La oposición venezolana como espectadora angustiada

Mientras las agencia de noticias Reuters informa que Donald Trump le dio a Nicolás Maduro hasta el viernes 28 de noviembre para que abandonara Venezuela, el presidente de Venezuela, en un acto público ha sido enérgico: “No nos podrán sacar jamás, bajo ninguna circunstancia, del camino de la revolución”. Así están de crispadas las cosas. Nadie se atreve a pronosticar qué pasará

 

Fotografía tomada de la publicación holandesa De Standaard

Ángel Lombardi, es historiador y analista político. Fue Rector de La Universidad del Zulia. Con mesura y energía desglosa una realidad compleja, casi esquizofrénica, que es un trastorno mental que dificulta diferenciar lo real de lo imaginado. Que dificulta pensar con claridad, tener respuestas emocionales normales y actuar de manera adecuada en situaciones sociales.

Su compromiso ciudadano, de larga data, su opción invariable en favor de la negociación y la no violencia lo lleva, incluso en estas difíciles circunstancias a no esquivar el bulto. A decir lo que piensa, con prudencia y sensatez. A no avivar los fuegos de la polarización social, pero a reclamar con ponderación un cambio de gobierno y una política económica y social que se haga cargo del naufragio nacional.

Dentro y fuera de Venezuela se ha hecho popular una sentencia después de 25 años: “Estamos ante un cambio definitivo de régimen”. Dos explicaciones sobre esta opinión. La primera, de ser cierto, es porque existe un cerco militar sobre el país y la promesa de nuevas acciones norteamericanas en contra del gobierno del señor Maduro.

Lo que sí es cierto es lo que siguen expresando diversas encuestas. Hay una muy reciente en donde se constata que en Venezuela hay un sentimiento generalizado de cambio de políticas que trasciende lo ideológico o lo partidista. Todo tiene que ver con la situación objetiva que los venezolanos vivimos con nuestra cotidianidad.

La economía sigue muy mal. El salario mínimo está prácticamente congelado durante tres años y no alcanza en absoluto. Inclusive sumándole los bonos que reciben los venezolanos, no logra ni de lejos garantizar una subsistencia mínima digna.

Hay un problema real de ingreso, de poder adquisitivo y de pobreza generalizada. No podemos dejarnos confundir con el relumbrón de la capital, de ciertos sectores y de los cantos de la publicidad.

Todo está en las encuestas. Hay una opinión unánime. Si a eso le sumamos el problema de salud pública, para no exagerar, prácticamente no funciona, es muy precaria y es una verdad a voces que cuando uno asiste a un centro público de asistencia médica lo primero que te piden los médicos, las enfermeras, cualquiera que esté a cargo, que, por favor la familia lleve los insumos o aporte dinero porque realmente no cuentan con las posibilidades materiales de atención.

Igualmente, el sistema educativo público está colapsado. Pertenezco al sector universitario, puedo dar fe de ello. Las universidades venezolanas públicas en general están en semi abandono. Para que tengan una idea. Cuando fui rector de la Universidad del Zulia, una de las grandes del país y la segunda en importancia, hablo del período 92-96, la universidad tenía aproximadamente 73 mil estudiantes. Hoy las autoridades universitarias hablan de 35.000 estudiantes. Pero cuando uno va a las facultades, esos estudiantes no se ven.

Esto es un muestrario de que realmente hay un consenso en la necesidad de cambiar de gobierno y de política porque el país padece durante demasiadas décadas de una crisis estructural, crónica, insostenible desde el punto de vista social.

Segunda explicación. La oposición sin apoyo internacional, y no me refiero solo al caso de los Estados Unidos. Incluyo aquí a la Unión Europea y a gobiernos de América Latina, no está en condiciones de derrocar a un gobierno que tiene el monopolio de las armas.

Honestamente, creo que no. En este momento la oposición y voy a utilizar una palabra quizá inadecuada, está en un limbo político. Hay una gran división. Una descalificación pública permanente entre los dirigentes. Tanto lo que están en el exterior como en el interior. Y no se nota ningún tipo de organicidad participativa u organizativa. Públicamente, por lo menos. Y a pesar de que hay un sentimiento popular de cambio inmensamente mayoritario, no nos vemos reflejados en el espectro político nacional en el sentido operativo de eficacia. Lo lamento muchísimo, hemos quedado, de lo en lo que en historia hablamos más que sujeto de la historia, como colectivo popular en objeto a la historia. O sea, las decisiones acerca de lo que pudiera ocurrir o lo que incida en la realidad venezolana, en este momento nos encuentra como espectadores angustiados.

De uno al diez. ¿En qué cifra estamos con el miedo entre la población venezolana?

Casualmente publiqué un tweet en mi red social, en donde me preguntaba si es una virtud o un defecto nuestro comportamiento como sociedad. En términos de cotidianidad la gente está en lo suyo, O sea que uno sale a la calle y realmente las personas, estamos en nuestras actividades habituales. No se nota una atención de pánico o de miedo exagerado, Lo que hay, quizás es el temor a la represión. Estamos en la etapa de las murmuraciones, los rumores, pero en términos de exterioridad. Si alguien viene en este momento a Venezuela, yo estoy en Maracaibo, pensará, realmente esta población o es muy virtuosa frente a las diversas amenazas, mantiene la calma suficiente para no incitar situaciones difíciles o realmente no sé si es conformismo o simple temor. Vivimos una ambigüedad emocional y psicológica.

Pero en el fondo, con quien uno habla, todo el mundo desearía que sucediera algo en término positivo, de cambio político. También es cierto que la mayoría estamos por la línea de insistir en la línea democrática pacífica, porque nosotros no queremos violencia. Y tanto es así que en el año 23 y 24 participamos mayoritariamente en un proceso electoral en el que confiábamos que iba a dar los resultados esperados de cambio. Lamentablemente no sucedió. Hubo participación, expresión nítida de esa voluntad de cambio, pero lamentablemente no se produjo el cambio político.

La nuestra es una situación psicológica compleja, en la cotidianidad, en lo posible tratamos de mantener una perspectiva ciudadana no amenazante. No queremos crear climas de violencia en ningún sentido, porque sabemos muy bien lo que eso significa.

Existen palabras malditas. Son aquellas que dan cuenta de prácticas inhumanas, crueles y salvajes. Una de ellas es extraña a nuestro idioma: “Sippenhaft”. Son las represalias contra opositores a los que le secuestran sus familiares. Un método nazi que practican algunas mafias y dictaduras célebres de América Latina y el Caribe. O el caso de una médica de 65 años condenada a 30 años recientemente por pedir -cuando hubo que votar- el voto en contra de Maduro. Estos llamamientos, dijo la jueza, ponen en riesgo la paz de Venezuela. Es como si la represión fuese directamente proporcional a la presión militar ejercida por el gobierno de los Estados Unidos.

Esa la percepción general, que vivimos con mucho temor, porque se ha venido practicando desde hace bastante tiempo una represión calculada, puntual, emblemática, que va creando como una atmósfera en la que, sin amenazas directas, todos nos sentimos amenazados de una u otra manera, si opinamos con cierta libertad. Hay personas presas por haber dicho algo de manera crítica. Si actuamos de otra manera, si expresamos el deseo simple deseo de cambio político, sabemos que pudiéramos ser considerados enemigos o adversarios del régimen. En la práctica, los ciudadanos venezolanos no nos sentimos protegidos legalmente. Por eso extremamos nuestra prudencia verbal y nuestra conducta, porque hay una atmósfera de amenaza. Pero, repito, no es nueva. Esto condiciona mucho la acción y la participación política.

Son contados con los dedos de las manos los que hoy se atreven a hablar públicamente desde Venezuela. ¿No teme usted ser objeto de represión por parte de aquellos que están empeñados en acallar las voces críticas?

Trato de ser prudente. Participo de la opinión pública, escribo artículos. Pero el temor siempre existe. A pesar de que soy un militante no oportunista de última hora, sino de siempre, de las vías pacíficas, los caminos electorales. Como persona universitaria con conciencia de lo que significa la violencia y los costos que eso implica para una sociedad. Lo último que pudiera pensar es propiciar situaciones de violencia. Inclusive lo asumo como un deber pedagógico como profesor el insistir en la necesidad de la convivencia, de la reconciliación. Evitar la venganza. Aplicar la justicia.

También he planteado como tesis política que a mí me gustaría que un proceso de transición negociado en el sentido positivo de la palabra, al chavismo no se le excluya del espectro político para las futuras contiendas electorales. Reconozco su existencia real. Creo que ya no tiene la mayoría, pero le reconozco el derecho como grupo político de seguir participando en la democracia. Exceptuando evidentemente alguna persona o representante que esté sujeto a causa de la justicia, pero con las garantías legales correspondientes. En ese sentido tengo la convicción, la educación y el propósito de contribuir a una transición pacífica. Honestamente no puedo ocultar como millones de venezolanos mi deseo de una transición política porque el país no está bien.

Me hago cargo de que le pregunto casi lo imposible. ¿Cuáles son las posibilidades para el próximo futuro?

Una de mis angustias como ciudadano y como persona Es que nuestro destino político en esta coyuntura prácticamente está dependiendo de Washington. De una persona que tiene características muy peculiares para tomar decisiones y unos intereses que todo el mundo conoce. No se puede eludir el interés económico, que Estados Unidos tiene en Venezuela, como también su interés geopolítico de tratar de ponerle freno a la penetración china, particularmente económica, en América Latina. No ignoro la importancia de Venezuela por su situación geopolítica y económica. Esas razones materiales están allí.

Ahora, el narcotráfico es un pretexto, una cortina de humo, como se acostumbra en los conflictos bélicos, desarrollar discursos de confusión. En todo aquello estoy claro, como mucha gente, no lo estoy descubriendo yo. Me mortifica que la decisión de lo que pueda o no pasar en Venezuela prácticamente está en manos de un hombre en el cual, desde el punto de vista personal, ni me gusta su estilo, ni comparto sus ideas, ni sus intereses. Me gustaría que los venezolanos tuviéramos y tomáramos la posibilidad de nosotros dirigir una transición de respeto y al mismo tiempo claramente transicional para un cambio político. Aquí no se trata de cosmetología, la necesidad es enfrentar un problema real estructuralmente, económica y socialmente en todos los aspectos Venezuela está mal y viene mal desde hace muchos años.

 

José Zepeda

Periodista, productor radiofónico, capacitador profesional.

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