Saskia Sassen: en las ciudades se normaliza la miseria

El rostro de esta época es el veloz desarrollo de las tecnologías de la información y de la liquidez del capital. En este contexto Saskia Sassen sitúa la emergencia de las ciudades globales. Las grandes urbes convertidas en lugares estratégicos para el capital global como para el trabajo de los emigrantes. Nacen de este modo comunidades e identidades translocales. Estamos ante la posibilidad que de esta realidad afluyan nuevas formas de ciudadanía. Más ahora que ya se perciben las consecuencias sociales de la pandemia.
Saskia Sassen es holandesa y reside desde su juventud en Buenos Aires. Es filósofa, socióloga y doctora en Ciencias Políticas. Premio Príncipe de Asturias de Ciencias Sociales en 2013. Autora de numerosos libros, artículos y ensayos. Destacan, entre otras, sus obras La ciudad global, Expulsiones: brutalidad y complejidad en la economía global, Una sociología de la globalización.

Saskia Sassen
Saskia Sassen

Profesora Sassen, da la impresión de que las ciudades globales y aquellas que no lo son tanto, de una manera u otra, se han transformado en alcahuetas del Coronavirus para que éste se ensañe sobre los sectores más débiles.

En realidad, esto va más allá del Covid19. Está pasando en muchos lugares. Hay una creciente demanda de acceso a la ciudad por parte de diversas clases sociales. En parte se debe al hecho de que estamos usando tierras, que alguna vez fueron lugares residenciales, en labores agrícolas, en actividades mineras, ganaderas y avícolas. Tenemos una combinación enorme de elementos que confluyen en un saldo negativo, que nos deja con menos y menos opciones para la construcción de viviendas.

La cuestión, en resumen, es que, en la periferia de las ciudades, por ejemplo, en Nueva York o en Buenos Aires se reducen los espacios destinados a la gente de ingresos modestos y con mayor razón para los más pobres. Hay una transformación de los espacios destinados a las viviendas modestas en donde el objetivo es construir con mayor lujo. Eso deja a los de bajos ingresos fuera del circuito. Es una situación muy seria. Lo peor es que la perspectiva es que no mejorará la situación, va a empeorar.

Existen dos imágenes distintas. La primera, la más espectacular, la favorita de ciertos medios de comunicación es la ciudad como campo de batalla entre los indignados y los representantes del Estado. Y, por otro lado, está la segunda imagen a la que usted llama la ciudad global, como el espacio en donde el poder de los menos favorecidos puede hacer historia con su capacidad creativa cultural, con la celebración en las calles, con los grafiti, con la música, con la comida. ¿Es posible esta última ciudad, la ciudad buena, a pesar de la primera; o mejor todavía, ¿que la cultura y el arte venzan al odio y a la represión?

 Creo que ya está pasando de alguna manera, especialmente porque a las nuevas generaciones no les interesa el poder o una casa enorme o un apartamento de lujo, o un automóvil gigante. No todos, pero a muchos jóvenes les importa más cuidar a la naturaleza. Hay otra modalidad en auge en donde importa menos tener y más dar a los otros razones para una buena vida en común.

La pregunta es, estos cambios ¿son suficientes para mejorar la situación? Porque los grandes poderes limitan la capacidad de esta nueva generación de manifestarse en términos de respeto profundo a todo lo que significa reducir el cambio climático. O sea, hablo de los jóvenes que están conscientes de las circunstancias. Lo adverso es que el sistema económico continua generando una serie de actores cuya única preocupación es poseer bastante dinero, encumbrarse a la categoría de millonarios. Entre estos extremos, las generaciones con conciencia social y cultural y los sectores de la avaricia, se observa una clase media en la que algunos se volvieron más solventes de lo que jamás se imaginaron y otros más pobres de lo que jamás imaginaron.

Así que es un período en donde se creen formaciones ciudadanas que surgieron hace, a lo menos, cien años, como sistemas destinados a facilitar la vida digna de la gente, al costado de circunstancias que niegan tales intenciones. La aparición de nuevas situaciones en un mundo que nos instala en un momento problemático, triste.

 Permítame insistir en este mismo aspecto, porque aquí se produce una paradoja. Lo que exige a gritos, lo que pide la pandemia es solidaridad, un estado volcado hacia los más débiles, una preocupación por los más frágiles. Pero, el sistema propicia exactamente lo contrario. No hablamos de un poquito menos, es exactamente todo lo contrario. Mala cosa, profesora.

Es el resultado de la entrada en una nueva época, y eso tiene su precio. Lo dije, e insisto en ello, no es pequeña la expansión de sectores con capacidad económica. No serán los más ricos, pero hay mucho dinero. De otra parte, las clases medias tradicionales han perdido terreno. Estamos ante una clase media diferente a que vimos hace treinta años. Da gusto verla porque familias pobres tienen hijos que adquieren mayor solvencia, alcanzan buenos salarios, posibilidades reales de desarrollo individual y colectivo. Si, hay una especie de nueva modalidad que genera por un lado una nueva clase media más próspera, y, de otro lado, un empobrecimiento de las clases medias modestas. El negocio de barrio, el abogado sencillo que ayuda a las causas de personas que también son modestas experimentan un proceso de pauperización.

Los sectores más ricos se vuelven mucho más ricos, lo que lleva al crecimiento de la capacidad de acaparamiento de terreno urbano para la construcción de edificios de lujo. Se desalojan las casas austeras y se pone una torre con viviendas de lujo. Es la realidad en Nueva York, en París, en muchas ciudades. Esta tendencia sustrae espacio habitacional junto a oportunidades de vida a una clase media que siempre fue humilde, pero que había logrado estar bien y ahora no está bien.

 Hay algo peor todavía en el caso europeo. Es el hecho de que inversionistas extranjeros, aprovechando la crisis económica, compraron a precios modestos una cantidad enorme de viviendas y hoy día están a precios exorbitantes, lo que impide a mucha gente poder seguir viviendo en esas ciudades.

Es un escándalo. Nosotros hicimos un documental, que se llama Push, empujar. Yo fui parte de ese proyecto:

Es monstruoso lo que ha pasado con la vivienda. Es importante entender que a nuestros ojos se les escapa esa transformación profunda, porque no se da necesariamente en la manifestación material de, por ejemplo, un agregado arquitectónico a una torre de vivienda. Por el contrario, aquí estamos ante circuitos financieros internacionales. Han entrado en varios países en África, y el sector inversor se presenta como parte de un proyecto para darle vivienda a mucha gente, pero la verdad es otra, no está destinado a ayudar a las clases más bajas. El proyecto es usar a la gente para despojarlas, ya que buscan adquirir miles y miles de casas, porque de lo contrario, no logran un valor extractivo suficiente, como para que valga la pena el emprendimiento. O sea que hay ciertas empresas que han comprado cientos de grandes torres en diecisiete países. Nosotros lo mostramos en Push, es un documental que hay que verlo porque ahí se explica todo lo que ha pasado. Lo trágico es la invisibilidad. Nosotros vemos un edificio que ha estado allí treinta años, pero cuánto ha cambiado. La construcción es a lo mejor la misma, parece que está igual, pero la plusvalía es otra muy diferente. Recomiendo Push realizado con una mujer apasionada de los derechos de ciudadanía y de la vivienda, Leila Farha.

Es un abuso extraordinario, porque se priva a las clases más humildes de la opción que tenían de obtener un pequeño apartamento en una torre de barrio. No, esa torre ahora pertenece a sectores de altos ingresos, porque se puede extraer una plusvalía de esto y no es tanto la renta que pagan. Es el edificio mismo que funciona como un asset, un activo. Es decir, hay dos circuitos: el de la gente que arrienda, lo que pagan, etcétera. Y el otro circuito es el activo que se vuelve un flujo que puede circular en los sistemas de explotación muy sofisticados de las altas finanzas. No es el sistema de la banca tradicional, estamos hablando otro mundo. Es la matemática algorítmica en juego. A través de ella podés transformar casi cualquier elemento. Esta puerta, ese jardín, en algo que lo podés usar para generar plusvalía. Manny, Manny, Manny. Es colosal esa transformación y la mayoría de la gente no lo sabe. No lo ve que ya no es una simple vivienda, es que la vivienda se vuelve un valor, como el valor de la bolsa. No es más simple casa, porque a través de los algoritmos lo transforman en un valor. Entonces por ahí hay tres mil viviendas o tres edificios que se han transformado en un asset que se compra, se vende, se compra, se vende. Los que sufren son los de ingresos más bajos que no pueden seguir pagando más y más para cada casa. Para mí es una brutalidad, un exceso, porque ya hay tanta concentración de dinero. ¿También tenían que agarrar eso, también tenían que jugar y extraer la plusvalía de la gente humilde?

A propósito, de estado y ciudad. Tengo más que la impresión, el convencimiento de que uno de los méritos de los estados europeos, más allá del Estado de bienestar, es la institucionalidad, es decir, la posibilidad de tener instancias ni vinculadas ideológicamente con los partidos que en un momento ostentan el poder. ¿No tiene usted la impresión que esta es una de las grandes tareas pendientes en América Latina?

 

Sí, absolutamente. Algunas de las grandes ciudades, ciertamente europeas, tienen buenas historias de la vivienda que se lanzaron después de la Segunda Guerra Mundial. Iniciativas necesarias. Ello no impide que los buenos y razonables gobiernos que tiene Europa también busquen la plusvalía, pero la brutalidad que se vive en América del Norte, América Latina y algunas otras partes del mundo, es de dimensiones mucho más brutales y despiadadas. Esta perversión a la larga nos afecta a todos los que vivimos en la ciudad, porque tenemos gente viviendo en la calle. Lo constatamos en Nueva York, en California. A la noche, el centro de la ciudad se llena de gente que duerme en la calle y son más bien hombres y mujeres de una cierta edad. No son jóvenes de 20 años. No, son gente que han perdido todo. Los han expulsado de sus viviendas.

Cómo querría que hubiera más visibilidad sobre ellos y su drama, porque se precisa una reacción más decidida. No es así por el momento. Lo que más sucede es que sus circunstancias se vuelven una normalidad. La normalización de la miseria.

Hay una suerte de generosidad. Uno puede decir que es una ironía. Somos nosotros quienes los dejamos vivir ahí. Una cultura que no es precisamente de indiferencia es más bien el caso de que ellos tienen sus derechos y no los vamos a patear ¡fuera de aquí! Podría incluso considerarse una actitud positiva, pero ¿no va muy lejos, no es cierto? Es la cultura emergente en nuestras ciudades que se acostumbra a ver como parte del paisaje que haya gente que duerme en la calle.

 Yo le preguntaba también desde el punto de vista de la institucionalidad, porque me da la impresión de que no todo puede dejarse a la buena voluntad de las personas, sino que tiene que ser el sistema el que provea ciertas normas.

La institucionalidad es irreemplazable para atender a la gente que sobrevive, o sea, mujeres y hombres de una cierta edad que pasan noches en donde no comen, noches en donde cae la lluvia y terminan todos mojados y enfermos. Cuando hay tanta riqueza, tantas modalidades a través de las cuales, con instrumentos modestos, se podría cambiar la situación. No estamos diciendo que todos deben tener una casa de lujo, no, la vivienda más básica que todo gobierno municipal debería proveer. La institucionalidad debe estar para realizar esta tarea prioritaria.

Me consta que no hay una solución, tiene que haber muchas, pero ¿es la regionalización una de las soluciones en el sentido de descentralizar esta concentración enorme en las ciudades globales como usted las llama?

Absolutamente, sí. Eso es importantísimo. Usted lo dijo. Yo estoy totalmente de acuerdo y hay algo que cambiar. Agrego a eso que tenemos que proteger a la vivienda, especialmente las viviendas en donde habita gente más desprotegida. Creo que tanto el gobierno regional como el municipal deberían preocuparse un poco más. Aquí hay varias lógicas circulando, diversas culturas en juego, donde vos ves que algunas costumbres vienen marcadas por una especie de indiferencia con la situación social, mientras que otras, por ejemplo, es el caso de los franceses, de los alemanes tiene, de los suizos, que tienen mayor conciencia. Las Américas son las regiones más problemáticos, más duras. Creo que las Américas no están saliendo bien.

¿Por qué es así? ¿Por qué hay gente y países que toman conciencia social y otros que carecen de ella?

Me parece que las Américas nacen de la violencia. En el continente entraron, mataron, y empujaron fuera. Ultrajaron a la naturaleza, las aguas, la minería. Hasta hace poco años yo nunca hubiera dicho lo que digo ahora. Y es que la pregunta es hasta qué punto es determinante el hecho de un continente surgido de robos tras robo, de los que llegaron a capturar, esclavizar. Se de los que implantaron una lógica extractiva de una fiereza y efectividad en términos del proyecto. Una capacidad de manejo de la situación a través de una extrema brutalidad, de eliminación de los pueblos indígenas y a los restos lo pusieron en campamentos.

Son cosas que uno las constata y dice no es posible que nosotros como humanos pudiéramos actuar así.

En Argentina tuvimos dos modalidades, una que empieza con Perón. Generación de viviendas para las clases más empobrecidas, porque la ciudad estaba en un proceso acelerado de crecimiento. Todavía existen elementos que uno reconoce como positivos para facilitar una buena vida. Pero ahora es algo muy distinto. Ah, ahí hay minerales que podemos explotar y ello junto con un desdén por la gente pobre.

Dicho lo cual quiero mencionar las cosas buenas, como la búsqueda de una vida más sana, de comida más saludable, de una menor ostentación por parte de los jóvenes. Tenemos evoluciones positivas, pero paralelamente hay actores tan poderosos, tan internacionalizados, que simplemente malogran realidades de las que ni siquiera tienen conciencia de que las están destruyendo. Es como si flotaran por encima de todos los abusos.

Leyendo sus libros me parece que en todos ellos hay el siguiente mensaje: Miren, ya pasó el tiempo de las estrategias totalizadoras que pretendían cambiar todo asaltando el cielo. Hoy día lo que necesitamos son estrategias más modestas, pero no menos efectivas. La ciudad, lo local, el barrio. Vamos a comenzar de abajo para ir cambiando este mundo que tanto lo necesita.

A la larga esa va a ser la mejor modalidad con la que podemos contar. El mundo se ha endurecido porque hay demasiado sufrimiento. Si uno piensa en la India, en ciertos países con tanta pobreza, tanto abuso. Es, como si alcanzado cierto punto, los humanos nos protegemos automáticamente para no pensar demasiado en esas cosas, evitar verlas. O dejamos de preocuparnos porque no podemos hacer nada frente al alarmante crecimiento de la injusticia social. Estamos como paralizados o disminuidos en nuestras capacidades de actuar, abrumados ante situaciones en donde tenemos cero poder. Esa competencia existía en las pequeñas ciudades. Era vital para la ciudadanía. Hoy en día carecemos de la plataforma en donde pararnos para decir ¡yo no acepto más esto! Tenemos que recuperar la capacidad de hacernos escuchar, de recrear la presencia comunitaria y su incidencia en la vida en común.

Voy a terminar con una con una nota positiva, pero no sencillamente por buena voluntad, sino porque es una realidad y tiene que ver con Holanda. Existen aquí comunidades con todas las edades, jóvenes, adultos y viejos que se reúnen para vivir juntos en un barrio construido con el fin de compartir responsabilidades. Son una suerte de núcleo ecológico, social y humano que es como un germen de transformación.

Muy bien. Pero los holandeses también son un caso especial.

¿Por qué?

Porque el país es muy chiquito. Entonces ellos, desde pequeños aprenden a valorizar muchas cosas, especialmente el espacio. Al ser un país con una población considerable cada trozo de terreno cobra un importante valor. Resulta extraño encontrar a quienes no usan bicicletas, incluido los políticos, los empresarios. Ahora mismo tenemos un Primer Ministro que se ha vuelto famoso por andar en bicicleta. La población sabe que es lo más racional, lo más efectivo. No es un romance. Es una realidad concreta.

Un país pequeño, tras la Segunda Guerra Mundial o se reinventaba o terminaba en un desastre. Los holandeses le exigen mucho a la imaginación. Ahora han inventado una plataforma para ponerla en los ríos. No pueden hacerlo en el mar porque es muy violento. En las dichosas plataformas se crían vacas y toda una serie de animales. No hay más tierras disponibles, entonces plataformas. Se construyen silos altísimos para llenarlos con productos agrícolas. No hay más tierra, entonces edificación vertical.

Esas mismas iniciativas u otras con el espíritu similar podrían implementarse en varios países de América Latina. La gran pregunta es ¿por qué no pasa eso ahí donde hay tanta tierra, tanta riqueza? Los grandes propietarios tiene su cuota de responsabilidad, pero también lo es la cultura ciudadana. Es esa especie de incapacidad de decir esto lo vamos a transformar como lo hicieron los holandeses, porque tenían que hacerlo y nosotros también.

José Zepeda

Periodista, productor radiofónico, capacitador profesional.

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