Venezuela no tiene pantalones cortos para la democracia

Froilán Barrios

En Venezuela hay noticias siempre. Todo se mueve, aunque persisten los engranajes de un modelo represivo en retirada, pero no neutralizados. El rodrigato, una ocurrencia orwelliana, negocia cómo normalizar el país que contribuyó a empobrecer. Deberían ordenar su propio arresto y responder ante la justicia. No. Los supremos han decidido perdonarlos a condición de que ayuden a entregar los barriles de petróleo, los minerales raros, el oro de las minas y otros minerales. El patrón, un señor de decisiones variables, de reacciones inesperadas, solo reacciona a los beneficios. Jamás a las pérdidas.

El Comando Con Venezuela, plataforma política de María Corina Machado, Edmundo González Urrutia y los suyos, convocó para el próximo 22 de octubre a una movilización para exigir que se fije la fecha de la elección presidencial en el país, tras más de nueve meses de la captura de Nicolás Maduro por parte de Estados Unidos.

Hoy recibimos a Froilán Barrios, secretario ejecutivo de la CTV.

 Usted es un opositor de larga data. ¿En qué momento comenzó la desafección hacia el gobierno de Hugo Chávez?

Fui diputado a la Asamblea Constituyente en 1999. Como siempre he estado vinculado al mundo de los trabajadores, establecí una relación con la naciente agrupación política 5.ª República, que representaba a Hugo Chávez. A partir de esa relación salí electo diputado en las elecciones de julio de 1999. Pero, en los debates, pronto me di cuenta del matiz autoritario que tenía la naciente gestión. La principal divergencia fue cuando intentó, en un giro corporativista, controlar a los sindicatos. Eso me llevó a oponerme al referéndum sindical de diciembre de 2000. A partir de allí hubo una ruptura que se desarrolló durante todo el siglo 21 hasta el presente. Luego pasé a ser el secretario ejecutivo de la Confederación de Trabajadores de Venezuela, CTV, en el 2001 y luego, con la fundación del Movimiento Laborista, hemos mantenido una oposición permanente tanto a Chávez como a Nicolás Maduro.

Según el Observatorio de Conflictividad Social, se estima que entre enero y octubre de este año se han registrado no menos de 4000 protestas públicas. Da la impresión de que todo el miedo, que toda la represión que hubo durante el gobierno de Chávez y el de Maduro han llegado prácticamente a su fin y se han abierto las compuertas de la insatisfacción con la salida de la gente a las calles.

Permanentemente, con el régimen que calificamos de usurpador, el de Delcy Rodríguez, ha sido constante la conflictividad social. El promedio anual de conflictos laborales fluctúa entre el 40 y el 45%. Se pensó que, con la acción del protectorado, del tutelaje de Estados Unidos, iba a haber un cambio desde enero. Existía incluso una reserva por parte del movimiento sindical de esperar a que, junto con Maduro, se fuera también la cúpula que dirige el país. Pero no fue así. De nuevo hay radicalización. Es el caso de la marcha del martes 13 de octubre; se percibe que la conflictividad se acentuará por razones sindicales o laborales.

No se puede vivir en un país con un salario de menos de un dólar mensual (el Banco Central de Venezuela establece el salario mínimo en 130 bolívares mensuales, menos de un dólar). En segundo lugar, la permanencia de aproximadamente 400 presos políticos. En tercer término, la falta de expresión, porque todavía se reprime a los medios de comunicación, a los periodistas. Y persiste la amenaza de continuidad de la tiranía durante esta gestión.

Esta llamada que yo le hago obedece a una razón específica: el reciente artículo que usted ha publicado, en donde lamenta que la mesa de diálogo, la llamada mesa de diálogo, no contemple la problemática y la tragedia de los trabajadores, por usar sus propias palabras.

Es muy preocupante que una mesa que se presenta ante el público como mesa para la reconciliación política y la transición solamente considere cambiar al Tribunal Supremo de Justicia, a las autoridades del Consejo Nacional Electoral y fijar un reglamento para un posible proceso electoral con fecha incierta, porque no sabemos en qué momento se va a dar.

Es evidente que la agenda política es fundamental para la transición; al mismo tiempo, decimos que la gravedad de la situación laboral amerita que tenga la misma importancia o sea más relevante. Agravado todo con los dos terremotos del 24 de junio, que arruinaron más al país de lo que ya estaba. Entonces vemos solamente interés tanto del país “protector” como de cambiar reglas o normas judiciales en provecho de una intervención económica en el país, que es lo que se hace con el petróleo y algunos minerales. No se trata como emergencia la realidad laboral, que es la que reclama, porque este es un país en donde hay tasas del 85% de pobreza general, de 53% de pobreza extrema, según la ONU y la Unión Europea. ¿Qué más puede ser importante? Por eso exigimos que esa mesa de diálogo incluya esta inmensa preocupación.

El riesgo de una explosión social está siempre latente, porque no por casualidad hay más de 9 millones de venezolanos de la diáspora, la más acentuada en el mundo entero. Pretender ignorarlo puede hacer que salga en cualquier momento el fantasma de una explosión social que no queremos para ningún país, pero las pésimas condiciones de vida son una olla de presión que puede reventar por cualquier lado.

Si uno fuera —yo no lo soy— particularmente pesimista, podría decir lo siguiente: ni el gobierno de los hermanos Rodríguez, ni el conjunto de la oposición, ni los sindicatos, ni los trabajadores, ni el pueblo de Venezuela tienen nada que decir en estos momentos, en esta historia, porque todo se decide en Washington.

Sí. Es dramático y triste. Porque ya sabemos la historia de intervenciones de Estados Unidos en República Dominicana (Primera ocupación entre 1916 y 1924. Segunda, entre 1965 y 1966), en Cuba (1899 y 1902 con la enmienda Platt a principios del siglo. Segunda ocupación 1906 y 1909), en Guatemala (golpe de Estado en 1954). Y así otros más. Pero nunca en Sudamérica hubo un intento de esta magnitud. La ironía es que Venezuela, la tierra de Bolívar, libertador de cinco naciones, sea la que sufra este tutelaje. Es dramático para los venezolanos vivir estas circunstancias producto de quienes han gobernado el país durante 27 años. Nos han llevado a una ruina tal, a una pérdida de soberanía, que no ha sido solo con Estados Unidos, sino con China, con Rusia, con Cuba. Dejaron un país postrado, prácticamente entregado a cualquier cosa.

Yo apuesto a los trabajadores. ¿Por qué? Porque la clase política venezolana opositora durante el siglo XXI capituló en diferentes oportunidades, llámese Coordinadora Democrática, llámese Frente Amplio, llámese Plataforma Unitaria. Capituló y ahora estamos en la irónica situación de los tutelajes. Es la condición de Delcy Rodríguez, como también la de María Corina Machado. Tutelada y controlada por Trump. Yo sé que son palabras duras y que a lo mejor me acarreen algún cuestionamiento, pero esa es la situación. O sea, no puede ser que María Corina Machado, que logró levantarse como una opción, hace precisamente tres años, con las primarias de octubre de 2022, esté sujeta a los designios de un régimen, de un protectorado que, en definitiva, no quiere la democracia para Venezuela.

Pasemos a los sindicatos. Existen sindicatos opositores. Usted es un representante de ello, pero existen sindicatos afines aún hoy al gobierno de los hermanos Rodríguez. Hay visos de que esa situación pueda cambiar.

Si se mira la operación después del paro cívico nacional de diciembre de 2002, el régimen con Chávez a la cabeza trazó una estrategia para pulverizar el sistema de relaciones de trabajo, los conceptos de salario, de convenios colectivos. Todo eso se abolió en Venezuela y se sustituyó por relaciones laborales donde la revolución es lo importante. Por ejemplo, los sindicatos oficialistas decían: “con hambre y desempleo, con Chávez me resteo” (Resteo en Venezuela es jugarse el todo por algo). O sea que no importaba entregar las empresas básicas. Yo vi a trabajadores tanto en PDVSA como en Guayana, en Sidor, la empresa emblemática de la siderurgia andina más allá de Venezuela, y vi cómo los trabajadores aplaudían cuando Chávez nacionalizó y expropió al consorcio argentino-brasileño que tenía una empresa próspera. Así, lo sindical se instrumentalizó con política de Estado para crear un paralelismo sindical. En el 2011 nace la Central Socialista Bolivariana de los Trabajadores. En el discurso fundacional, el actual presidente o el único que ha tenido, le dijo a Chávez: “A partir de ahora tú eres el caporal de los trabajadores”. Imagínese la concepción que se tiene de los sindicatos. La central más antigua de Venezuela, de la cual soy secretario ejecutivo, la Confederación de Trabajadores de Venezuela, se fragmentó. Hoy hay siete centrales sindicales. La central oficialista funge de comisario del Régimen e incluso ha creado otros organismos que no están en la Constitución, son del Estado, como los Consejos de trabajadores que han llamado al control obrero. Otra estrategia para debilitar aún más los sindicatos es fragmentarlos. Eso ha hecho que surjan alianzas. Yo participé en una que se llamó Fades en el 2010. Luego, se ha creado una agrupación llamada Comité de Trabajadores en Conflicto que reúne —vamos a decirlo así— las hilachas del movimiento sindical y comienza a convocar movilizaciones importantes.

Creo que recomponer o reconstruir el movimiento sindical es una tarea inmensa que le toca al sindicalismo, porque va a tener la oportunidad, por primera vez en la historia, de tener centrales sindicales autónomas frente al Estado, frente a los partidos políticos y a los empleadores privados. Eso, es una tarea ingente para darles a los trabajadores lo que quieren, una vida digna, tanto a los activos como a los jubilados.

Todo el proceso que vive Venezuela, la mesa de diálogo, la censura a María Corina Machado, etcétera, es explicado con una narración que dice más o menos lo siguiente: Los venezolanos no están todavía preparados para una democracia, de tal manera que hay que demorarse con las instituciones y todo lo demás para que el pueblo venezolano madure en ese transcurso y se prepare para encarar una democracia.

Es una visión falsa de nuestra historia. Venezuela, en el siglo XX, mientras había dictaduras en toda la región latinoamericana, salvo México, Venezuela era lo que hoy significa el sueño americano para muchos en el sentido de democracia, de libertades. A nosotros nos tocó recibir en Venezuela a los emigrantes de todos esos países que huían de las dictaduras.

Del mío, entre otros, Chile.

Huían de la represión y de la pobreza. Nuestra Constitución de 1961 y el régimen que se conformó durante 40 años permitieron un aprendizaje democrático, que ha permitido enfrentarse al chavismo. Sí, el aprendizaje que tuvo el venezolano en su lucha por la democracia le valió para que hubiera reserva y no una barrida total, que era la que el chavismo planteaba. Por eso es una falacia decir que Venezuela tiene pantalones cortos para una democracia. Tenemos suficiente experiencia. María Corina, que tiene un capital político importante, que se lo ganó en la lucha y que no debe dudar, debe regresar al país y desprenderse de ese tutelaje que pretende chantajearla. No tener el temor, abordar esa fase de reconstrucción de la democracia juntamente con todos los sectores sociales y sobre todo, salir de este régimen autoritario, que ojo, lo que quiere Delcy Rodríguez, es quedarse hasta el 2030. Ellos no quieren elecciones, van a hacer todas las maromas del caso para no hacer elecciones y completar el ciclo este de mandato que le tocaba a Maduro. Unas elecciones robadas. La peor estafa en toda la historia política continental, el robo burdo que se le hizo al mundo. Edmundo González es el presidente y, curiosamente, nadie habla de él. Todo el mundo se olvida de que es el presidente electo por los venezolanos y con mucha honra.

 

José Zepeda

Periodista, productor radiofónico, capacitador profesional.

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