Víctimas del Holocausto: Nunca nadie en ningún momento nos ayudó en nada

“Holocausto, genocidio deliberado y sistemático mediante la exterminación de grupos étnicos y nacionales perpetrada contra la población civil de los territorios ocupados con la intención de destruir etnias, sectores de población y grupos nacionales étnicos y religiosos”

Los supervivientes del Holocausto y testigos de primera mano cada vez son más escasos, por ello es esencial invertir más en educación para transmitir la memoria de los hechos y combatir las formas contemporáneas de discriminación, persecución y rechazo a los otros.

Leer La mecánica del exterminio (Crítica, 2025) es adentrarse en un sistema creado para matar a por lo menos 31 millones de personas. Quien emprendió la tarea durante dos décadas es Xabier Irujo, director del Centro de Estudios Vascos de la Universidad de Nevada, catedrático de Estudios de Genocidio.

La aparición del libro coincide con el 80 aniversario de la liberación, por parte de tropas soviéticas, del campo de exterminio de Auschwitz-Birkenau. Allí, los nazis mataron a 1,1 millones de personas, la mayoría eran judías.

Su libro La mecánica del exterminio, es el relato pormenorizado del dispositivo nazi puesto en marcha para aniquilar a millones de personas, fundamentalmente judías. No fue una tarea anexa. Fue una prioridad a la que se le otorgó infraestructura, recursos, personal y especial atención política. Era, en consecuencia, un objetivo decisivo para el Tercer Reich.

En efecto. Se trata de un plan que emerge de la ideología nacionalsocialista de principios de la década de los 20. Pero tiene sus raíces en residuos ideológicos, en ideas que provienen del siglo XIX, o en algunos casos, como el antisemitismo son muy anteriores a ese tiempo. Desde luego, no solo en Alemania, sino en toda Europa. Lo que llamamos Holocausto básicamente es -y lo tenemos que entender- un capítulo sangriento más en la historia de los episodios sangrientos del antisemitismo europeo. Dos mil años de odio, fundamentalmente a partir del siglo XI, cuando los pogromos se multiplicaron en Europa.

En el comienzo es preciso aclarar que no estoy de acuerdo con que Alemania fuera especialmente antisemita. Tenemos ejemplos de antisemitismo a todo lo largo de Europa, de oriente a occidente.

El Holocausto es por tanto una campaña de genocidio que parte de obra de Hitler y se desarrolla posteriormente de acuerdo con un plan estratégico bien definido. Es importante decirlo, porque a la hora de establecer las líneas de acción, los cauces, la cantidad de medios que se procuró para esta campaña es preciso hacer referencia al Plan General del Este (Generalplan Ost). ¿Cuál era la idea? (En ese momento de la grabación se produce un sismo en Nevada que congela la imagen y se caen algunos libros de los estantes)

Bueno, el plan consistía en ocupar un territorio que según los ideólogos nazis en su día había sido ocupado por pueblos arios y que, por lo tanto, había que reconquistar. Se trataba de un vasto territorio al oeste de Europa que alcanzaba básicamente hasta los Urales. Se calculó también de forma totalmente acientífica que ese territorio estaba ocupado por 45 millones de personas. Del mismo modo acientífico se dividió a esos 45 millones en tres grupos humanos. Cerca de 31 millones de personas fueron consideradas “no arias” o “indeseables” y por lo tanto destinadas a ser exterminadas. Otros 14 millones de personas fueron consideradas “mezcla” de gente aria y no aria. La ley de aquel tiempo en Alemania prohibía que estas personas fueran ejecutadas. Había que concentrarlas, esterilizarlas o aplicar métodos para evitar que se reprodujeran. Un tercer grupo de personas fue considerado “puramente ario”, unas 250 mil personas, pero ni eran ideológicamente nacionalsocialistas, ni hablaban alemán. De manera que había que reeducarlas. Para ello se pensó en raptar a los menores de edad de esos núcleos familiares y educarlos en instalaciones ad hoc para luego ser entregados a familias alemanas en adopción. Ese era el plan original. Esas son las raíces materiales del Holocausto.

El holocausto es una advertencia. Ahora volvemos a defender con todo a la democracia. Década de los años 20, más o menos. Hitler y los suyos dicen, vamos a conquistar Europa del Este. Tenemos que matar a 31 millones de personas, fundamentalmente a los judíos. Aquí surge la gran frase de Ghandi que dice: “Lo más atroz ante las cosas malas de la gente mala es el silencio de la gente buena”. ¿Por qué el mundo miró hacia otro lado? ¿Por qué no quiso enterarse?

Es una pregunta recurrente. Surge una y otra vez a lo largo de la historia de la humanidad. En un principio, el plan de matar a 31 millones de personas en 30 años supone una tasa de criminalidad de aproximadamente 3000 personas al día sin solución de continuidad durante tres décadas. ¡Es una barbaridad! Obviamente, estos planes no eran públicos. Por lo tanto, el habitante medio alemán no conocía los detalles. Sí estaba claro que el plan pasaba por eliminar no sólo a todos los judíos de Alemania y territorios ocupados, sino a la idea misma del judaísmo, la idea de pueblo judío que se pudiera tener en aquel momento.

Hitler tuvo que invertir muchos millones de marcos en propaganda antisemita. Envenenó a la sociedad alemana durante todo el tiempo que estuvo en el poder con acciones de inyección de antisemitismo de todo tipo. Podríamos hablar durante horas de las medidas que se tomaron para acrecentar el antisemitismo en la población durante esos años.

Por una parte, tenemos un estado de terror que limitaba enormemente la capacidad de ejercer cualquier tipo de oposición. Por otra parte, la sociedad fue envenenada por el régimen mediante la inoculación del antisemitismo mediante todo tipo de actividades culturales, sociopolíticas, económicas y legales. A resultas de todo ello, el régimen pudo poner en marcha la maquinaria de exterminio en la dirección en la que lo hizo.

Usted ha querido que las cosas hablen por su nombre. Los detalles de los traslados en tren, la llegada a la antesala de la muerte en los campos de concentración, los relatos de la muerte distintas a la cámara de gas. El fusilamiento, la inyección letal, la inanición atosigan y dificultan la respiración. ¿Siguen teniendo esas historias la carga demoledora que deberían tener?

Sí, la tienen. De hecho, me ha costado 20 años escribir este libro. Nunca he podido trabajar más de tres meses seguidos en él por la barbarie que se esconde detrás de cada una de las páginas. Sobre el Holocausto se ha escrito muchísimo, sobre todo a partir de los años 60, tras el juicio a Adolf Eichmann en Jerusalén. Hay obras excelentes sobre este episodio histórico. Se han escrito obras de ficción, poesía, teatro, óperas. Incluso en el tiempo de los campos de concentración. Hace poco, un alumno de mi universidad reeditó una de esas óperas que se escribió, en este caso en el campo de concentración de Theresienstadt.

Pero algunas cosas se han desenfocado con el tiempo. Por ejemplo, uno de los iconos del holocausto son los trenes. Cuando hablamos del holocausto pensamos en trenes, en vagones donde se trasladó a los prisioneros. Es cierto. Se trasladó como ganado a los judíos en tren, fundamentalmente a partir del 1941. Pero si analizamos el caso desde la perspectiva del agente genocida, o sea de los perpetradores, esto no tiene sentido. Desde un punto de vista logístico, que una persona de un gueto, que ha perdido el 30% de su masa corporal y que va a morir en pocos días sea trasladado en tren para ser asesinado en un campo no es lógico. El transporte y las operaciones de exterminio tenían un coste. Los trenes tampoco sobraban ya que había que trasladar tropas o material de guerra. El transporte en tren, y eso es a lo que voy, era en sí un medio de exterminio. No tenía sentido que las víctimas llegaran vivas a donde iban a ser exterminadas. Era mucho más apropiado que llegaran muertas al lugar de destino de forma que fueran directamente quemadas y ahorrarse tanto el tiempo como el gasto que conllevaban las operaciones de gaseamiento. Los trenes ayudaban a optimizar el proceso de exterminio. Ese es uno de los muchos aspectos que he querido redefinir en el libro.

Tenemos testimonios de personas supervivientes de transportes, pero el tiempo ha desdibujado esta realidad y ha hecho de los trenes un medio de transporte. Fueron mucho más que eso.

A lo mejor y esto es terrible. Una de las claves que explica todo el Holocausto está en la falta de empatía, en la ausencia de arrepentimiento. Y si eso es así, perdóname usted que yo lo traiga al presente, pero es que hoy tenemos célebres exponentes de esa condición ajena al dolor ajeno.

Una de los de las obras maestras del Holocausto es el libro El diario de Nuremberg de Gustave Gilbert (1911- 1977), que llega a esta conclusión, que el mal radica en la ausencia de empatía. Estoy de acuerdo. El mal es eso. No obstante, cuando analizamos en detalle como he hecho en este libro las operaciones de las ejecuciones, por ejemplo, de personas con minusvalías psíquicas o menores de edad, nos damos cuenta de que ni la mayor campaña de deshumanización que puede existir en este mundo evita o pasa por encima de nuestra naturaleza humana. Los ejecutores eran seres humanos y por lo tanto padecían y mucho. Pero dicho esto, también es verdad, hay que añadir que todos ellos eran voluntarios. No se obligó nunca a nadie a participar en pelotones de ejecución de forma estandarizada. La razón, una vez más, es logística. Porque si se obligaba a un grupo, digamos de 20 personas, a hacer estas labores y en ese grupo cinco no eran capaces de hacerlo, eso afectaría al resto del pelotón. Era mucho mejor tener a gente que estuviera dispuesta a hacerlo, la mayor parte de las veces por interés antes que por deshumanización o razones ideológicas: sus vidas no corrían riesgo alguno, comían y bebían bien, y se enriquecían con lo que robaban de sus víctimas. Pero no podían dejar de sentir empatía. Digamos que ninguno de nosotros puede dejar de ser un ser humano a no ser que estemos enajenados y psicópatas. Y había muy pocos psicópatas entre ellos. Como en cualquier otra sociedad, los psicópatas eran una minoría.

Por lo que respecta a los espectadores que no intervinieron, hay que apuntar que hablamos de un Estado represivo, un estado de terror donde era muy difícil disentir. Ahora, también es verdad que el programa T4, por ejemplo, se destruyó, desde dentro de la Alemania nazi en 1941, en el momento en el que Hitler está en la cúspide de su poder, un grupo de personas bastante amplio consiguió que el gobierno alemán, al menos de forma tácita, detuviera, sobre el papel, el programa de exterminio de personas con problemas mentales. En la práctica, se siguieron cometiendo ejecuciones de personas con minusvalías psíquicas.

En el caso de la población judía nadie levantó jamás un dedo por ayudar a las víctimas. Es más, la mayor parte de los supervivientes que he entrevistado, cuando les preguntaba si alguien alguna vez las ayudó en algo, la respuesta, en la mayor parte de los casos, era la misma: Nunca nadie en ningún momento nos ayudó en nada.

Hay una actitud perversa, cruel, que se ensaña con las víctimas antes de que mueran. Tortura, humillación violenta, profanación de cuerpos vivos, Hambre. Como si no bastara la muerte. Como si fuera necesario algo más. ¿Por qué?

Esta es otra de las cuestiones que procuro enfocar en el libro. En mi primera aproximación a este tema, hace ya muchos años, pensaba así, en la crueldad. Hay casos de crueldad por crueldad. Es el caso por ejemplo de los Juegos de la muerte, que también menciono en el libro y que se dan en otros casos del genocidio como el armenio. Lo primero que observamos en un juego de la muerte es que se trata de infligir daño y disfrutar haciéndolo. Meter vivo a un menor de meses de edad en un horno crematorio se hacía con regularidad, no era algo que ocurría aleatoriamente. Era una práctica bastante habitual, pero la razón no era la crueldad por la crueldad, sino que era de raíz logística; la razón de ello radicaba en una cruel e infame logística de optimización del sistema de exterminio. No tenía sentido que en un transporte que llegaran vamos a decir 50 menores de edad vivos sin sus padres, que por sus propias circunstancias no se podían mover solos, fueran ejecutados en cámaras de gas o mediante armas de fuego, ya que eso conllevaba un gasto y un tiempo. En consecuencia, logísticamente era más apropiado quemarlos vivos. ¡Por supuesto que tenemos que hablar de crueldad! Una crueldad que responde a una terrible concepción de la industrialización de la muerte.

Recordemos las cifras del Este. La muerte de 31 millones de personas en 30 años. En abril del 42, el 85% de las 17 millones de víctimas mortales del Holocausto aún estaban vivas. Eso significa que entre abril del 42 y abril del 45 se asesinó a 12.000 personas al día, ya fuera en campos de concentración o por unidades de exterminio. Fue una maquinaria letal que funcionó a pleno rendimiento.

Hace sólo un par de días atrás, en el periódico El País aparecía la declaración de un sobreviviente de tres campos de concentración. Tiene 99 años. Se llama Albrecht Weinberg y dice que va a devolver la Cruz Federal al mérito de Alemania porque no puede soportar que la derecha se una con la ultraderecha y ponga al país al borde de lo peor. Pero lo peor que dice él es que todo puede volver a pasar. Yo me niego a creerlo. ¿Usted también?

Lamentablemente no. Estamos viendo un ascenso tremendo de la extrema derecha y del neonazismo, fundamentalmente en Europa. Tenemos resultados electorales sobre la mesa. No tengo ninguna razón para pensar que lo que se hizo en aquel tiempo no pueda volver a suceder. Vemos casos de genocidio actualmente en diferentes partes del mundo. Son cosas recurrentes, han ocurrido y volverán a ocurrir. A no ser que evitemos este tipo de lacras, no hay razones para pensar que no será exactamente lo que ocurrió entre 1933 y 1945. Aunque he entrevistado a personas que fueron liberadas en el 49. La guerra terminó en el 45, pero no se liberaron todas las poblaciones y hubo muchas personas que permanecieron en cautividad hasta el 49. He entrevistado a alguna de ellas. La historia no se fotocopia a sí misma, pero desde luego que, si seguimos por esta vía de ascensión de la extrema derecha y del antisemitismo, podemos llegar a ver episodios similares, brotes sangrientos de antisemitismo y otras expresiones de odio contra otros grupos humanos. Si miramos hacia atrás dos mil años, observamos muchos y muy violentos brotes de antisemitismo en Europa, y no hay razón para pensar que el holocausto haya sido el último.

De forma que coincido con muchos otros politólogos y supervivientes del Holocausto, que es preciso educar a la sociedad porque las campañas de genocidio no dejarán de repetirse si no actuamos, si no educamos a la sociedades en paz, valores humanos y respeto a la vida y la diversidad.

 

 

José Zepeda

Periodista, productor radiofónico, capacitador profesional.

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