importantes son el buen humor y la ironía en su literatura?
Es crucial y definitiva. A mí me resulta imprescindible, no solamente para escribir, sino para ir por la vida, para verme en el espejo y no tener piedad de mí cuando estoy devastada en mitad de una catástrofe y de repente reír y decir, bueno, ni modo, no tiene remedio, por dónde le busco.
Específicamente en la literatura, creo que las mujeres escritoras nos vemos con humor, no porque queramos ser las chistosas del gremio, sino porque hemos encontrado que es un modo de mirarnos, un lente para vernos y contarnos. Es más, te diré que, en el más menso, el más bobo de los melodramas, en el momento en que a esa tragicomedia se la llena de sentido del humor, lo vuelve inteligente. El melodrama es tonto; trata de una pasión malentendida. Pero con sentido del humor, se vuelve inteligente. El humor es una manifestación clara del entendimiento, no del juego nada más. Es una expresión necesaria del conocimiento y la imaginación.
Usted hace alusión recurrente a la religión. Da la impresión de que hay cierto ateísmo en la ironía.
Hay un completo ateísmo. Pero me ha costado mucho trabajo aceptarlo. Tengo pena de ir por la vida sin fe. Hubo un momento, cuando tenía 20 años, en el que creía que no tener fe era un valor. Nos decían: deben dar gracias a Dios porque tienen fe. En el momento en que empecé a estar en el medio en el que regía el ateísmo, la vida misma me quitó, a mi pesar, la idea de Dios.
Si a ti te cortan una pierna, te quedas cojo y ni modo. Lo que tengo para curarme es reírme. Eso es como escritora. Pero la mujer es parte de mí. Así, uso ese recurso porque creo que estas mujeres, específicamente las mujeres de ojos grandes, son las que empezaron a dar una batalla. Yo las describí pensando en que era necesario contar la historia de unas mujeres que hace tiempo, en el pasado, habían dado batallas parecidas a las nuestras. Sin alarde, sin presumir, sin contárselo a nadie. Ellas fueron el fundamento de lo que ahora nosotras creemos que nació por generación espontánea. Hace muchísimos años que las mujeres se buscan distintas. No todas, no la mayoría. No a gritos, porque las cosas van poco a poco. Busqué dar la idea y que, desde hace mucho tiempo, hay mujeres en este pleito, que nosotras no somos ninguna novedad y que no tenemos derecho a la mayor parte de la gloria.
Estas son mujeres que, dentro de su sociedad, en todo un mundo pequeñito que las acerca, son capaces de jugar con los elementos más reconocibles. Uno de ellos, la religión. Otro, la monogamia. Con la religión juegan como un modo de buscar la libertad. Juega la narradora y juegan ellas.
Un lugar común, pero siempre distinto. ¿Cuál es la labor de la escritora Ángeles Mastretta?
Contar historias. Inventar realidades completas para regalar al lector. Yo escribo para hacer felices a otros. Soy feliz mientras escribo, mientras invento. Y quiero que otros sean felices con lo que invento. No escribo para experimentar con el lenguaje, aunque a veces, en la idea de contar una historia, me lleva a experimentar con él, a lidiar con él, a gozarlo. Pero lo fundamental que me interesa es regalarles a otros un boleto de avión a un mundo privado y secreto, al mundo íntimo de seres ficticios que, sin embargo, tienen que ver con ellos.
¿A qué escritores les agradecen que hayan estado experimentando con el lenguaje? ¿O los escritores que te hicieron conocer a alguien? ¿Cómo agradeces ver a Madame Bovary? ¿Cómo le agradeces a Isaac Mizrahi en sus mujeres de invierno? Lo haces porque te las pusieron en la mesa completas. Porque las hicieron para ti, porque te las regalaron. Porque tú no tuviste que hacer nada más que abrazarlas. Eso es lo que yo quisiera hacer.




