El modelo económico deteriora la salud mental en Chile

La economía chilena, hasta el 18 de octubre del año pasado gozaba de buena salud, de mejor salud que el resto de América Latina y El Caribe. Los que no estaban bien eran los chilenos. Afecciones psicológicas severas y comunes se ensañan con parte de la población. Conversamos aquí con Olga Toro Devia, psicóloga de la Universidad de Chile, especialista en salud mental, implementación de políticas públicas, en gestión de servicios de atención en salud y de redes asistenciales.

Olga Toro, psicóloga y docente de la Universidad de Chile
Olga Toro, psicóloga y docente de la Universidad de Chile

Nueve años antes de la crisis social, política y económica que vive Chile, el ministerio de Salud y la Universidad Católica publicaron un estudio en que se aseguraba que los problemas de salud mental constituyen la principal fuente de carga de enfermedad. Los males mentales afectan en mayor medida a las personas con menor nivel educacional, a los más jóvenes, a las mujeres, a personas de pueblos originarios.
Los principales síntomas de un 30,3% son la sensación continua de cansancio, melancolía, tristeza o el sentirse deprimido.

Si eso era hace nueve años, no cuesta pensar que hoy la realidad se vuelto mala, o muy mala.

Se trata de un problema que se arrastra desde hace tiempo. A lo que se suma que, como respuesta a los problemas de salud mental, especialmente en la región de las américas, se planteó la necesidad de desarrollar un sistema de atención comunitario, basado en redes de atención, de tal forma que los procesos de solución fueran implementados en los contextos reales, cerca de los territorios en donde vive la población y no en grandes hospitales psiquiátricos.

¿Por qué esto es importante? Ya se veía que parte de estos trastornos mentales tenía que ver, en el caso de Chile, de manera importante, con las condiciones de vida de la gente. Con las variantes sociales, económicas, educacionales. Y, por lo tanto, pensar en abordajes estrictamente médicos, sin considerar transformaciones sociales, era difícil concebir revertir esta tendencia.

Muy recientemente se ha publicado un estudio para América que compara la carga de trastornos mentales en los países de toda la región. Además, agrega si esta realidad se condice con el nivel desarrollo.

Chile se vanagloriaba de su destacado desarrollo socioeconómico. Una de las conclusiones de este estudio es que de los diez problemas que generan más carga de enfermedad en el país, hay dos: la depresión y los trastornos ansiosos, son los únicos que superan la carga de enfermedad esperada para el nivel desarrollo que tiene Chile. Es decir, muchas veces se plantea que los problemas de salud mental son propios del mundo desarrollado. Es cierto que trastornos como la depresión suelen ser más frecuentes en esos países. Pero, para el nivel del desarrollo chileno esa carga fue mayor.

A lo menos 850 mil chilenos padecen depresión. Los médicos acostumbran a atacar los síntomas de la enfermedad, no así las causas. ¿Cuáles son estas?

Hay que distinguir dos categorías de dificultades de salud mental: problemas comunes y trastornos severos. Ambos son determinados por las condiciones de vida de la población.

Uno de los temas que se ha manifestado hoy, a propósito del estallido social, es que se visibiliza que parte importante del padecimiento subjetivo tiene que ver con el modelo económico que adoptó Chile. Se atribuye directamente en la experiencia económica la introducción de un modelo neoliberal que fue más extremo que en muchos otros países.

Los problemas que se venían arrastrando en un grupo con trastornos mentales severos se agravan por las condiciones de estigma social y alta vulnerabilidad. Las barreras de acceso a tratamiento le impiden a la gente acceder a sus legítimos derechos.

Chile ha avanzado con sus planes de salud mental en el campo del tratamiento comunitario y es por ello que conocemos cifras sobre diagnóstico y las condiciones en que vive la población.

Aquí hablamos no solo de aquellos que tienen un trastorno mental severo, cuyas prevalencias, por ejemplo, en el caso de la esquizofrenia o de la psicosis, son similares a los países desarrollados. Nos referimos también a los trastornos mentales comunes, a los cuadros ansiosos, depresivos, que tienen un componente reactivo a la condiciones de vida, que son mucho mayores a la preeminencia observada en otras naciones.

Si la magnitud de las alteraciones mentales en Chile está relacionada, en parte, con el modelo económico, todo hace suponer que la solución, por el momento, es inviable, porque la élite política chilena no da ninguna señal que querer cambiar el sistema.

Es así. Algo interesante que ha ocurrido en este estallido social es que las consignas que ha levantado la ciudadanía a través de rayados, pancartas, redes sociales expresan puntualmente el malestar. Sorprende el número de consignas específicamente relacionadas con salud mental: “No era depresión, era falta de justicia social”. “No más fluoxetina (antidepresivo común) sino que más justicia social”.

Esas consignas resumen muy bien la expresión ciudadana de que sus dolencias tienen que ver con la vivencia cotidiana de la desigualdad, del abuso de poder, de la lejanía de la élite política del sentir de la población. De la necesidad de cambios sustanciales que tienen directa relación con el bienestar social.

Uno de los lemas esenciales que está presente en las manifestaciones es: “Lucha hasta que la dignidad se haga costumbre”. Es muy profundo lo que hay en este estallido social.

Lucha hasta que la dignidad se haga costumbre

El sentir del malestar subjetivo, que es, finalmente, de donde se nutre la salud mental está condicionado por el modelo neoliberal que genera constantemente malestar subjetivo y una sensación de mal estado de la salud mental. Una mejora estará determinada por una mayor justicia social, entendida como una mayor equidad en la distribución de los recursos.

Esta realidad no es novedad para la élite política chilena. Hace mucho que se advierte que el modelo económico ha tenido, ciertamente, un crecimiento destacado para el conjunto de la región, pero de una alta injusticia social. La distribución de los recursos crea abismos de desigualdad.

La segunda aclaración tiene que con palabras claves para entender las dolencias mentales en el Chile de la crisis: el miedo.

El estallido mismo provoca nuevas emociones. La población se siente conmocionada, sacudida. Por lo tanto, hay consecuencias para la salud mental producto de la crisis misma. Aquí percibimos por lo menos tres ámbitos. Uno de ellos es el miedo. Las respuestas de las fuerzas del orden, fundamentalmente la policía, con vulneración de los derechos humanos, que son objeto de investigación y denuncia, generan temor y miedo en la gente.

El Instituto Nacional de Derechos Humanos de Chile, publicó, el 30 de diciembre del 2019, un informe en el que establece que, de las visitas a 56 centros de salud y unidades médicas, realizadas desde el 19 de octubre, ha podido constatar la siguiente cantidad de personas heridas en los hospitales por motivo de las manifestaciones sociales: 3289 adultos y 264 niños, niñas y adolescentes, totalizando 3583 casos. La cantidad de hombres heridos es 7 veces mayor que las mujeres, mientras que la cantidad de niños es 4,8 veces superior a la de las niñas)

Estas circunstancias se han visto agravadas en el sector que tuvo una historia de vulneración de sus derechos durante el período de la dictadura militar, con una agudización de síntomas en el estrés postraumático.

La segunda palabra es incertidumbre.

Absolutamente. Porque se remueven condiciones estructurales que eran certeza y que hoy pierden pie. Desde la misma constitución de la república.

Incertidumbre provocada por los saqueos, que se confunden con las manifestaciones que han sido esencialmente pacíficas. Sin embargo, en el abordaje noticioso se da mucha cobertura a los actos vandálicos y de delitos de robo, en desmedro de las protestas básicamente pacíficas. Todo esto genera incertidumbre sobre los daños a la propiedad, sobre todo en supermercados, o grandes negocios.

Dice usted los medios de comunicación dan excesiva atención a los actos de violencia. Que son reales, no una entelequia. Creo deducir de sus palabras que esta actitud de los medios, queriéndolo o no fomentan una atmósfera especial.

Es así. Siempre los medios de comunicación tienen una influencia muy relevante en el estado emocional. Cuando lo que se destaca es el descontrol, la ruptura de las rutinas, la paralización de muchos servicios públicos, se suscita un estado emocional de incerteza de lo conocido. Sensación de desastre, término que proviene del provenzal desastre, pérdida de astros, de aquello que nos guía.

Y hay mucha incertidumbre de cómo se resolverá este conflicto.

Justamente viene aquí la tercera palabras: esperanza.

Una de las cosas que hace especial esta movilización es que a pesar del temor y la incertidumbre la coyuntura está impregnada de una esperanza de que los cambios constituyan lo que se ha denominado un nuevo pacto social, con un trato digno para todos los chilenos y todos los que viven en el país. Un desarrollo para las personas y no para las finanzas de ciertos grupos económicos.

La combinación de rabia, indignación, sumada al miedo y la inseguridad hacen que el componente de alta esperanza mantenga activa la movilización a la vez que engendra mayores cuotas de estrés.

¿Estamos viviendo una anomia social, en la que hay actitudes imitativas de acciones indeseables que ponen en cuestión ciertas normas sociales?

Es probable que se haya constado la presencia de grupos anarquistas. Sin embargo, para entender la profundidad del estallido es de destacar que no se busca la refundación del país sin normas. Al contrario. Parte de la solución política que es aplaudida por una gran mayoría nacional es la definición de un camino para una nueva constitución a través de un trayecto institucional y republicano. Los estudiantes secundarios que han sido muy relevantes en esta movilización piden derecho a voto antes de los 18 años. Quien interprete esta postura como una falta de deseo de participación en las instancias democráticas hace un diagnóstico equivocado. Y es lo que a veces se escucha del sector político.

Las chilenas piden participación en las decisiones del país. Mayor democratización, transparencia y probidad en las instituciones.

Las mayoría de las encuestas que hicieron los municipios esperan que se defina una instancia constituyente, elegida democráticamente.

La esperanza puesta en el nuevo pacto social es que podamos tener una mejor calidad de democracia.

La otra cara de la medalla. Hace unos días en radio Cooperativa varias mujeres conversaban sobre las manifestaciones. Una de ellas dijo, algo así como: son el descueve, una se siente parte de una suerte de familia, se dialoga, se canta, se ríe, es casi una fiesta. La protesta como punto de encuentro para combatir el individualismo y la soledad.

Una las críticas a la promoción de la salud mental es que los espacios públicos, como las plazas eran poco frecuentadas. El modelo neoliberal incentivaba que las familias se concentraran los fines de semana en los grandes centros comerciales. Una de las cosas que ha ocurrido es que las plazas se llenan los fines de semana con cabildos autoconvocados. Las juntas de vecinos renacen con amplia asistencia. En las escuelas y universidades se impulsan espacios de discusión entre académicos, estudiantes y funcionarios. Los programas de televisión de estilo de farándula dedican sus espacios matinales a invitados que discuten lo que ocurre.

Empezó una conversación pública que es de todos los días. En las redes sociales se observa a la familias diciendo, nos tenemos que ir más temprano del trabajo -hoy hay una discusión de disminuir a 40 horas la jornada laboral en Chile. Como el país debe producir, eso era impensable- y eso permite que esté más tiempo con los niños.

Hace mucho tiempo nos faltaba volver a encontrarnos entre los chilenos a conversar. Los espacios de movilización de mujeres, a propósito del éxito provocado por la presentación de las tesis en el mundo por un buen tratado, para que nos cuidemos, muestra claramente lo que necesitábamos los chilenos. Es el esbozo de un desarrollo social y económico más amigable. Por eso parte de la movilización ha levantado las banderas chilenas, las de los pueblos originarios, no de las de las colectividades ni coaliciones políticas. Es el sello de esta conversación.

José Zepeda

Periodista, productor radiofónico, capacitador profesional.

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