Gabriela Mistral. Hizo lo que pudo con lo que tuvo y alcanzó la cumbre mundial

Vivió entre 1889 y 1957. Su infancia la marcaron la tierra y la pobreza. La echaron del colegio y la trataron mal por “rara”. La insultaron y la persiguieron, pero sobre todo la envidiaron. Lucila Godoy Alcayaga conocida mundialmente como Gabriela Mistral tenía un carisma arrollador, era una cuentista nata e intentó siempre mantener su condición sexual alejada de un mundo que podía dañarla irreversiblemente. Así lo establece con hechos concretos, con su cartas y su poesía, Elizabeth Horan, profesora, escritora, traductora y editora, autora del primer libro de la trilogía, Mistral, una vida

Dos elementos centrales en la génesis de Lucila Godoy Alcayaga, la geografía y la pobreza. Para peor, con un padre con deberes familiares débiles. No es difícil suponer que las privaciones de la infancia jugaron siempre un papel importante en su empeño en salir de la miseria.

Por un lado, ella nos dice en una carta a Radomiro Tomic que su madre y su hermana sintieron mucho alivio cuando su padre, Jerónimo Godoy Villanueva, quien era dado al licor y las mujeres, cuando él se fue y no volvió se sintieron aliviadas. La poeta protegió a su madre cuando recibió la noticia de la muerte de don Jerónimo, que llegó a ellas con cuatro años de atraso, en 1915.

Ella nunca superó sus privaciones de niña y adolescente y esas privaciones la hicieron lo que fue. Yo sé que es un sacrilegio, pero su pobreza la hizo grande. Supo empinarse sobre la miseria.

Creo que también tenía mucho optimismo que le vino por medio de su madre, doña Petronila. La escritora nos habla de lo muy trabajadora y optimista que era su madre; en contraste con un pesimismo muy Godoy, la madre era muy sociable. Por ejemplo, Petronila y su comadre Antonia Molina, cuando la chica tenía 14 años, consiguió un trabajo de ayudante en la escuela rural de la Compañía en Coquimbo, Petronila fue tocando las puertas de la vecindad presentando a su chica que iba a enseñar incluso a unos muchachones mucho más grandes que ella, que trabajaban en el puerto de Coquimbo.

Si, Gabriela supo empinarse sobre la miseria y lo aprendió de su madre, que era muy trabajadora y de su padre heredó la inclinación literaria, ya que era poeta y estudió hasta el francés y el latín.

Ahora la geografía. Pareciera que el Valle del Elqui con las creencias que hablan de un lugar de energía cósmica y espiritual fueron asimiladas por esa mujer extraordinaria que fue Lucila.

La geografía, el folclor y las costumbres del norte chileno me han impresionado profundamente. Cuando fui la segunda vez a la tumba de Gabriela Mistral en Montegrande, pensé ¿Porqué se pasa la vida rodando tierras, mudándose de casa cada dos años y, a la vez encargando a sus abogados, a su abuela, a su hermana, ayudar en su nombre a la gente del valle? Lo hizo durante décadas antes de su muerte.

Cuando ella pidió que su tumba se ubicará en Montegrande, sabía de los beneficios que traería convertir el lugar en un sitio de peregrinaje. Así pasó y está muy bien.

Ella pudiera haberse llamado Gabriela Terral ¿no es así? que es el nombre del viento que hay para allá, en vez del viento francés, que es similar. Cuando comienza a firmar sus composiciones como Gabriela Mistral ya estaba en el valle de su región. Era el otoño de 1908, es decir, cuando había sido despedida del puesto de inspectora del Liceo de Niñas, una escuela privada en La Serena. Entonces, cuando llega a La Cantera, una villa chiquitita en las afueras de Coquimbo es cuando por fin no tiene jefe, es maestra de sí misma. Allí es donde comienza a firmar como Gabriela Mistral, en ese lugar donde pasa el tren, un dónde vive gente pobre. Con este sentido de por fin maestra de sí misma pasa a llamarse Gabriela Mistral, nombre literario. El seudónimo funciona más o menos como nombre civil, pero ella nunca lo cambio oficialmente, a diferencia de Neruda. Y, en algún sentido, es más latinoamericana que él, porque se aferra a su nombre civil original, y añade otro para que funcionen como dos nombres.

El programa radiofónico

 

Tempranamente la echan del colegio, le cierran el paso a la educación formal, la rechazan y ese rechazo le produce un rencor duradero en contra de la gente celosa, envidiosa, artera, que la detestaba por rara y marimacho. Eso la persigue toda la vida, porque el sistema antes y después respeta el título por sobre el talento, el conocimiento y la sabiduría. Le enviaban anónimos con insultos increíbles.

“No tener título es un pecado terrible que suena tan bien en bocas de mujeres mediocres que sí lo tienen”. Esta frase es de la obra de Jaime Concha, un buen crítico. Escribió un libro excelente sobre Mistral y también ensayos sobre Neruda. Es una frase tan triste cuando se piensa en la gente que la envidió. Pensando en Jaime Concha, él observa la ferocidad del odio que ella encontraba. Y también Roque Esteban Scarpa (Tío abuelo, por el lado paterno, del actual presidente de la República de Chile, Gabriel Boric Font) otro crítico muy bueno que dice de las cartas anónimas que ella recibía que hay algunas asquerosas. Yo también las he visto.

En este sentido deseo agradecer a los grandes estudiosos que admiro mucho, yo me sumergí a leer lo que ellos habían recuperado.

Significativa es la condición indigenista de Gabriela Mistral, no para resaltar una superioridad, sino para aprender de la lengua, para contribuir a la comunidad. Se acerca de una manera muy distinta a la prepotencia generalmente del hombre blanco, entre comillas, al pueblo indígena.

Lo sorprendente del indigenismo es que siempre había pensado, como otros estudiosos, que ella lo asumió en México, pero al concentrarme en leer sus cartas encontré que ella lo hace antes de salir de Chile. Tempranísimo escribe en una carta y también se lo dice a la prensa en el año 1913 -cuando está viviendo en los Andes- que tiene ganas de ir al sur de Chile y aprender la lengua Mapudungun, comprar tierras y tener una escuela con la que ella llamaba pedagogía primitiva. Le gustaba enseñar fuera de las aulas, trabajar la tierra. Lo decía en 1913, mucho antes de ir a México, lo que debería haber sorprendido a sus compañeras, con esa peculiar forma de practicar su vocación de maestra.

Era muy adelantada para su época. En ese entonces en Barcelona construyeron una escuela al aire libre, Escuela del mar y otras, Escuelas del bosque. Cuando ella llegó a Barcelona la primera cosa que quiso conocer fueron esas experiencias. Debo decir que la tendencia de ser muy adelantada para su época es una condición permanente en Gabriela Mistral.

Su rechazo a la condición de género binario, su preparación autodidacta, su pobreza, la llevan a crear a lo menos tres estrategias diferentes para propósitos distintos. Siempre se las ingenió para decir lo que sus interlocutores querían escuchar. Incluso se disminuyó ante los grandes para lograr su aceptación. Recurrió al encubrimiento, a la pantalla, a la simulación, para evitar la condena social en un tiempo de agudo machismo. Supongo que todo eso requería una inteligencia muy particular.

Una inteligencia extraordinaria que no se asumió hasta que se reúnen las cartas. Yo sé que circularon sus cartas entre sus amigos, pero creo que no la mayoría, entonces no sabían que ella estaba dotada de esa capacidad. Es como un juego de ajedrez en tres dimensiones. Pensaba en su prosa que publicaba en los periódicos. Simultáneamente escribía cartas a sus amistades que siempre la ayudaron y dedicaba tiempo a su poesía, que no tiene mucho que ver con las otras dos actividades. Su amigo, el escritor Alone (Hernán Díaz Arrieta, premio Nacional de Literatura 1959) decía que era un genio. Sí, de acuerdo. Mucha gente que la conoció dijo que tenía una inteligencia formidable. Incluso José Santos González Vera, que es un biógrafo extraordinario de ella dice: Qué hubiera hecho si hubiese sido hombre. El cree que hubiera creado una religión y construido un centro en la montaña, que hubiera crecido una ciudad muy grande alrededor del templo, si hubiese sido hombre. Pero no fue así. Hizo lo que pudo con lo que tuvo y alcanzó la cumbre mundial de cuatro profesiones distintas.

Lo diré con cariño, sin reproche, porque ella tuvo razones inevitables para ser así. Gabriela Mistral era mentirosilla.

Y poeta, que no es ajeno a tal condición.

Todos los poetas son mentirosos, dice usted.

Platón tiene la razón cuando dice eso. No sé si la palabra es mentirosilla. Debemos buscar otra para decirlo, porque no lo hace con malicia.

Es que a ella le gustaba contar. Era muy buena en ello, a la gente le fascinaba. Por lo demás ella creía sus mentiras. Es un poco extraño eso. Construyó su propia realidad como poeta, porque los poetas son así.

He pensado harto escribiendo este libro en esa distinción entre la historia como disciplina y la literatura, sobre todo la poesía. Es una de las cosas que más me sorprendió durante la investigación y la redacción del libro la cantidad de cosas no precisamente ciertas. Hay muchas más. En los próximos tomos voy a revelar más cosas que ella presentaba como si fueran verdades y no lo eran.

En 1987, de regreso en California, usted conoció al escritor y académico Fernando Alegría. Uno de los primeros críticos de la obra de Mistral. Alegría fue agregado cultural del gobierno de Salvador Allende en Estados Unidos. Estaba exiliado haciendo clases en la Universidad de Stanford. Él le dijo a usted que tenía que escribir sobre Mistral como lesbiana. Textualmente: Alguien tiene que hacerlo. Si uno lee su libro no debería hacer la pregunta porque la respuesta parece categórica, pero es imposible esquivarla. ¿Qué responde usted cuando le preguntan si Gabriela Mistral era lesbiana?

Para confesarlo la gente me pregunta cosas como, ¿fue Laura Rodig su amante? Son preguntas de ese tipo. Sin embargo, cuando ella vivió en Chile, ni la palabra ni la identidad lesbiana existían como algo asumible. A una profesora y directora de liceos de niñas, le estaba vetado adjudicarse una identidad así, ni siquiera en una carta privada y ella tenía escasa privacidad. Vivía como figura pública. Sin embargo, en sus cartas y en su poesía, que es muy amplia, está la evidencia de su sexualidad diversa y las señales de la represión porque ella es consciente del decoro. O sea que vemos los efectos del armario, del closet que se palpa en sus poesías y sobre todo en las cartas a sus hombres. Homosexuales o de sexualidades diversas como Eugenio Labarca, Alone, Carlos Alberto Frías, que sabemos que fueron homosexuales y que ella les habla de sus condiciones en una forma más o menos abierta, más o menos digo, porque no podía pregonarlo. Es que no existía la palabra realmente en Chile. Busqué en diarios históricos usando bases de datos. La palabra homosexual no sale en El Mercurio de Valparaíso, como nunca sale la palabra lesbiana. Entonces indagué en otros países, en Argentina, es la época en que sí comienza a mencionárselas. Cuando Oscar Wilde tenía sus procesos en Inglaterra por las acusaciones (y condena por indecencia y sodomía) que tenía, la prensa en Buenos Aires publicaba artículos sobre ello, pero no en Chile. La palabra no era algo que podía ponerse en forma impresa. Así es que ella tampoco podría haberlo asumirlo.

Me parece que amó a por lo menos dos mujeres, Laura Rodig y Doris Dana. Me pregunto si amó realmente, aunque fuese un amor platónico a Manuel Magallanes Moure.

Yo me pregunto qué es un amor platónico, sobre todo, cuando pensamos en eso, como dice, de lo mentirosilla que era. Ahora, la correspondencia que ella tuvo con Magallanes es tremenda, de allí que sea el enfoque de un capítulo entero. Ella lo usa para probar y mejorar sus talentos en la construcción y manipulación de las máscaras y pantallas. Un poeta tiene que hacer eso, y ella quiso aprenderlo en una correspondencia con quien fue el mejor poeta de amor de Chile en aquel entonces. Un hombre que conoció muchos artistas, poetas, políticos. Un personaje con un poder impresionante en el mundo artístico. Ella aprende y prueba una variedad de máscaras en esta correspondencia. Hablamos de una correspondencia que Gabriela sostuvo en centenares de cartas. Es increíble que algunas han sobrevivido y las tenemos. Me pregunto cuántas se han perdido.

Hay dos afluentes en este río inmenso de la poesía de Gabriela Mistral, el uno, pasional y arrebatado, representado sobre todo por los sonetos de la muerte de 1914, que preside la creación amorosa, plagada de metáforas, de mensajes encriptados que muchos lectores a los que ella detestaba porque interpretaban literalmente sus alegorías.

Si pienso en este programa que hiciste con Soledad Falabella, ella dice que hay mucho morbo en la poesía de Gabriela Mistral. Tiene razón, conoce muy bien la poesía mistraliana. Cuando leo las metáforas veo el morbo latente. Por eso cuando explicamos y decimos que existe, no estamos inventándolo. Tienes que leerlo y se lo ve.

La segunda corriente, me parece muy tierna. Es la poesía para niños la que mejor ilustra su lado femenino. Ella dijo algo realmente hermoso: “He querido en estos versos pagar mi deuda de mujer para con la naturaleza. No he dado hijos, pero educo a los ajenos”.

Su gran amigo, el escritor y crítico Alone, un hombre de gustos muy amplios, quien reconoció su genio no quiso la poesía que trata de los niños. Él siempre prefirió la poesía mistraliana de amor y desamor. La poesía sobre niños de Mistral posee una fuerte raíz folclórica y eso no cambia a lo largo de la vida. Ella no la escribe solo trabajando en las escuelas. Es una vena muy fuerte y permanente. En su obra incluso forma la base, creo yo, de poemas de Chile.

Como su libro es polémico, nada más natural que sea criticado. Una de las críticas que resume al resto es aquella que plantea que la obra convierte a la poeta en signo y símbolo de las minorías excluyentes sexuales, en pionera queer y en vanguardia de las luchas identitarias del siglo XXI. Una heroína, a fin de cuentas, de realidades que no conoció; una santa para nuestros tiempos, acaso sin buscarlos Gabriela Mistral.

Los escritos de Gabriela Mistral son siempre vigentes. Además, ella es, como decimos, avanzada para su época en su gran comprensión de los hombres. Es el caso de su epistolario con Alone, Labarca y Frías, para nombrar tan solo tres casos.

A principios del siglo (XX) en Chile la diversidad sexual se escribía entre líneas y así la leo. Alguien tiene que hacer una historia en Chile de la sociabilidad queer. Es un libro que no sé porque nadie lo ha escrito. Existe la colección -creo que son tres tomos- que se publicó como hace siete años, La historia de la vida privada en Chile (Editorial Taurus. Rafael Sagrado y Cristián Gazmuri) Yo pensaba bueno, en tres tomos hay seguramente hay algo de eso. No, no se menciona nunca. Alguien tiene que hacer esta historia de la sociabilidad porque los otros libros no lo mencionan, como si no hubiera existido.

El primer libro de la trilogía concluye con la partida de Gabriela Mistral a México en 1922, que va a dividir su vida en un antes y un después. Ese será el comienzo de nuestra próxima entrevista. El segundo libro de la trilogía sobre Gabriela Mistral, Una vida, de Elizabeth Horan, escritora, profesora, traductora y editora.

Parece que realmente ha llegado la hora de lo que me pidió Fernando Alegría en los años 80, porque todo el mundo quiere conocer y alguna gente se ofende, así es. Si no hubiera sido por Doris Dana y Doris Atkinson de rescatar los archivos de Mistral y de la Biblioteca Nacional de Chile de digitalizarlos, no hubiera sido posible este libro. Estoy muy agradecida a toda la gente que me ha ayudado.

 

 

 

 

José Zepeda

Periodista, productor radiofónico, capacitador profesional.

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